Capítulo 4.
Indignación.
Gustavo no está de humor para soportar sus berrinches en este momento, se acomoda su traje y camina a su coche dándole la espalda, se sube y se marcha notando que ella hace lo mismo sin importar dejar el dinero en suelo, Gustavo se va a su oficina donde trabaja todo el día, mientras Elizabeth camina las calles buscando trabajo, su antiguo jefe se ha encargado de que no la acepten en ninguna empresa y los trabajos pequeños son largas jornadas, a duras penas vería a Martin, pero no tiene otra opción, es eso o no podrá sobrevivir la situación, encuentra empleo en un bar de mesera por las noches y en el día atiende el área del restaurante, es un trabajo duro, pero la ayudará a reunir el dinero de la renta y tener para comprar comida a Martin, con las propinas será suficiente para comprar ropa y comida, estará bien, logro acordar que llegaría a las 8 AM después de entregar a Martin al colegio y no saldría en su hora de almuerzo para cambiar turno para buscar al niño y llevarlo por un helado y luego a casa, su nueva jefa acepta las condiciones si se queda a limpiar después de su jornada lo que da tiempo de ir a casa. Feliz y conforme, siente que este trabajo no podría arruinarlo, así que sale a buscar a su hijo, como acordó, al colegio y lo lleva por un helado al parque; caminan un rato y Martin juega.
—Mami, mira los patos. —El niño le sonríe y ella compra unas palomitas y se las da para que los alimente.
—Dales de comer, ve. —Su pequeño es tan inocente, tan puro, con el corazón noble y la apariencia de su padre.
Elizabeth se imagina cuando él estaba en su vientre y venía a este mismo parque, se sentaba frente al estanque y lloraba sin poder detenerlo por la misma angustia que hoy la abate, ahora él está con su padre y hasta su ropa ha cambiado, de alguna forma siente que lo perderá y que jamás podrá recuperarlo, Gustavo le da todo lo que ella solo podría soñar darle, está feliz porque Gustavo haya logrado todo lo que se ha propuesto, sin embargo, solo desea que su corazón vuelva a ser tan noble como una vez fue y que le brinde la oportunidad de explicarle lo que hizo porque sin duda lo hizo por amor, rompió su promesa de palabras, pero en su corazón sigue siendo la mujer a la culpa amo y ella lo ama con el alma.
—Mami, mami, esto es para ti. —Martin trae para su mamá una pequeña flor que arrancó del jardín, haciendo por fin llorar a Elizabeth; está devastada, ama a su bebé como a nadie.
—Gracias, mi príncipe hermoso. —Lo abraza mientras llora en sus brazos. —Mamá te ama, cariño, eres mi bebé, mi mundo entero.
—Tú también eres mi mundo, mamita. —Gustavo observa la escena de lejos y, aunque se disponía a bajar del coche, algo muy dentro de él le impide moverse de su lugar.
Elizabeth sostiene a su pequeño entre sus brazos; cargándolo, lo lleva hasta los hombros de Gustavo. Es tarde y el niño debe cenar. Al llegar, Gustavo baja del coche y Martín corre a sus brazos.
—¿Cómo te fue en la escuela, campeón? ¿Tienes hambre?
—Me fue muy bien, me divertí muchísimo con mamá en el parque y sí, tengo mucha hambre, mamita, ¿vienes a comer con nosotros?
Martin deja en silencio a Elizabeth y a Gustavo al unir sus manos que emiten una fuerte electricidad que recorre su pecho acelerando su corazón. Elizabeth se aleja de inmediato, un poco fuera de lugar; su respiración se vuelve irregular y, aunque a Gustavo le sucede lo mismo, él trata de no demostrarlo.
—Lo lamento tanto, cariño, debo irme a trabajar, pero te prometo que la próxima sí iré contigo. —Se acerca a Martin con el dolor de su alma y lo besa en la frente. —Te amo. —Esa palabra sonó tan sincera que Gustavo pudo notarlo.
—Eres mi mundo, mami, como yo soy el tuyo. —Dice el pequeño con inocencia.
—Así es, cariño.
—¿Es una promesa? —Martin coloca su dedo meñique para pactar con su madre.
—Es una promesa. —Elizabeth besa la mejilla de su bebé y se aleja entre lágrimas caminando.
—Bien, vamos por pizza, ¿te animas? —le dice Gustavo a su hijo mientras observa la silueta de Elizabeth alejarse mientras se pierde entre la gente en una dirección muy lejos de ir a su casa.
—Siiii pizza. —Gustavo se distrae por la emoción de su pequeño y sube al coche.
Lo lleva por pizza y, mientras lo ve comer, se queda hechizado al ver la sonrisa de Elizabeth reflejada en su hijo. Se divierten mucho juntos y Martin es exactamente lo que él un día imaginó que sería el fruto de su amor. Por un instante, una fuerte sensación en su pecho lo invade; no se imagina por todo lo que ella ha pasado. ¿Cómo llegó a este país? Son tantas preguntas sin respuesta que mantiene en su mente retumbando, recuerda su mano entrelazada con la de ella y corazón se acelera, siempre quiso todo lo que tiene, siempre lo ha deseado y lo hizo posible, sin embargo, su felicidad se reflejaba en esa mujer que lo hace empuñar su mano por la fuerte electricidad que lo invade de solo recordarla, de como solía hacerla suya, de como ella se entregó a él siendo tan pura, y que le sorprende no hallar a ningún hombre a su lado si luce más hermosa que nunca, no entiende la razón de por qué la está pensando, quizás es la sensación aún palpitante de su suave palma rozar con la de él, o la forma fría, pero a la vez cálida con que lo miro un poco sonrojada y sin duda tratando de calmar sus emociones.
—Papá, ¿estás bien? —dice Martín tratando de llamar su atención.
—Sí, campeón, ¿qué pasa?
—No me siento bien, creo que la pizza tenía champiñones.
—Sí tiene, ¿qué pasa, hijo? MARTÍN. —Su pequeño se desvanece en sus brazos; uno de sus hombres paga la cuenta mientras Gustavo sale de emergencia a llevar a su bebé a la clínica.
En su pecho lo invade un temor como ninguno. ¿Cómo pudo olvidarlo? Elizabeth también es alérgica a los champiñones; no puede ser coincidencia que su bebé también tenga esas alergias. Al llegar a la clínica, una doctora lo atiende de emergencia, tratando de estabilizarlo. El pequeño está muy rojo, tanto que solo verlo causa una angustia insoportable. Da vueltas en la sala de espera mientras Martin es estabilizado en la habitación. Por suerte, llegaron a tiempo a la clínica. Gustavo se queda toda la noche cuidando de su hijo sin descanso. Es su culpa, es un imbécil, se repite una y otra vez sin parar; no puede contenerse y llora al verlo dormido conectado a esos aparatos.
Elizabeth empieza su jornada laboral; servir mesas y llevar pedidos toda la noche no es lo que esperaba. Sin embargo, hace todo por complacer a los jefes y cumplir sus expectativas. Su turno termina a las tres AM y limpia las mesas y el lugar, dejando todo listo para el servicio de las 6 AM. Un taxi pasa por ella y la lleva a casa, donde uno de los hombres de Gustavo la espera. Llevan toda la noche buscándola y es que Martín solo quiere verla; llora mucho y, aunque está ya en casa, solo quiere ver a Elizabeth.
—Señorita Elizabeth, debe acompañarme.
—¿Por qué? ¿Qué pasa? —dice ella, temiendo lo peor.
El guardaespaldas le explica la situación y ella no duda en subir al coche. Está agotada y apenas puede caminar, pero eso lo omite, tratando de que el hombre arrogante la lleve con su hijo. Al llegar, se baja del coche sin notar el enorme lugar donde vive Gustavo y corre entrando a la casa, donde Gustavo sale a su encuentro.
—¿Dónde está?
—En su habitación, Flor, llévala.
Elizabeth corre siguiendo a la chica por las escaleras hasta la habitación de Martin, quien no deja de llorar.
—Mami… —dice Martín corriendo a los brazos de su madre, con la que siempre se refugian después de ir al doctor y la única que le hace su chocolate y galletas para calmarlo. Martín odia los doctores y al despertar y verse en la clínica sin su mamá que le cantara una canción o lo consintiera, se sintió solo y abandonado; aunque su papá estaba con él, él solo quería ver a su madre.
—Aquí estoy, cariño, ¿cómo te sientes? —le dice ella abrazándolo a su cuerpo, le da un beso en la frente y le acaricia el cabello.
—Me hace falta chocolate y galletas, mami, como tú me los preparas.
—Está bien, cariño, lo haré, solo déjame hablar con tu papá. ¿Seguro estás bien?
—No, mami, quiero que te quedes conmigo, duermas conmigo, te necesito, mami. —Martin llora y se abraza a Elizabeth; Gustavo, quien escucha en la entrada, mientras observa la escena, por un momento se siente culpable; si lo hubiera sabido, Martin no estaría en ese estado.
Elizabeth no sabe qué decirle, solo trata de calmarlo, lo toma entre sus brazos y le da un beso mientras Martin se envuelve en ella sintiendo su calor. Elizabeth lo carga a la ducha donde coloca agua tibia y lo ayuda a ducharse. Martin empieza a sentirse cansado, lo envuelve en una toalla llevándolo a la cama donde Gustavo la ayuda.
—Ven, dámelo. —Le dice y ella lo observa detenidamente. —Ve, toma de abajo lo que necesites, yo lo cambio.
—Gracias, vuelvo pronto, cariño. —Le vuelve a dar un beso a su pequeño y sale de la habitación; no conoce el lugar, así que baja por donde subió y la señora que la llevó a la habitación la guía a la cocina.
—Por aquí, mi señora. —La trata con respeto, llevándola a la cocina.
Elizabeth prepara todo con más facilidad, la cocina es como un palacio, lo tiene todo, solo tenía que hacer la mezcla y verterla en la máquina para galletas que le da la forma que quiere, de la misma manera en la máquina para chocolate y todo se hizo tan rápido, al terminar Flor la ayuda con los envases y Elizabeth suben para ver a los dos hombres que mueven su mundo platicando, Martin le cuenta a Gustavo sobre Elizabeth y lo buena que ella ha sido con él, le cuenta tantas historias de ellos juntos que Gustavo siente que se ha perdido de mucho, al ver a Elizabeth, Martin se sienta emocionado porque su mamá prepara las mejores galletas del mundo ante sus ojos, Gustavo sabe que ella ama a cocinar y hacer dulces, siempre estaba atenta a los chefs de la pastelería dónde trabaja y aprendió mucho.
—Genial, papá, debes probarlas. —Dice Martín dándole una galleta a su padre.
—Siéntate. —Le dice Gustavo a Elizabeth, quien se sienta a su lado.
Martin coloca una película y los dos ven la película junto a Martin que está en medio de los dos, por un momento, solo por un momento ambos imaginaron este momento diferente, Elizabeth está incómoda y Gustavo muy serio para su gusto, mientras que ambos juntos hacen que el corazón de Martin sienta tranquilidad y se quede dormido entre los brazos de su padre quién también se queda dormido, Elizabeth los mira por un momento, debe irse, pero no sin antes guardar en su memoria ese momento tan especial, se limpia algunas lágrimas y toma la cobija de la cama y los cobre, dándole un beso a Martin y por un instante quería acariciar a Gustavo, su mano está a punto de tocarlo, pero se aleja, sale de la habitación siendo las 7 AM, baja las escaleras con cuidado encontrándose con Flor.
—Buenos días, mi señora, debería descansar, sus ojos muestran cansancio.
—Lo lamento, yo no soy tu señora, por favor, ayúdame, ¿le informas a alguien que me lleve a mi casa?
—Sí, mi señora, lo lamento, es que… —Elizabeth toma su mano.
—No se preocupe, muchas gracias por todo, por favor, si me necesita, este es mi número, llámeme si surge algo, muchas gracias.
—A ti, mi niña, deberías descansar, que tengas un buen día.
—Igualmente.
Flor vio en Elizabeth una bondad como ninguna. Su corazón es puro y noble; en su mirada se refleja mucho dolor, dolor de madre, dolor por los golpes de la vida, dolor por amar. Es una mujer que ha ganado y perdido tantas batallas, pero no se arrepiente de nada, porque al fin logró ver lo que tanto quiso, la felicidad en los ojos del hombre que ama, lograr el éxito en su vida, cumplir sus metas y ser el padre que ella siempre quiso la hacen feliz, aunque en esa felicidad ella no esté. Siente la dicha de sentir lo que siente, y sin importar su dolor, lo volvería a hacer una y mil veces, porque de eso se trata el amor.
—Señorita, por aquí. —Le dice uno de los hombres de Gustavo, quien la lleva de vuelta a su casa.
Sabe que Martin tiene un día de reposo y no irá a la escuela, por ello aprovecha para relajarse un poco, toma una ducha y se coloca su mejor ropa para ir al trabajo, se toma un café bien cargado y un sándwich, sale pasando el día entero en su primer trabajo, está agotada pero toma su hora de descanso para ir al centro comercial a comprar algo de comida y ropa para el trabajo, al volver al restaurante toma su turno nocturno, está muy preocupada y no tiene forma de comunicarse con Gustavo, quiere saber de Martin, la angustia y la presión del turno la invaden, un fuerte dolor de cabeza no la deja reaccionar, son las 9 PM y una nueva mesa se llena, está por salir a tomar su pedido, toma su libreta y su lapicera y camina para encontrarse con Gustavo y una mujer, su corazón se acelera, dando un vuelco que la paraliza, ella no sabe que sentir ante este momento y aunque quiere escapar, no se detiene, se calma e intenta hacer su trabajo.
—Buenas noches, tomaré su orden cuando estén listos. —Gustavo nota sus ojos rojos; sus ojeras son evidencia de que no ha dormido.
—Sí, ¿me traes, por favor, una piña colada? —La rubia de ojos azules y enormes senos se fija en Elizabeth, quien se porta tranquila tomando la orden.
—Entiendo, ¿algo más? ¿El señor?
—Sí, un vaso con whisky. —responde Gustavo y Elizabeth sale para traer su pedido.
—Como órdenes.