Mientras Tiziano apenas lograba mantener su mente a flote, en otra parte de la ciudad, la cizaña se reproducía. Amelie no se había quedado de brazos cruzados. Su necesidad enfermiza de controlarla todo la impulsaba a actuar como si aún tuviera algún poder sobre Tiziano. Lo observaba desde lejos, espiaba sus movimientos y, lo que no sabía, lo inventaba. Y cuando notó que él se había encerrado en sí mismo, sin buscar apoyo ni siquiera entre sus amigos más cercanos, vio la oportunidad perfecta para actuar. Empezó por uno: Leo, su compañero de armas, con quien Tiziano había compartido patrullas, comida enlatada y confesiones bajo las estrellas. —No lo reconozco —le dijo Amelie, con una voz rota, temblorosa—. No sabes lo que me ha hecho pasar. Está agresivo, paranoico. Dice que todos lo

