El Regreso
El sol comenzaba a caer sobre Ashcombe Hall cuando el carruaje n***o con ribetes dorados cruzó los portones principales. Las ruedas chirriaron ligeramente al tocar el empedrado de la entrada, mientras los caballos, cubiertos aún de polvo del camino, resoplaban con fuerza. Los criados formaban una fila a cada lado de la escalinata principal, y la gran puerta estaba abierta de par en par, como dictaba la tradición de bienvenida para un conde que regresaba de una misión oficial.
Isabella estaba de pie en lo alto de los escalones, vestida con un traje color marfil de seda ligera, bordado en los puños y el cuello. Había elegido no llevar joyas, excepto el anillo nupcial y un broche con el escudo de los Ashcombe. El cabello recogido en un moño bajo, delicado, pero firme. La imagen perfecta de una condesa. La imagen perfecta de su condesa.
Cuando el cochero descendió del pescante y abrió la portezuela, Isabella contuvo la respiración. De entre las sombras del interior, apareció la figura de Rowan.
Su porte seguía siendo impecable, la chaqueta azul oscuro-entallada, el cabello peinado con descuido elegante y ese aire de nobleza distraída que lo rodeaba desde siempre. Pero sus ojos estaban cansados, como si el viaje no solo hubiera consumido su cuerpo, sino también parte de su alma.
- Milady. - dijo, haciendo una leve reverencia al llegar a su altura.
Isabella inclinó la cabeza, manteniendo la sonrisa.
- Milord. Bienvenido a casa.
Fue un momento suspendido. Ni un abrazo, ni un beso. Solo el silencio medido entre los dos, observado por los sirvientes y percibido como normal por todos, menos por ella.
Pero entonces, Rowan extendió una mano, quizás por costumbre, quizás por estrategia y su esposa la tomó. El conde la guio escaleras abajo, hacia el jardín principal, para que los criados se encargaran del equipaje sin estorbar. Caminaron juntos unos pasos, como una pareja bien entrenada. Pero ella sintió el frío.
- El viaje fue largo. - comentó Rowan, casi sin emoción - Pero productivo.
- Recibí los informes de la Cámara. - respondió Isabella, tratando de mantener su voz cálida - Lady Honoria estaba satisfecha. Y yo… yo estoy orgullosa de ti.
Rowan la miró un instante, como si no supiera qué hacer con ese elogio. Sus labios se curvaron en una media sonrisa educada, sin calor.
- Gracias, Bella. Sé que has sostenido esta casa en mi ausencia. Me hablaron de tus cenas, tus reuniones con las damas de los Wintermere e incluso el nuevo programa para el hospital de viudas. Has hecho más de lo que esperaba.
Más de lo que esperaba…
El elogio venía acompañado de una distancia que dolía más que el desprecio.
Isabella no lo dijo. Solo caminó un poco más a su lado, fingiendo admirar las hortensias del sendero.
- Pensé en ti cada noche. - confesó finalmente, casi en un susurro - Esperaba noticias. Una carta. Algo.
Rowan desvió la mirada, su ceño se frunció apenas.
- Hubo poco tiempo para escribir. Cada jornada terminaba más tarde que la anterior. Espero que no lo tomes como descuido. Me mantuve ocupado por ambos.
Por ambos.
Isabella asintió, tragándose la punzada en el pecho. No era la ausencia de palabras lo que dolía. Era el hecho de que él había dejado de sentir la necesidad de enviarlas.
- Los aposentos están listos. - añadió, retomando el tono formal - He dispuesto que uses el ala oeste esta semana. Si prefieres la tuya, puedo mandar a cambiar los arreglos.
- No, está bien. - respondió el conde rápidamente - Estoy seguro de que todo está en orden. Siempre lo está contigo.
Y volvió a sonreír, esa sonrisa templada, de porcelana, que no alcanzaba sus ojos.
Cuando regresaron a la entrada, los sirvientes ya se habían dispersado. Lady Honoria aguardaba en el umbral, con una manta sobre los hombros y una copa de jerez en la mano.
- ¡Por fin! - exclamó, levantando una ceja - Esperaba ver tu c*****r llegar antes que a ti, muchacho.
Rowan rio, acercándose a besarla en la mejilla.
- Mi abuela, tan maternal como siempre.
- No quiero piropos. Quiero resultados. ¿Lograste colocar tu propuesta?
- Sí. Aprobada por mayoría. Gracias a ciertos amigos de viejo linaje que aún respetan el apellido Ashcombe.
Los ojos de Lady Honoria se desviaron hacia Isabella con un destello de satisfacción.
- Y gracias a ciertas mujeres que saben cómo hacer que esos apellidos sigan escuchando.
Rowan miró a su esposa, obligado a asentir.
- Sí. Nada de esto habría sido posible sin ella.
Isabella agradeció en silencio. Pero no hubo ternura en sus palabras. Ni siquiera el amago de una mirada cómplice. Todo estaba perfectamente colocado… pero el alma, el alma del matrimonio, estaba hecha cenizas.
Cuando subieron finalmente al gran salón, Isabella fue la última en entrar. Y por un momento, se detuvo en el marco de la puerta, contemplando el cuadro:
Rowan, con una copa de brandy, hablando con su abuela, gesticulando con soltura. Como si todo estuviera bien.
Como si nada hubiera cambiado.
Como si ella no lo estuviera perdiendo, un día a la vez.
La Carta Sellada
El reloj de pie marcaba las diez de la mañana cuando la doncella golpeó con suavidad la puerta del salón de lectura. Lady Honoria, sentada en su sillón con un chal de lana sobre los hombros, alzó la vista de su taza de té.
- ¿Sí?
- Milady, ha llegado un sobre… con el sello del vizconde Marcham. Me pidió entregarlo solo en sus manos.
La anciana extendió una mano delgada y firme.
- Dámelo, Edith. Y cierra la puerta al salir.
La criada obedeció sin más palabras. El salón quedó en silencio. Solo el suave tic-tac del reloj acompañaba el crujido del papel cuando Lady Honoria rompió el sello con su abrecartas de plata. Era un sobre grueso, con varios pliegos cuidadosamente doblados.
El vizconde Marcham no era solo un conocido de la familia. Era un viejo aliado en la Cámara de los Lores y uno de los informantes más hábiles que Honoria había cultivado en sus años de juego político. Si él escribía en privado… no podía ser por cortesía.
Desplegó el primer pliego.
"Mi estimada Honoria,
Tal como solicitó, le envío un resumen no oficial de las observaciones realizadas durante el viaje de la delegación a París..."
Sus ojos se movieron con agilidad, con décadas de entrenamiento en detectar el veneno oculto tras las palabras educadas.
"...la postura del joven Ashcombe fue recibida con respeto… sin embargo, se notó su impuntualidad en dos reuniones clave... y su extraña desaparición durante una tarde libre.
Lo más preocupante fue el comentario hecho por lord Pennington, quien observó un rastro persistente de perfume en su chaqueta, 'de dama francesa', según sus palabras. No hizo escándalo, pero los rumores se esparcen con rapidez.
Sería prudente que su nieto recordara que la política requiere no solo inteligencia, sino disciplina. Y en ambos sentidos, algunos pares comienzan a dudar."
Lady Honoria dejó caer la hoja sobre su regazo. Su ceño estaba fruncido, pero su rostro seguía impasible. Era una mujer forjada en escándalos, guerras familiares y decisiones que harían temblar a cualquier otro aristócrata.
- Estúpido niño. - susurró, más decepcionada que molesta.
Tomó el siguiente pliego. Este era más escueto, una simple nota codificada que solo los miembros de su vieja red sabrían interpretar. No había nombre ni firma. Solo cuatro líneas que helaron la habitación más que el invierno.
"Madelaine V.
Encuentros reiterados, confirmados.
Mismo patrón que con su padre.
¿No aprendió nada?"
Lady Honoria cerró los ojos por un instante. Madelaine. Ese nombre no lo escuchaba desde hacía más de cinco años. Y no por falta de relevancia.
Su bastón golpeó el suelo con fuerza al apoyarse para levantarse. Caminó lentamente hacia el escritorio lacado que tenía junto a la ventana y buscó entre sus documentos antiguos. Allí estaba. Un dossier sellado con el nombre “Verlaine”. Lo abrió.
Primero, la imagen de una mujer de cabello oscuro, sonrisa envenenada y ojos capaces de hacer prometer a un hombre lo que jamás daría. Madelaine Verlaine, cortesana de alto nivel en la élite parisina, con conexiones profundas en círculos de información y chantaje. Había arruinado más de una carrera política. Y, lo que era peor: había estado involucrada con el padre de Rowan antes de su caída.
Y ahora estaba con el hijo.
Lady Honoria respiró hondo. El pasado, siempre tan obstinado en repetirse.
Cerró el archivo y lo deslizó de nuevo en su lugar. No necesitaba pruebas. No aún. Lo que tenía le bastaba para saber que el equilibrio comenzaba a fracturarse.
Rowan estaba jugando con fuego.
Y no lo sabía… o no le importaba.
- Entonces... ¿Eso es lo que haces, niño tonto? - murmuró - Mientras tu esposa mantiene tu casa erguida, tú tropiezas tras la misma sombra que destruyó a tu padre.
Tomó papel y pluma. Iba a escribir, sí. Pero no a Rowan. No aún.
Primero, a Marcham.
Después, a lady Henswick, la duquesa que todo lo sabía sobre los círculos femeninos.
Y luego… quizás, a Isabella.
Pero esa carta tendría que esperar. Porque si su nieto no regresaba al camino, esa niña - tan leal, tan sola - necesitaría estar preparada para luchar por su lugar. O por su dignidad.
Lady Honoria mojó la pluma en tinta y comenzó a escribir con mano firme.