Reece siguió a Shannon con los ojos mientras esta echaba los restos de comida en una bolsa. Se había quitado los zapatos en algún momento y así, descalza, con la faldita agitándose a la altura de las pantorrillas y el pelo suelto por la espalda, parecía tan terrenal como elegante, como una gitana vestida de seda.
Deseo puro y duro. Ni el pavo ni la oportunidad de integrarse en un círculo de excéntricos lo habían arrastrado a la fiesta de Shannon.
Habían sido las suaves curvas femeninas de su cuerpo, sus ojos azules, el brillo risueño de sus ojos. O sea, una mezcla de deseo y simpatía.
Lo cual ya era más peligroso. El deseo era algo sencillo: o lo satisfacías o no, pero no ha bía más vueltas que darle.Pero la simpatía era un sentimiento propio de los amigos, y una amistad llevaba consigo compromisos, ataduras que no quería incluir en su vida en esos momentos.
Por otro lado, quizá se estaba alarmando en exceso, pensó mientras doblaba una silla plegable. De acuerdo, deseaba a Shannon y le caía bien. Pero no tenía por qué ser una combinación tan explosiva. No tenía por qué dar lugar a nada más que, por decir algo, una tórrida aventura. La cabeza se le llenó de imágenes eróticas que dispararon una presión incómoda contra la cremallera. Reece se alegró de poder taparse con la superficie de la mesa plegable mientras llevaba esta hasta el camión de Frank.
Para cuando se hubo despedido de él, no sin antes prometerle que se acercaría a la ferretería y tras prometerle también a su bonita esposa que iría a cenar con ellos pronto, la presión de los vaqueros había remitido. Pero no la fantasía de tener una aventura con la vecina >.
¿Por qué dejarla en una mera fantasía?La atracción era mutua. Tal vez no había salido con muchas mujeres en los últimos años, pero no se le había olvidado cómo reconocer cuándo una mujer estaba interesada en él. Y los dos eran mayores de edad, libres para hacer lo que les apeteciera. No había ninguna razón para no satisfacer esa atracción recíproca.
Regresó a la puerta lateral de la casa y se cruzó con un niño de cinco años que se había tirado al suelo y se negaba a moverse a pesar de los esfuerzos de su padre. La situación en el jardín trasero parecía un caos bajo control. Las labores de limpieza, al igual que la comida, parecían responder a un esfuerzo conjunto.
Aunque no todos cooperaban, se corrigió al ver a Mavis enredada con un hombre delgado, alto y con perilla, que había cometido el pecado de no haberse terminado su porción de pavo. No estaba tan cerca como para oír la conversación, pero supuso que Mavis estaría proponiendo celebral un funeral en memoria del animal. Siguieron discutiendo hasta que, de pronto llegó Shannon y tocó el hombró de Mavis. Le bastó con una sonrisa y unas palabras para que la anciana se serenara y dejara marcharse al hombre a la cocina.
Shannon se quedó junto a Mavis, atenta a lo que esta le contaba. Cuando giró la cabeza para oírla mejor, los rizos de su cabello pelirrojo bailaron alrededor de su cuello. Reece se clavó las uñas en la palma para contener el impulso de acercarse y comprobar si aquel pelo era tan suave como parecía.
Quizá tuviera ocasión de averiguarlo.
Shannon despidió a Lillian y Héctor González y esperó a que la pareja de ancianos hubiera entrado en su coche antes de cerrar la puerta y exhalar un suspiro de alivio. Se apoyó contra la puerta y se quedó unos segundos oyendo el sonido del silencio. de pequeña siempre había celebrado el Día de Acción de Gracias con su padre, en un restaurante, tratando de pensar en algo que decir. O al menos eso había hecho ella. Nunca había estado segura de que a su padre le molestaran aquellos silencios, ni entonces ni en ningún otro momento.
Había crecido odeada de silencio, razón por la que probablemente disfrutaba tanto del alboro que conllevaba abrir su casa a tanta gente: pero el momento de cerrar la puerta después de que el último invitado se había ido...
-¿Suspiras?
Shannon abrió los ojos de par en par. Reece Morgan estaba frente a ella, apoyado en el arco que conducía a la cocina. Aunque no ha habían vuelto a hablar después de los primeros minutos, había estado pendiente de él toda la tarde. Una corriente inquietante había circulado entre los dos. Estaba convencida de que no debía alimentar aquella extraña tensión que los atraía. Pero no le apetecía preocuparse de eso entonces. Estando a solas con él. Cuando notaba un hormigueo tan agradable por todo el cuerpo.
Había anochecido y el pasillo estaba iluminado por las luces que llegaban del salón y la cocina.
-No ha habido peleas con la comida, nadie he tenido que ir a urgencias y todos se han marchado a casa sonrientes. Creo que me merecía el suspiro-dijo Shannon en respuesta a la pregunta de él.
-¿Es que normalmente hay peleas y la gente acaba en el hospital?-Reece enarcó las cejas.
-No siempre, pero el año pasado el profesor Durshwitz pensó que le había dado un infarto y tuvimos que llamar a la ambulancia.
Luego resultó que no era más que una indigestión. Y el año anterior, uno de los niños de los Brinkman le tiró un rollito de primavera a su hermana en el vestido. Y la niña se vengó lanzándole otro. Durante unos minutos la comida no paró de volar por los aires. Nada grave hasta que uno de los rollitos fue a parar a la frente de Edith Hacklemeyer- explicó Shannon, y sonrió al oír la risotada de Reece.
-Apuesto a que Cucameyer no se mostró muy comprensiva.
-Pues...no del todo. Según ella, tendríamos que haber encarcelado a todos los delincuentes involucrados en la refriega. Al ver que ni siquiera castigaban a Boby Brinkman, se levantó y se marchó enrabietada- Shannon frunció el ceño al recordar la situación -.Pero es que no era fácil tomarla en serio con todo el pelo lleno de rollito de primavera. Desde entonces no han vuelto a venir.
-No me extraña. A Cucameyer nunca se le dio bien lo de perdonar y olvidar-. Reece se enderezó y echó a andar hacia Shannon -. Lo que me sorprende es que viniese esa vez, no parece que te lleves bien con ella.
-Es que no tiene otro sitio adónde ir- dijo ella mientras el corazón se le disparaba cuanto más se aproximaba Reece. De pronto se alegró de poder apoyarse contra la puerta, porque no estaba segura de que las rodillas la hubieran seguido sosteniendo.
-¿Cómo un cachorrito extraviado?-murmuró él cuando estuvo frente a Shannon.
-¿Qué?-dijo ella. Levantó la cabeza y lamentó que no hubiera más luz para poder distinguir la expresión de su rostro, aunque quizá fuese mejor así, porque no estaba segura de si quería que Reece viera lo que debía de de sí quería que Reece viera lo que debía de revelar su propia cara, sus ojos. Apoyó las palmas de las manos contra la puerta, junto a las caderas, e intentó respirar con normalidad.
-Cucameyer-dijo él al tiempo que ponía una mano sobre la puerta, cerca de la cabeza de Shannon, y se inclinaba hacia esta-.¿Es uno de sus cachorrillos extraviados? Frank dijo que invitabas a todos los cachorritos extraviados de la ciudad.
-¿Eso dijo?
-¿Crees que yo soy uno de tus cachorritos?- insistió Reece con un tono de voz ronco, profundo, un poco peligroso.
Le acercó la mejilla con la mano libre.
Aunque no fue un roce de especial carga s****l .Shannon sintió que su columna vertebral era una mecha en llamas. Lo miró,buscó sus ojos a pesar de la tenue iluminación y observó una mezcla de deseo,humor y cierto orgullo masculino herido.
-¿Eso piensas? - susurró Reece mientras agachaba la cabeza.
¿Pensar? Shannon cerró los ojos y separó los labios. No tenía claro si sabía el significado de la palabra pensar en esos momentos. ¿Cómo no iba a olvidársele teniendo su boca tan cerca que podía sentir su aliento en la piel, oler el aroma delicado de su aftershave?
-No soy ningún cachorrito extraviado- dijo él contra los labios de Shannon.
En absoluto se dijo esta. Un lobo quizá, fibroso y potente.Pero un cachorrito no, ni extraviado ni sin extraviar. Shannon levantó las manos y posó los dedos sobre los bíceps de Reece. se quedó sin respiración cuando este deslizó la lengua entre sus labios exigiéndole permiso para entrar. Y se lo concedió gustosa.
Había estado esperando ese momento desde que lo había visto por primera vez, cuando él le había abierto la puerta con el torso desnudo y húmedo todavía de la lucha. El beso respondió con creces a todo cuanto había imaginado. Su boca la presionaba con ardor y firmeza, se amoldaba y fundía con la de ella. sabía a pastel de chocolate y café, a hambre y deseo.
No hubo preliminares, nada de besos suaves.Solo aquella...urgencia que inundaba su cuerpo entero como un océano, una cálida ola de humedad que la azotaba con suave fuerza, la arrastraba, la revolcaba y la mareaba, obligándola a aferrarse a Reece como si este fuese la única tabla del universo.Demasiado rápido, pensó.No debería estar pasando tan pronto.Debería sentirse insegura, nerviosa. Pero se entendían como si ya fuesen amantes.
Reece la agarró por el talle, la retiró de la puerta y la pegó a su cuerpo. Como una piedra, pensó ella mientras la acariciaba el pelo de la nuca y giraba el cuello para dar profundidad al beso. Era un hombre tan potente y hacía tanto que no la abrazaban de ese modo, bien apretada, segura. Aunque no fue > la palabra que pasó por su cabeza. No cuando el corazón le martilleaba contra el pecho y las rodillas amenazaban con rendirse.
Nunca había sentido nada igual, pensó en medio de una bruma de deseo. No pudo evitar gemir cuando Reece apartó la boca y empezó a darle besos y mordisquistos por el cuello. Jamás había sentido esa voracidad, ni siquiera con...Contuvo la respiración, no de placer, sino un poco asustada de repente. Era excesivo. Demasiada pasión, demasiada urgencia, demasiado todo. No quería...La lengua de Reece le tomó el pulso de la garganta. Shannon gimió de nuevo, le clavó los dedos en los hombros. De acuerdo, era evidente que sí quería. Su cuerpo quería, por lo menos.Pero eso no significaba que tuviera que...¡Dios!,¿por qué no le habían dicho nunca que su clavícula era una zona erógena?
Reece remontó el camino que había recorrido y regresó cuello hacia arriba hasta el lóbulo de la oreja izquierda. Lo mordisqueó un segundo antes de saborear la piel de debajo. No era nada fácil recordar por qué no debía estar con él cuando todas las hormonas estaban cantando el Aleluya y diciéndole que todavía podía ser mejor si dejaba de pensar y se abandonaba al placer de una vez por todas.
No es buena idea- acertó a susurrar Shannon.
-Pues a mí sí me lo parece- Reece le acarició los hombros con los pulgares y esbozó una sonrisa entre arrogante , seductora y malévola-. Puede que mi técnica esté un poco oxidada. Pero puedes ayudarme a ponerla a punto.
-a tu técnica no le pasa nada de nada- Shannon giró la cabeza, de modo que el beso de Reece aterrizó en su mejilla.Él no se desanimó y aprovechó para subir hacia el lóbulo de la oreja. Shannon puso las manos en su pecho para atraparlo-.Tu técnica está bien...Es solo...Me parece...demasiado deprisa. No es lo que quiero...Bueno, sí que quiero, pero no voy a hacerlo-añadió en un alarde de sinceridad.
Reece la tanteó con la mirada y Shannon supo que estaba pensándose hacerla cambiar de opinión. Se forzó a no acariciarle los pectorales y dar la imagen de una mujer inquebrantable. Tal vez se excedió, porque vio un brillo de humor en los ojos de Reece. Este abrió la boca, pero fuera lo que fuera lo que hubiese tenido intención de decir, quedó interrumpido por el timbre de la puerta. Reece dudó un instante antes de sonreír:
-Salvada por la campana.
La soltó, retrocedió un paso y Shannon se dijo que se sentía aliviada. Si se lo repetía unas cuantas veces, tal vez conseguiría creérselo.