POV Ariel Phil
—No vayas. No des un paso más…
La súplica de Christopher me rompe por dentro, desgarra la poca valentía que todavía me sostiene. El miedo me cala los huesos, me oprime el pecho, hace arder mi garganta con un nudo que no me deja respirar.
Verlo de rodillas, sangrando, con la mirada desorbitada, es demasiado. Demasiado para nosotros, para lo que prometí darle siempre.
Pero yo ya tomé mi decisión.
La tomé desde el instante en que me puse la peluca que me convierte en Madeline. Desde el momento en que vi una docena de armas apuntando directo al pecho y a la cabeza del hombre que amo con todo lo que soy, incluso contra todo lo que creía ser.
Lo miro una última vez con toda la conciencia que puedo reunir. Intento mostrarle fortaleza, aunque por dentro me esté desmoronando. Niego con la cabeza. Una sola vez. Un gesto mínimo, solo para él. Es mi manera de rogarle que se detenga, que deje de resistirse a lo inevitable.
Lloro por dentro, con desesperación, con impotencia, pero me obligo a no mostrarlo. Solo el tormento en mis ojos se lo muestra, porque solo él me conoce lo suficiente para notarlo. Grito en mi interior, lo hago hasta destrozarme las cuerdas vocales, a pesar de que no digo una sola palabra.
Me despido de él con un corto vistazo, si insisto en mirar en su dirección vamos a morir todos. Y yo podría morir en sus brazos, sintiendo su último aliento contra mis labios, pero esto es más grande que él y yo.
Desvío la mirada y voy con la perra que me espera, la que no sabe que acabo de marcarla con sangre en el centro de mi pecho, solo por amenazar a mi hombre, solo por ordenar que lo hirieran. Llego ante ella, me quito el casco que me ahoga y que será la prueba final para el desesperado hombre que hace todo lo que puede para evitar esto.
El cabello rubio ondea con el viento que de repente me refresca el rostro. Las hebras que me rozan las mejillas no son a lo que estoy acostumbrada, no son el n***o cuervo que me da otra identidad.
Y Christopher lo sabe. Sé lo que veré en su rostro antes de girarme casi en contra de mi voluntad.
Me digo que es tortura verlo a los ojos otra vez, pero no me quiero negar a esta última oportunidad. Tiene que saber cuánto lo amo, cuánto me arrepiento de haber llegado a este punto sin haberlo gritado a los cuatro vientos cada día desde que nos conocimos en cuerpo y alma.
Sus ojos verdes están anegados en lágrimas de frustración y un amor tan sincero como traicionero cuando conectan con los míos. Niega con la cabeza, un último intento de hacerme cambiar de opinión, pero sabe que no se puede hacer nada.
Por eso le exijo sin palabras que me busque, que cumpla su promesa. Rujo por dentro, clamo por todo lo que ansío, por todo lo que quiero que entienda con solo una mirada.
«Te esperaré. Te esperaré porque solo contigo soy una versión de mí que vale la pena amar».
«Búscame debajo de las piedras, te esperaré hasta mi último aliento».
«Te esperaré, en esta vida y en las que nos vuelvan a regalar».
«Te amo. Te amo. Y por verte cumplir tu promesa, resistiré a todo».
La promesa de una vida mejor siempre sonó tentadora en sus labios, pero en esta vida, el precio a pagar por ella es más de lo que él y yo podemos permitirnos.
Camino hasta la camioneta y lo hago intentando abrirme paso a través de la niebla espesa que me arrastra, repleta de todas esas emociones que por años no me permití sentir y que hoy son la razón de que me esté rompiendo como nunca.
«No mires atrás».
«No mires atrás».
«No mires atrás».
Me subo al auto cuando no puedo demorar más esta decisión, hacerlo solo sería complicar las cosas más de lo que están. Con Christopher herido no puedo correr más riesgos. Él tiene que salir de aquí ya. Igual que yo.
Apago los gritos que provocan mi decisión. Apago mis emociones, aunque esta vez me cuesta más de lo que acostumbro. Apago a la Ariel que aprendió a ver la esperanza a través de la sombra de sus demonios. Apago todo.
Esa es mi mejor habilidad ahora. Ser un cascarón vacío.
Dejar atrás lo bueno me da ese poder.
Me dejo caer en el asiento trasero y un sentimiento de desasosiego me invade. El terror me consume, aunque trato de contenerme, con pocos resultados. Estoy atrapada en mi propia decisión y la inminente realidad me golpea con fuerza. Obligo a mis piernas a no temblar, a mis rodillas a no chocar la una con la otra. Me obligo a mirar al frente, con la barbilla levantada, y la espalda recta.
La puerta se cierra con un golpe seco y una fragancia dulce y femenina inunda mis sentidos.
«La perra viene conmigo».
Aprieto mis dientes para que no me castañeen. Primero muerta que ser el motivo de diversión de la perra.
Mis manos cerradas en puños laceran aún más las heridas ya abiertas por mí misma. Me sangran, me arden, pero la adrenalina que me recorre el cuerpo me permite mantenerme en pie.
Sé que cuando esto pase estaré acojonada. Cuando el poco valor que me queda se deshaga estaré a merced de quien ahora me observa, aunque no me he girado para comprobarlo. Pero siento sus agudos ojos sobre mí, la diversión que la recorre, lo bien que se siente haber ganado esta batalla y adjudicarse, de forma precipitada, la guerra.
—¿Podrás ser una buena mascota el resto del viaje, querida?
Su voz siseante es una jodida provocación. Me dan ganas de girarme y al menos desquitarme de esta rabia que me consume, pero no se supone que me muestre conflictiva ahora, no cuando estoy a su merced.
Pero pocas cosas logran contener mi lengua la mayor parte del tiempo.
—¿Por qué? ¿Te preocupa que cumpla mi promesa? —inquiero con frialdad, con tono amenazante.
Me las arreglo para devolverle la mirada con altivez, una expresión que la hace reaccionar. Me doy cuenta por la manera en que sus ojos brillan con el desafío.
Una sonrisa siniestra se forma en sus labios. Vuelve tétrica la belleza etérea de su rostro.
—¿Esa en la que me haces cenizas, querida?
«Sí que tomó nota de mi amenaza».
Me encojo de hombros.
Vuelve a reír. Sacude la cabeza y de repente hace un gesto que no me pasa desapercibido.
Siento una punzada en el brazo antes de que pueda reaccionar. Miro hacia el otro lado, donde un soldado me observa con un brillo perverso en su mirada. Lleva una jeringa en la mano, una con la que acaba de pincharme.
Abro la boca para decir algo, pero la oscuridad comienza a nublar mi vista, mi mente y me vuelve la lengua pesada. Mi cuerpo se vuelve laxo. Se siente como si cayera por un abismo profundo e interminable del que no puedo salir.
—Nadie me amenaza, querida. Y verás que tengo una manera muy particular de hacerlo entender.
La voz de la perra se escucha distorsionada, lejana. La boca se me seca y cuando intento decirle que puede irse a la mierda no soy capaz de armar más de dos sonidos seguidos.
La negrura se extiende en mi mente, da vueltas, me inquieta, me hace sentir como una balsa a la deriva en un mar de sombras.
Hasta que pierdo el sentido de todo lo que me rodea.
Con mis ojos abiertos, todo se vuelve n***o al fin.