«Es real». Las manos me tiemblan, no sé si es por miedo o por rabia, tal vez por ambas cosas. Me obligo a respirar, a no llorar todavía, pero el aire se siente tan pesado que me cuesta llenar mis pulmones de aire con normalidad. Me duele ver el pánico y desespero en sus ojos, pero creo que su mirada es un reflejo de la mía. La verdad al fin ha salido a luz y yo la escuché completa, sin anestesia. —¿Cuándo pensabas decirme esto? —insisto con la voz contenida. La mirada se le cristaliza, veo cómo aprieta sus puños y tensa la mandíbula. —Nos prometimos dejar los secretos entre los dos —le recuerdo, con un enorme nudo en la garganta, que me duele más que una herida de bala—. Quedamos que, después de todo lo que pasamos, ya no habría reservas. Nos diríamos todo, lo prometimos con besos… —

