La mañana del viaje amaneció despejada. El cielo parecía pintado de azul cristalino y el aire salado ya se sentía desde el puerto. El enorme crucero de Ginebra, el Sol Naciente, brillaba como un palacio flotante bajo los primeros rayos del sol. Las olas rompían suavemente en la costa, mientras los pasajeros comenzaban a embarcar. —¡Qué emoción! —dijo Saskia, caminando entre la multitud con su cámara colgada al cuello—. Parecen estrellas de cine. —Porque lo son —replicó Sienna, mirando a su hermano y a Ginebra acercarse por la pasarela—. Tienen ese aire… ¿cómo se dice? Elegancia de guerra superada. Tiziano iba en su silla de ruedas, empujado por un empleado del crucero. Llevaba una chaqueta clara de lino, gafas oscuras y un gorro tipo marinero que le quedaba ridículamente bien. Se reía d

