NOBLEZA Y TIRANÍA

1644 Words
La palabra ESPOSA me hubiese encantado en la boca de cualquier otro hombre. Años atrás casarme era mi sueño más grande: un marido que me quisiera, una casa bonita y muchos niños, toda una familia que llevar a la iglesia los domingos. Toda chica soñaba con lo mismo: matrimonio, familia… estabilidad. ¿Y qué mujer en el mundo no hubiese entregado su alma al mismo diablo sí un hombre como ese, apuesto, dueño un título nobiliario y con todo un condado completo en su poder, le decía qué la volvería su esposa? Debería estar loca para rechazar la propuesta de un hombre así. Debería tener la cabeza en las nubes para atreverme a decirle que no a un Conde. Debería ser una desquiciada para negarme a unirme en matrimonio con el padre de mis hijos. —No quiero. No estaba loca, me sentía muy cuerda, pero aun así lo dije con todas sus letras. Tendría que haber perdido totalmente el juicio para irme con él y casarme. —¿Qué dices, Tess? Apreté a mis hijos bajo la manta, y doblegué el miedo que me carcomía para erguir la cabeza y ver directo a esos inquietantes ojos grises. —Que nunca, jamás, ni en mil años, aunque mi vida dependiera de ello… me casaría con un hombre como usted. Con el cabello castaño, casi oscuro, idéntico al de mis gemelos, empapado en lluvia, el Conde emitió una risita incrédula. No parecía importarle estarse mojando hasta los huesos. —No es común ver algo como esto —señaló. Me alejé medio paso, sin darme cuenta en qué momento me había acercado tanto a él, al grado de poder oler su fragancia: una mezcla de sándalo y cítricos. Era un aroma que nunca había olido en ningún otro hombre, porque nadie igual que yo tenía el dinero para un perfume con una fragancia así. Solo los ricos como él podían permitirse oler tan bien. —Pero antes de soltar palabras tan dignas y orgullosas, que los de tu nivel sueltan sin pensar, deberías recordar que lo que llevas en brazos, es algo de mi sangre y propiedad. ¿Realmente te crees capaz de criarlos hasta la adultez sola? En mis brazos, mis pequeños se agitaron un poco, queriendo asomarse fuera de la manta y ver qué pasaba. Pero yo no quería que los ojos de ese hombre volvieran a caer en ellos de nuevo. —No me importa vivir cosiendo la ropa de otros toda mi vida, sí con ello puedo ganar dinero y alimentarlos… —Siendo hijos míos, ¿hay verdadera necesidad de crecer en una choza, comiendo avena y vistiendo ropones gastados? —inquirió sin el menor tiento, tan insensible y directo que me hizo fruncir el entrecejo y recordar nuestro primer encuentro en esa casa de citas. Allí lo había visto por primera vez, en Londres, en una casa de citas muy popular entre nobles, aristócratas y comerciantes adinerados. Había llegado con otros, pidiendo mujeres y fumando opio, derrochando dinero, como sí el mundo fuese suyo. Atractivo, joven e hijo de un Vizconde, había atraído la atención de todas las mujeres desde el primer momento. ¿Por qué, en ese entonces, me atreví a cruzar miradas con él? —Nadie sabe que mis hijos son de usted —hablé con la mirada baja, aferrándome a lo único que creía mío—. Y nadie tiene porqué saberlo, ¿verdad? Puede ser un secreto. Con el rostro empapado en lluvia, me atreví a alzar la cabeza y verlo con expresión suplicante. —Solo… déjame seguir mi camino, y yo jamás diré que tuve a los hijos de un noble. Usted podrá casarse con una mujer de su misma posición, tener más hijos, y yo haré lo mismo… Algo en mis últimas palabras fue un paso en falso. La expresión paciente y apenas atenta se esfumó de su rostro de golpe, para dar paso a unos labios apretados y una mandíbula rígida. Como un cerrillo puesto al calor, el enojo encendió su piel clara. —¿Qué ha salido de tu boca, Tess? Dobló medio cuerpo sobre mí, para acercar lo más posible nuestros rostros. —Has dicho que quieres que viva ignorando que diste a luz a dos hijos de mi sangre, ¿para que puedas irte y casarte con otro tipo? —furioso y escéptico, elevó una sola ceja—. ¿Pretendes que mis herederos sean criados por quién, un campesino, un pobre diablo que los hará trabajar en las fábricas y que, como una burla a mí, te hará parir a su progenie empobrecida? ¿Quieres que me busque una mujer de mi clase, una aburrida dama cuyos únicos placeres sean la bebida, los bailes y los chismes? ¿Para qué? ¿Para que tú puedas irte libremente y llenarte de los hijos de un miserable? Mis labios temblaron y los tuve que apretar. La piel se me enfrió, quizás por la fría lluvia que ya me estaba llegando a los huesos, o quizás por la mirada colérica y gélida del noble que se cernía sobre mí. —No quiero casarme… —Creo que hay una confusión entre nosotros, Tess. Tal vez mis palabras fueron inexactas de dos formas que te hicieron no entenderme. Alzó una mano, grande, de dedos de pianista, y abrió dos delante de mi cara. —Uno: vendrás conmigo y vivirás como mi mujer, compartirás el lecho conmigo cada noche, y solo conmigo. Mis hijos, como hijos de un Conde, serán criados como tal y crecerán bajo mi techo. ¿Está claro? Bajó el primer dedo. Yo permanecí viendo su mano, y antes de que siguiera, hablé. —Dice que me llevará… ¿para vivir como una amante? —No quieres matrimonio, ¿no acabas de decir que jamás te casarías conmigo? Yo no tengo inconveniente, Tess, puedo tenerte de igual forma. Tampoco pretendo el matrimonio, es un asunto lleno de normas y aprobaciones, que no creo necesario llevar a cabo. Y, antes de poder salir de mi estupefacción, él dobló el segundo dedo. —Dos: no se te ocurra negarte, no vine aquí a negociar ni a proponerte venir conmigo, porque no es opcional, ¿entiendes? Sí de tu boca sale otro NO o cualquier otra tontería sobre dejarte ir, aceptaré que te marches, pero tendrás que dejar algo atrás, algo mío qué te empeñas en quitarme. Mis labios se separaron un ápice, mientras mis ojos se abrían y se me escapaba un hilo de vida. —¿Qué es eso suyo que debería dejar atrás sí quiero irme? Con la misma mano volvió a tomar la manta y descubrió los dos pequeños rostros, idénticos entre sí. Los dos niños alzaron la cabeza y fijaron dos pares de grises ojos, curiosos y algo tímidos, en el hombre que los miraba. —Sí ahora mismo o en el futuro, pretendes irte, te lo permitiré, Tess. Pero tendrás que olvidarte de mis hijos, porque ellos no te seguirán. Se quedarán conmigo y crecerán bajo mi protección. Me alejé dos pasos, entornando los ojos y mirándolo como si de repente el Conde se hubiese transformado en una bestia de cuatro patas que bloqueaba mi paso. —No es por amor a ellos, eso es seguro. Usted no los quiere, ¿entonces por qué me hace esto? Él no los amaba, no podía amarlos como yo, no cuando los acababa de conocer, y quizás nunca lo haría. Para mi terrible suerte, conocía bien a William de la Poer; su carácter, sus caprichos, sus vicios y aquella arrogante existencia que le dejaba hacer todo tipo de cosas horribles. —"Por qué”, ¿preguntas? —el conde volvió al lado de su caballo mientras hablaba, y lo montó con la agilidad de un jinete experto. Desde allí, me miró con la arrogancia natural de los nobles—. La respuesta a eso es simple, Tess: ellos son mis hijos, herederos de un Conde. Sin quererlo, no me arruinaste del todo hace 3 años. Trajiste al mundo a dos hijos míos, y con ello me has ahorrado la necesidad de someterme a un matrimonio sin sentido con alguna dama rica y sin más utilidad en mi vida que la de procrear a mis herederos. En medio de la vereda, entre charcos de lluvia y barro, apreté sutilmente los dientes. Sí hubiese tenido la oportunidad de irme antes de su regreso, habría puesto mar y tierra entre él y nosotros. —He enviado por el carruaje. Tú y los niños vendrán conmigo, está dicho. No volverás a esconderte de mí, mujer. Montado en su n***o caballo, el conde se acercó. El animal resopló bajo la lluvia, con las crines chorreando agua. —Aunque, no sería correcto decir que te escondías de mí. Porque nunca ignoré a donde ibas y donde llegabas. Irónico que terminarás viviendo en mi condado, ¿no, Tess? A lo lejos, el sonido de ruedas anunció la llegada del carruaje del que hablaba. Y solo instantes después, un carruaje cerrado, compacto y discreto emergió entre la brumosa lluvia. Los faroles estaban encendidos y los caballos blancos que tiraban del carruaje costoso, tipo Brougham, iban cubiertos por mantas empapadas. El cochero, con el rostro oculto por la sombra de un sombrero, detuvo el vehículo a un costado de mí. —No puede obligarme… Retrocedí medio paso al ver el interior del coche. Iluminado por una lámpara tenue, parecía un mundo ajeno a todo lo que yo acostumbraba: tapicería de terciopelo, el escudo de armas de los de la Poer grabado en la puerta, el olor a cuero y madera húmeda. —No necesito obligarte. Sin embargo, puedo hacerlo. ¿Quieres que te obligue a subir al maldito carruaje, Tess? Miré hacía el horizonte, con su amenaza en el aire. A distancia, aún podía vislumbrar mi casa, oculta por la lluvia.
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