Narrador.
La familia de Irina anunció que vendría a la hacienda a visitar a la pareja, pues ese matrimonio era el más alabado por ellos, ya que a su padre le encantaba Miguel cómo yerno desde antes de que Irina decidiera que debían casarse.
Pero ella no sabía que ellos tenían una gran deuda con Miguel y por eso es que esa boda en su momento fue más que ventajosa y lo mejor fue que no tuvieron que forzar a Irina contraer matrimonio porque ella lo quería genuinamente.
Cuando ella se estaba arreglando sintió la inquietud por saber que estaban haciendo el nuevo capataz y su esposa, pero eso no era más que una excusa para saber de Orlando.
Decidió arreglarse muy bonita de manera que se puso un legging de color ne**o con una blusa blanca sin mangas. Mostraba mucha piel para el gusto de Miguel, puesto que él alegaba que ella llamaba mucho la atención cuando vestía de esa manera, pero ya el capataz le había visto casi desnuda la noche anterior y a su esposo parece que no le importó ese suceso.
Cuando entró a la cocina con la primera que se encontró fue con Cristina.
—Buenos días señora, ya está listo su desayuno—, ella miró la encimera dónde estaba puesto el desayuno y lo que sucedió en ese lugar volvió a su mente como balde de agua fría.
—Buenos días, no te preocupes Cristina, igual no tengo ganas de tomar el desayuno—, Irina sabía que estaba mal de su parte sentir algún sentimiento negativo hacia esa mujer que no le había hecho nada, y se mostró amable, pero sin ánimos porque realmente en estos momentos quería a su esposo a su lado, y que él no se descuidara de ella porque estaba muy vulnerable.
En un momento como ese ansiaba tener un bebé ya sea dentro de su vientre o en sus manos para no sentirse tan sola en ese lugar donde todos la tratan con respeto por ser la señora.
—Mi niña sabes que al señor Miguel no le agrada que usted no tome su desayuno— intervino su nana Lucrecia apareciendo por la puerta de servicio.
Irina bajo los hombros desanimada pues sabía que le tocaba desayunar si o si, su Nana no la dejaría irse sin hacerlo— está bien Nana tú ganas, pero que sea algo ligero, además creo que no deberías seguir tantas órdenes de Miguel, eres mi nanita no la suya— exigió celosa, puesto que su padre había enviado a su nana con ella para que la cuidara, sin embargo, su intención al hacer eso era que Irina no se arrepintiera de ese matrimonio o que se canse de estar sola en esa hacienda, no le conviene que ella sepa que su matrimonio es un negocio a pesar de que ella adora a su esposo.
—No seas celosa mi niña sabes que estoy aquí para cuidarte a ti, pero tu esposo también te cuida y por eso apoyo sus ideas—, le respondió Lucrecia entre risas conociendo que Irina siempre ha sido muy territorial, tanto que no pudo ser la nana de la hermana menor de ella porque Irina se puso histérica aun siendo una pequeña niña.
—Cristina, ven siéntate a desayunar a mi lado— pidió Irina porque notó que la mujer la observaba, pareciendo no haber comido nada.
—Gracias mi señora, ya he tomado mi desayuno, perdón si paso de indiscreta, pero es que usted es demasiado hermosa para ser una mujer...— Cristina se tragó las palabras que tenía en mente por temor a ofender a la jefa.
—Una mujer que vive en un campo dentro de esta hacienda que no hay más que bosques animales y empleados que se limitan a ser mis amigos porque soy la esposa del patron ¿Cierto? — preguntó ella sin molestarse y Cristina no sabía cómo responder.
— Perdóneme, lo siento es que las esposas de los hacendados que he visto siempre son mujeres de edad más avanzada, tienen hijos adultos y usted es joven, delicada, bella y parece tener una educación muy buena—, no mentía con elogiar la belleza de Irina, sin embargo, lo hacía en hablar sobre las esposas de hacendados porque únicamente había visto haciendas en novelas.
Luego de terminar su desayuno Irina salió a caminar como cada mañana olvidando al fin por un momento la presencia de Orlando. Algunos peones se la comían con la mirada, deseando comerse el culo respingón de la señora; ella sentía siempre las miradas, incluso llegaba a escuchar murmullos aunque directamente a ella no le decían nada, no obstante, no le prestaba atención y mucho menos se lo hacía saber a su esposo, entendiendo que es natural que los peones siempre fantaseen con meterse entre las piernas de la esposa del patrón, ella era quien tenía que poner el límite y hasta hora el único problema gracias a Dios parecía mantenerse lejos, eso pensaba, pero en cuanto se acercó al establo a visitar a su hermosa yegua a la cual la llamaba Mariposa se quedó estática en su lugar cuando lo vio en el establo, vistiendo un jean ajustado, botas negras y camisa de cuadro la cual tenía totalmente desabrochada en la parte de adelante. Su torso ancho y pectorales bien marcados la hizo ponerse totalmente nerviosa.