—Todo huele delicioso —digo, dándole las gracias a Chris con una mirada cuando aparta la silla para mí—. Creo que terminaré chupándome los dedos. Y mentira no es, porque todo lo que hay en la mesa se ve exquisito. Cuando tomo asiento, Chris se inclina, lo veo de reojo y al levantar la cabeza por reflejo, sostiene mi rostro en sus manos de una manera delicada que me acelera el pulso. Le sonrío, pero mi sonrisa no dura demasiado porque él mismo se encarga de borrarla con un sutil beso que me acelera el corazón. No hay lujuria en esto, tampoco morbo. Por segunda vez, Christopher me besa de una manera romántica que me desarma. —Te amo —susurro contra sus labios, alargando este beso tierno lo más que pueda—, muchísimo. —Te amo… —murmura sin dejar de besarme. La niña ha ido al baño. Cuand

