Strappado

3014 Words
Advertencia de Contenido: Este capítulo y los siguientes contienen tortura con descripciones explícitas que pueden resultar perturbadores para algunas de ustedes. Se recomienda discreción al leer. El piso frío me hace fruncir el ceño. Y un dolor intenso me recorre el cráneo al hacer ese mínimo gesto. —¡Ah! —jadeo con la garganta seca y rasposa cuando la sensación se extiende por mi cuello, mi espalda y hasta los brazos que siento entumecidos. Abro los ojos. O intento hacerlo. El dolor es aún más intenso cuando la luz penetrante y blanca atraviesa entre mis párpados, apenas abiertos. Gimo, o eso creo. Una punzada fría persiste en mi cabeza hasta que logro pestañear las veces suficientes para resistir el cambio. Gris. Hay mucho gris. La luz que me parecía intolerable ahora se nota diferente, leve, tenue. No hay casi iluminación en realidad. —¿La bella durmiente decidió al fin complacernos con su presencia? La voz se escucha retorcida, me pitan los oídos cuando me presiono para identificar dónde mierda estoy. Las rodillas me tiemblan, los brazos también, y mi vientre no deja de contraerse una y otra vez con el frío aplastante que me sacude. Trato de incorporarme, pero estoy demasiado débil. Las alarmas suenan en mi interior, me gritan que reaccione de una puta vez, pero la pesadez que siento en el cuerpo es imposible de despejar. Parpadeo otra vez, y la silueta frente a mí comienza a definirse. El rostro de la mujer sonriente se aclara poco a poco, como una pesadilla que toma forma. «La perra de mierda». Está plantada frente a mí, con la misma sonrisa envenenada que me dedicó antes, esa que transforma su rostro en una máscara de crueldad. En su mano sostiene la peluca rubia que me daba otro nombre, que me daba una misión; la agita como un trofeo. No puedo evitarlo, el aire se me atasca en los pulmones. El miedo me muerde las entrañas y mi mente me grita que corra, que me arrastre lejos o haga lo que sea, pero mi cuerpo no responde. El pánico se siente como grilletes en mis muñecas y tobillos. Logro incorporarme un poco, a pesar del entumecimiento en mis brazos atados a la espalda, de las rodillas magulladas y de un dolor insoportable en el pecho. La perra me mira desde arriba con un desprecio evidente, descarado. Me observa como si no fuera más que un pedazo de carne podrido a sus pies. Sus labios se curvan en una sonrisa lenta, venenosa, que me hiela hasta la médula. No puedo mentirme, por más que quisiera decirme que estoy preparada para esto. «No lo estoy». Un tirón brutal del pelo me arranca un grito ahogado. La perra me agarra con tanta fuerza que siento como si quisiera arrancarme la piel de la cabeza. Me levanta apenas del suelo, me deja medio suspendida, con el peso de mi cuerpo cargando sobre mis rodillas temblorosas. —¿Creíste que podías engañarme con esto, zorra? —escupe, alzando la peluca rubia frente a mi rostro como si fuera un arma. La agita, y los mechones me rozan la cara mientras me sujeta sin piedad. Mis pulmones no quieren responder, me arden demasiado como para poder respirar con normalidad. Estoy cagada de miedo y no puedo hacer nada para aliviarme. Lo siento en cada fibra de mi ser, en el vacío helado que me oprime el pecho. Trato de ocultarlo, de mantener el gesto firme, pero mi cuerpo no me responde como quiero. Apenas logro tensar la mandíbula y contener el temblor en mis labios. Ella sonríe, y esa sonrisa es más indignante que cualquier golpe, porque me muestra inferior, porque me muestra a sus pies. —¿De verdad pensaste que podías reemplazar a tu hermana y nadie darse cuenta? —su voz es puro veneno, casi divertida—. Eres patética. Una farsante. Me sacude del cabello y me arranca gruñidos que quisiera tragarme. Acerca su rostro al mío y puedo ver a duras penas lo que hay detrás de su burla, puro disgusto. Rabia contenida porque logré engañarla aunque fuera por unas horas. «Madeline está a salvo, y eso es todo lo que me importa». Eso me da una chispa de satisfacción, y aunque no puedo mostrarla como quiero, porque estoy demasiado débil y el miedo me aprieta el estómago, le sonrío. —No lo pensé… —murmuro, y me sorprende lo diferente que se escucha mi voz. Apagada, grave, ronca—, lo logré. Fuiste la… idiota… que me trajo hasta… aquí… Mis palabras salen en jadeos entrecortados, pero satisfactorios. Su reacción es la esperada, aunque me hubiera gustado evitármela. Me deja caer con fuerza al suelo. Todo mi cuerpo se estremece cuando el duro cemento debajo de mí me saca el aliento por la caída repentina. Si me dejo llevar un segundo, me derrumbaré delante de ella, y eso no lo puedo permitir, por eso levanto la cabeza a pesar de que las sienes me palpitan y todo me da vueltas. A pesar de que el escaso aire me quema los pulmones. Me incorporo a duras penas, los brazos atados no me la ponen fácil y mis piernas poco pueden sostenerme. Pero aun así alcanzo a alzar la barbilla. —¿Sabes qué? —Me sale un susurro entrecortado. Reúno la poca saliva que tengo y la escupo. El chorro apenas alcanza sus botas finas y lustradas, pero eso basta. La perra me mira incrédula por un segundo, y enseguida la furia le deforma el rostro. Su mano vuela más rápido de lo que puedo reaccionar, la bofetada me sacude la cabeza hacia un lado con tal fuerza que siento crujir mi cuello. Un ardor punzante me corta la mejilla y por un instante demasiado largo, me quedo aturdida. A través de los ojos entreabiertos veo lo que me acaba de abrir la piel. Una uña metálica, afilada y brillante. La sangre tibia me escurre por la cara. —Perra insolente —escupe con rabia contenida. Me agarra del pelo otra vez, tan fuerte que me arranca un gemido. Me zarandea como si fuera una muñeca rota, me obliga a doblar la cabeza hacia adelante. Mis cabellos caen y la nuca queda expuesta. —¿Qué tenemos aquí? —ronronea, me tenso cuando imagino lo que está leyendo—. Made in Hell. Su risa resuena en el reducido espacio. Se me acerca al oído y me susurra con esa voz venenosa que me hiela la sangre. —Yo te enseñaré lo que es el infierno. El tirón en mi cuero cabelludo se intensifica cuando me sacude hacia atrás. Mi cuello cruje, los ojos me lagrimean de dolor. La sangre que escurre por mi mejilla se mezcla con el sudor frío que me empapa. El primer golpe llega sin aviso, su mano me cruza la cara de lado a lado. La herida sangrante escuece y me arranca un rugido gutural. Un ardor insoportable me recorre la mandíbula, el mundo entero me da un vuelco, y por un segundo creo que voy a perder el conocimiento. No me suelta del cabello, me mantiene erguida a la fuerza, quiere que esté expuesta lo mejor posible para sus embestidas. El siguiente impacto es un puño seco y directo en el estómago, uno que me dobla hacia adelante con un gruñido animal que ni siquiera parece mío. Me falta aire, jadeo como si me estuviera ahogando, la vista la tengo completamente nublada. No termino de recuperar el aliento cuando ya me tiene jalada otra vez hacia arriba. Su rodilla me recibe en las costillas. El golpe es brutal, un chasquido interno que me hace soltar un grito desgarrado. El dolor se expande en oleadas por mi costado y el sabor metálico de la sangre me llena la boca cuando me muerdo la lengua. «No grites». «No grites». «No grites». Me tambaleo, pero unos brazos me sostienen. Comienzo a dudar de lo que he visto y me convenzo que ella no está sola, no puede ser que me maneje como una muñeca de trapo con ese cuerpo delgado. Me da otro golpe con el dorso de la mano, justo en la sien. Las chispas blancas estallan tras mis párpados. El suelo se me viene encima, y cuando pienso que no me dejarán caer, que me mantendrán suspendida a base de tirones, me sueltan. El concreto me raspa cuando mi cuerpo choca contra él, un sonido seco, sordo. Como un saco de basura. Me desplomo. No soporto más. Apenas logro ver nada a través de la niebla. El sabor a hierro en mi boca me ahoga y el dolor retumbante en todo mi cuerpo me deja apenas sin fuerzas para pelear. Estoy atrapada en un torbellino de dolor. Cada golpe me hace sentir más rota, más frágil, pero sigo respirando. Y en su mirada, esa que logro ver desde el suelo y con los sentidos aturdidos, noto lo que más le enfurece a la perra que se está desahogando conmigo. Que todavía resista, aunque sea a medias. Una sombra se cierne sobre mí, sé que es ella porque el clic clac de sus tacones me pone alerta. Abro un ojo que se siente inflamado. Su sonrisa perversa me recibe. —Voy a contarte un secreto, querida —susurra con tono divertido, aunque sigo notando la furia contenida—. Estás a mi merced, y tu resistencia solo es un malgasto de energías. ¿Te quieren hermosa e intocable? El maquillaje puede arreglar eso. Lo que acabo de hacerte es solo una mínima parte de lo que vas a soportar. ¿Estás lista para la parte más bonita? Estoy ansiosa por medir tu fuerza de voluntad. Se pone de pie justo cuando exhalo un gruñido rabioso. Quiero gritarle que puede irse a la mierda, que me importa poco lo que quiera hacerme. Pero la verdad es que sí tengo miedo, y solo pensar en Madeline y en que ella pudiera estar en mi lugar, me da las fuerzas que necesito para no rendirme todavía. —Tráela, soldado. La voz suena más lejana y reacciono justo a tiempo de ver que un cuerpo enorme aparece en mi campo de visión. Me agarra como quiera, por los brazos todavía atados y adoloridos. Me arrastra, ni siquiera hace fuerza para no hacerme más daño. «Sabía que la perra no estaba sola, carajo». Pestañeo varias veces, para poder ver dónde estoy y adónde me llevan. Alcanzo a ver paredes grises, piso aún más gris, veteado ahora con mi sangre, y manchas más antiguas igual de rojas. Me sacan de lo que parece una pequeña celda. Poco a poco me adapto a la iluminación de la sala exterior, pero no es mucho lo que veo. Hay más celdas, barrotes, y cuerpos. Me parece ver ojos que brillan con temor a la distancia. —Llévala a Cubo. La orden es fría y logra hacerme reaccionar, forcejeo un poco, pero no logro nada. El hombre que me lleva arrastrada pasa por el lado de la perra y me tira como quiera al suelo una vez más. Un murmullo comienza a ser perceptible. Sonidos que no alcanzo a entender del todo, pero que me ponen los pelos de punta. Otro hombre se acerca para ayudar a su compañero cuando me llega el tintineo de lo que parecen cadenas. Intento girar sobre mí misma para ver qué pasa, pero no logro hacer nada. Unos brazos enormes me contienen, me arrancan un jadeo entrecortado cuando me levanta en peso y me deja caer en el centro de lo que ellos llaman El Cubo. Suelto un alarido cuando me levantan los brazos, todavía atados a mi espalda, hasta ponerlos en un ángulo antinatural. Mi pecho sube y baja con temor, con miedo, con un dolor insoportable que no me deja respirar bien. —Todas las reclutas, atiendan bien, para que sirva de lección… Las palabras se escuchan con intensidad. Hacen eco en el espacio, que es más grande de lo que pensaba. —Esta nueva… adquisición, intentó jugar con La Subasta, en su inútil cabecita creyó que podría salvarse del destino que ya le marcó La Hermandad. —Chasquea la lengua y gira sobre sus pies, para recorrer la estancia—. Pero eso solo me ofrece diversión… ¿no creen? Otro murmullo, no entiendo nada. Y apenas logro ver mucho más allá de un metro de mí. Suelto otro grito cuando tiran de las cadenas y mi cuerpo se levanta a medias. Retumba en el espacio, hace eco en mis oídos, porque mis brazos se levantan de golpe en una posición imposible, y el peso de todo mi cuerpo se descarga en mis hombros. Siento cómo se desgarran por dentro, como si la carne y los tendones se estuvieran arrancando de los huesos. El dolor me sube en oleadas por el cuello y me corre por los brazos hasta entumecerme las manos. Los dedos se me acalambran, ya no los siento. El pecho se me comprime, cada respiración es como un corte en seco. La espalda se arquea contra mi voluntad, y un espasmo me sacude la columna. Me retuerzo, me sacudo, pero es inútil. La cadena cruje sobre mi piel y me da la sensación de que la gravedad me está rompiendo en pedazos. —¿Saben cómo le llamamos a esto? Hoy me siento comunicativa, así que las pondré al día con nuestros métodos preferidos. Strappado. Sus pasos se sienten delante de mí. El pitido de mis oídos no los ahoga, como quisiera. —Una palabra que suena elegante, ¿verdad? —canturrea con emoción—. Pero no lo es. Se me acerca, veo su figura difuminada a través de la niebla en mis ojos. La cadena cruje de nuevo y me arranca un grito. El instinto involuntario de arquear la espalda lo empeora, y al instante estoy jadeando otra vez, tratando de llenar mis pulmones de aire. —Tu peso ahora es tu peor enemigo, tu verdugo —informa, poniendo su cara frente a mí, tan cerca que su perfume dulce me da ganas de vomitar—. Tus hombros se desgarran lentamente, tendón por tendón, la gravedad se encarga de todo. ¿No te parece hermoso? Su uña metálica roza mi mejilla. Intento huir, dar un paso atrás, retroceder, pero moverme lo empeora todo y vuelvo a chillar sin poder contenerme. Ella ríe. —Yo solo veré cómo te vas quebrando lentamente. Poético y majestuoso, ¿verdad? Un hilo de saliva y sangre me corre por la barbilla, pero consigo alzar apenas la cabeza. —Poético… —murmuro entre dientes, tragándome el ardor que me quema los hombros, y todo el cuerpo—. No sabía que… además de perra… eras… una poeta barata. Mis palabras salen rotas y jadeantes, pero con una sonrisa torcida que sé que ella odiará. Su rostro cambia en un segundo, la sonrisa se le congela y esa chispa de rabia en sus ojos me da un mínimo alivio, aunque el dolor me parta en dos. —¿Sabes qué es lo hermoso, querida? —me gruñe. La voz le sale más áspera que antes—. Que lo que ahora te da gracia, mañana te hará suplicar que te arranque la lengua. No sabes dónde te metiste. Me sacude de la cadena y siento cómo mi cuerpo entero se arquea. El grito me deja en carne viva la garganta. Es insoportable. No creo aguantar mucho más. Pero en mi interior sigo aferrándome a una diminuta victoria. Hacerla perder la calma es lo más cerca que estaré de una victoria por ahora. —Déjala caer. Las cadenas suenan con un estruendo desafinado y no tengo tiempo para prepararme. El impacto contra el suelo es peor que las sacudidas. Vuelvo a quedarme sin aliento. Vuelve a arderme el pecho, mi cabeza a palpitar y brotar la sangre de mi boca. Escucho apenas sus pasos. El dolor en el cráneo llega a la par. Me levanta la cabeza con un gruñido de satisfacción. —Mira a tu alrededor, zorra. Mira lo que tienes delante y entiende de una vez que no hay razones para luchar. Me tira de la cabeza de tal forma que mis ojos se abren aunque no tengo fuerzas para hacerlo por mi cuenta. Todo me da vueltas, no enfoco bien, pero poco a poco una imagen se va formando delante de mí. Las celdas que antes vi, ahora se ven mejor. Mujeres. Me trago un jadeo cuando recorro con la vista lo que ella quiere que vea. Una docena de cuerpos atrapados en la penumbra. Un sollozo quiere escaparse, pero ni para eso tengo fuerzas. —Tú me servirás como ejemplo de lo que no se debe hacer aquí, de las esperanzas que es necesario romper antes de adentrarse en el infierno. Tú serás el castigo que todas soportarán. —Se agacha y me habla al oído—. Es por un bien común, no lo tomes personal. Me suelta como quiera otra vez. Ya ni siquiera me salen quejidos. —Levántala —ordena a uno de los soldados que no veo—. Haz la rotación como ya sabes. Veinte minutos arriba, dos horas en el suelo. Por más que me gustaría quitarle el aliento, a la puta la quieren en La Subasta. Apenas me inmuto cuando vuelven a colocarme en esa posición del demonio. Siento mi cuerpo temblar, pero es involuntario. A duras penas entiendo lo que sus palabras significan, pero lo prefiero así, es mejor permanecer en la ignorancia mientras pueda. No obstante, cuando vuelven a levantarme y un grito silencioso sale de mí, veo una silueta extraña en una de las celdas. No es una mujer. Todavía no. Es una niña. El pulso se me acelera. Me aturden los pensamientos que de repente me golpean. Sigo mirando y mi alma cae a mis pies. No es solo una niña, son demasiadas y todas me miran con terror. El llanto, que había estado posponiéndose, ahora sí me asfixia. ¿En qué retorcido lugar me acabo de meter?
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