El bosque de sauces, silencioso testigo de secretos antiguos recibió el último aliento de Isabella con un suspiro que pareció perderse entre el susurro de las hojas. La brisa nocturna apenas osó tocar su piel, como si el mismo aire se negara a aceptar la fragilidad de aquella despedida. Su sangre, tibia aún, escapaba con desgarradora lentitud, trazando ríos rojos que se hundían en la tierra oscura. Viktor la sostuvo entre sus brazos, con los dedos crispados sobre su cuerpo, como si pudiera retenerla por pura fuerza de voluntad. La vio palidecer y el reflejo de sus ojos, antes cálidos, comenzó a tornarse en un azul casi blanco, traslúcido, quebradizo, como cristales a punto de romperse. En sus labios, la vida se desdibujaba y en su silencio se escuchaba la sentencia que más temía: perderla
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