Narrador.
Miguel debía salir de la hacienda para ir a negociar un nuevo ganado, pero antes de irse le buscó una ropa adecuada a Orlando, también le indicó cuál sería su trabajo, cosa que a él le pareció bastante fácil porque no era más que coordinar y controlar las tareas que los peones debían hacer, también le mostró cómo debía administrar la productividad de la misma y eso a Orlando no le fue difícil de comprender.
Cuando Irina despertó notó que su esposo ya no estaba en la cama, miro el reloj dándose cuenta de que había dormido hasta tarde, todo por culpa de los nuevos huéspedes que se han adueñado de su casa. Le pareció triste que su esposo no le diera los buenos días y después recordó que no habían quedado en buenos términos antes de acostarse.
«Todo por culpa del capataz» pensó furiosa.
Esta era la primera vez en dos años que Miguel no la despertaba haciéndole el amor, puesto que era su manera de darle los buenos días.
Estando en la regadera le fue imposible no recordar lo que sucedió en su cocina la noche anterior y aunque no lo planeo su cuerpo empezó a reaccionar por sí solo excitándose. Se puso cachonda en segundos; el agua caliente recorría todo su cuerpo, mientras se acariciaba los senos, pellizcaba levemente sus pezones que estaban endurecidos, combinando la sanación que le causaba esos pellizcos con el roce que produce el agua sobre su piel. Bajó poco a poco una mano hasta llegar a su entrepierna, y a pesar de que el agua también escurría por ahí, podía sentir la viscosidad de sus fluidos vaginales, comenzó a jadear, como si realmente alguien la estuviera follando.
«Orlando» pensó extasiada. Arremetía fuertemente con dos dedos dentro de su intimidad, tirando la tanga al suelo, y desesperada empezó a estrujarse los senos, imaginando que Orlando lo haría, el vapor caliente de la ducha sobre su intimidad hizo que su orgasmo fuera muy intenso.
Jadeando como nunca antes lo había hecho se corrió con sus propias caricias volviendo a cometer dos veces el mismo desliz al tocarse pensando en el capataz.
Con las piernas totalmente flácidas y sin fuerzas se deslizó por el cristal empañado de la ducha y se quedó en el suelo por unos minutos.
«Esto está mal, cada vez se pone peor» pensó al borde del llanto. Ni ella misma se reconocía al estar fantaseando con otro hombre que además es casado y con el cual ha obtenido dos gloriosos orgasmos. No es que con su esposo no lo haya conseguido, pero nunca sintió la necesidad de tocarse pensando en él.