Capítulo 2

1570 Words
➽➽➽ RICCARDO ➽➽➽ Me acomodé en mi silla, dejando el teléfono sobre el escritorio después de haber agregado el número de Bianca. Aún tenía su foto de perfil en la mente. Su postura tranquila con ese libro entre las manos... Pecado. No esperaba que una chica tan tímida tuviera entre sus lecturas algo así. Sonreí para mis adentros y me incliné hacia adelante, revisando unos documentos. Aún tenía mucho que corregir antes de la próxima clase. El sonido de unos golpes suaves en la puerta interrumpió mi concentración. —Adelante —dije sin apartar la vista de los papeles. La puerta se abrió lentamente, y al alzar la mirada me encontré con Bianca. —Disculpe la molestia... —murmuró con timidez. Levanté una ceja, sorprendido de verla ahí. —Señorita Lombardi —dije con calma—. ¿Qué la trae a mi oficina? Ella dio un paso hacia adentro, abrazando su libreta contra su pecho. —Quería preguntarle sobre los temas que hemos visto. No quiero atrasarme... —explicó, bajando la mirada. —¿Te preocupa ponerte al día? —pregunté, entrelazando los dedos sobre el escritorio. —Sí... No quiero empezar el semestre con lagunas en la materia —respondió con sinceridad. Asentí, señalando la silla frente a mí. —Siéntate —le dije. Ella dudó por un momento, pero finalmente caminó hasta la silla y se sentó con movimientos medidos. —¿Traes algo para tomar notas? —pregunté, observando su libreta. —Sí, aquí... —murmuró, abriéndola y tomando su bolígrafo. —Bien —dije, recargándome en el respaldo de mi silla—. Hemos estado analizando el simbolismo en la literatura. ¿Qué tanto sabes sobre eso? —Lo suficiente —respondió de inmediato, sin titubear. Sonreí con diversión. —¿Lo suficiente? Vaya, qué respuesta segura —comenté, apoyando el codo sobre el escritorio y estudiándola con la mirada. Bianca pareció darse cuenta de lo que había dicho y se removió en su asiento. —Q-quiero decir... He leído mucho sobre el tema, pero no estoy segura de si es suficiente para este curso —se corrigió, nerviosa. —Te haré una pregunta —dije, inclinándome ligeramente hacia ella—. ¿Por qué crees que algunos autores prefieren usar simbolismo en lugar de decir directamente lo que quieren transmitir? Ella bajó la mirada a su libreta, como si buscara la respuesta entre las líneas escritas. —Creo que... —murmuró, pensativa—. Es una forma de involucrar más al lector, de hacer que el mensaje no sea obvio, sino algo que se descubra con la interpretación. La observé en silencio por unos segundos. —Interesante respuesta —dije con un tono que la hizo levantar la vista—. Y bastante acertada. Sus mejillas se tiñeron de un leve rubor. —Gracias... —dijo en un susurro. —Bien, entonces no estás tan perdida en la materia como pensabas —comenté, cruzando los brazos—. Pero si aún quieres repasar algunos temas, puedo darte una lista de lecturas recomendadas. Sus ojos se iluminaron ligeramente. —¿En serio? —Sí. Aunque dudo que sean muy diferentes de lo que ya has leído —dije con una media sonrisa. —No importa, quiero asegurarme de que no me falte nada —aseguró con determinación. —Bien. Déjame un momento —dije, girándome hacia mi estante de libros. Tomé un par de ejemplares y saqué una hoja en blanco. Anoté algunos títulos que podrían servirle, luego le pasé el papel. —Aquí tienes. Esto te ayudará a reforzar el tema —dije, extendiéndole la lista. Bianca la tomó con cuidado, repasando los nombres escritos. —Gracias, Profesor Romano —dijo con gratitud. Fruncí el ceño. —Mr. Romano —la corregí sin pensar. Ella alzó la mirada con sorpresa. —¿Eh? —Dijiste Profesor Romano, pero antes me llamaste Mr. Romano —aclaré, apoyándome en el escritorio—. Curioso, ¿no crees? Su expresión se volvió aún más nerviosa. —N-no lo sé... Solo lo dije sin pensar... —murmuró, jugueteando con la esquina de su libreta. Sonreí levemente. —Pues me gustó más como lo dijiste antes —admití, disfrutando su reacción. Bianca abrió los ojos con sorpresa y desvió la mirada de inmediato. —E-es mejor que me vaya... —dijo, recogiendo sus cosas apresuradamente. —Espera —interrumpí antes de que se levantara. Ella se quedó quieta, pero no me miró. —¿Sí? —preguntó en voz baja. —Si en algún momento tienes dudas, puedes venir a mi oficina —dije con seriedad—. Pero solo para temas de la clase. Asintió rápidamente. —Lo tendré en cuenta... —dijo, aún sin levantar la vista. —Bien. Entonces, Miss Lombardi, puedes retirarte —dije con un tono divertido. Bianca asintió rápidamente y se apresuró a caminar hacia la puerta. Sin embargo, al dar un paso en falso, tropezó con la esquina del escritorio, y sus libros resbalaron de sus brazos, cayendo al suelo con un golpe seco. —¡Mierda! —murmuró en voz baja, pero lo suficientemente alto como para que la escuchara. Me quedé observándola en silencio mientras se agachaba rápidamente para recogerlos. Su cabello oscuro cayó hacia adelante, cubriendo parte de su rostro. —Dios... Siempre me pasa. ¿Por qué soy así? —susurró, apilando sus libros con torpeza—. En serio, Bianca, ¿qué tan difícil es salir de una oficina sin hacer un desastre? Tuve que contener una sonrisa. —¿Qué dijiste? —pregunté, inclinándome un poco hacia adelante. Bianca se quedó congelada con los libros en las manos. Sus ojos se abrieron con horror y lentamente me miró. —Lo dije en voz alta, ¿cierto? —murmuró con evidente vergüenza. Asentí con tranquilidad, disfrutando el leve color rojo que comenzaba a teñir sus mejillas. —Sí, lo hiciste —afirmé, cruzando los brazos sobre el escritorio. —Dios... siempre me pasa —susurró para sí misma mientras recogía los libros apresuradamente. Se veía tan frustrada consigo misma que no pude evitar encontrarlo entretenido. —¿Hablas contigo misma a menudo, Miss Lombardi? —pregunté con una leve sonrisa. Ella soltó un pequeño suspiro antes de levantarse y abrazar sus libros contra su pecho. —No es que hable conmigo misma... Es solo que... Pienso en voz alta —intentó justificarse, sin mirarme directamente. —Eso sigue siendo hablar contigo misma —repliqué, mirándola con diversión. —Bueno... sí, supongo... —murmuró, desviando la vista. Me recargué en el respaldo de mi silla, observándola con más interés del que debería. —¿Y de qué otra cosa sueles hablar cuando crees que nadie te escucha? —pregunté con curiosidad. Bianca frunció el ceño y me miró como si acabara de hacerle la pregunta más absurda del mundo. —¿Qué clase de pregunta es esa? —Una muy válida, considerando que acabas de delatarte sola —respondí con calma. —No delaté nada —dijo, apretando los labios—. Solo fue un pequeño... accidente. —¿Accidente? —repetí, arqueando una ceja. —Sí. Accidente. Como cuando alguien tropieza y se cae, pero en mi caso, tropiezo con mis palabras —explicó, como si intentara convencerse a sí misma. Sonreí ligeramente. —Vaya, así que también tienes accidentes verbales. —No lo haga sonar peor de lo que ya es... —se quejó, mirando hacia otro lado. Me tomé un momento para estudiarla. Bianca Lombardi tenía una mezcla peculiar de nerviosismo y determinación. Por un lado, parecía querer desaparecer del planeta en ese instante, y por otro, su orgullo le impedía quedarse callada. —Relájate, Miss Lombardi. No es un delito hablar sola... a menos que empieces a responderte —comenté con burla. Ella me lanzó una mirada de incredulidad. —¡Obviamente no me respondo! —¿Seguro? Porque cuando saliste del aula, parecías estar teniendo una conversación bastante animada contigo misma sobre Nueva York... —recordé con una sonrisa maliciosa. Su rostro se puso aún más rojo. —¡Usted no tenía que escuchar eso! —No fue mi culpa. Hablaste demasiado alto —me defendí con naturalidad. Bianca apretó los labios con frustración y dejó escapar un largo suspiro. —Definitivamente, me voy —dijo con resignación, girándose hacia la puerta. Pero antes de que pudiera abrirla, me incliné un poco hacia adelante. —Por cierto... Se detuvo en seco, sin girarse. —¿Qué? —preguntó con cautela. —Si vuelves a hablar sola, trata de hacerlo un poco más fuerte. Así podré escuchar mejor —dije con un tono burlón. Ella se giró bruscamente, mirándome con los ojos entrecerrados. —Usted disfruta molestarme, ¿cierto? —Un poco —admití sin vergüenza. Bianca dejó escapar otro suspiro y sacudió la cabeza. —Nos vemos en la próxima clase, Mr. Romano —dijo con un tono que intentaba sonar indiferente, pero que aún dejaba entrever su vergüenza. —Eso espero, Miss Lombardi —respondí, viéndola finalmente salir. Cuando la puerta se cerró detrás de ella, me apoyé en el escritorio y sonreí para mí mismo. Definitivamente, esta chica era entretenida. Tomé mi teléfono y volví a mirar su foto de perfil. Miss Lombardi tenía un aire tímido, pero había algo más en ella. Algo que me intrigaba. Quizás este semestre sería más interesante de lo que pensaba.
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