—Damian, es seria y hormonal, y te va a hacer daño —advirtió Néstor. —Entonces deja que me mate; al menos me sacará de esta horrible vida —respondió Damian con total dramatismo. Damian Fraser estaba jugando la carta de la lástima. Y ni siquiera le daba vergüenza. Me eché a reír como una loca. —Valeria, esto no es gracioso; vas a hacer algo de lo que te arrepentirás el resto de tu vida —intervino Néstor, alarmado. —Ya se está castigando a sí misma por no haber saltado aquella noche —replicó Damian, levantando por fin la mirada hacia mí. —¡Por favor, discúlpame! ¿Eres estúpido, o tu estúpida enfermedad ya se apoderó de ti? —le solté. —¡Valeria, basta! —Néstor intentó sacarme de la habitación sujetándome del brazo. Intenté zafarme, pero me sostenía con fuerza. —¡Dame un respiro! ¡Suélt

