Narra Irina.
Estaba junto a mi esposo cuando un amigo le llamó para informarle que le había encontrado un capataz, él se emocionó aceptando que ese hombre junto a su esposa debía venir a nuestra hacienda a la cual mi esposo la nombró.
“LA NIÑA”
Llevo más de dos años casada con Miguel Martínez, mi único y primer amor, el dueño de todos mis suspiros. A su lado soy feliz me lo da todo y me consiente como a su pequeña niña, sin embargo, en estos últimos dos meses ha estado muy estresado y se ha descuidado un poco de mí, pero lo comprendo no es fácil mantener en pie una hacienda como está y encima los negocios de ganadería, es mucho trabajo para él, ya con el nuevo capataz las cosas volverán a ser tan buenas como antes de que el último renunciara, sin anticipación.
Dos días habían pasado y por fin llegó ese hombre... de piel blanca y delicada, no parecía ser un capataz, incluso sus uñas están bien arregladas, también es alto aprox. de unos 1.90, ancho de espalda y brazos fuertes, tenía una mirada penetrante, era imposible para mí mirarlo fijamente a los ojos. Me encontraba delante de ellos porque mi esposo Miguel me llamó para presentarme a las nuevas personas que trabajan en la hacienda, su nombre era Orlando y, venía con su esposa Cristina, él se encargaría de la hacienda, de cuidar los caballos, de mandar a los peones que cuidan el ganado y Cristina ayudaría a mi nana Lucrecia con las labores de la casa.
Cuando estaba parada delante de Orlando, mi mirada se perdió en su cuerpo, lo mire de pies a cabeza, sus manos eran grandes. Una sensación algo rara me recorría el cuerpo y cuando él me miró a los ojos me puse totalmente nerviosa, desde que me casé con Miguel no había mirado a ningún otro hombre por respeto a mi esposo, pero no sé qué me pasó con Orlando, incluso comencé a sentirme incómoda.
—Creo que el cambio de clima me ha afectado—. Fingí, arrugando el rostro y llevando los dedos a mi sien, mi esposo se acercó a mí tomándome la temperatura con sus labios.
—Gracias a Dios no has tenido fiebre, pero es mejor que descanses—, me aconsejó Miguel preocupado.
—Sean bienvenidos —. Casi murmuré sintiendo que la presencia de ese hombre en nuestras vidas no aportará nada bueno. Así que me retiré a mi recámara fingiendo un dolor de cabeza.
Estando acostada en la cama, no deje de pensar en Orlando; su sola presencia en la hacienda me tenía inquieta, su figura se quedó consignado en mi mente como un retrato. Sentí un calor que invadía mi cuerpo, mis capullos comenzaron a endurecerse, deslicé una de mis manos por mi vientre pasándola con suavidad por mi pelvis hasta dejarla entre mis piernas, luego sin poder apaciguar el cúmulo de calor en esa zona de mi cuerpo empecé a apretar mis muslos, estaba excitada nada más de pensar en él. Hacía muchísimo tiempo que no me sentía de esta manera, y guiada por un impulso comencé a tocarme todo el cuerpo, me abandoné a misma dejando que mis pensamientos se adueñaron de mi ser, mientras apretaba mis senos imaginando que eran sus manos; esas manos grandes y fuertes estrujando mis pechos endurecidos. No pasaron más de cinco minutos cuando me estremecí en un rico orgasmo; mi v****a estaba empapada, mis pezones erectos y mi rostro totalmente ruborizado.
—Oh Dios mío que acabo de hacer— exclamé sintiendo culpa, fue un instinto primitivo que me conllevó a cometer tal acto tan vergonzoso.
> me recriminé a mí misma por ese acto indecoroso que yo misma había cometido sin que nadie me incitara porque ese capataz ni interés ha de tener por mí y yo aquí fantaseando con él.
Me pare de la cama, llene la tina con aceites aromáticos y sales relajantes; luego de que todo estaba listo me sumergí en el agua, tome un baño caliente muy largo para ver si así podría borrar de mi cuerpo y mente lo sucedido, pero de nada sirvió porque lo que realmente debía lavar era mi conciencia, no mi cuerpo.
Sentí que mi esposo no se merecía que le falle ni con el pensamiento, no era justo para él ni para mí tampoco, obsesionarme con un hombre no estaba en mi plan de vida, eso no sería algo muy bien visto por mi familia y el bochorno me destruiría por completo si eso llegase a suceder algún día.
—Mi niña—me llamó mi esposo de manera cariñosa sacándome del lugar en el que se había sumergido mi mente.
—Amor estoy en la tina— respondí mientras arreglaba mi cabello mojado como si en la cara se me fuera a ver la infidelidad mental.
Él se acercó a mi lado sentándose al borde de la tina, y empezó a brindarme caricias que no pasaban de ser tiernas sobre el rostro.
— Te sientes mejor— me preguntó y yo asentí.
—Dormiré un ratito más y ya verás como se me pasa este malestar—, le mentí por segunda vez en el día a mi esposo a quien nunca le había mentido.
—Bueno, princesa te dejaré descansar mientras iré a darle las indicaciones a los trabajadores para dejar que el nuevo capataz se instale en la hacienda—me informó y no oculté mi desagrado.
—Creo que ese hombre no tiene ni idea de lo que es ser un capataz, creo que no aportará nada bueno a la hacienda—, dije así, por no manifestarle a nuestras vidas.
—Amor—, cogió mi mentón haciendo que lo mire fijamente a los ojos—, aprende a creer en los demás deja de ser tan desconfiada, tenle un chin de fe, hazlo por mí—, dejo un suave beso en mis labios.
—Bien lo haré únicamente por ti, pero sigo manteniendo la idea de que no aportará nada bueno ya verás—, él salió sonriendo y negando con la cabeza.
Cómo le dije descansé en la tarde, luego me levanté como nueva y con ideas frescas en la cabeza, hoy tendría una noche romántica con mi esposo. Busqué entre mis mejores vestidos eligiendo uno que nunca me había puesto porque me faltaba valor para hacerlo, pero hoy me sentía atrevida y necesito que mi esposo, me haga el amor.
Estamos a acostumbrados a cenar solos los dos así que me puse el vestido semi transparente de tiros finos color gris, en mis pies coloqué una zapatilla de tacos finos de color plateado y lo único que no me puse fue ropa interior.
Al llegar al comedor Miguel se quedó boquiabierto, sin poder procesar que me encontrará de esta manera delante de él y es que no lo culpo, yo no suelo ser de esta manera, como dije es primera vez que me atrevo hacer algo como esto.
—Amor estás hermosa, pero…—, no terminó de hablar porque el nuevo empleado y su esposa ingresaron al comedor, apareciendo de la nada por el pasillo que da a las habitaciones de invitados y ni siquiera tocaron la puerta, ya que si se están alojando en la pequeña casa que está junto al granero y al almacén donde se guardan las provisiones y la pastura para los animales. Para poder entrar aquí debe ser por la puerta de la cocina que siempre está cerrada o por la principal que igualmente se mantiene cerrada.
—Buenas noches, mi señora— manifestó la mujer con una voz cantarina y ella sí parece persona de campo, a diferencia de su marido que camina con aire de grandeza.
—Buenas noches, señora, disculpé que le estemos importunando—, él no evitó detallar mi cuerpo mirándome los senos que se transparentaba a través del vestido que ahora sí creo que lo mejor será botarlo por la gran turbación que me cargo.
—Mi amor esta tarde fui a informarte que invite al capataz y a su esposa a quedarse aquí en la hacienda, ya que es muy grande y solo estamos nosotros dos viviendo, de paso los invite a cenar para darles de bienvenida—, quise gritarle que sí también no deseaba darle un lado en nuestra cama. Esta era la primera vez que Miguel hacía algo sin consultarme y eso me molesto mucho.
—Creo que mejor me voy a cambiar para no molestar enseñando mis bubis, ¿no crees amor? —, él sabía que estaba molesta y con mi comentario sarcástico creo que si no lo dudaba ya le quedaba clara mi inconformidad.