Capítulo 1

1731 Words
➽➽➽ RICCARDO ➽➽➽ El aula de la universidad estaba en completo silencio mientras pasaba mi mirada por cada uno de mis alumnos. Algunos tomaban notas, otros simplemente esperaban la siguiente instrucción. —¿Alguien puede decirme la respuesta? —pregunté, recorriendo los rostros de mis estudiantes. Una mano se alzó entre la multitud y, sin necesidad de ver de quién se trataba, ya sabía la respuesta. —Sí, señorita Ferrari —dije con tono neutral. Amelia Ferrari. La alumna que siempre necesitaba ser el centro de atención. —¿Puede repetir la pregunta, profe? —dijo con descaro. El aula estalló en carcajadas. Algunos intentaron disimular, pero otros se rieron con fuerza, como si estuvieran en un espectáculo de comedia. Respiré hondo, sintiendo la molestia crecer dentro de mí. Odiaba a los alumnos como ella, los que creían que una clase era su escenario personal. —Muy chistosa, señorita Ferrari —dije con frialdad—. Otra falta de respeto más y te mandaré a poner una falta. La sonrisa de Amelia desapareció al instante. Me giré hacia el resto de la clase, que seguía riéndose entre susurros. —Silencio, o juro que el primero que hable si no es para responder la pregunta dejará de entrar a mi aula por una semana —advertí con firmeza. El efecto fue inmediato. Las risas se extinguieron, y el aula quedó sumida en un silencio sepulcral. Apenas iba a continuar con la clase cuando la puerta se abrió repentinamente, interrumpiendo el ambiente tenso. —Buenos días —dijo una voz femenina. Todos los alumnos se levantaron en automático, respondiendo al saludo con respeto. —Pueden sentarse —indicó la mujer. Me giré para ver a la persona que había entrado. Silvia Palermo, la directora. —Señora Palermo —dije con un ligero asentimiento. —Profesor Romano —respondió ella con tono formal. Mi ceño se frunció levemente. —¿Qué la trae a mi aula hoy? —pregunté, con una pizca de curiosidad. Silvia se giró hacia la puerta y fue entonces cuando me percaté de la presencia de alguien más. Una chica estaba parada junto a la entrada, sosteniendo con fuerza una libreta contra su pecho. Su cabello n***o caía en suaves ondas sobre sus hombros, y unos grandes lentes cubrían la mayor parte de su rostro. Se veía nerviosa, con las mejillas teñidas de un rojo suave. —Ven aquí —ordenó la directora. La chica avanzó lentamente, manteniendo la cabeza baja, como si no quisiera llamar la atención. —Vine a presentar a la nueva estudiante —anunció Silvia, colocando una mano en el hombro de la joven. La observé con detenimiento. Solo con mirarla, supe exactamente qué tipo de alumna era. Una de esas chicas tímidas que podían pasar horas y horas estudiando en la biblioteca o leyendo en un rincón, sin hacer ruido. —Preséntate —indicó la directora con suavidad. La joven asintió, dio un paso al frente y, tras aclararse la garganta, habló en voz baja. —Buenos días... Me llamo Bianca Lombardi —dijo con un tono inseguro. Un murmullo recorrió el aula. —¿Y a esta de qué campo la sacaron? —soltó Amelia con burla. Las risas volvieron a inundar el salón. Bianca bajó la mirada, apretando su libreta contra su pecho con más fuerza. Mi mandíbula se tensó. —Fuera —ordené sin rodeos. —¿Pero...? —balbuceó Amelia. —He dicho fuera de mi aula —repetí, mirándola fijamente. Ella me lanzó una mirada llena de indignación y frustración. Golpeó su silla con fuerza al levantarse y caminó hacia la directora. —Señora Palermo, solo fue una broma... —dijo en un tono lastimero, fingiendo ser la víctima. La directora cruzó los brazos, su expresión dura. —Señorita Ferrari, no puedo interferir en los asuntos de un maestro. Además, eso fue una falta de respeto hacia la señorita Lombardi. Sabe que en esta universidad el bullying se castiga. Amelia soltó un suspiro exagerado, girando sobre sus tacones con frustración. —¡Ugh! —grito, saliendo del aula con pasos furiosos. Sus tacones resonaron contra el suelo hasta que el sonido desapareció en el pasillo. Silvia suspiró y me dirigió una última mirada. —Profesor Romano, no le quito más su tiempo. Haga que la señorita Lombardi se sienta cómoda —dijo con formalidad. —No se preocupe —respondí con calma. La observé alejarse antes de volver la vista hacia Bianca. La chica seguía de pie en el mismo lugar, como si no supiera qué hacer. —Puedes sentarte —le indiqué con voz neutra. Ella asintió rápidamente y caminó hasta la primera fila. Se sentó con cuidado y abrió su libreta, como si buscara refugio en ella. —No sé si estás atrasada con algunos temas. Puedes pedirle un cuaderno a un compañero o acercarte a mí si necesitas ayuda —dije con un tono neutral. —Muchas gracias —respondió con timidez. Asentí y dirigí la mirada a toda la clase. —Voy a repetir la pregunta una sola vez, y si nadie responde, la próxima vez que nos veamos les daré un examen sobre este tema —advertí con firmeza. El aula quedó en completo silencio. Si un lápiz cayera ahora mismo, se escucharía con claridad. Mi vista recorrió a los alumnos, pero se detuvo en Bianca, quien revisaba su libreta con nerviosismo. —¿Por qué creen que los autores utilizan el simbolismo en sus obras? —pregunté, esperando una respuesta. Miré a cada estudiante, esperando que alguno levantara la mano. Nadie lo hizo. —¿Así que nadie piensa responder? —pregunté con un dejo de decepción. Entonces, de pronto, Bianca levantó la mano tímidamente, como si no quisiera que nadie se diera cuenta. Me sorprendió. Acababa de llegar y, aun así, fue la única que se atrevió a intentarlo. —Señorita Lombardi —dije, fijando mis ojos en ella. —Eh... —murmuró con nerviosismo. —Puede levantarse y decir la respuesta si la sabe —indiqué con calma. Ella asintió y se puso de pie lentamente. Nuestros ojos se encontraron por un breve instante. Unos ojos verdes, grandes y expresivos, pero en cuanto se percató de mi mirada, desvió la suya con rapidez. —El simbolismo permite transmitir ideas complejas de manera indirecta, permitiendo que el lector interprete y descubra significados ocultos en la historia —respondió con voz suave, pero clara. La observé sorprendido. Acababa de dar la mejor respuesta que había escuchado para esa pregunta. —Excelente, señorita Lombardi —dije con aprobación. Vi cómo se sentaba de nuevo con discreción y me giré hacia el resto de los alumnos. —Como la señorita Lombardi acaba de decir, el simbolismo permite transmitir ideas complejas de manera indirecta —repetí, esperando que esta vez al menos intentaran prestar atención. Mi mirada volvió a Bianca, quien seguía enfocada en un punto fijo de su libreta. —Enviaré por el grupo una tarea, ya que veo que solo estoy aquí enseñándole a las mesas y las sillas —solté con frialdad. Un murmullo se extendió por el aula. —Silencio. Agradezcan que es una tarea y no un examen que afecte sus calificaciones —añadí con severidad. El tiempo pasó y la clase terminó. Observé a los alumnos salir apresurados, como si hubieran estado esperando la campana con desesperación. Amelia regresó a recoger sus cosas y, antes de irse, me lanzó una mirada llena de resentimiento. No me molesté en devolverle la atención. Mi mirada se dirigió a Bianca. Era la última alumna en el aula, aún guardando sus cosas con tranquilidad. Me acerqué a ella y, apenas sintió mi presencia, una de sus libretas cayó de sus manos. —Lo siento... —murmuró con torpeza. Sonreí. Dios... su timidez y esa inocencia empezaban a gustarme más de lo que debería. —No te preocupes —respondí con voz calma. Me agaché y tomé la libreta del suelo, entregándosela. Ella la recibió con manos temblorosas. —Podrías darme tu número —dije de repente. Bianca alzó la vista, confundida. —¿Qué... qué dijo? —preguntó, pestañeando varias veces. —Necesito tu número —repetí con paciencia. —¿Para qué lo quiere? —preguntó con evidente recelo. —Para agregarte al grupo de la clase. Si no estás en él, ¿cómo piensas hacer la tarea? —respondí con naturalidad. —Oh... sí, claro —dijo en un susurro. Abrió su libreta, tomó su bolígrafo y comenzó a escribir su número. La observé con interés mientras plasmaba su nombre con una caligrafía ordenada y elegante: Bianca Lombardi. Me pasó el papel y lo tomé entre mis dedos, analizando su letra. —Tienes una linda caligrafía —comenté sin pensar. —Eh... g-gracias... —respondió, visiblemente nerviosa. —Soy Riccardo Romano —me presenté, aunque ella ya lo sabía. —Un gusto, Mr. Romano —dijo con educación. Me quedé en silencio. No Profesor Romano, ni señor Romano. No. Mr. Romano. ¿Por qué demonios escucharla llamarme así me gustó más de lo que debía admitir? —La dejo, señorita Lombardi —dije con un tono más frío, intentando recuperar mi compostura. Me giré y comencé a caminar hacia la salida, pero su voz me hizo detenerme. No estaba hablándome a mí, sino a ella misma, pero su murmullo fue lo suficientemente claro. —¿En serio, Mr.? No estamos en Nueva York... —murmuró con una mezcla de incredulidad y diversión. Contuve una sonrisa. Era adorable escucharla hablar consigo misma. Tomé mi portafolio y salí del aula sin mirar atrás. Apenas llegué a mi oficina, saqué el papel con su número y lo observé nuevamente. Su nombre, su caligrafía... Un ensayo escrito con esta letra sería una jodida obra maestra. Saqué mi teléfono, ingresé su número y la agregué a mis contactos. Miss Lombardi. Abrí la aplicación de mensajería y busqué su contacto. Su foto de perfil apareció en la pantalla. Me detuve a observarla con atención. Bianca estaba sentada con un libro entre las manos, sus grandes lentes negros ocultaban parte de su rostro, pero incluso a través de ellos, el verde de sus ojos resaltaba. Mi mirada bajó al título del libro en sus manos. Sonreí. —Pecado... —murmuré en voz baja. Así que la señorita Bianca Lombardi no era tan tímida después de todo.
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