—¿Qué...? Doy un paso atrás, como si las palabras que acaba de darme Ariel fueran un disparo a quemarropa. Un disparo directo al pecho. El aire se me corta. Todo se enciende en mi cabeza a la vez. A través de una bruma que me rodea instantáneamente, recuerdo la mancha de sangre en mis pantalones que me advirtió de su estado grave, la respiración débil de Ariel apagándose entre mis brazos, la desesperación con la que grité su nombre, creyendo que no había esperanza. Recuerdo al médico diciendo que había sido solo una hemorragia. Mi parte más desconfiada fue desplazada cuando acepté la mentira nada piadosa. Me convencí de que todo era real, me obligué a confiar porque había estado a un paso de perderla. «Embarazada. Ariel estaba embarazada». «Un hijo. Nuestro hijo». El pecho se me

