Cuando las dos empresas se fusionaron, el padre de Julian propuso sellar el acuerdo con un matrimonio. Un contrato de conveniencia que uniría no solo los negocios, sino también a las familias… y, según ellos, aseguraría el legado para las futuras generaciones. La compañía de mi padre tenía una cláusula inquebrantable: no podía ser vendida ni absorbida, solo heredada. Aquella unión era la forma perfecta de mantener el control dentro del apellido. Nunca olvidaré el día que mi padre entró a mi habitación con lágrimas de emoción en los ojos. Me dijo que Julian había pedido mi mano. Mi mente se detuvo. El chico que había amado en silencio desde niña… iba a ser mío. Acepté sin pensarlo. El compromiso se anunció, se fijó una fecha, y en mi cabeza todo era como un sueño hecho realidad. El

