capítulo 6

1397 Words
Pov Valeria: Su silencio fue más incómodo que cualquier grito. Se limitó a cruzar los brazos, y yo me quedé observándolo, preguntándome si tenía algún tipo de problema antisocial o simplemente disfrutaba haciéndome sentir incómoda. El viento sopló entre los dos, y durante unos segundos lo único que se escuchó fue el sonido del agua corriendo bajo el puente. Entonces, mi estómago rugió. Fuerte. Muy fuerte. Levantó la cabeza y, aunque su rostro estaba casi oculto bajo la capucha, pude notar la curva burlona en sus labios. Me cubrí la cara, avergonzada. —No he comido en dos días —dije rápido, para justificar el ruido. Él buscó en el bolsillo de su chaqueta y sacó algo. —Aquí —dijo, extendiéndome una barra de chocolate. —¿Planeabas suicidarte con chocolate en el bolsillo? —pregunté, sin poder evitar reírme. —Claro —respondió con sarcasmo—. Nunca se sabe cuándo puede darte hambre justo antes de morir. —Al menos está envuelto —dije, tomándolo con cuidado. —No pareces muy preocupada por la higiene —añadió con una media sonrisa. Me encogí de hombros y empecé a comer. El sabor dulce me quemó la lengua y me trajo una punzada de nostalgia; ni siquiera recordaba la última vez que había probado algo tan simple. —¿Por qué no usaste veneno? —preguntó de pronto, como si fuera lo más normal del mundo. —¿Qué? —La mayoría de las mujeres lo hacen —dijo con calma—. El noventa y siete por ciento, si quieres datos exactos. Veneno, pastillas, pesticidas... algo “limpio”. Me quedé callada un momento, masticando despacio. —No lo sé. Caminé sin rumbo, escuché el agua y terminé aquí. Supongo que fue casualidad —admití, bajando la mirada. Él soltó una risa breve, seca. —¿Veniste caminando hasta aquí? Asentí. —Sí. Se quedó pensativo. Murmuró algo entre dientes y luego tosió, como si cada palabra le costara. —¿Qué dijiste? —pregunté. No contestó. Y entonces entendí: no era alguien que hablara mucho. Yo, en cambio, no soportaba el silencio. —Al principio pensé en lanzarme frente a un coche —dije, para llenar el vacío—, pero no pasaba ninguno. Ni siquiera para eso tengo suerte. Él levantó la vista, con un gesto que parecía entre sorpresa y fastidio. —Yo estaba conduciendo —dijo, después de una pausa—. Pero frené. Iba a estrellarme contra un árbol, y luego pensé… si sobrevivo, terminaré paralizado o peor. Y lo último que quiero es volver a ese maldito hospital. —¿Tanto lo odias? —Odio su olor. Huele a muerte disfrazada de esperanza —contestó, mirando el horizonte. Reí suavemente. —Entonces debiste tomar pastillas. Es menos… ruidoso. —Ya lo intenté —dijo sin inmutarse—. El tipo que lo hizo antes que yo acabó en coma. No pienso correr la misma suerte. Lo miré, sorprendida. —¿Entonces llevas tiempo pensando en esto? —Aproximadamente un año —respondió sin emoción—. Pero justo hoy, cuando por fin decido hacerlo, aparece una mujer con un pésimo gusto para vestir y el cabello más apestoso que he olido jamás. Me quedé con la boca abierta. Automáticamente me llevé una mano al pelo y lo olí. Tenía razón. Olía horrible. Pero me negué a darle la satisfacción de verme avergonzada. —Pues si tuviera tu vida, tampoco estaría aquí —repliqué, harta de su actitud. —Ten cuidado con lo que deseas —murmuró, con una media sonrisa. Fruncí el ceño. —¿Sabes algo de mí? ¿Cómo puedes estar tan seguro? Él se encogió de hombros. —Solo lo intuyo. Y entonces, sin mirarme, añadió: —Hagamos un trato. —¿Un trato? —Sí. —Se giró lentamente hacia mí—. El que tenga la historia más triste… salta en segundo lugar. Lo miré, sin saber si reír o gritarle. —¿Qué clase de trato es ese? —Uno justo. —Alzó la vista hacia el cielo, donde las últimas luces del atardecer se desvanecían—. Si vas a morir, al menos que alguien escuche tu historia primero. Por primera vez desde que lo conocí, su voz sonó diferente. No fría. No arrogante. Sincera. Me giré sorprendida cuando él me miró directamente. Esta vez no apartó la vista como antes. Sus ojos grises me sostuvieron con firmeza, y por un momento me olvidé de respirar. Era guapo. Demasiado guapo para estar al borde de un puente queriendo morir. Si no fuera por la piel ceniza que delataba su enfermedad, podría haber pasado por el hermano menor de Henry Cavill. —¿Entonces… es un trato, Valeria? —preguntó. Fruncí el ceño. —¿No dijiste que no era necesario saber mi nombre? —repliqué con ironía. Él sonrió de lado y desvió la mirada, fingiendo indiferencia. —Bien, Damian —dije con desconfianza—. Pero explícame algo: ¿por qué el que tenga la historia más triste debería saltar al final? Él encogió los hombros. —Porque si el que tiene la historia menos trágica se atreve a saltar primero, el otro no debería tener excusas para quedarse. —Hizo una pausa y añadió—. Suena lógico… en mi cabeza. Rodé los ojos. —Eso no tiene ningún sentido. —Lo sé —dijo con una media sonrisa—. Pero los suicidas no somos precisamente conocidos por nuestra lógica. A pesar de mí misma, solté una risa leve. —Idiota. —Las damas primero —añadió, con un gesto que parecía una mezcla entre burla y desafío—. Vamos, Valeria, cuéntame tu historia de terror. --- Pov — Valeria Tragué saliva y me aclaré la garganta. No sabía por dónde empezar. No quería hablar de mí. No quería abrir heridas que aún sangraban. Pero… iba a morir, ¿no? Y él también. No importaba si un desconocido más se reía de mí. Todos los que estaban en el tribunal ya lo habían hecho. Y mañana, mi desgracia sería portada en los periódicos. No tenía nada más que perder. —Está bien —dije al fin, respirando hondo—. Mi nombre es Valeria Moreau, y soy, probablemente, la mujer más estúpida del planeta. Damian arqueó una ceja, divertido. —No parece el mejor comienzo, pero continúa. —A los veintiún años me gradué con honores de Harvard —empecé, la voz quebrándose un poco—. Ingeniería bioquímica. Fui de las mejores de mi generación. Mi padre siempre decía que yo era su orgullo. Él también era ingeniero, dueño de una empresa que diseñaba dispositivos médicos para hospitales. Miré al suelo. —Yo vivía para él. Para hacerlo feliz. Nunca tuve amigos, ni fiestas, ni nada de eso. Los libros eran mi mundo, y la empresa de mi padre… mi destino. —¿Y Julian? —interrumpió Damian, notando el cambio en mi tono. Lo miré con sorpresa. —¿Cómo sabes ese nombre?—Suspiré y fruncí el ceño sin recibir alguna respuesta y continúe hablando.—Julian Hawthorne. Lo conocí cuando eramos pequeños. Nuestras familias eran muy cercanas. Su padre y el mío eran socios y mejores amigos. Siempre lo admiré. Era el chico perfecto: inteligente, encantador, seguro… y completamente fuera de mi alcance. —Déjame adivinar —dijo Damian, con tono seco—. El típico chico que lo tiene todo y lo sabe. —Exacto. —Sonreí con amargura—. Yo era la niña torpe, tímida, que lo miraba de lejos cada Navidad, esperando que algún día me notara. Guardé silencio unos segundos antes de continuar. —Años después, el negocio de su familia quebró. Y mi padre… quiso ayudarlo. Le ofreció una fusión entre las dos compañías. Dijo que era una forma de asegurar el futuro de ambos. —¿Y cuál fue el precio? —preguntó Damian, aunque ya lo imaginaba. Lo miré a los ojos. —Mi mano. El silencio se hizo espeso entre nosotros. Solo el sonido del agua golpeando las rocas llenaba el vacío. —Tenía veintidós años cuando me casé con Julian —dije con voz baja—. Y creí que era la mujer más afortunada del mundo. Damian bajó la mirada, y por primera vez, no había burla en su expresión. Solo comprensión.
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