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La Luna Rechazada: El Destino del Rey Lobo

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Blurb

En un mundo donde los lazos de mates son sagrados pero frágiles, Elara, una joven omega de una manada humilde, es brutalmente rechazada por su alfa destined, el arrogante y poderoso alpha Darius, quien la ve como una debilidad para su reinado. Humillada y exiliada, Elara huye hacia territorios desconocidos, donde se cruza con el misterioso rey lobo rival, Kael, un alfa legendario con un pasado atormentado por traiciones. Lo que comienza como una alianza forzada por supervivencia se transforma en una pasión prohibida, mientras desentierran secretos familiares que amenazan con desatar una guerra entre manadas. Entre intrigas políticas, poderes ocultos y la lucha por la redención, Elara debe elegir entre venganza y amor verdadero, en una historia llena de giros emocionales, batallas épicas y un romance que desafía el destino lunar.

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Capítulo 1: La Sombra de la Luna
El sol apenas despuntaba sobre las colinas boscosas que rodeaban la manada Blackwood, tiñendo el cielo de un rosado tímido que contrastaba con la niebla matutina. Elara Thorne se removió en su camastro de paja, el corazón latiéndole con una intensidad inusual. Un calor extraño se extendía por su pecho, como si un hilo invisible tirara de ella hacia algún lugar desconocido. Parpadeó, confundida, y se incorporó en la choza humilde que compartía con su hermana Lira. Las paredes de madera crujían bajo el viento, y el aroma a tierra húmeda y pinos invadía el aire. "¿Qué demonios me pasa?", murmuró para sí misma, frotándose el esternón. No era dolor, sino algo más profundo, instintivo. Como omega en la jerarquía de la manada, Elara estaba acostumbrada a las sensaciones que la luna y los lazos sobrenaturales provocaban en los lobos como ella. Pero esto era diferente. Era un tirón, un llamado que le hacía cosquillas en la piel y aceleraba su pulso. La manada Blackwood era un mundo regido por reglas ancestrales. Los alfas lideraban con puño de hierro, los betas servían como guerreros y protectores, y los omegas... bueno, los omegas como Elara eran el escalón más bajo. Sirvientes, limpiadores, los que mantenían el orden en las sombras mientras los demás brillaban bajo la luna. No tenían voz en las decisiones, ni derecho a reclamar territorios. Su destino era servir, y si tenían suerte, encontrar un mate que los elevara un poco en la escala. Pero el mate destined, ese lazo sagrado bendecido por la diosa lunar, era raro y codiciado. Elara había oído historias de cómo se sentía: un aroma irresistible, un calor que consumía el alma, una conexión que no se podía ignorar. Sacudió la cabeza, tratando de despejar la mente. Hoy era un día importante. La ceremonia lunar se acercaba, un ritual anual donde la luna llena revelaba vínculos ocultos y fortalecía las alianzas de la manada. Darius Blackwood, el alfa joven y ambicioso que había heredado el liderazgo tras la muerte de su padre, presidiría el evento. Elara lo había visto de lejos: alto, con músculos esculpidos por años de entrenamiento, ojos verdes que perforaban como cuchillas y un aura de poder que hacía que todos inclinaran la cabeza. Pero nunca se habían cruzado de verdad. Ella era solo una omega invisible. Se levantó, se lavó la cara con agua fría de un balde y se puso su vestido raído de lino. Lira aún dormía en el camastro opuesto, su respiración profunda y serena. Su hermana mayor era beta, con un poco más de privilegios: patrullaba las fronteras y entrenaba con los guerreros. Elara la envidiaba en silencio, pero el lazo entre ellas era inquebrantable. "Sobreviviremos juntas", solía decir Lira. Saliendo de la choza, Elara se dirigió al centro del pueblo de la manada, un claro rodeado de cabañas y fogatas eternas. El aire estaba cargado de expectación; lobos en forma humana charlaban animadamente sobre la ceremonia. Algunos ya mostraban signos de transformación parcial: orejas puntiagudas, colmillos asomando. Como omega, Elara no tenía tanto control sobre su lobo interior; solo se transformaba completamente bajo la luna llena, y siempre con esfuerzo. Su tarea del día era limpiar la cabaña principal, la del alfa. Era un honor dudoso, pero al menos le permitía estar cerca del corazón de la manada. Mientras caminaba, el tirón en su pecho se intensificó. Giró la cabeza y vio a Darius en la distancia, liderando una patrulla matutina. Él montaba un caballo n***o, su capa ondeando al viento, y sus guerreros lo seguían como sombras leales. Elara se detuvo, incapaz de apartar la mirada. Su aroma llegó hasta ella, llevado por la brisa: madera quemada, tierra fértil y algo salvaje, indomable. El calor en su interior se avivó, haciendo que sus rodillas flaquearan. "No puede ser", pensó, el pánico mezclándose con la excitación. ¿El tirón del mate? ¿Con el alfa? Era imposible. Los alfas se emparejaban con betas fuertes o alphas de manadas aliadas, no con omegas como ella. Sacudió la cabeza y apresuró el paso hacia la cabaña. La residencia de Darius era imponente: una estructura de troncos gruesos con un techo inclinado y ventanas talladas con símbolos lunares. Elara entró con la cabeza gacha, cargando un balde de agua y trapos. El interior olía a él por todas partes: ese aroma embriagador que ahora la envolvía como una manta. Comenzó por la sala principal, fregando el suelo de piedra y arreglando las pieles de animales que servían de alfombras. Cada roce con sus pertenencias —una capa colgada, una espada en la pared— hacía que el tirón se intensificara. De repente, un flashback la invadió, como solía pasar en momentos de estrés. Recordó su infancia, cuando ella y Lira eran solo cachorras huérfanas tras la muerte de sus padres en una escaramuza con lobos solitarios. Acurrucadas en una cueva fría, Lira la abrazaba mientras contaban historias para olvidar el hambre. "Un día, Elara, encontrarás un mate que te proteja como un rey. Será fuerte, y te tratará como a una reina", decía Lira con voz soñadora. Elara, con sus ojos grandes y llenos de esperanza, respondía: "Y tú serás mi guardia, ¿verdad? Juntas contra el mundo". Aquellos sueños infantiles ahora parecían tan lejanos, pero el anhelo persistía. Sacudió el recuerdo y continuó limpiando. Entró en la habitación de Darius, donde la cama estaba deshecha, como si hubiera pasado una noche inquieta. El aroma era más fuerte allí, casi abrumador. Tocó las sábanas por accidente, y una oleada de calor la recorrió, haciendo que su lobo interior aullara en silencio. "Esto no está bien", se dijo, retrocediendo. Pero no podía negar la conexión. Era como si su alma reconociera la de él. Terminó su tarea rápidamente y salió al claro principal, donde la manada se reunía para el desayuno comunitario. Lobos en todas sus formas —humanos, híbridos y algunos completamente transformados— compartían carne fresca de la caza nocturna. Elara tomó su porción modesta y se sentó en el borde, observando. El tirón no cesaba; de hecho, se hacía más fuerte. Entonces, lo vio. Darius bajaba de su caballo en la plaza, su presencia dominando el espacio. Sus ojos barrieron la multitud, y por un instante, se posaron en ella. Elara sintió un escalofrío. Él frunció el ceño, como si también sintiera algo, y comenzó a caminar directamente hacia ella. La manada se apartó, murmurando. Elara se levantó, el corazón en la garganta. Darius se detuvo frente a ella, su altura imponente eclipsándola. Su aroma la envolvió, y el tirón se convirtió en un fuego ardiente. Él inclinó la cabeza, inhalando sutilmente, y sus ojos verdes se dilataron. "¿Eres tú?", susurró, su voz ronca y baja, solo para sus oídos. La pregunta colgaba en el aire, cargada de promesas y peligros. Elara tragó saliva, incapaz de responder. ¿Qué significaba esto? ¿Era posible que el alfa sintiera lo mismo? Pero antes de que pudiera procesarlo, una beta se acercó, rompiendo el momento. Darius se apartó, pero su mirada permaneció en ella un segundo más, llena de intensidad. El sol se elevaba, y la ceremonia lunar se acercaba. Elara sabía que nada volvería a ser igual. ¿Sientes el tirón del mate como Elara? ¡Comenta abajo y dime qué crees que pasará después!

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