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1202 Words
❝LA VARITA.❞ ▃▃▃▃▃▃▃▃▃▃▃▃▃▃▃▃▃▃▃ Compraron los libros en una tienda llamada Flourish y Blotts, en donde los estantes estaban llenos de libros hasta el techo. Hydra se habia enamorado totalmente del lugar. -Si este lugar te gusta no me quiero ni imaginar la biblioteca de Hogwarts -habia dicho Hagrid. Luego visitaron la droguería, habia un olor asqueroso aunque a Hydra me fascino todo lo que habia.   Fuera de la droguería, Hagrid miró otra vez la lista de Harry -Sólo falta la varita... Ah, sí, y todavía no les he buscado un regalo de cumpleaños. Harry sintió que se ruborizaba. -No tienes que... -empezó Harry. -No hace falta... -continuó Hydra. -Sé que no tengo que hacerlo. Les diré qué será, les compraré un animal. No un sapo, los sapos pasaron de moda hace años, se burlarán... y no me gustan los gatos, me hacen estornudar. Les voy a regalar una lechuza. Todos los chicos quieren tener una lechuza. Son muy útiles, llevan tu correspondencia y todo lo demás. Veinte minutos más tarde, salieron del Emporio de la Lechuza, que era oscuro y lleno de ojos brillantes, susurros y aleteos. Harry llevaba una gran jaula con una hermosa lechuza blanca, medio dormida que habia elegido junto con su hermana. -Ahora nos queda solamente Ollivander, el único lugar donde venden varitas, y tendrás la mejor. La última tienda era estrecha y de mal aspecto. Sobre la puerta, en letras doradas, se leía: «Ollivander: fabricantes de excelentes varitas desde el 382 a.C.». En el polvoriento escaparate, sobre un cojín de desteñido color púrpura, se veía una única varita. Cuando entraron, una campanilla resonó en el fondo de la tienda. Era un lugar pequeño y vacío, salvo por una silla larguirucha donde Hagrid se sentó a esperar. -Buenas tardes -dijo una voz amable. Harry dio un salto llevando a Hydra junto con él. Hagrid también debió de sobresaltarse porque se oyó un crujido y se levantó rápidamente de la silla. Un anciano estaba ante ellos; sus ojos, grandes y pálidos, brillaban como lunas en la penumbra del local. -Buenas tardes, señor -dijo Hydra. -Hola -dijo Harry con torpeza. -Ah, sí -dijo el hombre- Sí, sí, pensaba que iba a verlos pronto, los hermanos Potter. Eres igual a tu madre -dijo mirando a Hydra- Parece que fue ayer el día en que ella vino aquí, a comprar su primera varita. Veintiséis centímetros de largo, elástica, de sauce. Una preciosa varita para encantamientos. -Su padre, por otra parte, prefirió una varita de caoba. Veintiocho centímetros y medio. Flexible. Un poquito más poderosa y excelente para transformaciones. Bueno, he dicho que tu padre la prefirió, pero en realidad es la varita la que elige al mago. Ollivander fijo su atención en Hagrid. -¡Rubeus! ¡Rubeus Hagrid! Me alegro de verlo otra vez... Roble, cuarenta centímetros y medio, flexible... ¿Era así? -Así era, sí, señor -dijo Hagrid. -Buena varita. Pero supongo que la partieron en dos cuando lo expulsaron -dijo el señor Ollivander. -Eh..., sí, eso hicieron, sí -respondió Hagrid- Sin embargo, todavía tengo los pedazos. -Pero no los utiliza, ¿verdad? -preguntó en tono severo. -Oh, no, señor -dijo Hagrid rápidamente. -Mmm -dijo el señor Ollivander, lanzando una mirada inquisidora a Hagrid- Bueno ¿Quien va primero? Hydra dio un paso al frente sonriendo. Ollivander sacó de su bolsillo una cinta métrica, con marcas plateadas. -¿Con qué brazo coges la varita? -Derecho. -Extiende tu brazo. Eso es. -midió a Hydra del hombro al dedo, luego de la muñeca al codo, del hombro al suelo, de la rodilla a la axila y alrededor de su cabeza. Mientras medía, dijo- Cada varita Ollivander tiene un núcleo central de una poderosa sustancia mágica. Utilizamos pelos de unicornio, plumas de cola de fénix y nervios de corazón de dragón. No hay dos varitas Ollivander iguales, como no hay dos unicornios, dragones o aves fénix iguales. Y, por supuesto, nunca obtendrás tan buenos resultados con la varita de otro mago. El señor Ollivander estaba revoloteando entre los estantes, sacando cajas. -Bien, Hydra. Prueba ésta. Madera de nogal y nervios de corazón de dragón. Veinte centímetros. Bonita y flexible. Cógela y agítala. Hydra cogio la varita y no paso nada. El señor Ollivander se la saco. -Madera de manzano y pluma de fénix. Dieciséis centímetros y cuarto. Prueba... Hydra probó, pero tan pronto como levantó el brazo el señor Ollivander se la quitó. -Creo que ya se, dejame ver... -Ollivander desapareció y volvió con una caja- Proba con esta... Madera de serpiente con núcleo de coral, veintisiete centímetros, flexible y muy bonita. Hydra tocó la varita. Sintió un súbito calor en los dedos. Levantó la varita sobre su cabeza, la hizo bajar por el aire polvoriento, y una corriente de chispas verdes y plateadas estallaron en la punta como fuegos artificiales, arrojando. Hagrid aplaudió y Harry le regalo una sonrisa llena de orgullo. -Es curioso -dijo Ollivander. -¿Por que? -preguntó Hydra. -Esa varita no la fabrique yo, me la dio Mykew Gregorovitch tiempo antes de retirarse y es una varita poco común. . . . Al atardecer, con el sol muy bajo en el cielo, los mellizos y Hagrid emprendieron su camino otra vez por el callejón Diagon, a través de la pared, y de nuevo por el Caldero Chorreante, ya vacío. mientras salían a la calle mientras Hydra le hacia preguntas a Hagrid sobre Hogwarts. Subieron por la escalera mecánica y entraron en la estación de Paddington. -Tenemos tiempo para que coman algo antes de que salga el tren -dijo Hagrid. Les compró una hamburguesa a cada uno y se sentaron a comer en unas sillas de plástico. -¿Estás bien, Harry? Te veo muy silencioso -dijo Hagrid. -Todos creen que soy especial -dijo finalmente- Toda esa gente del Caldero Chorreante, el profesor Quirrell, el señor Ollivander... Pero yo no sé nada sobre magia. ¿Cómo pueden esperar grandes cosas? Soy famoso y ni siquiera puedo recordar por qué soy famoso. No sé qué sucedió cuando Vol... Perdón, quiero decir, la noche en que nuestros padres murieron. -Sos mi hermano, es obvio que sos especial -dijo Hydra sonriendo para luego morder su hamburguesa. -No te preocupes, Harry. Aprenderás muy rápido. Todos son principiantes cuando empiezan en Hogwarts. Vas a estar muy bien. Sencillamente sé tú mismo. Sé que es difícil. Has estado lejos y eso siempre es duro. Pero vas a pasarlo muy bien en Hogwarts, yo lo pasé y, en realidad, todavía lo paso. Hagrid ayudó a Hydra y Harry a subir al tren que lo llevaría hasta la casa de los Dursley y luego le entregó un sobre a cada uno. -Sus billetes para Hogwarts -dijo- El uno de septiembre, en Kings Cross. Está todo en el billete. Cualquier problema con los Dursley y me envían una carta con tu lechuza, ella sabrá encontrarme... Los vere pronto. Hydra se dio vuelta para ver a Harry. -¿Como lo vamos a llamar? -preguntó emocionada señalando a la lechuza. -No se -Harry se encogió de hombros- No se me ocurre ningun nombre. -¿Ernesto? -Harry nego- ¿Roberto? -¡No! Son nombres horribles, pobre de tus hijos cuando tengas que buscarles un nombre.
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