¡EL PODER ES CORRUPCIÓN!

1506 Words
El cruce entre clases era el mayor escándalo al que un noble, fuese Conde, Duque o Señor, pudiese vivir. Era vergüenza, desprestigio y humillación para toda su rama familiar. ¿Cuántos casos no se oían donde un noble cometía el penoso error de enredarse con una mujer por debajo de su posición? Ya fuese por deseo o arrebato, ¡la vergüenza era la misma! ¿Y qué quedaba para la otra parte? Esos hombres solo cortaban el vínculo y nunca más se hablaba de ello, pero para las mujeres era el fin de la vida. Ya no había posibilidad de casarse de buena manera y eran olvidadas, todo por amar a un hombre muy por encima de ellas. La sola idea de convertirme en una de ellas me llenó la boca de amargura. En mi pequeña casa de techo de tejas, que Agatha me había rentado cuando llegué sola y embarazada 3 años antes, preparé a prisas lo necesario para una mudanza rápida. Como sí una tormenta se avecinará, dispuesta a barrer con todo, incluida yo, recogí mis pocas pertenencias y preparé a mis niños para un viaje sin retorno. ¿Cómo es que había terminado viviendo por 3 años en el condado del hombre que me embarazó? ¿Era destino o burla? Mientras el cielo se nublaba y gotas gruesas empezaban a caer, tomé todo lo que pude y salí de esa casa. Con mi dinero ahorrado, podría irme al condado vecino y buscar algo pequeño donde vivir. Una llovizna suave empezó a caer, pero no me detuve. Con mis dos niños en brazos, cubiertos por una gruesa manta de lana, tomé una carretera que salía del pueblo y me dispuse a marcharme antes de que ese conde irrumpiera, para cambiarlo todo. Pero cuando las cosas están destinadas a ir mal, sucederá. El castigo encuentra su camino, se abre paso desde el pasado, y no suelta. Cuando apenas había caminado un par de horas, con el otro pueblo aún lejos, la lluvia arreció y no vino sola. Escuché el relincho de un caballo a lo lejos, más allá de la cortina de lluvia que no me dejaba ver delante. Y luego, una voz me llegó. —¿Sabías que venía y has decidido salir huyendo? Mis pies frenaron en seco, y entorné los ojos, buscando ver más allá del torrencial que caía. Pero delante de mí solo había una cortina de lluvia, sin rostro, solo voz. —¿Mi retorno te ha ahuyentado del pueblo donde te escondiste de mí por 3 años? El viento me azotaba el rostro, y cada gota que caía en mi cara nublaba mi vista. En mi pecho, pequeños y envueltos por la manta, mis bebés se agitaron al oí la voz de ese hombre, curiosos por ver quién me hablaba. Sin embargo, yo solo los aprete fuertemente contra mi pecho, ocultándolos de la vista. —¿O acaso has salido de mi condado para venir hasta este inhóspito paramo y darme la bienvenida? De pronto, el sonido de cascos rompió el silencio. Un caballo n***o emergió entre la cortina de lluvia, era un animal imponente, con un jinete montado, que se erguía como una sombra de autoridad. El conde había regresado. Demasiado pronto. Y demasiado tarde para mí. —No lo conozco. ¡No sé quién es usted! ¡Le ruego que se aparte de mi camino y me deje marchar! Elegí fingir mala memoria. En esas circunstancias, era mi único escape: fingir no conocer al hombre en el caballo y esperar que él tampoco me recordará después de tantos años. No obstante, fue un escape en vano. Porque él me recordaba, incluso mejor que yo a él. —¿No me reconoces, Tess? —bajo esa lluvia torrencial, nuestros ojos se encontraron una vez más, luego de 3 años—. Yo te recuerdo perfectamente, tanto como recuerdo la noche que pasé contigo en una casa de citas en Londres. Mis labios se unieron en silencio, mientras arrogantes ojos grises, iguales que la tormenta en el cielo oscuro, me miraban con una profundidad intimidante. Su mirada era más dura y penetrante de lo que recordaba, cómo sí ese hombre se hubiese endurecido aún más en la guerra. —Y también recuerdo lo que tú, una costurera de comerciantes, se atrevió a hacer. El conde desmontó con un movimiento firme, con la lluvia resbalando por su capa. De una altura impresionante y un físico ni demasiado delgado pero tampoco robusto, se acercó, con cada paso suyo hundiéndose en el barro, pero sin vacilar. —¿Imaginaste que te permitiría esfumarte en el aire luego de lo que me hiciste vivir, mujer? Retrocedí por mero instinto, pero el barro me frenó. Mis manos se crisparon, envolviendo la manta, como sí con ello pudiera ocultar la verdad que llevaba oculta conmigo, y qué planeaba sacar de contrabando: dos pequeños, hijos del hombre delante de mí, y que él aún no sabía que existían. —Me arrepentí desde el primer momento, usted lo sabe. ¡¿Por qué buscarme y atormentarme?! ¡Solo olvídese de mí, de que pasó una noche conmigo y nunca más piense en mí! En mi arrebato, alcé la voz, tan alto que cualquier otro hombre en su posición me hubiese dado una bofetada, y esa fue mi ruina. El conde solo me miró fijamente, pero en mi pecho la manta se agitó y dos llantos asustados, muy parecidos entre sí, se alzaron bajo la lluvia, que caía entre ese hombre y yo como un velo. Él miró la manta, y lo que en un principio no le había llamado la atención, pasó a ser el foco de toda su curiosidad. Empecé a ver cómo, en un rostro apuesto, de rasgos exclusivos de la nobleza, aparecía cierta certeza y un interés creciente. —No soy suyos —me alejé un paso, apretando a los dos bebés contra mi pecho. Pero allí no había cabida para una mentira así. Las fechas coincidían, y solo bastaría que él removiera la manta para verlos y saber sin lugar a duda que mis pequeños llevaban su sangre. Y eso fue lo que hizo. Sin darme tiempo para reaccionar, quitó parte de la manta y descubrió a los niños, los dos iguales, gemelos. Con cabello y ojos idénticos a los del conde, él arqueó una ceja y soltó una breve carcajada de sorpresa. —Vaya. Quién hubiese imaginado que mi sangre es tan fuerte como para imponerse sobre la tuya y hacerte dar a luz a dos hijos míos en un mismo parto. Los cubrí de nuevo de su vista, y empecé a negar con la cabeza. Quería sostener hasta el cansancio que mis hijos no eran suyos, pero me bastó con ver la expresión en sus ojos para detenerme. —Qué mentirosa eres, Tess. Pretendes engañarme, como esa noche. En su mirada había determinación, certeza, pero también una herida que no había cicatrizado. —Tal vez creíste que dar a luz a los hijos del hombre que engañaste, es suficiente castigo para lo que hiciste. Pero debo informarte un hecho lamentable: no es así, las verdaderas consecuencias comienzan ahora que yo he vuelto. Un trueno estalló en el cielo, cayendo muy cerca. Yo respingué de miedo, pero él no. El conde no se inmutó, miró mi rostro empapado y enmarcado por rubios cabellos mojados, que se pegaban a mis mejillas y labios. ¿Iba a castigarme de alguna manera? Como conde podía hacerlo, podía hacer lo que quisiera, incluso sí era una injusticia. Podía incluso arrebatarme la vida sí era su deseo, nadie en ese condado estaba en posición de impedírselo. ¿Pero qué pasaría con mis hijos sí ese noble, con quién había cometido el error de acostarme, decidía tomar mi vida? —... Yo... sé que no debí hacer lo que hice, ¡y lo siento! ¡No debí seducirlo y después...! Antes de poder confesar mi mayor pecado y rogarle su perdón, a él se le crisparon los rasgos y tomó mi rostro con unos dedos largos y diestros, fríos por la lluvia. —No son necesarias tus disculpas, Tess. De hecho, no las merezco, porque no te busqué como loco solo para oírte pedirme perdón. Mis cejas se fruncieron sin que yo pudiera evitarlo, y con el aliento contenido me preparé para recibir cualquier castigo, incluso la muerte. De ser eso último, ¿podría dejar a mis niños con Agatha, para que ella los criará en mi lugar...? —Te convertiré en mi esposa —declaró, a mitad de mis pensamientos—. Ya fuiste mi mujer una vez, y lo más adecuado es que lo vuelvas a ser. Después de todo, yo soy el padre de tus hijos, y tú eres la mujer que me sedujo hasta la locura y hundió hace 3 años. El golpe de sus palabras fue tan evidente en mi cara, que una sonrisa bonita, elegante y blanca, apareció en los labios de ese conde. —Tómalo como capricho mío y castigo tuyo.
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