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1272 Words
El Aroma Delator El carruaje se detuvo frente al Hôtel de Crillon con una brusquedad innecesaria, sacudiendo a Rowan de su ensimismamiento. La ciudad seguía envuelta en un gris encantador, húmedo y elegante, como solo París sabía vestirse en las primeras horas de la tarde. El reloj del vestíbulo marcaba las once y diez. La reunión comenzaba a las doce. Demasiado justo. Y él… aún llevaba el aroma de Madelaine en la piel. - Maldita sea. - murmuró, bajando a toda prisa. El mayordomo del hotel apenas tuvo tiempo de inclinarse cuando el conde cruzó el vestíbulo como una ráfaga, sin saludar, sin detenerse. Subió los escalones de dos en dos, con el rostro aún enrojecido por el calor de la habitación de Madelaine, el pulso alterado por algo más que la urgencia. Al llegar a su suite, se quitó la chaqueta con brusquedad, la tiró sobre una silla y fue directo al lavabo. Se mojó la cara, se perfumó con agua de colonia inglesa y revisó a toda prisa su maletín de documentos. “Enfócate.” Frente al espejo, su rostro lucía perfecto. El cuello de su camisa estaba impecable, el chaleco azul oscuro de botones de nácar daba un aire respetable, pulcro, autoritario. Como debía ser. Como todos esperaban que fuera. Pero su conciencia no se dejaba vestir tan fácilmente. El perfume de Madelaine aún flotaba en su piel, oculto bajo capas de colonia. No lo olía con claridad, pero lo presentía. Como una firma secreta. Cuando bajó, los otros miembros de la delegación ya lo esperaban en el vestíbulo. - Pensábamos que te habías perdido en Montmartre, Ashcombe. - bromeó lord Renwick, estrechándole la mano con una sonrisa burlona. - Solo en los papeles. - respondió Rowan con soltura - Aunque París tiene esa habilidad de hacerte olvidar la hora. Lord Pennington, un hombre delgado y perspicaz, se acercó para saludarlo también. Era mayor que todos, uno de esos lores que rara vez hablaba, pero cuando lo hacía… nadie lo ignoraba. Cuando Rowan se inclinó ligeramente para saludarlo, el anciano frunció apenas el ceño. Fue un gesto breve. Un parpadeo de juicio. - Curiosa fragancia. - murmuró en tono neutro. Rowan sintió que un hilo helado le recorría la nuca. - ¿Lo cree? - preguntó, fingiendo ligereza - Una mezcla rápida. No tuve tiempo de elegir con cuidado. - Sí… es una combinación peculiar. Inglesa en la base, pero… hay algo más… - respondió Pennington sin mirar a nadie - Almizcle, quizá. Vainilla. Muy de moda entre las… damas francesas, tengo entendido. Un leve silencio se extendió entre los presentes. Lord Renwick soltó una risa sin malicia y palmeó el hombro de Rowan. - Bah, no hay pecado en disfrutar de un poco de París, mientras el deber no se resienta. - Exactamente. - dijo Rowan con una sonrisa ensayada, aunque sentía una gota de sudor frío bajar por su espalda. Caminaron juntos hacia los carruajes que los llevarían al ministerio, hablando de temas triviales. Pero Pennington no volvió a decir una palabra. Caminaba junto a ellos, con las manos cruzadas a la espalda, la mirada fija al frente, como si su mente trabajara en silencio con la precisión de un reloj antiguo. Rowan no se permitió mirar atrás. Sabía que había cruzado una línea. Y si los rumores comenzaban… no serían por gritos ni escándalos. Serían por pequeños gestos, miradas, comentarios como cuchillos escondidos bajo la mesa. Al subir al carruaje, aspiró profundo, como si pudiera espantar el perfume con el aire parisino. “No habrá próxima vez.” Se lo repitió tres veces durante el trayecto. Como un rezo. Como una orden. Y aun así… la voz de Madelaine volvía a él entre los recovecos de su memoria. “No puedes vivir con un pie en cada mundo, Rowan. El palacio o el abismo.” Y quizá, sin saberlo, el perfume en su piel había decidido por él. Voces En La Cámara de Hierro La sala del ministerio era todo mármol frío y madera oscura, con una cúpula alta que parecía diseñada para intimidar a quien alzara la voz demasiado. La delegación inglesa se había reunido en torno a una mesa ovalada, cubierta por documentos, mapas y copas de cristal con vino de Burdeos. El aire olía a papel antiguo, tinta fresca… y ambición. Rowan se sentó con el porte de quien ha estado ahí antes, aunque por dentro su pulso no había terminado de calmarse desde el carruaje. Se obligó a beber agua en lugar de vino, no por moderación, sino porque necesitaba despejarse. A su izquierda, Lord Renwick murmuraba algo sobre los convenios de exportación con la región del Loira. A su derecha, Pennington hojeaba un documento, sin mirar a nadie. - Lord Ashcombe. - dijo de pronto el representante francés, Monsieur D’Arsene, un hombre elegante, con la mirada de un halcón y un acento apenas suavizado - Su propuesta sobre el incentivo a los productos textiles británicos ha generado discusión entre nuestros colegas. Permítame decir que la claridad de su exposición ha sido… inusual en este tipo de encuentros. Rowan inclinó la cabeza en señal de respeto. - He tenido la fortuna de contar con excelentes colaboradores, monsieur. Aunque confieso que una parte de ese enfoque lo debo a mi esposa. Isabella tiene una perspectiva bastante aguda sobre los intereses de las casas nobles y sus implicancias comerciales. Algunos lores asintieron con disimulada aprobación. Hablar de su esposa como parte de su éxito era una jugada calculada, una más en el juego de espejos que había aprendido a dominar. Y no era una mentira del todo. Isabella sí había logrado que las damas más influyentes simpatizaran con él y eso había suavizado el terreno para estos acuerdos. - Hum. - intervino Pennington sin levantar la vista - Supongo que eso explica por qué varios de los nombres que apoyan esta propuesta provienen de casas tradicionales que hace meses no estaban dispuestas a ceder terreno. El silencio se hizo sutilmente espeso. Rowan no respondió al comentario, pero asintió con serenidad. No confrontar. No defenderse. El que se excusa, se acusa. D’Arsene deslizó un nuevo documento sobre la mesa. - Nuestra intención es consolidar este acuerdo con una delegación permanente de observadores. Londres podrá enviar a tres representantes. ¿Lord Ashcombe estaría interesado? La mirada de todos se volvió hacia él. Rowan no respondió de inmediato. Sintió el calor de todas esas expectativas clavarse en su espalda como dagas de terciopelo. Era el reconocimiento que había estado buscando desde que volvió a Inglaterra. Una posición de peso. Una silla en la sombra donde se decidían las reglas futuras. Y sin embargo… su mente lo traicionó. La carta de Madelaine. El perfume en su cuello. El silencio de Pennington. - Sería un honor, - respondió por fin - si mi calendario y obligaciones lo permiten. Aunque por respeto a los compromisos que tengo en casa, preferiría considerar una participación rotativa. Hubo asentimientos, murmullos de aprobación. Una respuesta política. Inteligente. Equilibrada. Y falsa. Porque en realidad, Rowan no sabía lo que deseaba. Por primera vez en mucho tiempo, el terreno bajo sus pies no era tan sólido como creía. La reunión se extendió por casi dos horas más. Nombres, cifras, tratados, votos. Y a lo largo de todo ello, Pennington no volvió a hablar con él. Tampoco lo miró directamente. Pero cuando todos se levantaban, Rowan sintió esa misma tensión invisible rozarle la nuca, como si supiera que había una g****a en su máscara. Y que tarde o temprano, alguien metería el dedo justo ahí. Ya fuera un rival político. O alguien mucho más cercano.
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