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1732 Words
Las Columnas De Ashcombe La bruma matinal aún flotaba sobre los jardines de Ashcombe Hall cuando Isabella salió, abrigada en su capa de lana gris perla. El aire olía a tierra húmeda, a flores tempranas de primavera y al leve perfume del té que había quedado atrás en el salón. Caminaba al paso de Lady Honoria, recogiendo con cuidado la falda para evitar que la orilla acariciara la hierba mojada. La anciana, erguida a pesar de su bastón, parecía una escultura tallada en mármol envejecido. Su andar era lento, pero cada paso estaba lleno de intención. No había perdido ni un ápice de su dignidad, ni tampoco de su lengua afilada. - ¿Has notado cuántas señoras han comenzado a imitar tu estilo de vestir? - preguntó, sin mirarla directamente, mientras giraban hacia la rosaleda. Isabella sonrió, bajando los ojos al césped, sabiendo que Lady Honoria no apreciaba los halagos innecesarios ni la falsa modestia. - No lo creo, Milady. - respondió, en tono mesurado. - No seas tonta, niña. - replicó la dama, girando su rostro anguloso hacia ella - Lo que haces tiene eco. Las esposas de condes y duques no halagan por cortesía. Te respetan. Y si sigues así, no solo serás la señora de Ashcombe… sino su columna. Isabella se detuvo un segundo. La palabra quedó suspendida en el aire, como un lazo invisible atado a su pecho. “Columna.” No adorno. No sombra. No esposa conveniente, sino algo sólido. Sostén. Parte de la estructura. Un gorrión revoloteó en una rama cercana. El sol comenzaba a perforar la niebla, tiñendo de oro las hojas nuevas de los robles. - Gracias, abuela. - dijo por fin, con voz baja pero clara - Me honra que lo diga. No siempre sé si lo que hago es suficiente. Lady Honoria soltó un leve resoplido. - ¿Suficiente para qué? ¿Para ti? ¿Para él? Isabella fingió no entender. - Para este lugar. Para el título que ahora me pertenece. - Bah. - La anciana volvió a andar - Lo que es tuyo lo has ganado con más tesón que muchas que nacieron en cuna de seda. Si alguna vez pensaste que solo eras la esposa del conde, has estado equivocada. El nombre Ashcombe volvió a tener peso porque tú supiste tejer las alianzas que él solo habría despreciado por orgullo. Isabella apretó los labios. No podía negarlo. Era verdad. Desde el Baile de Primavera, los círculos aristocráticos la buscaban para organizar, aconsejar, coordinar. Las mujeres acudían a sus desayunos, enviaban cartas solicitando su presencia en veladas y obras de caridad. Habían comenzado a repetir sus peinados, a copiar los lazos que cosía con cuidado a sus vestidos, incluso a preferir los colores suaves que ella había defendido, aún en invierno. Ashcombe Hall, alguna vez sumido en la sombra de los rumores sobre la decadencia de su joven amo, ahora abría sus puertas a lo más selecto del país. Y Rowan… Rowan estaba en ascenso. Propuestas, cenas privadas, invitaciones a cacerías. Lo mencionaban en la Cámara como “el conde redimido”. Un hombre elegante, de juicio firme, reservado, pero con presencia. Isabella sabía - en el fondo de su alma - que todo eso no había surgido solo de él. Había sido obra de ambos. De la pareja. - El conde tiene mérito. - dijo, con una sonrisa contenida - Su intervención en el último proyecto sobre rutas comerciales fue muy bien recibida. - Porque lo propusieron Somerville y Marchwood - gruñó Lady Honoria - Viejos zorros. No mueven un dedo sin calcular la ganancia. Y ambos adoran a sus esposas, quienes a su vez te adoran a ti. Todo está conectado, niña. Lo que tocas se refleja. Esa es tu fuerza. Se detuvieron cerca de una glorieta donde trepaban las glicinas. Un banco de hierro forjado los esperaba, y la anciana se sentó, acomodándose el chal con parsimonia. - Y ahora dime. - añadió con un brillo inquisitivo en los ojos - ¿Él lo sabe? - ¿Quién? - preguntó Isabella, aún de pie, jugando con la puntilla del guante. - Rowan. Isabella tragó saliva. - Creo que sí… - empezó, pero el temblor en su voz la traicionó - Quiero pensar que lo sabe. Que lo valora. Lady Honoria se quedó callada un instante. Luego asintió, como si confirmara algo para sí misma. - Él no es fácil. Nunca lo ha sido. Creció solo entre ruinas. Su madre murió joven. Su padre era un hombre orgulloso y frío. Ashcombe lo crió para protegerse, no para amar. Pero tú lo has hecho florecer, aunque él no lo diga. Isabella bajó la mirada al césped húmedo. No era la primera vez que escuchaba eso y, sin embargo, cada vez dolía más. Porque, aunque supiera que había transformado ese mundo a su alrededor, lo único que deseaba - el corazón de su esposo - se le seguía escapando entre los dedos. - Florecer no es lo mismo que pertenecer. - susurró. Lady Honoria levantó una ceja. - ¿Te arrepientes? Isabella la miró con firmeza. - No. Lo amo. Y no me arrepiento de haberlo elegido. Pero a veces… me gustaría no sentirme siempre en deuda. Como si él me hubiera rescatado y yo debiera pagar con perfección cada día. La anciana la estudió un momento. - Quizás tú también necesitas dejar de pagar. Estás aquí porque lo mereces, no porque él te lo permitió. Isabella respiró hondo, sintiendo el peso invisible de cada palabra. Ashcombe era su hogar, sí. Pero también su campo de batalla. - ¿Qué haría usted si… si supiera que él guarda cosas? Secretos. Lady Honoria frunció el ceño. - ¿Lo sospechas? - No lo sé. A veces me parece que ya no me mira como antes. Que está… ausente. - Hizo una pausa - Pero no quiero juzgar sin pruebas. Solo que… hay algo. Lo siento. Lady Honoria no respondió de inmediato. Miró hacia el lago, donde un par de patos cruzaban en formación. Luego, con voz más baja, dijo: - Los hombres guardan cosas. Es su modo de protegerse. O de protegernos. Pero el amor, Isabella… el amor verdadero no necesita esconderse. Si llegas a sentir que él ya no está contigo, entonces debes decidir qué harás con eso. Isabella asintió, sus ojos fijos en la figura del agua. - Por ahora… seguiré. Hay mucho por hacer. Las señoras de York llegarán la próxima semana y debo organizar una velada para ellas. Y aún quedan cartas por responder. Lady Honoria se incorporó con esfuerzo y con una palmada ligera en el brazo de Isabella, dijo: - Bien. Entonces caminemos, Lady Ashcombe. Hoy, más que nunca, debes llevar la cabeza en alto. Isabella sonrió, aún con el corazón apretado. Dio un paso al frente, la espalda erguida, el rostro sereno. Porque, aunque no supiera qué ocultaba su esposo, ella sí sabía quién era. Y por quién estaba dispuesta a luchar. Frío En La Victoria Ashcombe Hall parecía contener el aliento. Era tarde, casi medianoche y sin embargo la lámpara de aceite seguía encendida en el salón privado del ala este. Isabella había dado instrucciones de mantener el fuego encendido en la chimenea y de disponer una bandeja con vino especiado y pastelillos de limón. Estaba sentada en el diván, con un libro olvidado sobre el regazo, los dedos crispados por la impaciencia y el corazón latiendo con fuerza. Cuando oyó el carruaje detenerse frente al pórtico, se levantó de inmediato. No fue al vestíbulo. No quería parecer ansiosa. Volvió a sentarse, intentando adoptar una pose relajada, aunque sus mejillas ardían y la emoción la mantenía erguida como una flor al sol. Rowan entró sin anunciarse. Llevaba el cabello húmedo por la neblina nocturna, el abrigo aún sobre los hombros. Sus ojos buscaron a Isabella apenas cruzó la puerta y al verla, sonrió con esa sonrisa encantadora que usaba con todos. La que no tocaba sus ojos. - Isabella. - dijo con suavidad, mientras se quitaba los guantes - ¿No estás dormida aún? - ¿Dormir? - ella se levantó con una risa leve - ¡Cuando mi esposo ha tenido su primer triunfo en la Cámara de los Lores? Por supuesto que no. ¿Es cierto? ¿Te citaron por nombre? Rowan asintió, caminando hacia la bandeja y sirviéndose una copa sin probarla. - Sí. Somerville y Marchwood tomaron la palabra. Propusieron mi esquema como modelo. Isabella se acercó con pasos ágiles, radiante. - ¡Oh, Rowan! Estoy tan orgullosa de ti. Sabía que lo lograrías. Eres brillante. Te lo he dicho tantas veces. Ahora todos lo saben. Se alzó un poco, en puntas de pie y lo besó en la mejilla. Luego lo miró, esperando el reflejo de su entusiasmo. Un gesto. Una caricia. Una palabra cálida. Pero él solo sostuvo su copa entre los dedos y, aunque sonrió, fue una mueca breve, casi ausente. - Tu fe ha sido útil. Y tus esfuerzos, visibles. Lady Marchwood no dejó de elogiar el Baile de Primavera. Has hecho tu parte... impecablemente. Isabella bajó la mirada, sin saber por qué esas palabras la herían. No eran crueles. No eran frías... en apariencia. Pero eran distantes. Como si hablara de un pacto cordial entre aliados, no de un matrimonio. - Gracias. - susurró ella, regresando al diván para disimular su incomodidad - Quiero que todos vean que Ashcombe está vivo de nuevo. Que tú eres el hombre que esta casa necesitaba. Rowan asintió. Se acercó, dejó la copa intacta sobre la mesa lateral y se sentó en el sillón cercano, no a su lado. Sus ojos vagaron hacia el fuego, como si buscara en las llamas algo más interesante que su esposa. - ¿Estás muy cansado? - le preguntó con cuidado - Haré que preparen tu baño. - Gracias... - le dijo sin mirarla. Isabella lo observó en silencio. Las palabras de felicitación se atragantaron en su garganta. Lo había esperado con ansias, como una mujer que cree compartir un sueño. Pero lo que había entre ellos era eso… una ilusión cuidadosamente tejida. No dijo nada más. Habló con un sirviente y regresó a su sillón acomodándose el chal sobre los hombros y volvió a abrir el libro, aunque no leyó una sola línea. Rowan, mientras tanto, cerró los ojos y se recostó, como si hubiera olvidado que ella estaba allí.
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