SILVIA Me desperté bruscamente, al menos uno o dos días después del encuentro con mi madre, preguntándome cómo o cuándo había conseguido dormirme. Un dolor repentino me recorrió el cuerpo y me hizo gritar, mientras mis ojos bajaban hasta el costado de la pierna izquierda, cubierto por una gruesa capa de sangre coagulada. —¡Maldita puta!— Grité tan fuerte como pude aunque mi voz estaba increíblemente ronca. —¡Maldita perra! De repente, las puertas se abrieron y Marcus se dirigió hacia mí. —Cierra la puta boca—, siseó, tirándome del pelo hacia abajo mientras me estremecía. —¡Dile a esa puta que venga y haga el trabajo sucio ella misma!— escupí con amargura mientras sus ojos se entrecerraban en rendijas. —No aprendes, ¿verdad?—. Su voz sensual preguntó despreocupadamente mientras entra

