➽➽➽ BIANCA ➽➽➽
Charlotte seguía tirada en mi cama, mirando mi teléfono con un brillo sospechoso en los ojos. Yo, por otro lado, intentaba procesar todo lo que había pasado en mi primer día de universidad, en especial mi encuentro con Mr. Romano.
Mi mirada volvió a su foto de perfil. Su traje n***o, su cabello rubio perfectamente peinado, esos ojos azules fríos y calculadores...
Joder.
—¿Crees que bajo esa actitud de profesor serio y autoritario se esconde un hombre que sabe exactamente cómo...? —Charlotte se inclinó hacia mí con una sonrisa maliciosa—. Cómo tratar a una mujer.
La almohada que le lancé voló directo a su cara.
—¡Basta!
Ella se echó a reír, pero en ese momento, la puerta se abrió y una pequeña bola de pelo blanco entró corriendo con total actitud de dueña del lugar.
—¡Ángela! —exclamé, extendiendo los brazos para recibirla. Mi gatita saltó a la cama y se acomodó sobre mis piernas, ronroneando con placer.
—Mírala, toda una princesa —dijo Charlotte, rascándole la barbilla.
Ángela entrecerró los ojos y dejó escapar un ronroneo más fuerte.
—Si la miras bien, tiene los ojos azules como tu profesor —soltó Charlotte con un tono casual, pero con una sonrisa de pura malicia.
Le lancé una mirada fulminante.
—No compares a mi bebé con él. Sus ojitos son más lindos.
Charlotte soltó una carcajada y se echó hacia atrás.
—Dios, estás negándolo con todas tus fuerzas, pero cada vez que hablas de Mr. Romano, tu voz cambia.
—¡No cambia!
—Sí cambia. Se vuelve más... no sé, más suave. Como si estuvieras imaginando algo sucio —dijo con una sonrisa pícara.
Me cubrí la cara con las manos, sintiendo el calor subir por mis mejillas.
—No estoy imaginando nada sucio... —mentí descaradamente.
Charlotte no se lo creyó ni por un segundo.
—Vamos, dime que no has pensado en cómo sonaría su voz si te dijera algo al oído... —susurró, acercándose—. Algo prohibido.
Tragué saliva.
—No pienso en esas cosas.
—¿Y si te dijera que puedo apostar lo que sea a que sí?
—Charlotte...
—Cierra los ojos un momento.
—¿Qué?
—Solo ciérralos.
Rodé los ojos, pero suspiré y los cerré, más para callarla que por otra cosa.
—Ahora imagina que estás en su oficina otra vez. Es tarde, no hay nadie más en la universidad. Solo tú y él.
Mordí mi labio, pero no dije nada.
—Te llama por tu nombre, pero no de la manera en que lo hace en clase. Su voz es más grave, más baja... Te dice que te acerques.
Mi respiración se aceleró un poco.
—Charlotte...
—Shhh. Aún no termino.
Me removí en mi lugar, pero ella continuó.
—Te apoyas en su escritorio y sientes su aliento rozar tu cuello cuando se inclina sobre ti. Sus dedos acarician tu muñeca, despacio, como si quisiera memorizar el calor de tu piel.
Abrí los ojos de golpe.
—¡Para!
Charlotte me miró con una sonrisa victoriosa.
—Te lo imaginaste.
—No lo hice.
—Sí lo hiciste. Te mordiste el labio y tus mejillas están rojas como el infierno.
Me cubrí el rostro con las manos, sintiendo que mi cuerpo me había traicionado por completo.
—Dios, ¿qué me pasa?
—Te calienta tu profesor. Es normal.
—No es normal.
—Lo es. Y lo mejor de todo, es que él lo sabe.
Me congelé.
—¿Cómo que lo sabe?
Charlotte alzó una ceja.
—¿Tú crees que un hombre como Mr. Romano no se da cuenta cuando una chica lo mira con más interés del necesario?
Tragué saliva.
—No lo miro con interés...
Charlotte suspiró con exageración.
—Bianca, Bianca... —negó con la cabeza—. Mi amor, los hombres como él están acostumbrados a ser deseados. Y te aseguro que ha notado cada vez que bajas la mirada, cada vez que te pones nerviosa cuando te habla.
Me mordí el labio, nerviosa.
—No creo que...
—¿Y si sí?
La pregunta quedó flotando en el aire.
Charlotte tenía razón.
¿Qué pasaría si Riccardo Romano sabía exactamente lo que provocaba en mí?
——-
La noche había caído y la luz cálida de mi lámpara iluminaba la habitación mientras revisaba mi computadora portátil. Charlotte estaba tirada en mi cama, boca abajo, con su teléfono en una mano y una bolsa de papas en la otra.
—Dios, ¿cuánto más falta? —se quejó, dándole otro bocado a su snack.
—Aún no termino de investigar —respondí sin apartar la vista de la pantalla.
—Bianca, eres demasiado aplicada.
—Solo quiero que la tarea esté bien. No quiero llamar la atención de Mr. Romano por algo negativo.
Charlotte se incorporó de golpe, con una sonrisa traviesa.
—¿Pero por algo positivo sí?
Rodé los ojos.
—Deja de decir tonterías y ayúdame a encontrar más información sobre el simbolismo en la literatura.
Charlotte suspiró exageradamente y tomó su teléfono.
—Bien, bien... veamos qué encuentro.
Pasaron unos minutos en silencio, con ambas concentradas en nuestras búsquedas.
—Oh, aquí hay algo interesante —dijo Charlotte de repente—. El simbolismo en la literatura permite que los escritores transmitan significados profundos a través de elementos cotidianos, evocando emociones y mensajes ocultos en los lectores.
—Sí, algo así mencionó en clase... —murmuré, anotando en mi libreta.
—¿Qué más dijo?
Pensé en ese momento, en la manera en que me había mirado cuando respondí su pregunta.
—Que algunos autores prefieren usarlo en lugar de ser directos, porque así hacen que el lector descubra el mensaje por sí mismo...
Charlotte me miró con una ceja arqueada.
—Hmm... qué curioso.
—¿Qué cosa?
—Nada, nada... solo que suena muy parecido a lo que los hombres hacen cuando quieren jugar con alguien.
Le lancé una mirada de advertencia.
—No, Charlotte. No empieces.
—¿Qué? Dime que no suena exactamente como alguien que quiere que descubras poco a poco lo que realmente quiere.
Suspiré, ignorándola y volviendo a la computadora.
—¿Encontraste algo más o solo vas a seguir fastidiándome?
Charlotte rió y continuó buscando en su teléfono.
—Aquí hay otra referencia. Los símbolos pueden representar deseos ocultos, sentimientos reprimidos y pasiones prohibidas...
Me detuve por un momento, sintiendo que esas palabras me afectaban más de lo que deberían.
—Prohibidas... —susurró Charlotte con una sonrisa maliciosa—. Qué interesante.
Negué con la cabeza.
—Concéntrate en la tarea.
—Lo estoy haciendo. Pero no puedo evitar notar que este tema se siente demasiado alineado con tu situación.
—¡No tengo ninguna situación!
—Claro, claro... —dijo con burla, sacudiendo la mano—. ¿Terminaste ya?
Eché un vistazo a mi pantalla y asentí.
—Sí, ya tengo suficiente información.
Charlotte dejó su teléfono a un lado y se estiró sobre la cama.
—Uf, por fin. Ahora, dime, ¿ya has hablado con Mr. Romano en privado?
Fruncí el ceño.
—¿Por qué haría eso?
—No sé, tal vez para hacerle alguna pregunta sobre la tarea... o simplemente para ver cómo reacciona si le hablas fuera de clase.
—Ni loca le escribiría primero.
—Mmm... qué aburrida eres —suspiró Charlotte.
Me crucé de brazos.
—No necesito iniciar ninguna conversación con él.
—¿Y si él te escribiera?
Me quedé callada.
Charlotte me miró fijamente y sonrió.
—Eso pensé.
Se inclinó hacia adelante y tomó mi teléfono de la mesa.
—¿Qué haces? —pregunté, alarmada.
—Voy a escribirle algo por ti.
—¡Dámelo! —intenté quitárselo, pero ella se alejó.
—Solo será un mensaje inofensivo... algo como: Mr. Romano, creo que necesito una clase privada para entender mejor el simbolismo.
—¡Charlotte!
Me lancé sobre ella, intentando arrebatarle el teléfono, pero Charlotte giró sobre la cama, evitando que lo tomara.
—Tranquila, tranquila... aún no lo envío —se burló.
Me impulsé hacia adelante y logré agarrar su muñeca.
—¡Suéltalo!
Charlotte se retorció, riendo, y ambas forcejeamos sobre la cama.
—¡Solo un mensaje pequeño, vamos! —exclamó, sosteniendo el teléfono en alto.
—¡No!
En medio del forcejeo, mi dedo accidentalmente presionó la pantalla.
Un silencio sepulcral cayó en la habitación.
Ambas miramos el teléfono con horror.
El mensaje estaba enviado.
Charlotte y yo nos quedamos en shock por unos segundos.
—No... no, no, no, dime que no se envió —dije, con la voz llena de pánico.
Charlotte bajó lentamente el teléfono y lo revisó.
—Oh... mierda.
Tragué saliva.
—¿Qué dice el mensaje?
Ella me miró con una mezcla de culpa y diversión.
—Bueno... quizás... pudo haber salido un poco más caliente de lo que planeaba...
Mi corazón latía con fuerza.
—Charlotte... dime qué demonios escribiste.
Charlotte carraspeó y leyó en voz alta:
"Mr. Romano, tengo muchas dudas sobre el simbolismo... quizás podría explicármelo de una manera más intensa en privado?"
Abrí los ojos como platos.
—¡NO!
—Ups...
Me lancé sobre mi teléfono y lo arrebaté de sus manos.
—¡Dime que se puede borrar!
—Eh... ya tiene un doble check azul.
Mi respiración se detuvo.
Charlotte se tapó la boca, conteniendo una carcajada.
—Bianca... te leyó.
—¡ESTOY JODIDA!
Mi teléfono vibró.
Ambas lo miramos como si acabara de explotar.
Un nuevo mensaje apareció en la pantalla.
"¿De qué manera más intensa, Miss Lombardi?"
Charlotte chilló y se tapó la cara con una almohada, mientras yo sentía que mi vida entera acababa de colapsar en un segundo.