Desde algún lugar, por detrás de un estante lleno de libros, Shannon oyó toser a Kelly para disimular una risa. Optó por no hacer caso y seguir atenta a la tela mientras terminaba de cortarla.
-Pero yo sí que lo recuerdo- prosiguió Edith-. Y permíteme que te diga: ese tipo es problemático. La sorprendió sentirse enojada. Por lo general, las críticas de Edith le entraban por un oído y le salían por el otro. Sabía que a la anciana le encantaba protestar por todo, más todavía por cosas que no eran de su incumbencia.Pero esa vez, al recordar el cariño con el que Reece había sostenido en brazos del bebé de Keefe, al recordar cómo era capaz de sonreír simplemente con los ojos, sintió que se le agotaba la paciencia.
-Conmigo ha sido muy agradable- contestó por fin. Quizá no era el adjetivo más normal para un hombre con el que había estado a punto de hacer el amor contra una puerta, pero tampoco era cuestión de entrar en detalles.
-El demonio puede ser encantador si se lo propone -replicó Edith, apretando los labios. Kelly volvió a toser al otro lado del estante-.
Pero no por eso has de fiarte.
La campana de la entrada sonó y Shannon miró hacia la puerta con la esperanza de que entrara un autobús entero de clientes, o una madre con niños que tuvieran los dedos manchados...Cualquier cosa con tal de distraerse.
Pero entró una distracción todavía mayor, de metro noventa más concretamente, con unos vaqueros negros que se ajustaban a sus caderas de un modo que debía de estar prohibido en algunos Estados más conservadores del país y un polo gris que realza los anchos hombros de Reece Morgan. El pelo le brillaba debido a la ligera bruma que envolvía la ciudad.
Echó un vistazo fugaz a la tienda, enarcó una ceja al reconocer a Edith y luego, al localizar a Shannon, esbozó una sonrisa que a ella le aflojó las rodillas. Le devolvió la sonrisa. Edith seguía malmetiendo, asegurando que había personas malas por naturaleza, pero había pasado a formar parte de un murmullido de fondo.
Desde algún lugar recóndito de la conciencia, Shannon se preguntó si no debería preocuparse por ello, por cómo había desaparecido todo de repente menos Reece Morgan. Todo menos sus ojos, su sonrisa, el olor a lana mojada y a aceras húmedas que llevaba consigo.
El toldo multicolor le había llamado la atención y movido por un impulso, había aparcado frente a la tienda.Lo que el impulso no justificaba era por qué había estado conduciendo justo por esa calle, pero Reece decidió no apretarse las tuercas ni exigirse una explicación.
Dejar la niebla del exterior para entrar en Colchas Celestiales le recordó a la escena de El Mago de Oz en la que Dorothy sale del mundo en blanco y n***o de Kansas para entrar en el reino multicolor de Oz. Las paredes estaban cubiertas por hileras de rollos de tela con todos los colores del arco iris. En un estante de madera se exhibían libros de tapas vistosas. El espacio entre las estanterías con los rollos de tela y el techo estaba cubierto por colchas con motivos tan variados como imaginativos, en absoluto parecidos a los aburridos diseños geométricos en que Reece había supuesto. había pollitos, juegos de té, pingúinos con ramilletes de flores. Y aunque también había diseños geométricos, no resultaban aburridos.
Era evidente que el arte de hacer colchas iba más más allá de lo que siempre había pensado: un grupo de viejecitas dándole a la aguja mientras intercambiaban cotilleos.
Desvió la vista de las colchas y se encontró con la nuca de Edith Hacklemeyer. La había visto varias veces desde que había regresado. La anciana salía a su jardín cada mañana, probablemente a decapitar cualquier hierbajo tan tonto como para asomar la cabeza en su césped. Pero, aunque no la hubiese visto, la habría reconocido por su voz nasal. La de horas que habría pasado de pequeña soportándola mientras Edith lo adormilaba con las conjugaciones de los verbos y la importancia de aprender las reglas de los signos de puntuación.Estaba diciendo algo de que las personas malas por naturaleza no podían cambiar, por más que lo intentara. A Reece no le costó imaginar quién era la mala persona a la que se refería. Le hizo gracia; otra cosa no, pero había qué reconocer que aquella mujer era fiel a sus creencias: habían pasado veinte años desde que le había estropeado sus petunias y para ella seguía siendo la encarnación del diablo.
Miró más allá y, al encontrarse con los ojos de Shannon, la boca se le curvó en una sonrisa. Llevaba un jersey de un tono azul cálido que realzaba el color de sus ojos. Unos vaqueros negros se ceñían a sus caderas y a aquellas piernas tan largas que debían de estar prohibidas por la ley. Se había retirado el pelo de la cara, recogiéndolo con dos horquillas, y el resto le caía sobre los hombros. Estaba radiante, irresistiblemente atractiva.
Cada vez se olvidaba con más facilidad de que solo se quedaría en Serenity Falls hasta que vendiera la casa de su abuelo. Y todavía le resultaba más sencillo olvidarse de que no quería iniciar ninguna relación en ese momento de su vida.
Se obligó a desviar la vista de Shannon y le llegó el zumbido monótono de las palabras de Edith:
-Yo siempre intento ser generosa-iba diciendo-. Pero hay que afrontar la realidad. Y lo cierto es que hay personas que solo han nacido para causar problemas. Ya está, No es que yo quiera...
Se calló de golpe en cuanto Reece entró en su campo de visión.
-¡Cuánto tiempo, señorita Hacklemeyer!- la saludó sonriente Reece.
-Sí, eh...mucho- contestó Edith, dando a entender que lamentaba que no fuese todavía más. Reece siguió sonriendo.
-Tienes unas flores preciosas este año.
Oyó a Shannon contener la risa ante la cara de Edith, una mezcla de indignación y temor.Antes de que pudiera contestar, Kelly Mckinnon surgió de detrás del estante de libros.
-Yo terminaré de atender a Edith- le dijo a Shannon mientras se acercaba a la mesa de cortar:
Luego los instó a que se fueran al fondo de la tienda para disfrutar, al menos, de un simulacro de intimidad.
-Déjame que adivine - dijo Shannon-. Siempre has soñado con hacer colchas.
-A decir verdad, no sabía que hubiera tiendas de colchas- confesó él-. Frank se pasó por casa esta mañana y comentó que tú tenías una... Estaba de paso y...sentía curiosidad. No sabía con qué iba a encontrarme - añadió sin especificar que se había desviado quince minutos de su camino.
-¿Qué esperabas?,¿un grupo de ancianitas con el pelo gris?- acertó Shannon.
-Más o menos- reconoció Reece.
-Estereotipos- Shannon hizo un ruido de desaprobación con la lengua-. Es un cliché políticamente incorrecto por tu parte. Podía largarte mi charla habitual sobre la diversidad de los aficionados a hacer colchas en el mundo actual, pero tengo una reunión con un representante de telas dentro de media hora, así que solo te señalaré los puntos más importantes.
Reece intentó poner cara de decepción y abatimiento, pero, a juzgar por la súbita risa de Shannon., debió de parecer más aliviado que otra cosa. Era una risa contagiosa, cálida, incitante, y Reece sintió una necesidad urgente de saborear la calidez de esa boca. Tuvo que forzarse a apartar la mirada de sus labios.
-Está bonita- dijo al tiempo que señalaba la tienda con un gesto de la mano.
-Gracias. Nos va bastante bien-Shannon miró a su alrededor con orgullo-. Al principio parecía que no había suficientes horas al día para trabajar todo lo que hacía falta: pero ahora tengo a seis ayudantes con contratos de media jornada y no es necesario que esté aquí siempre. Sigue llevándome mucho tiempo, pero ya no son veinticuatro horas al día.
-Pocos negocios superan el primer año.
-Yo tampoco estaba segura de que fuera a lograrlo-admitió Shannon al tiempo que recordaba los primeros meses de incertidumbre -. Aunque ha costado un poco, al final hemos conseguido que la tienda empiece a dar beneficios. No me voy a hacer multimillonaria, pero no soy en números rojos, cosa que no puede decir la mayoría de las empresas pequeñas. Las clases son un complemento fundamental: organizamos una cuarenta por trimestre y casi todas se llenan. Cuando traemos a un profesor famoso, a veces se apuntan estudiantes hasta de San Diego y tenemos...Perdona, no pretendía soltarte todo el rollo- dijo al darse cuenta de que se estaba extendiendo en exceso.
-No importa. Es interesante.
-Ya, seguro-Shannon lo miró con recelos-. Y ahora me dirás que te diviertes leyendo la sección de economía del periódico.
-Solo la parte de la bolsa- contestó con solemnidad-. El índice Dow Jones me vuelve loco- añadió y Shannon se echó a reír.
-Tiene que ser muy divertido salir contigo -comentó a la ligera Shannon.
-Descúbrelo tú misma ¿Cenas conmigo esta noche?
-¿Qué?-Shannon se quedó sin respiración.¿Acababa de proponerle una cita?
-Te invito a cenar esta noche-repitió Reece con calma, aunque algo en su mirada hizo que Shannon se preguntara si no él estaría tan sorprendida por la propuesta como ella misma-. Frank me ha hablado de un restaurante que acababa de abrir en lo que antes era una biblioteca.
-Restaurante Emilio- dijo Shannon. Frank había llevado a Kelly allí para celebrar su aniversario hacía un par de meses y su amiga había hablado maravillas de la comida.
-Exacto. Como es entre semana, seguro que no habrá problemas para reservar mesa con tan poca antelación.
Una cita. Acababa de pedirle que saliera con él. Hacía mucho, mucho tiempo quedo tenía una cita. Ni siquiera estaba segura de cómo funcionaban las cita. Comer, charlar. Con esa parte no tendría problemas.¿Pero luego? Un beso de buenas noches o... Era el > lo que la hacía dudar.Lo cual tampoco era de extrañar, pues las mujeres llevaban dudando sobre ese > en concreto desde el principio de la revolución s****l. Aunque no, no era el > en sí mismo lo que la preocupaba, sino qué le respondería a Reece cuando este plantease la alternativa.
La comida de Emilio estaba tan rica como había dicho Kelly. Shannon pidió pavo con salsa de almendras mientras que Reece eligió entrecot al vino tinto. No había pudding, dijo en tono pesaroso tras consultar el menú. Shannon río y, de pronto, le pareció una tontería preocuparse por cómo acabaría la velada. Fuese lo que fuese, no sucedería sin su consentimiento. Aunque si el beso de la semana anterior servía de precedente, lo más probable sería que lo pasara sucediera con su colaboración más entusiasta.
Al final no hubo lugar para el consentimiento ni la colaboración. Finalizada la velada. Reece la condujo a casa, la acompañó hasta la puerta al viejo estilo de las citas y esperó mientras Shannon abría. Esta se giró hacia él, con el corazón a un ritmo algo agitado. Esperó, un poco asustada, con miedo a que, sugiriese lo que sugiriese Reece, ella susurraría un > inaudible y se fundiría como una vela de cera en un día caluroso. Reece la miró unos segundos con expresión impenetrable y luego esbozó una media sonrisa. La acarició la mejilla con la yema de los dedos, le dio las buenas noches, dio media vuelta y se marchó.
Shannon se quedó parada, con la puerta medio abierta, mirando como Reece se alejaba, cerró con suavidad y, una vez dentro de la casa, echó el cerrojo y apoyó la frente sobre la madera.
Al día siguiente, el jueves, Reece y Frank Mckinnon se presentaron en la tienda a mediodía. Habían comprado sándwiches de pastrami en el local Willard Long. Afuera llovía, no había clientes. Pusieron la comida en las mesas del fondo y almorzaron los cuatros juntos. Shannon miró Frank y Kelly, y trató de no pensar lo bien que encajaba Reece con sus amigos. Lo bien que encajaba en su vida.
El viernes por la tarde, después de cerrar la tienda, Shannon alquiló una película en el videoclub que había en la acera de enfrente.