La ira es un sentimiento conocido. Y ahora me llena. La recibo, la oscuridad en mí y todo lo que está destrozado, vibra con la emoción de sentirse necesaria. Tiemblo. Pero no es por miedo o angustia, es una revolución que ya no puedo contener en mi interior. Me levanto del sofá y Christopher lo hace detrás de mí, lo siento en el crujido del material. Me giro y lo enfrento, el sabor ácido de la traición me quema la boca y cuando mis ojos se fijan en los suyos, solo veo mentiras. —¿Dónde estabas? Mi voz suena hueca, letal. Desprovista de las cosas buenas que me estaban llenando y que ahora desaparecen sin rastro. —Ariel... —Su tono es de contención, de advertencia. Me mira como si viera a los ojos de la bestia que quiere salir de mí. —¿Ya no soy zmeya? ¿Por qué? —me burlo, pero la

