Eran las cinco de la tarde y Alia golpeaba su cabeza contra la pared. A simple vista, parecía una loca pero los golpes la ayudaban a pensar. Su frente ya estaba roja, y poco a poco ese rojo se convertía en un morado azulado.
—Muy bien idiota—se dijo así misma, mientras se apartaba de la pared—.Thomas es Nectisaled, pertenece a una r**a, él puede curar animales y otras personas que vienen de otras razas. Christian es Nefistea, al igual que Nora y Scott; ellos debilitan los cuerpos y hasta pueden matar.
Trató de ordenar sus ideas e intentó ser capaz de analizarlas bien. Después de varios minutos, no tardó en llegar a una conclusión obvia.
—¡Por eso Thomas y Christian se odian! ¡Porque uno puede matar y el otro puede salvar!—le exclamó a la nada misma.
Ahora su atención estaba puesta en otra cosa. No paraba de golpearse y de lastimarse la piel con sus uñas. Se rascaba hasta ver sangre y provocar una herida no tan profunda. Lamia la poca sangre que se asomaba, como si estuviera sedienta.
Alguien tocó la puerta y esa pequeña interrupción la enfadó aún más.
—¡No hay nadie!—gritó, para espantar a cualquiera que estuviera detrás de ella.
—¿Ni siquiera una Nectilea puede ingresar?—preguntó Luna, para tratar de convencerla.
Alia rodó los ojos y se apresuró en tapar los rascuños de sus brazos con una camisa larga. Cuando se aseguró de que no había ninguna herida a la vista, le permitió el paso. Luna ingresó con un pequeño frasco pintado de n***o. A la rubia le resultó difícil descifrar lo que contenía dentro.
Cuando cerró la puerta, se volvió hacía ella y le sonrió con simpatía. Los ojos de la coreana desaparecieron cuando la comisura de sus labios se elevaban.
—¿Qué es eso?—le preguntó Alia, mirando detenidamente el frasco y acercándose a ella.
—Sangre de cuervo.—le respondió, mientras retiraba la tapa y dejaba el recipiente sobre el escritorio.
Alia abrió los ojos de par en par ¿para qué traería eso? En cuanto se acercó hasta el escritorio y la sangre del frasco quedó frente a su nariz, comenzó a saborearse los labios y su respiración se aceleró.
Tomó el frasco entre sus manos y se lo llevó rápidamente a la boca, para beber el contenido hasta no dejar ni una sola gota.
El sabor a hierro le acariciaba la garganta, y su paladar estaba muy a gusto. Cuando acabó, se pasó la lengua por los labios y se limpió con las muñecas las manchas de sangre que habían quedado alrededor de su boca. Luego, se lamió las muñecas.
—Vaya...y pensar que yo he estado así.—se sorprendió Luna.
—¿Tienes más de esto? Está delicioso.—jadeó.
—Puedo conseguirte más pero tendré que atrapar más cuervos y...
—¡Yo te ayudaré a conseguirlos!—se apresuró a decir la Nectilea, excitada.
Tomó su abrigo, se colocó unas botas para la nieve y las dos salieron disparadas hacía el jardín de la mansión.
Cuando estaban bajando las escaleras, Alia se encogió de hombros al ver la cantidad de niños que corrían de aquí para allá. También, había chicas de su edad que lucían hermosas con sus abrigos de pieles, y chicos bien vestidos con elegantes ropa de marca. Parecía una escuela a la hora de la salida. Respiró hondo, tenía que mantenerse calmada y en paz.
Luna la tomó del brazo y la ayudó a continuar descendiendo.
—Algunos de aquí también pertenecen a otras razas, no tienes de que preocuparte.—la tranquilizó, saludando a varios conocidos de ella.
Llegaron hasta la puerta, en donde estaban Cory y Zack, esperándolas.
—Sabía que querrías buscar más sangre.—se alegró Zack, mientras ellas se acercaban.
Los cuatro salieron, y la ventisca helada le golpeó en la cara. Sintió como los labios poco a poco se le agrietaban y se le congelaban. Se abrazó así misma para mantenerse en calor, al igual que lo hacían los otros chicos. El cielo estaba completamente azul y por suerte no nevaba, sólo corría aire fresco. Alia saboreó ese aire fuera de la habitación de la mansión, después de tanto tiempo, había salido.
El grupo seguía a Luna. Esta caminaba abrazada de su chico que no paraba de besuquearla.
—¡Vamos, tengo sed!—los apresuró Alia.
—Tranquila risitos de oro, ya beberás todos los cuervos que tu quieras.—la calmó Zack, con un empujón juguetón.
Pero eso no le provocó mucha gracia a la Nectilea.
—No vuelvas a tocarme.—lo amenazó, mientras apresuraba el paso.
Zack estalló a carcajadas y se tambaleaba de un lado a otro, fingiendo estar drogado, o algo así.
—Te pareces a mí. Eres salvaje, malvada y no te arrepentirías de romperle la pierna a alguien.
—Puedo comenzar con romperte la tuya.—le gruñó como respuesta.
—Dudo que puedas llegar a hacer eso.—la desafió, y Alia sólo se conformó con rodar los ojos.
Luego se encargaría de él.
Alia contemplaba cada árbol que veía, cada detalle magnifico que la naturaleza le brindaba para que observara detenidamente. Rodearon la gran casona y atrás de ella había otro lujoso edificio. Estaba revestido con ladrillos que eran consumidos por verdes enredaderas y la puerta principal era negra y gigante. Las ventanas eran de marcos blancos sin ninguna mancha de moho, y el tejado era anaranjado, éste estaba cubierto por la nieve que se resbalaba a cada momento.
Supuso que era la escuela para los niños.
—Detrás del edificio, están los cuervos escondidos.—le aseguró Luna.
Sin esperar más, corrió hasta llegar al final de edificio. Su desesperación por beber la sangre de los cuervos, provocó que casi se tropezara entre la fría nieve.
—¡Despacio Alia!—le gritó Zack.
En cuanto vio un pajarraco n***o caminando por la nieve, algo lejos de su alcance, sus pupilas se dilataron como nunca. Extendió su brazo hacía delante y estrujó su puño, en dirección al pájaro. Vio como la cabeza del cuervo iba girando lentamente mientras lanzaba pequeños chillidos de dolor. Alia no tuvo piedad sobre él.
En cuanto se aseguro de que estaba inmóvil, se acercó hasta él para ver si estaba muerto. Y lo estaba.
Tomó al pequeño sin vida entre sus manos y varias plumas se le pegaron a los dedos. Los ojos del cuervo estaban prácticamente en blancos y Alia sonrió, victoriosa.
Escuchó como el resto se acercaba hasta ella.
—Bien hecho.—le dijo Cory—Ahora pon la sangre en el franco.
Pero ella no les hizo caso. Partió al pajarraco a la mitad y bebió la sangre en cuanto vio una gota. Succionó cada parte del cuerpo de este y lamió su corazón después de habérselo arrancado.
—El mejor festín de mi vida.—jadeó, insatisfecha.
Después de beber a cinco cuervos más, el grupo se encaminó hacía el bosque. Zack llevaba una mochila junto a él y le dio un gorro de lana, y un par de guantes. Pero antes le dio un trapo para que se limpiara las manos y la boca. Los cuatro caminaban con la nieve prácticamente en sus botas.
El rastafari caminaba junto a Alia, y él charlaba de forma animada, mientras que ella lo ignoraba.
—El día en que Cory, Luna y yo nos marchemos a Francia, te enviaré una foto en la Torre Eiffel.—le prometió.
—¿Y para que quiero ver la Torre Eiffel? Puedo buscarla en Google y listo.—respondió de forma seca.
—Porque te darán ganas de venirte con nosotros y comenzar una nueva vida allí.
Se quedó pensando. Después de todo, no era una mala idea.
—No está nada mal.
—Espera, tienes un poco de sangre en...
El dedo de Zack viajó hasta una comisura de sus labios para limpiarla. Alia tragó con fuerza, y sus hombros se relajaron en cuanto éste sacó su pulgar y se lo llevó a la boca para chuparlo.
—Delicioso.—murmuró, burlón.
—Vuelves a posar un sólo dedo sobre mi rostro y tu pulgar te lo meteré en tu...
—¡Alia!—la regañó Luna, antes de que continuara hablando.
—¡Lo siento!—se disculpó, a regañadientes.
Continuó caminando hasta llegar a un tronco seco, para sentarse. Hacía demasiado frío, pero le encantaba ver como su cuerpo se entumecía por la helada que le traspasaba la ropa. Luna se sentó junto a ella y le sonrió de modo amigable. Alia arqueó una ceja y apartó la vista, de forma agria.
—No tienes muchos amigos ¿verdad?—le preguntó Cory, mientras abrazaba a su novia.
—No tengo amigos, y tampoco quiero tenerlos.—le dijo, con voz firme.
—Yo también decía lo mismo, y mírame ahora. Estoy rodeado de gente que me quiere, supongo.—aseguró Zack, mientras metía la mano en su campera y sacaba un cigarrillo, y un encendedor.
Entre ellos cruzaron miradas, con muecas en su labios. Alia otra vez se sintió apenada por su actitud. Siempre era fría con los demás, pero es que ya no podía confiar ni en su propia sombra.
—A veces no me gusta ser yo, pero no puedo evitar ponerme a la defensiva en cuanto alguien trata de acercarse.—se disculpó, con su voz quebrada.
—Lo comprendo.—dijo Luna.
-¡No! Nadie lo comprende. Estoy sola en este mundo, nadie podría comprender las noches que paso llorando por culpa de esos imbéciles que nunca se preocuparon por mi. Yo era su hija, la niña de sus ojos ¡y me abandonaron!—chilló ella, al borde de las lágrimas—¡Las personas que solía llamar padres, me prometieron amarme, protegerme y cuidarme! Ellos no cumplieron su promesa, y ya no confío en nadie que prometa quererme. Sí ellos no cumplieron, dudo que los demás lo prometan.
Todos se quedaron en silencio, lamentando la tristeza de ella.
—¿Quieres contarnos que pasó en tu vida, Alia?—murmuró Cory, con voz tan suave que parecía que le estaba hablando a una niña de cinco años.
Alia lo miró a sus ojos verdes, y estos parecían preocupados. Por primera vez, quiso hablar de tema.
—Hace más de un mes, me he enterado que soy hija de mi tía, y que soy hermana de mi primo. También, soy hija de un millonario que tiene tres hijos. En la noche que escapé de su casa, el chico que amaba...me vio matar a un hombre que intentó violarme en un antro, mi primo también intentó hacerlo varios días atrás. Mis supuestos padres, resultan ser mis tíos, y mi hermano...Jamie...vendría a ser mi primo. ¿Ven a lo que me refiero? Todos me mintieron para el bienestar de ellos, ninguno se preocupó por mi.—masculló con rencor fermentado en su pecho.
Soltó el aire que estaba conteniendo. Ya no podía vivir con aquel sufrimiento que poco a poco la iba consumiendo. Necesitaba ser fuerte, ¿pero de dónde se aferraría? No tenia motivos para seguir viviendo. Toda su vida fue de juguete, en donde ella era el títere que podían manejar a su antojo.
—Alia, eso debe de ser doloroso.—dijo Zack, conmocionado por su historia.
—Yo no soportaría vivir así.—agregó Luna, mientras ella también evadía las lágrimas por lo emocionada que estaba.—Hiciste bien en huir.
—Y yo ya no sé quien soy. —susurró más para sí misma que para ellos.
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