AIDEN:
A la mañana siguiente, me estiro sobre la cama y volteo hacia el otro lado, me percato de la presencia de Josh el cual dormía aún vestido. Lucía cansado, de seguro no hacía mucho habían llegado.
Dispuesto a seguir durmiendo, me percato de la ausencia de Charlotte a mí lado. Me coloco de pie y a paso apresurado; me dirijo al baño pero el susto fue aumentando al no verla allí. Atemorizado, por alguna extraña razón, decido marcar su número. Primer tono, segundo tono, tercer tono...y me atiende la contestadora. Decidido a probar nuevamente, fracaso.
Ella se ha ido.
Vuelvo a la habitación y me acuesto, reviso mis r************* ya que no lograba conciliar el sueño nuevamente y no tenía otra cosa que hacer. Intento tranquilizarme y convencerme a mí mismo de que Charlotte sabe muy bien cuidarse por cuenta propia.
Sería algo sumamente ridículo comenzar a recorrer las calles para ver si había llegado bien a su casa o solo para asegurarme de que en verdad lo esté. La intriga y la preocupación me consumen lentamente, pero quizá solo estaba evitando mi llamada y aunque aquella teoría no me convencía del todo, decidí así creerlo.
Me coloco de pie, tenía decidido faltar a la universidad, pero con mucha suerte llegaría a las dos últimas clases. No podía seguir faltando, los últimos gastos los estaba pagando mi padre y el mes entrante tendría que comenzar a hacerlo yo, ya que el dinero que recaudaba en el restaurante de mí padre no cubría los gastos de la universidad, solo me limitaba a gastarlo en las fiestas de la fraternidad.
Debía tener unas inmensas ojeras, pero eso no me preocupaba, me hacía feliz saber el motivo de aquellas ojeras y el saber cantar y ser el vocalista de una banda nunca imaginé que iba a ayudar como la noche anterior. Mi canto parece haber funcionado para calmar aquellos sollozos que hacían alguna cosa extraña en mi interior, Charlotte hacía aquello. ¿Como? Aún no lo sabía, pero sus ojos tristes me llamaban y no podía hacer de cuenta que no lo notaba.
Con abundante agua lavo mi rostro y luego hice mis necesidades, rutina de cada mañana. Camino como el holgazán que soy hacia la habitación y elijo unos vaqueros, junto a una camiseta blanca que se ajustaba perfectamente a mi cuerpo, haciendo así que mis músculos se noten a simple vista.
— ¿Irás a la universidad?— pregunta Josh a mi espalda tomándome por sorpresa.
Volteo y asiento para luego terminar de colocarme las zapatillas.
— Si, lo haré.
Escucho la risa de mí amigo y ruedo los ojos. Prefería verlo dormir porque así se mantenía en silencio.
— ¿Desde cuándo?— pregunta risueño.
Buena pregunta.
— Desde hoy— respondo.
(...)
Aparco el audi en el estacionamiento y comienzo a caminar a paso apresurado hacia la universidad, al ingresar a esta veo varios universitarios rondando por el pasillo.
Algunos chicos me saludan, esa era una de las tantas ventajas de pertenecer a una fraternidad. Era conocido por las fiestas de cada día y también por ser hermano del ex-mariscal de campo, fue uno de los mejores en toda la historia de la universidad. Y sin olvidar lo codiciado que era por las mujeres de la universidad.
Pero mi mente se desvía de aquellas cosas que hacían mí vida perfecta y se centran en el casillero de enfrente. Me apoyo en mi casillero, una cabeza rubia que reconozco enseguida aparece frente a mí y guarda algunos libros, ella voltea con la mirada perdida y por unos segundos nuestros ojos hacen contacto visual.
Aquellos grandes ojos azules que la noche anterior derramaban lágrimas, ahora lucían tristes y rojizos, sin duda alguna había estado llorando. Esquiva mi mirada y decide seguir caminando en dirección a la última clase, ignorándome por completo.
Alcanzo a tomarla del brazo, pero ella sobresaltada aleja de un movimiento brusco su brazo de mi agarre.
— ¿Estás bien?— pregunto con la voz temblorosa.
Claramente no, idiota.
En ningún momento sus ojos volvieron a encontrarse con los míos, cabizbaja miraba al suelo y estaba dispuesta a seguir su camino.
La luz del pasillo principal de la universidad, no me permitía ver su rostro con claridad. Al levantar su vista, de modo desafiante, frunzo el ceño y aprieto la mandíbula al ver un golpe asomarse en su pómulo izquierdo.
Horrorizado, me quedo mirando aquella zona y como la palidez de su piel ha cogido un color morado, casi oscuro.
— No te importa— responde y voltea dispuesta a seguir su camino.
Atemorizado, preocupado y furioso vuelvo a insistir, no puedo ignorar una cosa así. La acorralo entre los casilleros y ella me mira, su ceño fruncido había desaparecido siendo reemplazado por una expresión temerosa.
Aflojo mi agarre en sus muñecas cuando me percato que sus ojos azules se han cristalizado de repente. Por un instante, me siento mal, estaba siendo muy duro con ella.
— Lo siento— suspiro—. Realmente estaba muy preocupado por ti, no sabía si habías llegado bien y tenía miedo, no contestabas mis llamadas.
— Quiero que te alejes de mí.
Frunzo el ceño. ¿Por qué es tan testaruda?
— ¿Por qué?
Ella finalmente se suelta de mí agarre y emprende su camino hacia la última clase. Mala idea. Compartimos la última clase.
La sigo, esquivando las miradas curiosas y los constantes murmullos de los que presenciaron minutos antes aquella escena. Charlotte se desvía del camino y apresura su paso a los baños. Doy un vistazo al móvil y caigo en cuenta que la primera clase ya había comenzado.
Charlotte entra al baño y luego sale un grupo de chicas, al pasar a su lado susurran cosas y se ríen con complicidad.
Me apoyo en la pared de al lado del baño femenino dispuesto a esperarla y pedirle disculpas sobre lo sucedido antes. Los pasillos quedan completamente vacíos y solo se escuchan las voces de algunos profesores, pero muy a lo lejos.
De repente, escucho unos sollozos provenientes del baño de las damas. Aquello me hace fruncir el ceño y me da una pequeña punzada en el pecho, deduzco que aquel débil llanto detrás de la puerta era de nadie más y nadie menos que Charlotte.
Golpeo la puerta con los nudillos de mi mano derecha, los sollozos se detienen y eso me desespera aún más.
Vacilante, miro a todas las direcciones habidas y por haber, para adentrarme al baño de mujeres. Si alguien más me ve aquí era un hombre muerto.
— ¿Charlotte?— la llamo.
Mi voz resuena por el baño, éste estaba vacío. Ella debía estar encerrada en algún cubículo.
— V-vete— murmura.
La debilidad en su voz hizo sentirme culpable, la había presionado demasiado para que me aceptara. Pero es que realmente estaba cansado de que me rechazara, solo quería ayudarla pero aún no sabía de qué o porqué.
— Vengo a disculparme contigo.
Escucho mis pies resonar en el suelo, cuando doy unos cuantos pasos para averiguar en donde se encontraba.
¡Bingo!
El último baño estaba cerrado.
— No quiero verte, quiero que te largues de aquí y también de mí vida.
— ¿Por qué insistes en alejarme de ti?
Silencio.
— No deseo decepcionarte.
¿Decepcionarme? ¿De qué?
— No lo harás— digo entre dientes.
Un sollozo se escapa de sus labios.
Oh, Dios.
— ¿Cómo es que estás tan seguro? ¿Cómo sé que no estás mintiéndome?
— Simplemente lo sé— suspiro—. A pesar de que me comporte como un idiota, esta vez hablo en serio. Puedo jurarlo.
La puerta se abre dejándome ver a una Charlotte vulnerable, con su rostro empapado de lágrimas y sus ojos rojizos. Tan frágil como una flor, nunca antes mis ojos habían visto semejante cuadro de tristeza. Se abraza así misma y me observa apenada.
— No quiero que me veas así.
Río entre dientes.
— Es en serio, no bromeo— vuelve a hablar.
Levanto mis manos en señal de rendición y escucho el agua del lavatorio salir cuando volteo. Le avergonzaba que la vieran llorar, no le gustaba que le tuvieran lástima.
— Tengo que devolverte tu camiseta— dice en un susurro apenas audible.
Había olvidado por completo que se había llevado mi camiseta, pero restándole importancia, decidí que se la dejara con ella. Cuando las noches se ponían frescas, solía utilizarla pero creo que ya no hacía falta que siguiera conmigo.
El silencio vuelve a apoderarse de nosotros nuevamente, entonces un suceso de hace unas horas regresa a mi mente y aprieto la mandíbula recordando su mejilla golpeada.
¿Acaso la golpeaban en su casa? No, no puede ser posible.
— ¿Te golpean en tu casa?
Vaya, me sorprende lo bueno que soy para cagarla. Cierro los ojos esperando alguna queja o alguna actitud común en ella, sin embargo, aclara su garganta dispuesta a articular palabra alguna: — ¿¡Qué!? No, yo- no, yo, no- solo quisieron robarme.
Volteo de inmediato hacia ella, mientras solo se limitaba a morder su labio inferior. Todo había sido mi culpa, le habían hecho daño y yo no estuve allí.
¿En serio?
— ¿Te hicieron algo más?― me siento incómodo porque claramente ella lo está―. Sabes que puedes decirme lo que sea. Puedo ayudarte.
De solo imaginarlo me volvía aún más loco.
— No, estoy bien— suspira—. No te preocupes, no es tu culpa Aiden, es mía por no haberte avisado que me iba. En verdad lo siento, no quise preocuparte.
Niego mi cabeza algo inseguro pero no quiero espantarla porque sentía que su confianza hacia mí comenzaba a incrementarse y no quiero cagarla. Así que no vuelvo a insistir.
— ¿Te llevo a casa?— inquiero.
Ella mira la hora en su reloj y sus ojos se agrandan al ver el horario.
— Sí, nos perdimos la última clase— dije.
Ella vuelve su vista hacia mí y sonríe sin mostrar su dentadura, aunque más bien fue una mueca. Desvío mi vista de la magulladura que adorna su rostro y sin dejar de sentir impotencia decido mirar al frente, no quiero que se sienta incómoda a mi lado.
— No quiero molestar, seguro tienes cosas que hacer.
Echo mi cabeza hacia atrás y suelto un suspiro.
— No, solo tengo que llevarte a ti. No es ninguna molestia.
Ella asiente sin discutir, asomo mi cabeza por el pasillo y noto que aún está vacío. Su actitud me había desconcertado, ella de a poco comenzaba a ceder conmigo. Quizá le inspiraba alguna clase de confianza, a pesar de ser un mujeriego y bromista siempre con todo mundo— no lo negaba, porque así era— ella de alguna forma, decidió al fin ceder a mis peticiones.
— No creas que ya somos amigos— dice a mi espalda.
Sonrío porque me dirijo a esa dirección y sé que lo voy a conseguir, ella de a poco parecía ceder a mi compañía.
— Idiota— la escucho susurrar.
Suelto una risa. El hecho de estar así me emocionaba de alguna forma, todavía no creía que por un intercambio de teléfonos me había cruzado en su vida.
— ¿De qué diablos te ríes?
— ¿Acaso no puedo reírme?— pregunto divertido.
— No.
— Está bien, bombón.
Ella golpea mi hombro mientras yo solo me dispongo a reír.
— No me llames así — dice con el ceño fruncido—. Que conste que me voy contigo solo porque quiero irme a casa.
Ruedo los ojos.
— Mientes, te gusta que te lleve en mi coche.
— ¡Ay, Dios! ¿Por qué eres tan cruel?— dice levantando las manos hacia arriba de un modo gracioso.
La sorprendo mirándome con los labios torcidos, sus ojos están brillantes y no lucen apagados como hace unos minutos atrás. Pero sus ojeras son notables, venía mirándolas hace ya un tiempo, parecía no dormir de noche.
Salimos de la universidad y caminamos por el estacionamiento, en busca de mi coche. Ella me seguía en silencio, abro la puerta del asiento copiloto y ella sube en él, luego rodeo el auto para subir también.
La contemplo nuevamente, ella me devuelve la mirada con las cejas enarcadas:— ¿Qué?
— El cinturón.
Ella rueda los ojos y se coloca el cinturón, le regalo una sonrisa victoriosa y emprendo el camino a su casa. Pronto, nos vemos sumidos en una conversación lo suficientemente cálida para olvidar lo sucedido en la universidad, me hablaba sobre sus gustos musicales y coincidimos en la mayoría, le hablaba sobre la banda y ella solo se limitaba a sonreír y asentir.
— ¿Con quienes vivías antes de pertenecer a la fraternidad? — pregunta.
— Vivía con mi padre y mi madrastra— digo entre dientes.
Mi familia no era algo de lo que me enorgulleciera, había sido una infancia dura junto a mis padres y el divorcio fue la gota que rebalsó el vaso.
— ¿Tú?
Ella solo miraba a la ventanilla con las mejillas sonrojadas, parece haberse dado cuenta de mí cambio de ánimo y ahora estaba evitándome.
— Mi madre, Sam y el novio de mi madre— susurra mordiendo su labio inferior.
— ¿Te llevas bien con él?— pregunto curioso. Si no mal recuerdo, creí haberlo visto hace unos días y no se veía una persona amable, sino extraña, no me malinterpreten el hecho de que sea extraño no quiere decir que no sea amable sino que había algo en su extraña forma de ser que no terminaba por convencerme. Era un presentimiento.
Ella se remueve incómoda en el asiento.
— Si, algo así— lame sus labios, nerviosa—. Gracias por traerme.
Parece que mi pregunta le había incomodado y su expresión había cambiado, pero no supe descifrar sus ojos. Eran tan desconcertantes que a veces llegaban a confundirme.
Miro por la ventanilla y nos encontramos en su casa, el recorrido transcurrió normal y rápido, pero con mucha suerte y satisfacción, sé algo sobre ella y eso me alegra de cierta forma.
— Charlotte— la llamo.
Ella se vuelve a mí antes de bajar.
— Si necesitas volver a ir a la fraternidad, llámame. Siempre estoy disponible.
Ella frunce el ceño, pero asiente no muy convencida.
— ¡¿Charlotte?! ¿Qué haces allí?— pregunta una voz masculina y lejana detrás de Charlotte— ¡Adentro, ya es tarde!
Los gritos de quien supuse que es su padrastro, colocaron rígida a Charlotte. Me sonrió a modo de disculpa y con un notable nerviosismo entró a casa. El comportamiento de ambos me habían tomado por sorpresa, mi interior había comenzado a percibir que algo extraño estaba pasando y ese podría ser el motivo de su comportamiento.