Descargas eléctricas

4033 Words
El dolor que siento en cada músculo de mi cuerpo es indescriptible. No tengo fuerzas, me siento vuelta mierda. Quisiera gritar, me encantaría luchar, pero no puedo. Cada extremidad de mi cuerpo se siente desgarrada. Yo me siento destrozada. Perdí la cuenta de las veces que mi cuerpo fue elevado y las veces que fue bajado del golpe. Mis propios gritos me atormentan la cabeza, puedo seguir oyéndolos, aunque estoy en silencio. No valgo nada. Estoy toda magullada, llena de mi propia sangre seca en todo mi cuerpo y de cosas que ni deseo nombrar. El olor que emana de mí es nauseabundo, porque en medio de esta tortura, mi propio miedo me ha llevado a un estado inhumano de asquerosidad detestable. Me remuevo como puedo, apenas un poco. No quiero moverme demasiado para que toda la podredumbre que hay debajo de mí no se desate más de lo que ya está. Tampoco quiero despertar el intenso dolor en mi vientre, el que me estoy esforzando en soportar, pero ese mínimo movimiento es suficiente para que el letargo me azote. El dolor cobra fuerza, se expande en todo mi vientre como enredadera llena de espinas y fuego. Porque me quema por dentro, porque cada espina de dolor parece enterrarse en partes de mi v****a que no podría describir. Incluso logra llegar a mi espina dorsal. Sin poderlo controlar comienzo a temblar. Un jadeo cargado de dolor brota de lo más profundo de mi garganta. El mismo jadeo despierta lo que estaba entumecido y ahora todo mi cuerpo vuelve a recibir latigazos de dolor que me estremecen. Aprieto los dientes con fuerza. «No grites». «No grites». «No grites». El pulso se me dispara, mi pecho sube y baja y, por más que me grito en la cabeza que debo controlarme, no puedo. Me cuesta. Jamás he sido una cobarde, pero esto es demasiado para cualquier ser humano. Los ojos me arden, la vista se me nubla y lágrimas comienzan a rodar por mis mejillas sucias sin poder evitarlo. Muerdo el interior de mis mejillas al punto de sentir el sabor a hierro en mi paladar. No puedo echarme a llorar. Pego mi cuerpo a la pared fría, oyendo el movimiento de las cadenas como una maldita condena. Levanto la cabeza con más esfuerzo del que debería, porque incluso mi propia cabeza me pesa. Inhalo. Las costillas me duelen cuando mis pulmones se llenan de aire. Exhalo. La mandíbula me cruje cuando abro la boca para botar el aire. «Tú puedes con esto». «Tú puedes con esto». «Tú puedes con esto». Repito la acción, tomo aire por la nariz y lo expulso por la boca en un intento de controlar el temblor. Suficiente tengo con los dolores en el vientre y en cada extremidad de mi cuerpo. Cierro los ojos, la sensación de sueño vuelve a hacer de las suyas. Cada vez que el dolor en mí se despierta, me produce un cansancio descomunal que me arrastra a un letargo que me cuesta esquivar. El hormigueo comienza a hacerse presente en la planta de mis asquerosos pies, sube lentamente, lleno de frialdad. El dolor que siento es tan intenso que, desde que me bajaron de esa cosa, solo me ha arrastrado a quedarme dormida. Pero así como desciende por mi cuerpo, baja de golpe al oír el taconeo que se hace presente. El corazón me salta un latido, mis sentidos se despiertan y, aunque estoy cagada de miedo, observo todo con los ojos bien abiertos. —¿Dónde está mi perra insolente favorita? —ronronea la pregunta y todo mi cuerpo se estremece—. ¿Lista para seguir ladrando de dolor, querida? Mis dientes chocan entre sí, me cuesta controlarme. El instinto de supervivencia es igual de fuerte que el terror que controla mi sistema. Todo está oscuro, apenas y logro notar los cuerpos de las otras, pero el taconeo se vuelve más cercano, causando que todo mi cuerpo tiemble el doble de lo que ya lo hace. De repente, las luces son encendidas y yo, por reacción, cierro los ojos. —Tienes que ladrar para mí, querida —declara con malicia—. Así se me hace más fácil encontrarte entre todas estas jaulas, ¿no lo crees? Las sienes me palpitan, su maldita voz tiene el poder de alterarme, pero realmente me esfuerzo en no demostrárselo, al menos no en mi rostro. Suficiente tengo con que lo note en mi cuerpo. Abro los ojos y ahí está la maldita hija de puta. Como siempre, vestida de blanco y con esa asquerosa sonrisa llena de maldad en los labios. —Te hice una pregunta. —Ya no se oye tan encantadora, pero sigue mostrándome la sonrisa solo para no demostrarme cuánto mi presencia la jode—. Exijo que me des la respuesta. O, pensándolo mejor… —Se inclina hacia la jaula—. Ladra. Le mantengo la mirada. En sus ojos marrones puedo ver la malicia pura, la maldad que esconde detrás de su impecable y hermosa apariencia. Detrás de ella, solo hay un demonio disfrazado, una mente podrida. Ella podrá ser hermosa, pero eso no quita lo basura que es la hija de puta. —Ladras o te obligo a hacerlo. Sonrío de lado. Apenas un atisbo de una rota y dolorosa sonrisa se dibuja en mis labios, porque la única manera de que acate a sus órdenes es precisamente así. Obligada. Jamás por voluntad propia le daré lo que quiere. Y es por eso por lo que la sangre le hierve por mucho que se esfuerce en ocultarlo. La satisfacción que me causa ver la rabia contenida que hay en ella me da la fuerza para levantar el brazo. Las cadenas suenan, sus ojos se dirigen a mi mano y cuando le muestro el dedo de en medio como respuesta, la maldita endurece sus facciones. Dirige su mirada de nuevo hacia mí. Tiene los ojos encendidos de la rabia que por dentro le ha explotado. —Bien —se endereza y yo dejo caer el brazo—. Ahora vas a ladrar, pero de dolor. No me muevo, siento que dejo de respirar. Su voz, seca y afilada, me azota la carne como si fuese una correa. Su amenaza me atraviesa el pecho, logra desestabilizarme por mucho que me esperaba esta reacción de su parte. —Soldado, saca a la perra de su jaula —su sonrisa está llena de odio—. Recuerda ser delicado con la mercancía, pero no te cohíbas de arrastrarla en su propia mierda y orins asquerosas, solo para que recuerde que aquí también podemos ser amables a pesar de las faltas de respeto. Mi cuerpo reacciona antes que mi mente, cada músculo se tensa cuando el soldado comienza a abrir la jaula. Por reflejo, reculo, pero no tengo para dónde ir. El estómago se me revuelve cuando el olor putrefacto se intensifica y, aunque no quiero vomitar, no puedo aguantarme más. Me echo hacia un lado y expulso todo lo que puedo. No demasiado, pero igual de asqueroso como todo lo que he expulsado por miedo o necesidad. Las manos del soldado me toman. No quiero gritar, no quiero llorar, pero hay algo más profundo que se agita dentro de mí. Algo que no puedo controlar. No es debilidad, es instinto. Es mi cuerpo sabiendo que va a ser roto otra vez. Siento cómo me sostiene por las muñecas aun con los grilletes puestos y antes de que pueda siquiera al menos avanzar de rodillas, mi cuerpo ya está siendo arrastrado sobre mis propias necesidades. Las lágrimas salen por sí solas, me obligo a mirar al frente para al menos no bajarle la cabeza. El miedo, crudo y visceral, me martillea el pecho. Se instala con el doble de intensidad en mi columna, en mis costillas. Me está quemando al punto de hacerme sentir viva y desear no estarlo. «No grites». «No grites». «No grites». Es lo que repito una y otra vez mientras soy arrastrada, viendo las miradas llenas de miedo de las demás jóvenes y niñas encerradas en las demás jaulas. Yo soy el ejemplo en este lugar. Soy lo que no se debe hacer si no quieren sufrir más de la cuenta. Yo soy lo que ella romperá antes de mandarme al infierno. …Tú serás el castigo que todas soportarán… Por eso no grito, por eso intento tragarme el dolor, porque esas pobres niñas me están mirando con sollozos descontrolados que apenas son consolados en silencio por las más grandes. A todas ellas les están rompiendo la mente conmigo como ejemplo. Si grito… si me rompo, las pocas esperanzas que tienen también se romperán. Mi cuerpo es arrastrado al Cubo nuevamente, me estremezco cuando veo lo que que usó para torturarme. Soy lanzada en un rincón con desprecio, como si fuese un perro callejero. Intento levantarme, pero no puedo. Estoy agotada, sin fuerzas para ponerme en pie y darles un poco de pelea. Mi propio olor me produce arcadas otra vez. El estómago se me contrae, me doy asco, huelo del carajo. Me estremezco sin poder evitarlo y vomito a un lado otra vez. —Más te vale que no hagas esa cochinada cuando debas enviar el mensaje, querida —espeta con malicia—. No quiero que tu amorcito se preocupe por ti. «No». El pulso se me dispara, todo mi cuerpo reacciona aun cuando no ha dicho su nombre. Levanto la mirada y lo que veo me deja confundida. El soldado rocía agua sin parar, formando un charco bajo mis pies. —Con eso bastará —dice la hija de puta deslizando la mirada hacia mí—. Te tuve dos días colgada ahí —ensancha la sonrisa—, pero aún no te he presentado el verdadero infierno, querida. Avanza hacia mí, su taconeo es una enorme tortura, no lo soporto. Un frío descomunal me recorre todo el cuerpo al punto de paralizarme. Por más que quiero arrastrarme en el suelo para alejarme de su maldita presencia, no puedo. Mi cuerpo es presa del miedo. —Lo conocerás justo ahora —asegura, mirándome desde arriba con odio contenido—. Te lo presentaré, solo para que cada día que lo recuerdes, me veas a mí. Respiro con dificultad, no sé qué más me puede hacer en este lugar. —Soldado, encadénala —su orden es ley y cuando me da la espalda, el soldado me arrastra por los pies hacia el medio del Cubo, sacándome un jadeo ahogado—. Que solo la punta de los dedos de sus pies toque el piso. Mi corazón late con fuerza, cada latido duele en mi carne. He sido golpeada, torturada, por dos días seguidos, arrastrada y llevada a un estado denigrante tan alto, que ahora que el soldado me está poniendo las cadenas en los grilletes que tengo en las muñecas, deseo morirme. O quizás sí esté muriendo de verdad, porque en mi cabeza solo puedo pensar en mi bananita, mi preciosa Madi. En su sonrisa, en su hermoso cabello rubio y en la dulzura pícara que heredó de nuestro padre. La imagino con mis sobrinos, feliz, a salvo, viva. —Ay, por favor… —Suspira con fastidio—. Ya quita esa cara y deja de lamentarte, querida. Te necesito, feliz y sonriente. La ignoro, no caigo en su maldito juego maquiavélico. —Más te vale que me prestes atención, perra insolente —se oye impaciente, por mucho que quiera ocultarlo—. Mírame. No lo hago. No quiero ver su maldito rostro asqueroso. El taconeo se hace presente y, antes de que pueda reaccionar, me levanta la cabeza con un fuerte tirón de cabello hacia atrás. —Si yo te ordeno que me mires, tú acatas, pedazo de mierda —sisea cerca de mi rostro con repulsión—. ¿Aún tienes fuerza para negarte a mis órdenes? ¿Te crees muy valiente? Ya veremos si después de esto te van a quedar ganas de seguir de insolente. Me suelta de mala gana. —Soldado, levanta su asqueroso cuerpo del suelo, ahora. Las cadenas se mueven y un sonido estridente revienta en el espacio. Mis brazos son elevados de golpe y yo grito con todas mis fuerzas cuando las cadenas tiran de mis brazos hasta elevarme del suelo. El mismo peso de mi cuerpo me revienta, siento que me quedo sin aliento al tiempo que un pitido ensordecedor explota en mis oídos. Creo oír el llanto de las demás, sus gemidos, realmente no lo sé. Tampoco sé si los gritos en realidad son míos, pero estoy siendo plenamente consciente de que el dolor me está matando. Estoy colgada en el aire, con los brazos extendidos, los dedos de mis pies rozando el agua, mientras me revuelco del intenso dolor que siento. La busco con la mirada y ahí está, a pocos pasos de mí, con las manos en una expresión de satisfacción. —Quiero que sepas que cuando mi hermano me confesó que te violó por segunda vez, me reí de ti —ensancha más la sonrisa—. Él también, pero ya sabes… hombre al fin. Mis dientes chocan entre sí de lo mucho que tiemblo. —Siempre supe que su romance no llegaría a nada, ¿sabes por qué, querida? —Ella sabe que no puedo responderle, por eso sonríe complacida—. Porque tú no naciste para ser amada, Ariel Phil. Tú no naciste para recibir el amor de un hombre, tampoco naciste para ser tratada como la flor más delicada. Se acerca, extendiendo la mano hacia el soldado, sin apartar sus malditos ojos de mí. El tipo deja en la palma de su mano una barra, color n***o, que no logro distinguir qué es en realidad. Cuando está a pocos centímetros, la perra me toca con la punta de la barra. Todo mi ser se estremece, espero el golpe, pero nada pasa. —Tú naciste para ser solo el entretenimiento de los hombres —afinca la barra en mi frente con saña—, un pedazo de carne que comerán a su antojo. Tú no naciste para tener un final feliz, Arielita linda… no, no, no. Tú naciste para ser violada y vuelta mierda por hombres como mi hermano, e incluso como tu amado Christopher, ¿sabes por qué? Me ahogo en mi propio llanto silencioso, sintiendo cómo ahora ella puntea con la barra de metal mi cuello, luego mi pecho. Crea un camino tortuoso hasta detenerse en mi vientre. Jadeo de dolor cuando levanta mi cabeza por los cabellos con un agarre brutal que me estremece. —Porque solo naciste para saciar los deseos más horrendos del sexo opuesto, querida. No vales nada. Y como no tienes nada de valor, mereces que te hagan mil veces lo que mi hermano te hizo. —¡Ahh! —mis gritos inundan todo el lugar. Mi cuerpo es sacudido por las descargas eléctricas que llegan de repente sin compasión alguna. La espalda se me arquea, me revuelco aún suspendida, temblando. «Para eso es la vara. Para quemarme por dentro». No hay aire que pueda inhalar que apague la llama interna que arde dentro de mí. Cada segundo parece eterno con cada descarga. Todo mi mundo se reduce a mis gritos desgarradores, a medida que cada descarga eléctrica me azota. Los músculos se contraen sin permiso, siento que la espalda se me romperá en cualquier momento por cómo me retuerzo. De repente, el sonido se detiene junto al dolor insoportable. —Por favor, sonríe a la cámara, querida. —Levanta mi cabeza para que vea hacia el punto rojo, pero yo solo veo borroso—. Él te está viendo, salúdalo. Apenas y puedo respirar, porque solo grito de dolor, y eso más la jode. El sonido se hace presente y la descarga en mi vientre vuelve a estremecerme con fuerza, hasta que se detiene. —¿Ves, querida? —susurra a mi oído—. Te dije que acabarías ladrando de dolor. Temblando, rota, sin fuerzas, ladeo la cabeza apenas un poco. Mi cabello, mojado de toda la mierda en la que mi cuerpo está envuelto, me cubre los ojos, pero puedo mirarla a través de los mechones negros. —Pero nunca… —logro decirle—. Nunca será por mi propia voluntad… Su mirada se vuelve letal. Me preparo, porque leo la intención en sus ojos, y antes de que cierre los míos, la punzada en el vientre me azota y la descarga eléctrica me sacude una vez más. Se detiene, me deja aturdida, pero logro oír cómo se aleja de mí y le ordena al soldado que le traiga la silla. Lucho por recobrar el aliento, por no volverme loca y suplicarle que me mate de una maldita vez. —¿Saben que pasa cuando la mercancía entregada no es la que buscaba? —inquiere solemne, a mi derecha, pero yo no puedo siquiera mirarla de nuevo—. Hay muchos problemas, rueda la sangre, llegan los gritos, se implora piedad. —Temblando, levanto la mirada y me doy cuenta que le está hablando a la cámara, que la está enfocando solo a ella—. Intentaron verme la cara de estúpida. Por eso hay represalias. Mi cuerpo reacciona cuando oigo que se remueve. —Tuvimos que cancelar un pedido, lanzar una nueva convocatoria. No le digan a nadie, pero las decisiones de mi hermano siempre me han salido caras a mí. No se suponía que trajera a la hermana equivocada. Tampoco se suponía que ella le disparara como perro tirado en el suelo —espeta con molestia—. Sin embargo, no todo está perdido. Ahora no será Madeline Phil, la brillante bailarina; será su gemela, igual de hermosa, pero más turbia. Un regalo venenoso a nuestros clientes, ¿no creen? No hay una orden declarada, pero el soldado se mueve. Apenas y logro verle los pies, pero cuando estos se detienen frente a mí, entiendo lo que está haciendo. Me está grabando. A mí, a mi cuerpo entero, desnudo, vuelto mierda, lleno de mi propia sangre y excrementos. Quiero cubrirme, quiero patear al maldito soldado, mandarlo al carajo, pero no puedo. Ya no tengo fuerzas. Solo cierro mis ojos y dejo que la cámara recorra mi silueta de arriba a abajo. «No llores». «No llores». «No llores». —No se preocupen, habrá que limpiarla para su presentación especial —puedo notar el gozo en sus palabras—. Por el momento, quiero que vean lo que pasa cuando se meten conmigo, con mi familia. Esto no es La Hermandad, esta soy yo demostrando lo que soy capaz de hacer cuando me provocan. Y ella, ella está pagando por haberle disparado a mi hermano. Motivos de sobra tenía, pero no puedo aceptarlo. No sé si es el mismo terror, la adrenalina, pero logro levantar la cabeza solo para ver y oír cómo ella da la orden. El soldado se acerca con la vara eléctrica y la hace chispear dos veces antes de pegarla a mi brazo. Mi cuerpo se sacude de nuevo, de forma violenta, incluso más que las veces anteriores. Siento la descarga de electricidad con el triple de intensidad. Mis gritos retumban con más fuerza en todo el lugar, hasta que se detienen. Abro los ojos como puedo, la busco con la mirada y cuando veo sus tacones blancos, los escupo. —¡Perra insolente! —sostiene mi mentón con odio, me entierra las uñas aún con los guantes puestos—. Veremos si después de esto te dan ganas de seguir escupiéndome. Me suelta, los segundos pasan y la orden llega. Mi cuerpo se sacude por la descarga que es soltada en mi vientre, esta vez con más fuerza que la anterior. Grito de nuevo, me retuerzo. —Detente. No sé cómo estoy respirando, ya ni sé cómo es que estoy viva porque creo morirme. El dolor es insoportable, lacerante. Me está desgarrando desde adentro. —¿La perra insolente ya tiene suficiente? «No». Mi cabeza tiembla, pero al menos puedo levantarla un poco solo para verla a los ojos. —Acabaré contigo —murmuro, pero ella me ha oído muy claro. No conforme con mi sentencia, vuelvo a escupirla de nuevo—. Y no… aún no tengo… suficiente. Le regalo una sonrisa torcida, rota, apenas perceptible. Ya aseguró que seré vendida, así que no puede matarme por mucho que desee hacerlo. Mientras esté viva en este infierno, no le daré el placer a la malnacida. Tiene la mirada desorbitada, puedo ser testigo de las ganas que tiene de matarme de verdad. Pierde el control, le arrebata la barra al soldado y afinca la punta en mi vientre otra vez. La descarga me estremece, es brutalmente potente. Mis gritos estallan con la misma potencia que el dolor me recorre entera, más intenso que nunca. No se detiene, presiona la barra en mi carne con un odio visceral que ya no se preocupa en ocultar. La tortura es eterna, agonizante y, cuando al fin cree tener suficiente, me golpea el vientre con la misma barra una y otra vez. Lo que siento, no es solo un dolor físico, es una invasión. Una profanación que me sacude desde adentro, como si mi alma estuviera siendo destrozada en fragmentos que jamás voy a poder construir por mí misma. Ni con la ayuda de nadie. …Tú no naciste para ser amada… Grito con todo lo que puedo, pero el sonido que sale de mí no me pertenece. Es un grito animal, primitivo. La Ariel que está gritando con cada descarga y golpe, no es la que yo un día me esforcé en construir y, por más que intento recordarla, me cuesta. Ahora soy la Ariel que esta colgada como trofeo estremeciéndose en el temblor de la humillación, mientras cada descarga me arranca un pedazo de mí. Mis gritos se vuelven más desgarradores esta vez, el dolor es más palpable y, de repente, siento cómo algo tibio y pegajoso corre por mis muslos. «No, no, por favor, no». Oigo ahora su maquiavélica risa, pero a duras penas. Mis sentidos están todos apagados, me falta el aire, no siento el palpitar de mi corazón, la sangre ha dejado de correr por mis venas. «No, no». —Es una lástima tener que arruinar esta obra de arte que es tu cuerpo asqueroso —vuelve a usar ese tono elegante y encantador—, pero tienen que llevarte a bañar. Con algo me roza entre los muslos, creo que es la misma vara. Ni siquiera me preparo para la descarga siguiente. Estoy intentando reunir algo en mi interior. Pero no llega nada. Solo se burla. Miro abajo. A mis pies ya no hay solo agua. «Sangre. Es sangre». «No, por favor, no» —Pero para que veas que te tengo en alta estima, te dejaré el recuerdo de lo que llevabas dentro y de lo que ahora quedan pedazos rotos como tú. —Me sostiene por el mentón, me obliga a ver la expresión de su rostro que confirma lo que ya es mi mayor miedo—. Y más te vale ocuparte de no sangrar en el momento equivocado o lo pagarás con otra sesión de strappado. Se endereza, o eso creo, porque ya no tengo noción de lo que sucede a mi alrededor. Estoy tan mareada que mi mente juega al límite de la inconsciencia. —Déjala caer —ordena. Por reflejo cierro los ojos, mi cuerpo impacta contra el suelo mojado. No sé si grito o si ya no lo hago. Solo sé que el dolor se triplica y mi alma oficialmente está rota. Ella la ha arrancado de mí, dejándome apenas respirar, pero matándome en vida con lo que acaba de hacer. Lo que acaba de quitarme. Siento su sucia presencia y, antes de que pueda levantar la mirada, ella me agarra la cabeza tirando mis cabellos hacia atrás y obligándome a mirarla a la cara otra vez. La sonrisa que me muestra es tan siniestra como ella misma. —Mis más sinceras condolencias —ensancha la sonrisa—. Que en paz descanse ese engendro del demonio que acabas de soltar.
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