—Ohhhhh, Jan —gimió Alex, con los ojos muy tapados. —Es lo mejor que he tenido nunca. Jan esperaba que los vecinos no pudieran oír los gemidos de placer que salían de la boca de Alex. O el sonido de sus puños sobre la encimera de la cocina de su pequeño apartamento sobre la pastelería. O el golpeteo de su pie a un ritmo que puntuaba cada gemido y golpeo. —Sí, sí, sí. —Alex acentuaba cada exclamación con un golpe de su tenedor. Alcanzó el último trozo de tarta de Tourte milanesa y lo deslizó en su plato. Estaba preparado para el tercer asalto tan pronto como recuperara el aliento de la segunda vez. El hombre era una máquina de comer. —Más despacio, tigre —dijo Jan—. Y no te pases. —¿O qué? Arruinaré tu reputación como la mejor pastelera de todo el estado. —Dio otro mordisco y gimió—. Q

