🩷POV Victoria Cameron
La puerta se cerró detrás de Eros con un sonido suave.
Un clic.
No fue un portazo.
No hizo falta.
Ese pequeño sonido fue suficiente para que el silencio del penthouse se volviera algo insoportable.
Me quedé de pie en medio de la sala, mirando la puerta durante varios segundos. Como si todavía existiera la posibilidad de que volviera a abrirla y dijera que todo había sido una broma. Un malentendido. Un error absurdo que podríamos arreglar.
Pero no volvió.
Y el silencio se hizo más grande.
El penthouse estaba en uno de los edificios más exclusivos de Washington D.C., cerca del río. Desde los ventanales se podía ver parte de la ciudad iluminada y, si el cielo estaba claro, incluso la cúpula del Capitolio a lo lejos.
Eros siempre decía que le gustaba vivir ahí porque podía ver el poder desde su ventana.
“Es un buen recordatorio de hacia dónde vamos.”
Vamos.
Durante siete años siempre habló en plural. Pensé que ese plural se refería a nosotros. A la pequeña familia que habíamos construido con Patricio.
Me dejé caer lentamente en el sofá. Mis manos aún temblaban.
Siete años. Siete años creyendo que ese “nosotros” era real.
Cerré los ojos.
Y todo volvió a mi mente. El escenario. Las cámaras. Olivia. Su brazo alrededor de su cintura. Su mano sobre su vientre. “Mi esposa tiene cuatro meses.”
Sentí que el estómago se me revolvía. Hasta ayer su cuerpo había estado junto al mío.
Sus manos habían recorrido mi cuerpo como si me conocieran de memoria.
Me levanté de golpe. Corrí al baño. Vomité todo lo que había comido. Cerré los ojos, lo imaginé con ella.
Ahora entendía algo horrible. Mientras yo dormía a su lado… otra mujer ya llevaba a su hijo dentro.
—No… —susurré.
Volví a vomitar.
¿Por qué? —Me pregunté
¿Qué le faltó?
¿Cuándo pasó?
¿Cuando me convertí en esto?
Empecé a caminar por la sala. El lugar estaba impecable. Todo ordenado. Todo perfecto. Demasiado perfecto.
Me acostumbre a esto. Entonces recuerde sus palabras “Te hice” “Te moldeé exactamente como quiero”.
Todo en este lugar había sido elegido por él. La mesa donde revisábamos discursos.
El sofá donde veíamos noticias hasta la madrugada.
Sobre la mesa seguía la fotografía que nos tomamos la noche que lo nombraron candidato.
Yo estaba sentada en sus piernas, sosteniendo su rostro mientras dejaba un beso en su mejilla. Él sonreía a la cámara como si el mundo acabara de abrirse frente a nosotros.
Recuerdo que después de esa foto me besó.
No fue un beso inocente. En segundos se volvió intenso, urgente. Terminamos riendo mientras nos deshacíamos de la ropa en medio del departamento vacío, celebrando como si el futuro ya nos perteneciera.
Hicimos el amor con una pasión que todavía podía erizaba mi piel al recordarlo.
Entre gemidos y gruñidos dijo que algún día llegaríamos mucho más lejos.
Yo pensé que hablaba de nosotros.
Ahora entendía que siempre hablaba de él.
Y yo solo había sido parte del camino.
Todo seguía ahí. Todo seguía igual. Pero dentro de mí algo había cambiado. Mi vida no acababa de romperse frente a todo el país.
Me detuve frente al ventanal. Las luces de Washington parpadeaban abajo. La ciudad del poder. Siempre había sido mi sueño participar en la política. Siempre había querido ser alguien que luchara por los demás.
Pero ya no podría haberlo. Por qué pronto este país sería el lugar donde Eros gobernaría. Por un momento creí que estaría a su lado para hacerlo pero ahora todos mis planes se convirtieron en promesas rotas.
Recordé cuando lo conocí. Yo tenía dieciocho años. Él ya estaba en política. No era famoso todavía, pero yo sí sabía quién era.
Desde el primer momento me salvó. Desde el primer momento fue mi héroe. Recuerdo que me intimidaba.
No por su dinero. No por su influencia. Por su mente.
Eros pensaba como si siempre estuviera cinco pasos adelante de todos.
La primera vez que discutimos sobre política me hizo sentir estúpida. A pesar de que era esa chica que leyó mil libros. La que siempre sacaba las mejores calificaciones para mantener su beca.
La segunda vez me hizo sentir que tendría un futuro. Que si me esforzaba algún día podría llegar a ser alguien.
La tercera vez me preguntó si quería trabajar con él. Y yo dije que no. Por qué no aguantaba la forma en la que me miraba.
Porque nadie me había mirado así antes. Como si realmente me admiraba. Como si realmente disfrutara mi compañía.
Siempre había sido rechazada. La becada en una escuela de ricos. La única que no iba a fiestas porque debía trabajar. Todos me ignoraban, todos me evitaban, todos se burlaban, hasta que él puso sus ojos en mi.
Trabajar con él era salir del mundo en el que vivía y encontrar un sentido a mi vida. Campañas pequeñas. Reuniones interminables. Discursos. Viajes. Crisis. Estrategias.
Todo lo que a una mujer de dieciocho años odiaría, yo lo amaba, o quizá era que ya había empezado a amarlo. No estoy segura.
Poco a poco él se volvió mi mundo. Y pensé que yo era el de él…
Cerré los ojos con fuerza. Todo lo que habíamos vivido ha sido real.
Lo sabía.
Eros no fingía bien. Era demasiado directo para fingir. Pero entonces…
¿Por qué me hizo esto?
Mi pecho se apretó. La puerta se abrió de repente. Me giré. Eros entró.
El saco colgaba de su hombro. La corbata estaba floja y su camisa blanca tenía el primer botón abierto. Su cabello estaba desordenado.
Había bebido. Mucho. Sus ojos recorrieron el departamento. Los marcos rotos. El vidrio en el suelo. Las fotografías tiradas.
Ni siquiera recordé en qué momento hice todo esto. Pero no me importaba. No iba a seguir viviendo en su departamento perfecto. En su mundo perfecto.
Luego me miró.
Durante unos segundos ninguno habló.
—Sabía que seguirías despierta —dijo finalmente.
Su voz estaba más baja de lo normal. Más cansada.
—¿Aún te quedan energías para celebrar conmigo también? —pregunté con amargura.
Eros cerró la puerta.
—Sabes que siempre tengo energías para estar contigo.
—¿No te complace Olivia?
—No empieces
—¿Qué no empiece? —Reí. Una risa amarga. —Te casaste con otra mujer.
—Era necesario —respondió terminando de quitarse la corbata y la camisa.
—¿Necesario?
—Sí.
—¿Y el bebé también era necesario?
Silencio. Eros caminó hacia la barra y se sirvió un trago.
—Esto es política, Victoria. Estrategias. Cosas que creí que tú entenderías.
—¿Entender? He estado a tu lado por siete años. Luchando juntos por un futuro mejor. Eso es todo lo que entiendo.
Asintió la cabeza.
—Y es lo que estoy haciendo ahora. Sigo luchando, podemos seguir luchando juntos. Se que no lo entiendes ahora, pero esto era necesario.
—Esto es traición.
Eros bebió.
—La presidencia no se gana con sentimientos, Victoria. Había decisiones que tomar y las tomé. Quien no arriesga no gana.
—¿Y el matrimonio?
Él dejó el vaso sobre la mesa.
—Fue una decisión. Nada importa. Nada tiene sentido si no ganó las elecciones. Si estuvieras en mi lugar hubieras hecho lo mismo —añadió, yo negué.
Sentí que algo dentro de mí se rompía otra vez.
—Si yo hubiera estado en tu lugar jamás hubiera hecho algo que te hiciera daño.
No respondió. Se quedó callado por un momento mirando a la nada.
—¿Y yo? ¿Yo qué soy?
Eros levantó la mirada.
—Victoria… se que te lastime…
—No, no lo sabes. —interrumpí—No puedes decir eso si no estás aquí. —dije señalando mi pecho —No estás aquí adentro para decir que me “lastimaste”. Por qué no lo hiciste. No me lastimaste. Me destruiste.
—Victoria… Lo lamento. Cuando te vi en el cierre de campaña. No supe qué hacer. Todo estaba planeado para que no estés aquí.
Dio un paso hacia mí.
—Para que no te enterarás.
Parpadeé.
—¿Qué? ¿Pretendías engañarme?
—Si —repitió, más bajo—. Iba a mantenerlos lejos hasta que pudiera explicarte. Victoria… No puedo hacer todo esto… sin ti.
Había algo conocido en su voz. Esa vulnerabilidad que antes era solo mía.
—Victoria… tú sabes cómo funciona mi cabeza. Tú sabes cómo pienso. Eres la única persona que puede entender lo que estoy construyendo.
Su mano pasó por su cabello.
—No quiero que nada cambie. No quiero que te alejes de mí. Seguiremos como hasta ahora. Puedo prometerte que todo será igual. Que aunque ella…
—Entonces ¿por qué no me elegiste? —pregunté en un hilo de voz. Más para mí que para él. Pero me escuchó, siempre lo hacía.
—Porque el país no te elegiría.
—¿Me quieres? —pregunté por primera vez en siete años.
Nunca me había atrevido a preguntar. Eros no era de demostrar afecto con palabras. Él era más de hechos. Y yo supuse que me amaba, que me quería. Pero ahora ya no podía quedarme con suposiciones. Necesitaba escucharlo…
Silencio. El no respondió.
El silencio se alargó demasiado. Lo suficiente para entender la respuesta.
Ese silencio me quebró más que todo lo que me había dicho temprano. Que todo lo que había visto. Que todos los recuerdos que se atoraron en mi garganta.
Las lágrimas comenzaron a caer.
—Eres un monstruo.
—No.
Se acercó más.
—Solo soy un hombre. Soy el hombre que puede cambiar este país. ¿No es eso lo que siempre soñamos?
Sus ojos se suavizaron.
—Y necesito que estés conmigo cuando lo haga. Solo dame una oportunidad.
—¿Como qué? —susurré— ¿Tu amante secreta?
—Como la única persona que quiero a mi lado.
Eso me hizo reír.
—Estás enfermo.
Eros no respondió.
En lugar de eso, sus brazos rodearon mi cuerpo y me levantaron del suelo como si no pesara nada.
—Suéltame.
No lo hizo.
—Eros.
Intenté zafarme, pero su agarre era firme. Mis manos empujaron su pecho una vez, dos… pero era inútil. Si seguía forcejeando terminaríamos cayendo los dos.
—Estoy cansado —murmuró contra mi rostro. Su respiración olía a alcohol.
Por un segundo su nariz se hundió en mi cuello. Aspiró profundamente, con una intensidad casi desesperada, como si necesitara memorizar mi olor. Como si quisiera guardarlo dentro de sí.
—Vamos a la cama.
Sus pasos comenzaron a avanzar por el pasillo. Uno tras otro. Firmes. Decididos. Como si nada de lo que acababa de pasar hubiera cambiado algo entre nosotros.
Como si esta fuera otra noche cualquiera.
—Si no crees que eres la mujer que quiero —dijo en voz baja— déjame demostrártelo.
Un segundo después me depositó sobre la cama.
Con la misma suavidad con la que lo había hecho tantas otras veces. Como si todavía me perteneciera.
El colchón se hundió cuando se inclinó sobre mí.
Luego se apartó de la cama para terminar de quitarse los pantalones. La tela cayó al suelo con un sonido suave.
Ahora estaba frente a mí, al borde de la cama. Solo en ropa interior.
—Eros… no vamos a estar juntos nunca más —dije.
Su cabeza asintió lentamente, como si hubiera escuchado cada palabra.
Pero sus labios descendieron hasta tocar la piel de mis pies.
Un estremecimiento me recorrió el cuerpo.
—Eros… ¡suéltame! —grité.
No se detuvo.
Sus manos rodearon mis tobillos con una calma que me heló la sangre, mientras su boca volvía a rozar mi piel como si intentara recordarla.
Como si todo lo demás no importara.
Como si todavía le perteneciera.
Y en la forma en que me miró entonces entendí que Eros no pensaba detenerse.