➽➽➽ BIANCA ➽➽➽
Entré a casa cerrando la puerta tras de mí con un suspiro. El lugar estaba impecable, como siempre. Mármol brillante, decoración elegante, cada detalle cuidadosamente seleccionado por mi madre. Era la clásica casa de familia rica, fría y sin alma.
—Bienvenida, señorita Bianca —dijo una voz a mi derecha.
Giré la cabeza y vi a Mónica, la empleada que había trabajado con nosotros desde que tenía memoria.
—Hola, Mónica —respondí, dejando mi bolso sobre la mesa del vestíbulo.
—¿Cómo estuvo su primer día en la universidad? —preguntó con una sonrisa.
—Podría haber sido peor... —murmuré, recordando mi pequeño accidente en la oficina de Mr. Romano.
—¿Hubo algún problema? —preguntó, notando mi expresión.
—No exactamente... Solo que mi torpeza decidió hacer acto de presencia en el peor momento posible —resoplé, cruzándome de brazos.
Mónica soltó una pequeña risa.
—Siempre ha sido un poco distraída, señorita.
—No me lo recuerdes —dije, tomando camino hacia las escaleras—. Voy a mi habitación. Si llega Charlotte, dile que suba.
—Por supuesto —asintió Mónica con un gesto servicial.
Subí a mi habitación, dejando mis cosas sobre el escritorio. Me quité los zapatos y me desplomé en la cama con un largo suspiro.
Ese hombre...
Había algo en Mr. Romano que me hacía sentir nerviosa, pero no en el mal sentido. Su mirada tenía un peso distinto, su voz me descolocaba y, para ser honesta, había algo en su actitud burlona que me provocaba más de lo que estaba dispuesta a admitir.
Antes de que pudiera perderme en más pensamientos, la puerta de mi habitación se abrió de golpe.
—¡Bianca! —exclamó Charlotte, mi mejor amiga, entrando como un torbellino.
Su cabello rubio ondeaba con cada paso que daba, y sus ojos brillaban con la emoción de siempre.
—Dios, ¿no puedes tocar antes de entrar? —me quejé, incorporándome en la cama.
—Por favor, vivimos en una mansión. Tocar sería una pérdida de tiempo —respondió con descaro, dejando su bolso sobre el sofá y tirándose a mi lado—. Cuéntame, ¿cómo estuvo tu primer día?
—Normal...
—Bianca, no me vengas con esa mierda. Sabes que quiero detalles jugosos —dijo, cruzando las piernas mientras me miraba con expectación.
Suspiré y desvié la mirada.
—Bueno... hay un profesor nuevo.
Charlotte se inclinó hacia adelante con una sonrisa de interés.
—¿Y?
—Y nada... Es... diferente.
—Diferente, ¿eh? —dijo, moviendo las cejas con picardía—. ¿Diferente cómo?
Jugueteé con la esquina de mi almohada, sintiéndome un poco acorralada.
—No lo sé, es solo que... es un poco intimidante.
Charlotte me miró por un momento y luego soltó una carcajada.
—Oh, Dios, Bianca... te gusta.
—¿Qué? ¡No! —exclamé, sintiendo mis mejillas arder.
—¡Sí, sí te gusta! —canturreó, dándome un codazo—. Vamos, dime, ¿es joven? ¿Está bueno?
Me pasé una mano por la cara, sintiéndome ridícula por siquiera estar teniendo esta conversación.
—Es... sí, es joven. Y atractivo, supongo.
—¡Lo sabía! —exclamó Charlotte, aplaudiendo como si acabara de descubrir el mayor secreto del mundo—. ¿Cómo se llama?
—Riccardo Romano.
Charlotte se quedó en silencio por un segundo y luego dejó escapar un silbido.
—Joder, hasta suena sexy.
—No empieces... —gemí, tirándome hacia atrás en la cama.
Charlotte se giró hacia mí con una expresión maliciosa.
—Dime algo, Bianca, ¿ha pasado algo interesante entre ustedes?
La forma en la que lo dijo me hizo sentarme de golpe.
—¿Por qué dijiste eso?
—Porque te conozco —respondió con una sonrisa—. Vamos, escúpelo.
Mordí mi labio inferior, debatiéndome entre contarle o no. Al final, solté un suspiro resignado.
—Tuve un pequeño accidente en su oficina...
—Oh, por favor, dime que lo derribaste o algo así.
—No, pero se me cayeron los libros y... terminé hablando sola.
Charlotte parpadeó un par de veces antes de soltar una carcajada.
—¡Bianca! ¡Dios, eres adorable!
—¡No es gracioso! Me escuchó y me preguntó qué había dicho.
Charlotte se tiró hacia atrás, riéndose sin control.
—Y luego, como la idiota que soy, le pregunté lo dije en voz alta, cierto?
Mi amiga se llevó una mano al pecho, intentando recuperar el aliento.
—Me muero, en serio. Esto es oro puro.
La miré con el ceño fruncido.
—Lo peor es que parece que disfruta molestarme.
Charlotte alzó una ceja.
—¿Y eso te molesta... o te gusta?
Abrí la boca para responder, pero la cerré inmediatamente.
—Oh, no... —susurró Charlotte con una sonrisa maliciosa—. Te gusta.
—¡No!
—Bianca... —canturreó, acercándose más—. Te calienta.
—¡Charlotte!
—Lo hace. Vamos, dime que no pensaste en él cuando llegaste a casa.
Desvié la mirada y ella jadeó, llevándose una mano a la boca.
—¡Lo hiciste!
Me cubrí el rostro con las manos.
—¡Dios, déjame en paz!
Charlotte se echó a reír, pero luego su expresión cambió a una más pensativa.
—Oye... ¿y él?
—¿Él qué?
—¿Cómo te mira? ¿Cómo te habla?
Pensé en su mirada cuando me corrigió con el Mr. Romano, en la forma en la que sonrió cuando me escuchó hablar sola, en cómo parecía estar disfrutando de mi vergüenza.
—Es... intenso —admití en voz baja.
—Intenso... —repitió Charlotte, mordiéndose el labio—. Mmm... eso suena peligroso.
—No es peligroso.
—Claro que lo es. Un profesor joven, atractivo, con actitud de hombre que sabe lo que hace... Bianca, esto es material de fantasía.
—Cállate.
—No, en serio. ¿Nunca has pensado en lo que se siente que un hombre así te hable al oído? Que te diga cosas... sucias.
Me mordí el labio.
Charlotte sonrió de forma perversa.
—Lo imaginaste, ¿verdad?
—¡No!
—Dios, qué mentirosa.
Suspiré y me levanté de la cama.
—Voy a bañarme. Y cuando salga, quiero que dejes de fastidiarme con esto.
Charlotte sonrió ampliamente.
—No prometo nada.
Entré al baño con el corazón latiendo con fuerza.
¿Era posible que Charlotte tuviera razón? ¿Que realmente me gustara Riccardo Romano?
Y peor aún...
¿Y si él lo sabía?
——
Salí del baño con el cabello húmedo, envuelta en mi bata de seda. Me dirigí al vestidor, escogiendo un short de tela suave y una camiseta de tirantes. Algo cómodo para estar en casa, aunque Charlotte seguramente me diría que podría seducir a alguien con solo eso.
Sacudí la cabeza con una sonrisa y caminé hasta la cama, tomando mi teléfono del buró.
La notificación de un nuevo grupo apareció en la pantalla.
"Clase de Literatura con Sr. Romano."
Abrí el chat y revisé la lista de contactos dentro del grupo. No tardé en encontrar el nombre que buscaba.
Riccardo Romano.
Mis dedos se movieron con rapidez mientras abría su perfil.
La imagen de su foto de perfil me golpeó como una bofetada.
—Oh, joder... —susurré para mí misma.
La foto era tan simple como devastadoramente atractiva. Riccardo estaba parado con un traje n***o impecable, el saco perfectamente ajustado a su figura. Su camisa blanca resaltaba bajo la tela oscura y el primer botón estaba desabrochado, dejando ver un atisbo de su clavícula.
Pero lo peor no era eso.
Era su mirada.
Sus ojos azules perforaban la pantalla, con un destello de autoridad y peligro que me dejó sin aliento.
—¿Qué pasa ahora? —preguntó Charlotte desde el sofá, tomando una papa frita de la bolsa que había sacado de mi cocina.
No respondí. Solo giré el teléfono y se lo enseñé.
Charlotte se quedó congelada con la papa a medio camino de su boca.
—Bianca... —susurró con dramatismo—. ¿Quién te dio derecho a esconderme esta obra de arte?
Rodé los ojos, pero mi corazón latía con fuerza.
—Solo míralo... Joder, ese hombre se viste como si estuviera listo para arruinar vidas en una junta empresarial y luego arrancarte la ropa en su oficina —dijo Charlotte, llevándose una mano al pecho.
—¡Cállate! —dije, arrancándole el teléfono de las manos.
—No, en serio. Su vibra es de "te voy a joder la vida, pero te va a gustar" —añadió, dándome un codazo.
Solté un suspiro, pero no pude evitar volver a mirar la foto.
—Es mi profesor, Charlotte...
—¿Y? Eso lo hace más interesante. Prohibido. Intocable. Peligroso. —susurró, acercándose a mí—. Dime que no piensas en cómo sonaría su voz si te hablara al oído.
Mordí mi labio, pero no dije nada.
Charlotte soltó una carcajada.
—¡Lo pensaste! ¡Dios, te lo imaginaste!
—¡No!
—Sí, sí lo hiciste. Apostaría lo que sea a que te estremeciste solo de pensarlo.
Cerré los ojos y dejé caer la cabeza hacia atrás en la almohada.
—Estoy jodida...
Charlotte tomó mi teléfono otra vez y abrió la conversación del grupo.
—Dios... Solo imagina que este hombre te escribiera en privado —dijo, deslizando la pantalla.
—¿Qué haces? —pregunté con el ceño fruncido.
—Solo viendo si ha escrito algo en el grupo —respondió con inocencia fingida.
Revisé la conversación. Solo había un mensaje de Riccardo.
"Buenas tarde. No olviden la tarea para la próxima clase."
Charlotte se mordió el labio.
—Oye... ¿y si le respondes algo?
Abrí los ojos como platos.
—¡Estás loca!
—Solo algo inocente, como "Gracias, Mr. Romano" —dijo, agitando el teléfono frente a mí.
—No, Charlotte. No quiero llamar la atención.
—Por favor, ya llamaste su atención cuando hablaste sola en su oficina —se burló.
Me tapé la cara con ambas manos.
—Dios... me voy a cambiar de universidad.
Charlotte rio y tiró su cabeza hacia atrás en el sofá.
—Escúchame bien, Bianca Lombardi. No hay nada malo en fantasear un poco con tu sexy profesor. No significa que vayas a hacer algo. Solo... déjame divertirme con esto.
Rodé los ojos, pero no pude evitar sonreír.
—Bien, bien. Pero ni se te ocurra hacer nada raro con mi teléfono.
Charlotte levantó las manos en señal de rendición.
—Lo juro... por ahora.
Me hundí en la almohada, sintiendo mi corazón aún latiendo con fuerza.
No podía ser.
No podía estar sintiendo esto.
Pero la realidad era que... lo estaba.
Y lo peor de todo, es que no quería detenerlo.