El dolor irradiaba desde la coronilla de Alex. Era muy parecido a la presión y el pellizco que se siente al llevar las joyas de la corona en la cabeza. Pero, sorprendentemente, no era peor. Llevar la corona ejercía presión en toda la cabeza. Esa miseria particular bajaba por su espalda como el tipo de dolor que hacía que las piernas estuvieran inquietas. Le pesaba en los brazos y le hacía desear liberarse de la carga extra y volar libre. La corona tenía el efecto añadido de cegar a cualquiera que la viera dejándolo sin habla. O, si podían hablar, balbuceaban, tartamudeaban y decían tonterías para permanecer bajo su luz deslumbrante. —Alex, ¿estás loco? ¿Qué estás haciendo aquí? Alex parpadeó ante la rubia asaltante que se cernía sobre él. Jan olía a pan caliente y miel. Llevaba el pelo

