Capítulo 3; Indiferencia

2535 Words
 AIDEN: Doy una o dos caladas al cigarrillo, apoyado en mi coche. Hacía quince minutos que estaba aquí esperando a Charlotte. Le doy una última calada al cigarro y lo arrojo al suelo.  La puerta principal se abre y a través de ella distingo dos siluetas femeninas lo suficientemente familiares. Parecían discutir y alargar las cosas aún más, solo quería mi móvil, ¿Era algo tan difícil? En mi caso, sí o tal vez yo había complicado todo. Elizabeth empuja levemente a Charlotte hacia el exterior. Su cabello está lacio, no como solía llevarlo a la universidad, todo alborotado, me doy cuenta que le llega a la cintura, sus ojos azules están perfectamente delineados haciéndolos aún más grandes y preciosos a la vista de cualquiera, sus largas piernas llevaban unos jean ajustados y traía un suéter blanco. No hay porqué negarlo, Charlotte Evans es hermosa. Vuelvo a concentrarme en su rostro repasandolo una vez más y repentinamente siento que estoy mirándola demasiado y que puede regañarme por eso. Sus llamativos ojos azules están conectados a una nariz diminuta y respingada. Sus labios son carnosos y de piel delicada solo con una capa de brillo labial. Cualquiera que no la conoce podría suponer que es alguien bondadosa e ingenua pero siempre está a la defensiva buscando espantar a quien se acerque― incluyéndome―, escudándose tras un comportamiento grosero y aquella aura misteriosa que había en ella. Pero su mirada...su mirada parece ocultar algo, suena raro pero tiene una mirada particular y cuando la miraba sus ojos parecían intentar decirme algo, me da esa impresión pero espero equivocarme. No es ningún secreto que estaba buena, si. Pero no dejaba de pensar que no era la clase de chica con la que alguien como yo saliera, no somos nada compatibles. Aunque un acostón, no vendría nada mal, ¿no? pero con lo difícil, por no decir imposible, que está siendo acercarme no creo que tenga ni media oportunidad.  Se detiene unos pasos frente a mí y aletea sus pestañas hacia mi, no intentando seducirme. Comprendía que no soy alguien de su agrado.. — Hola— saludo con cordialidad. Ella asiente hacia mí. Hago un intento por no blanquear los ojos, a veces su comportamiento me frustraba y es porque la mayor parte del tiempo no entendía porque se comportaba como una jodida adolescente. — ¿Nos vamos?— pregunto. Ella vuelve a asentir, pero esta vez no permite que nuestras miradas se encuentren. Opto por hacer lo mismo que ella y desvío mis ojos de su rostro, ella rodea mi coche y se sube al asiento de copiloto a la vez que pienso que no fue muy buena idea haberla invitado a cenar. Suspiro y cierro los ojos. Sería más difícil de lo que imaginé. Elizabeth aún sigue en el umbral de la puerta y sonríe hacia nosotros. La chica se ve más agradable que su amiga, ¿por qué no me tocó salir con ella? Le devuelvo la sonrisa y subo al coche. Enciendo el motor del Audi y salimos mezclándonos por la autopista. Ya tenía el lugar en el que iríamos a cenar asegurado. No era muy difícil, mi padre Jack, es dueño de un restaurante y Charlotte era la primera chica a la que llevaría a cenar, normalmente solo encontraba a chicas en fiestas o bares y las llevaba a mí apartamento. Pero esta vez es diferente y no tengo una respuesta clara a eso.  Había que aceptarlo para todo hay una primera vez y admito que me sentía algo nervioso. Luego de unos minutos, en compañía solo de la música de la radio y el silencio incómodo entre nosotros, aunque a ella no parecía molestarle. Llegamos. Charlotte amaga en salir pero la detengo tomándola del brazo suavemente. Ella se vuelve hacia mí entre sorprendida y algo tensa. — No me toques— murmura a regañadientes. La suelto lentamente y aún sigo sorprendido por su reacción, es muy arisca y no se porque me extrañaba tanto sí su comportamiento dejaba mucho que desear. — Lo siento. Se encoge de hombros con indiferencia. — Como sea. Será una noche larga. Ella va un paso delante de mí en cuanto bajamos del coche, me espera y al llegar a su lado, abro la puerta. Un tintineo suena cuando la puerta se abre y nosotros nos adentramos al restaurante. Sus ojos se iluminan como cuando un niño ve el parque de diversiones. Sonrío con los labios apretados, supongo que es un avance. Henry llega a nosotros y me regala una sonrisa amable. Trabaja con mi padre desde que tengo memoria y mantengo una relación estupenda con él. — Hola, niño. Río y observo a Charlotte quien nos observa con el ceño fruncido. — Hola, Henry. Él me sonríe y luego observa a Charlotte, su sonrisa llega a sus ojos y se ensancha cuando la ve. Es la primera vez que traía a una chica al restaurante de mí padre. — ¿Les gustaría dejar sus abrigos?— pregunta, mirándonos. Echo un vistazo a donde está Charlotte y ella con una sonrisa con los labios apretados, niega la cabeza. Los ojos almendrados de Henry me observan y tambíen opto por negar su petición. — Ya sabes donde esta la mesa, al rincón. Como tú pediste— aclara. — Gracias, Henry—agradezco con una sonrisa y con un gesto Charlotte camina detrás de mí. Saludo a algunos mozos conocidos, no suelo asistir muy seguido. Solo cuando mi padre necesita de mi ayuda, algunos fines de semana, pero mi concentración está solo en la universidad y en mí, si puede decirse. El lugar estaba habitado por pocos visitantes. No eran muchos, pero tampoco eran pocos, la cantidad exacta de un sábado a la noche. Al llegar, tomo asiento en el sillón de cuero rojo, Charlotte imita mí acción sentándose frente a mi. Apoyo los codos al borde de la mesa y entrelazo mis manos apoyando mi barbilla en ellas, la miro y la sorprendo observándome. Nuestros ojos hacen contacto pero ella aparta su vista de mí al instante. — ¿Y...bien?— carraspeo la garganta para romper el silencio. » Te gusta el lugar?— pregunto y me golpeo mentalmente, soy alguien que da asco para entablar una conversación.  Asiente nuevamente. ¿Acaso iba a ser así toda la noche?  — Imagino que es aquí donde traes todas tus conquistas— dice en un tono burlón después de unos segundos acompañado de una sonrisa apretada e irónica ́ que ilumina su rostro. — No—niego—. Tú eres la primera. Ella suelta una carcajada sin una pizca de gracia aprieto la mandíbula. Comenzaba a desesperarme, ya dije que no era del todo paciente y es realmente cierto.  — Vamos, Brooks. No soy estúpida.  Remarca mi apellido. Muerdo mis mejillas, era demasiado lista y no era ingenua, pero lo que había dicho era cierto. — Bueno, cree lo que tú quieras. Ella sonríe de lado, apoya su codo izquierdo en el borde de la mesa y luego apoya su mentón para limitarse a observarme. — Lo haré— confirma—. Necesito las supuestas explicaciones que tienes para mí, no tengo toda la noche. Asiento, abro mis labios dispuesto a comenzar a hablar. Pero uno de los meseros me interrumpe haciendo nuestros pedidos. Luego de cenar y hablar o mejor dicho, discutir sobre estupideces y ella contradiciendo todo lo que decía la cena finalmente llega a su fin y todavía estoy asimilando el hecho de estar aprovechándome de todo lo sucedido en los últimos días con nadie más y nadie menos que Charlotte Evans, cuando creía que jamás íbamos a cruzar palabra alguna, me encuentro invitándole a cenar con el pretexto de devolverle su teléfono solo para poder verla fuera de clases. No era algo propio de mi hacer aquellas cosas por una chica que no me pasaba ni la hora. Rueda los ojos por decimosexta vez en lo que transcurre la noche. —¿Tienes un tic?— pregunto, divertido. Ella se vuelve hacia a mi con el ceño fruncido. — ¿Disculpa? — Sí. Ruedas los ojos siempre que digo algo. Ella sonríe un momento pero luego su expresión seria vuelve. — ¿Qué hay de malo contigo? Mi madre sufre de la vista y tu vienes y te burlas. Frunzo el ceño, algo culpable. No me extraña meter las narices en donde no me llaman. — Lo lamento, yo...Esa no era mi intención-yo-yo Ella comienza a reírse en mi cara y caigo en la cuenta de que solo fue para hacerme sentir culpable. Menuda idiota. — ¡Oh, vamos! Deberías haber visto tu cara. Mi madre esta más cuerda que nosotros dos juntos y aun así es...una idiota—lo último apenas logro escucharlo pero decido ignorarlo y sonrío también. Para aliviar la tensión que se había creado en aquel momento. Comienzo a reír, ella me mira confundida, algunas personas se voltean a verme y ella se esfuerza para no sonreír, pero se rinde y me acompaña también. Su risa era un sonido hermoso y creo que todo el mundo debería escuchar, su sonrisa ilumina su rostro. Toco mi abdomen que comenzaba a doler a causa de la presión de la risa de hace unos segundos. Me quedo durante un rato contemplando sus mejillas enrojecidas y sus ojos llenos de felicidad, se veía...bien. — ¿Vamos?— pregunto a la vez que me colocaba de pie. Ella ensancha sus ojos y me observa sin entender. — ¿Nos iremos sin pagar?—pregunta con cierto temor inmóvil, aún en su lugar. Niego mi cabeza y sonrío divertido, quizás había olvidado mencionarlo. — No. Mi padre es el dueño de este restaurante y le suelo pagar ayudándolo los fines de semana aquí. — Oh— exclama, pensativa. Se coloca de pie y comienza a caminar a mi lado. — Creo que vendré a comer más seguido contigo solo para comer gratis— bromea. Sé que fue solo una broma y sin poder evitarlo, una sonrisa se dibuja en mi cara porque ha bromeado conmigo, pienso que es un pequeño avance. El restaurante de mi padre quedaba en pleno centro, por lo tanto, quedarse unas horas en la noche vagando por allí no era ningún problema, siempre y cuando hubiera gente también. Al salir, nos detenemos al frente del coche y me giro hacia ella. Tenía que darle aún las explicaciones necesarias, aunque eso significaba que luego de aquello, no volvería a dirigirme la palabra y solo la vería como hace unos días, como mí compañera de literatura. — ¿Aún tienes tiempo?— pregunto a la vez que meto mis manos a los bolsillos delanteros de mis tejanos. La noche está fresca, el aire frío acaricia mi rostro y juega con el cabello rubio de Charlotte. Ella asiente mientras se abraza  a sí misma para conservar el calor de su cuerpo. — No sé por dónde comenzar—digo cuando nos detenemos frente al semáforo en verde. La senda alejaba a una determinada distancia la enorme plaza que estaba completamente iluminada por faroles colgantes y algunas parejas caminaban tomados de la mano. — Sólo dilo—se encoge de hombros. Cruzamos y comenzamos a recorrer la plaza, sus ojos contemplan la plaza iluminada y luego sonríe como si de repente recordara alguna cosa. — Bien—suspiro—. El viernes pasado chocamos, imagino que ya debes suponer como intercambiamos nuestros móviles. Frunce el ceño y luego de unos segundos asiente. — Creo que sí— me observa—, nuestras cosas al caerse se mezclaron pero eso no explica el hecho de que Sam haya sido recogido por ti y luego llevado a casa. Ya que no tenemos relación. Asiento. — Lo sé —resoplo—. Pero no has dejado que termine. Rueda los ojos y hace un gesto con sus manos para que siga explicándole lo que tenía que decirle. — Bien. Luego de eso llegó un mensaje a tu móvil y yo, sé que no debía hacerlo... Ella se detiene en seco y gira su rostro mirándome con el ceño fruncido. Lucía... ¿enojada? — ¿Quién era? ¿Lo leíste? ¿Lo respondiste? Frunzo el ceño ante su nerviosismo, me sorprendo al notar lo cerca que se encontraba de mí a tan solo centímetros. La tomo de los hombros y la miro directamente a los ojos. — ¡Ey, tranquila!—exclamo—. No tenía opción, era tu madre diciendo que pasaras a recoger a Sam, lo siento, pero no podía dejarlo allí solo y no tenía cómo comunicarme contigo. Charlotte se deshace de mis manos y se toma la cabeza entre sus manos, revolviéndose el cabello con exasperación. — Así sucedió todo, comprendo— susurra pensativa. Su actitud cambió repentinamente, solo quería ver de vuelta a aquella Charlotte que me fastidiaba y se reía conmigo hace una hora. — Devuélveme mi móvil—ordena estirando su mano izquierda hacia mí dirección. Suspiro y saco su móvil del bolsillo interior de mi chaqueta y se lo entrego, ella me lo arrebata de las manos y luego saca mí móvil del bolsillo trasero de su jean para luego dejar mi móvil en mis manos, nuevamente. — Llévame a casa— exige y su voz suena fría como habitualmente. — Lo que usted diga, señorita Modales. Suspiro, no había tiempo para relatarle lo que había sucedido anoche en la fraternidad. Nadie podía saberlo, al menos no por ahora. Estuvo durante los veinte minutos de regreso, concentrada y tecleando algo que no podía ver—tampoco me interesaba—, en su móvil. En cuanto llegamos, aparco el coche frente a su casa y carraspeo la garganta cuando ella aún no se había inmutado de que habíamos llegado, manteniendo la vista fija en su móvil. — Gracias—dice en un tono frío sin siquiera observarme a los ojos. No tenía porque disculparme por algo que nunca hice. Quizá suene orgulloso, pero no veía justificación para disculparme. — De nada— ruedo los ojos—. Adiós. Aprieto el volante causando que los nudillos se colocaran blancos al escuchar cómo bajaba y daba un portazo. ¡Maldita caprichosa!  (...) El timbre había sonado minutos antes, miro mi móvil y luego ignoro los mensajes de mis amigos. He estado evitándolos estos días, solo me preguntaban si había sucedido algo con Charlotte. Era agotador. Iba distraído en mis pensamientos y sin querer, un cuerpo se atraviesa en mí camino. Pude distinguir que era una chica, la cual iba con la vista fija en el suelo y ocultaba su rostro en una sudadera negra. La reconocí al instante. Charlotte. Ella eleva su vista hacia mí, al sentir mi mirada sobre ella. Sus ojos azules hinchados y rojizos, me demostraban que había estado llorando. Frunce el ceño y me aparta de su camino de un empujón, pero soy lo suficientemente rápido para tomarla de las muñecas y ver su rostro, quien parecía haber estado ocultándose de toda la universidad, incluyéndome. Me detengo en seco al notar que tenía magulladuras en la zona de su mejilla y su cuello. Eran golpes. ¿Qué había sucedido con ella?
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