Narra Orlando.
¿Qué demonios hacía en esta selva? Me pregunté a mí mismo tras ver el lugar al que he aceptado venir todo por no pensar que castigando a Cristina no sufriré yo en el proceso, sin embargo, no todo parecía malo en este lugar porque la patrona que ha de ser más joven que yo, ha despertado en mí ese interés que hace dos meses no he sentido por alguna mujer y verla con ese vestido casi transparente alimenta mi lujuria.
Su actitud soberbia me molestó, por un momento cuando nos vio llegar al comedor no evitó mostrar su fastidio y pude sentir en carne propia lo que sentían los empleados que trabajan para mi padre cuando yo le solía hacer tales desprecios, al comportarme como un niño engreído que todo le molestaba. Desearía estallar y decirle a esa mujer tan presumida que yo no soy un peón más de su jungla, pero me restringí porque si mi propósito es deshacerme de Cristina debo aguantar hasta lograrlo.
Se retiró a cambiarse el sexy vestido que le deja poco a la imaginación, y mi mente perversa recreo la idea de bajarle lo sumo a mi señora altanera, me entristece, su esposo que parece ser muy buen patrón, sin embargo, su esposa ya ha despertado en mí ese interés de hacerla sufrir.
Esperamos por varios minutos a la señora que no le dio la gana de aparecer, demostrando con eso que no le interesaba estar al lado de nosotros y el señor Miguel apenado nos pidió empezar con la cena. Después de haber compartido un buen vino, nos retiramos a descansar y tras despedirnos del patrón percibí el interés de mi querida esposa por nuestro jefe.
—Qué demonios te pasa prefieres estar en este lugar jugando a ser el peón a pedirle disculpas a tu padre— protestó furiosa en cuanto entramos a la que será nuestra habitación, por unos cuantos días en lo que seduzco a la jefa y luego la hago sufrir al despreciarla.
—No suelo humillarme ante nadie y no lo haré porque a mí no esposa se le dé la regalada gana, además no comprendo tu afán si de todos modos mi padre no te quiere, o es que eres retrasada y no comprendiste que me dijo que me aceptara sin ti a mi lado—, ella emitió un bufido ese que siempre hace cuando se encuentra sin palabra para seguir importunando.
Se desnudó quedando en ropa interior y se tiró a mi lado acostándose boca abajo mostrando su trasero respingón de manera incitante.
—Tienes un buen trasero, con el cual puedes seducir al jefe; veo que te has enamorado de su dinero— comenté jocoso y escuche como creo un sonoro resoplido
Narra Irina.
No me sentía en condiciones de volver a bajar, no tenía ánimos después del mal momento que pasé y además tampoco tenía ganas de compartir la mesa con el hombre con quién he fantaseado hace apenas unas cuantas horas. Debo mantenerme alejada de ese capataz si no quiero terminar siéndole infiel a mi esposo, ya que él se ha empeñado en mantenerlo dentro de nuestra casa.
—Irina no estuvo bien de tu parte dejar a nuestros empleados esperando por ti en la mesa, fue de mi mala educación y bastante desagradable— me reclamó mi esposo en cuanto entró a nuestro aposento.
—Acaso estuvo bien de tu parte tomar una decisión como esa que has tomado hoy sin consultarme nada o haber tomado mi opinión acerca de ese hombre—, juro que tenía en mente pedirle excusas tanto a él como a los nuevos empleados porque a pesar de que me enfoqué en mí sentir me olvidé de que estuvo feo mi comportamiento al quedarme aquí, sin embargo, la actitud de Miguel me molestó mucho.
—Sabes que nunca hago nada sin tu consentimiento, lo hice esta vez porque no pensé que te iba a molestar. Después de lo que me dijiste está tarde volví a contactar a Pablo y me ha dicho que ellos son personas de confianza—, aseguró con cansancio mientras se quitaba la ropa.
—No me importa la opinión de Pablo lo único que sé es que no me deja conforme, es el hecho de tener a desconocidos durmiendo en nuestra casa— le hice saber mi incomodidad y me acomodé en mi lado de la cama.
—¿Qué quieres Irina?, ¿qué tire mi palabra por el suelo?, al pedirle que se marchen donde hoy le he dado el empleo —, está era la primera vez que Miguel me subía el tono.
Me sentí tentada a decirle que sí, que eso deseaba, pero guardé mi opinión, y la irritación que me embargó me hizo soltar varias lágrimas.
Pensando en la pequeña discusión no pude conciliar el sueño, me removía de un lado a otro, pero sin querer tocar a Miguel, aunque me moría porque me abrazara como lo hace cada noche. La costumbre de dormir entre sus brazos me estaba afectando, y a él parecía no afectarle, pues los pequeños ronquidos que escuchaba me dejaron saber que estaba profundamente dormido.
Cansada de golpear mi almohada como si ella fuera la culpable de mi molestia tuve que levantarme, e ir a buscar un poco de agua para tomarme un somnífero tal vez así terminaba de dormir las pocas horas que quedan antes de que amanezca. Bajaba la escalera sintiendo algo de inquietud dentro de mi propia casa, solo por la presencia de ese hombre. Un sonido parecido a unos chillidos de una mujer me hizo detenerme antes de ingresar a la cocina, hice silencio y me escondí detrás de unos de los pilares que están en la entrada y no podía creer de lo que estaba siendo testigo.