¿CELOSO, SEÑOR MEYER?
Uní las palmas de mis manos paulatinamente en un aplauso, dando fin al evento, el cual fue mucho mejor de lo que esperé y más entretenido, era interesante ver a la gente adinerada vender su alma por "caridad."
Tome lo poco que quedaba en mi copa, ansiosa por más, pero no me atrevía a ir por otra, puesto que me tocaba ser la cola del señor Meyer.
Si bien su interés por socializar no estaba en su punto más alto, había ciertas personas que para él eran imprescindible darles la mano, y exactamente hacia allá se dirigía con paso firme y decidido; yo iba detrás de él, observando a mi alrededor, atenta, porque presentía que...
— Diría que estas huyendo de mí.
Me detuve golpe.
— Jamás — dije con cierto sarcasmo en mi voz.
No me lo había topado en toda la noche, ni siquiera llego a su asiento, «el cual yo cambie», más bien estuvo todo el tiempo sobre el escenario, cosa que no me esperaba.
A diferencia de sus hermanos, Gael no estaba tan proporcionado con tanta masa muscular, sin embargo, eso no impedía que luciera fuerte e imponente, su cabello tenía un color castaño dorado, y sus ojos estaban teñidos de un azul claro, tenía el semblante duro y atractivo, pero un poco más relajado, sus labios eran rectos y un poco carnoso, era el que más apariencia a su padre tenía.
— Te ves muy linda — se acercó para besarme la mejilla con afecto, volviendo a verme a los ojos. — Sexy, no sé cómo te atreves a pasearte con esas piernas al aire.
— Si ya las tengo, hay que lucirlas.
— Totalmente de acuerdo, quizás quieras lucirlas un poco más en un lugar más privado, nos quedamos en el mismo hotel, ¿no?
Me encogí de hombros esbozando una sonrisa.
— Espero que no, escucha, fue grato saludarte, pero debo de ir con el señor Meyer si no quiero que termine regañándome.
— Claro, de todos modos, tengo que saludar a Wyltz, te vere en otro momento.
Asentí para luego retomar mi camino en dirección hacia el señor Meyer, aunque igualmente dando un vistazo hacia donde se habia ido Gael, me llamo la atención volver a escuchar aquel apellido, ha pasado un tiempo desde que no escuchaba mencionar a Wyltz.
Llegue al lado de mi jefe, captando su atención, el rápidamente y con mucha cordialidad me presento.
— Darcy; Carlos y Nickolas, ya lo conoces.
Efectivamente, les tendí la mano a ambos como siempre solía hacer.
Carlos Blossom era una persona agradable, no como su hija, o al menos eso mostraba a simple vista. Era un hombre entrado en edad, su cabello castaño empezaba a cubrirse por las canas, aunque sus ojos marrones se mantenían jóvenes, tenía mucha carisma y gracia.
Nickolas Hampton, la representación divina de la perfección, ese hombre tenía una apariencia impecable, su cabello n***o lucia sedoso, siempre, sus ojos azules eran tan profundos que te desnudaban el alma, y su sonrisa... Esa sonrisa.
Me gire hacia los demás, a esta pareja antes no la habia visto en persona, con Liam Hampton he hablado por llamada un montón de veces por asuntos de trabajo, y con su secretaria también, Vivian, la cual era una mujer agradable, podría decir que casi manteníamos una relación de amistad, entre ambas nos ayudábamos con asuntos del trabajo.
— Liam, y su novia, Keisy.
— Que dicha conocerlo al fin señor Hampton.
Esbozo una sonrisa, era idéntico a su hermano, alto, fuerte, la única diferencia era que sus ojos denotaban un gris azulado, muy precioso.
— Lo mismo digo, señorita Dubois; le presento a mi pareja Keisy.
Salude a la mujer a su lado cordialmente, de la cual no habia escuchado hablar. Es de apariencia cautivadora, tenía una notable figura esbelta, un rostro pulcro con unos lindos ojos marrones al igual que su cabello corto ondulado. Era hermosa.
Tome postura al lado de mi jefe, permitiéndoles continuar con su charla. Luego de estar un buen rato escuchándolos hablar sobre cosas que no me apetecían, me disculpe para ir por una bebida.
Un trago de lo que sea era lo que necesitaba para evadir el cansancio que me agobiaba, incluso, hasta me estaba empezando a sentir soñolienta. Me fije en la hora en mi teléfono, ya eran las nueve con cincuenta y cinco minutos, y según tenía entendido, a las diez en punto nos íbamos al hotel; lo agradable era que mi jefe siempre cumplía su palabra.
— No pude evitar notar que tienes un acento peculiar.
Al igual que el de ella, pero así hablaban los británicos. No me fije que esta mujer venia detrás de mí.
— Es muy bonito, por cierto — añadió en un tono de voz un tanto extraño. — ¿De dónde eres?
Esboce media sonrisa mientras me aproximaba a tomar una copa y darle un sorbo.
— Del caribe.
— Ahhh... — Expreso con una curiosidad claramente fingida. — He estado por ahí de vacaciones, tienen bonitas islas, ¿de cual eres tú?
Si bien parece una persona agradable a primera vista, con un par de segundos en su presencia fácilmente podrías cambiar de opinión, notaba cierta altivez en la manera en que hablaba, y como me veía... Sinceramente con esa actitud no me apetecía contarle absolutamente nada sobre mi vida privada, ya me bastaba con que supiera mi nombre.
Tan solo evadí la pregunta, como anhelaba más que nada que ya diesen las diez de la noche.
— Tu dime en donde has estado.
Tome otro trago de mi copa.
Levanto su mirada en un tono pensativo, continue bebiendo el contenido de mi copa, sintiéndome aliviada al notar a mi jefe finalmente acercarse. Deje la copa vacía sobre la mesa.
— El mes pasado estuve en puerto rico, quedé encantada.
— Es hermoso, te lo puedo asegurar.
— ¿De ahí eres?
— Lamento interrumpir su conversación, pero Darcy y yo ya debemos de irnos, tuvimos un día muy extenso y agotador.
«Gracias a Dios. »
— No hay problema, descansen.
Sonrió y se alejó sin decir nada más.
Camine detrás del señor Meyer, gire mi vista una vez más hacia la mujer de hace un rato.
Afuera aún estaban los camarógrafos, maldije internamente por no llevar las gafas, esos flases segaban.
El señor Meyer volvió a poner su mano en mi espalda, pero esta vez con un poco más de autoridad; le chofer abrió la puerta del vehículo al cual subí, a lo que el daba la vuelta entrando por el otro lado.
Por suerte el hotel no estaba lejos de aquí y durante el camino me recosté en el asiento.
— Esa mujer, Keisy, es un poco extraña, ¿no?
Desvió vio su mirada hacia mí.
— ¿Extraña?
— Sí, su mirada, su manera de hablar, pero más su mirada.
El señor Meyer torció un poco sus labios, lucia cansado.
— Y dices su mirada porque no la conoces.
Lo mire atenta esperando a que continuara hablando, pero tan solo cerro sus ojos con los labios sellados, dejándome con la intriga.
— ¿Me va a contar? — Pregunte curiosamente.
Volvió a abrir los ojos, pero dispuesto a bajar porque ya habíamos llegado.
Ambos equipajes eran maletas medianas, por lo que el chofer las llevo hasta el vestíbulo con nosotros.
Estuve a punto de exigirle más información, pero tenía que pedir las llaves, la cual nos dieron de inmediato. Caminamos hacia el ascensor, tomando nuestras maletas, el señor Meyer le dio una considerable propina al chofer antes de que este se marchara.
Me quede en una esquina con mi maleta mientras el ascensor subía.
— ¿Señor Meyer?
— Es una mujer soberbia, Darcy, mira a todos con superioridad, eso es lo extraño que viste en su mirada — me dio el frente cruzándose de brazos. — ¿Ahora me vas a explicar que fue esa insinuación con Hensel?
Confusa lo mire.
— ¿Qué insinuación?
Soltó una respiración pesada.
— Esa que hiciste cuando te levantaste de tu asiento cuando llego, te aventaste el cabello hacia atrás y sacaste el pecho.
— ¿¡Yo!?
Puse una mano en mi pecho fingiendo sorpresa, porque claro que si lo hice.
— Usted misma señorita Dubois.
Asintió suavizando su mirada, ahora luciendo más relajado.
— No me parece apropiado que se le insinué a mi hermano de esa manera — las puertas del ascensor se abrieron, el inmediatamente se aproximó a salir, y yo detrás de él. — Y menos que lo alague cuando ni siquiera lo ha hecho conmigo, que soy su jefe y debería de ser su prioridad.
Rodé los ojos bufando sus palabras a sus espaldas.
— ¿Celoso señor Meyer?
— No — dijo tajante.
No pude evitar esbozar una sonrisa mientras me detenía en la puerta de mi habitación, la de él estaba un poco más hacia adelante, la habitación presidencial.
— No tiene por qué sentirse así, sabe que no hace falta que le diga lo guapo e imponente que luce cada dia sin portar su vestimenta — me atreví a decir, a lo que él se detuvo y se dio la vuelta en mi dirección. — Y hoy no era la excepción.
Pase la llave por mi puerta, abriéndola. Le mostré media sonrisa.
— Buenas noches, señor Meyer.
— Descansa, Darcy.
Sin decir nada más continuo su camino, yo en cambio entre a mi habitación.