4 Retando y retando al demonio vas enojando

3800 Words
Pasó una semana. Y no sé cómo no me esperé lo que sucedería ese día. En realidad, empecé la mañana muy bien. Incluso me atreví a alisarme mi cabello teñido de n***o, muy optimista, y usé mi camisa de o te controlas o te controlo. Frente al espejo me dije a mí misma que por un minuto el mundo debía dejar de girar alrededor de los Cash y..., bueno sí, sí, en esta historia casi todo gira en torno a ellos, y sé que eso es lo que más quieres saber, pero debo contarte estas cosas. Entonces me dije que ya debía intentar cumplir uno de mis primeros objetivos: entrar en el equipo del periódico de Tagus. En el perfil de i********: del periódico habían informado de que esa tarde a la una en punto estarían haciendo las pruebas para nuevos postulantes. Como parecía que desde mi nacimiento tenía una maldición que me ponía obstáculos para cualquier cosa, el profesor de mi última clase se había extendido y a la una y diez tuve que salir corriendo hacia el edificio de Audiovisual. Llegué nerviosa pero positiva y atravesé la puerta doble del salón de imprenta, segura de que no habría ninguna razón para tener problemas en esas pruebas. Pero esa seguridad murió en cuanto la puerta se cerró detrás de mí con un sonido traicionero, como si con toda intención hubiese querido decir: «¡Miren quién acaba de llegar!», y las veinte personas que estaban sentadas frente a una pizarra en la que se proyectaba una imagen digital de la maqueta de una hoja de artículos pasaron a centrar su atención en mí. De todos los rostros, me fijé solo en los dos que estaban sentados a la cabeza de los estudiantes: Aleixandre. «Vaya, parece que te gustó eso de ser el centro de atención, ¿eh?», se burló mi fastidiosa mente. Me quedé paralizada por un segundo. Aegan no había alzado la cara por el sonido de la puerta, sino que, de hecho, estaba muy concentrado escribiendo algo con un lápiz electrónico en un iPad, pero el momento fue absurdamente incómodo porque Aleixandre, por el contrario, sí clavó los ojos en mí con una ligera expresión de confusión en su rostro. Una confusión rara, como si no entendiera algo en mí o por qué estaba allí. Pensé que tal vez me había equivocado o que había llegado demasiado tarde. Mi alarma me indicó que me fuera de ahí porque, si había dos Cash en ese sitio, ¡el peligro era evidente!, así que me di la vuelta, pero... —¿Venías a las pruebas para el periódico o...? —me preguntó Aleixandre antes de que yo abriera la puerta. Sorprendentemente, su voz sonó amigable, como la de alguien que podía ayudarte en cualquier cosa. Al mirarlo de nuevo ya no vi confusión en su rostro, que era una mezcla más joven, relajada y vivaracha de los rasgos de Adrik y los de Aegan. Me mostraba una sonrisa muy parecida a la de un niño travieso cuando cree que las cosas se están poniendo interesantes. Traté de sonar relajada: —Sí, quería hablar con el presidente del club para... —Pues yo soy el presidente del club —soltó con un gesto de «¡mira qué casualidad!». Oh, por Loki, ¿era en serio? —Genial —fingí sorpresa. Él asintió con entusiasmo, me señaló una de las sillas que no estaban ocupadas y me invitó a pasar: —Vamos, puedes sentarte, no tienes que irte. Maldije internamente porque salir corriendo ya no era una opción si no quería parecer una loca, por lo que me dirigí a una de las sillas con el peso de todas las miradas, excepto la de Aegan, sobre mí. En cuanto puse mi trasero en el asiento, justo cuando Aleixandre iba a seguir hablando como antes de que lo interrumpiera, una chica alzó la mano. —¿Sí? —Aleixandre le concedió la palabra. —Esta chica asistirá como oyente, ¿no? —preguntó, y su tono de voz era ese que sale cuando uno intenta disimular el odio que en realidad siente—. Porque las pruebas ya las hicimos. No me detuve a fijarme demasiado en la persona que había dicho eso. Se me encendió la bombilla y me apresuré a sacar el teléfono del bolsillo. Luego mostré la pantalla con la hora exacta a todos. —Técnicamente la hora no ha terminado —defendí con tranquilidad, sin ganas de crear conflicto—. El anuncio decía que las pruebas serían desde las doce y media hasta la una y media. Es la una y cuarto. Aleixandre asintió como diciendo: tiene sentido. Pero eso no terminaría ahí. —Creo que permitirle hacer la prueba no sería justo —replicó de nuevo la chica, haciendo énfasis en su oposición y, para molestarme, hablando sin dirigirse directamente a mí, sino mirando a Aleixandre—. Todos llegamos a las doce y media. Nadie llegó tarde. En realidad, su argumento era lógico. Llegar tarde cuando los demás habían sido puntuales era una falta de respeto, pero yo tenía una explicación. —No he llegado a la hora porque el profesor de mi última clase acabó diez minutos más tarde—aclaré para que no pensaran que me había retrasado a propósito. Pero eso no convenció a nadie. Los demás en la sala apoyaron la opinión de la chica: «Es verdad», «Llegamos a la hora exacta», «No puede hacer la prueba cuando se le antoje»... A pesar de ese pequeño alboroto, Aegan continuó concentrado en la tableta, ignorando lo que pasaba, pero quizá escuchando con atención. Aleixandre fue el que paseó la mirada medio entornada y muy divertida sobre cada persona que hablaba hasta que todos se callaron. Después se quedó en silencio, como sopesando la decisión al estilo del presentador de televisión en un momento decisivo. Noté que tenía la mirada chispeante de alguien para quien todo era un jueguito. Demonios, ¿mi oportunidad de entrar en el periódico dependía del que podía ser el inmaduro de los Cash? ¡¿Por qué me perseguían esas desgracias?! —Propongo que lo sometamos a votación —soltó con un lento dramatismo. Listo, perdería. Era obvio que todos votarían en mi contra. Él lo sabía. La chica también, porque giró la cara y me dedicó una pequeña y disimulada sonrisa de satisfacción. ¿Has visto la película Legalmente rubia? Pues me miró de la misma forma que Vivian Kensington miró a Elle Woods cuando mostró su anillo de compromiso. De acuerdo, sería un día pésimo. Pensé en darme la vuelta e irme y no jugar a ser Elle, pero habría sido de cobardes. Así que al final decidí enfrentar el momento con la misma cara seria y firme con la que Elle había afrontado a la gente de la fiesta a la que llegó vestida de conejita. Las cabezas asintieron con cierta duda. La mayoría aceptaron la idea. No, no lo estaba, pero discutir por ello me habría hecho quedar peor. —Supongo —fue lo que dije. —Lo haremos así —asintió él. Hizo una pequeña pausa y luego lanzó algo que nadie se esperaba—: Pero pondré algunas condiciones. La chica hundió las cejas, entre confundida y contrariada. Incluso a mí me tomó desprevenida eso. Qué tipo de condiciones, ¿eh? Aleixandre lo explicó con una voz de «esto será interesante»: —Si dejamos que ella haga la prueba, cualquiera que llegue tarde en lo que resta del semestre, por cualquier razón, no tendrá ningún tipo de problemas. Si no dejamos que haga la prueba, será lo contrario: nadie podrá llegar tarde, ni un minuto más de la hora acordada o será expulsado del periódico. Así que ¿quiénes están en contra de que la chica tenga una oportunidad? Quedé tan atónita como la imitación de Vivian. Algunos se miraron las caras mientras que otros solo se encogieron de hombros. El silencio fue espeso mientras Aleixandre esperaba que alguien votara para que yo no hiciera la prueba. Sorprendentemente, nadie alzó la mano. —¿Está decidido entonces? —preguntó él. Esperó unos segundos más por si alguien soltaba alguna objeción, pero todos se quedaron callados. Luego me miró con una sonrisa triunfal. Por alguna razón, también quise sonreírle, pero no abusé de mi suerte. Ni quise confiar mucho tampoco, a pesar de que esa condición se inclinaba más hacia mi lado. ¿Es que le caía bien? No podía ser posible. Pero decidido. Tendría mi oportunidad. —¿De qué va la prueba? —pregunté, encendiendo motores en mi cerebro para hacerlo bien. —Sobre mí —lo interrumpió Aegan de pronto. —Escribirá un pequeño artículo acerca del presidente del consejo estudiantil —especificó Aegan, mirando a su hermano con autoridad, en un claro: «Ni intentes contradecirme»—. Les dirá a los alumnos nuevos lo que necesitan saber sobre mí. Y lo vamos a publicar. Eso calló a Aleixandre de una forma interesante. Le vi la intención de refutar a Aegan, pero el chico solo cerró la boca y asintió. Su sonrisa de entusiasmo flaqueó un segundo antes de volver a mirarme y a dibujar de nuevo una expresión divertida y segura. Vaya, así que un hermano mandaba más allí. Pero lo que no pudo fue callar la sorpresa de alguien más: —¡¿A publicar?! —intervino de nuevo la misma chica de antes—. Pero eso es demasiado, los aspirantes no pueden... —No hemos hecho ninguna nueva publicación en el perfil de i********: del periódico desde ayer—la interrumpió Aegan, aunque en un tono menos duro; sabía que debía cuidar cómo hablaba a las personas que lo seguían—. Nos servirá para hoy. Y será bueno, ¿verdad, Jude? Enarqué una ceja. —Pero al parecer esa no es la prueba que los demás hicieron —dije, señalando su injusticia. —Es la que tienes la oportunidad de hacer tú —contestó Aegan, y su tono dejó claro que no pensaba cambiar de opinión—. Si no estás de acuerdo, puedes irte. Aunque, si eres inteligente, sabrás qué debes hacer. «Sabrás qué debes hacer...» Por un instante no había entendido el objetivo de todo eso, pero esa frase cambió toda mi perspectiva. Aquello era personal. No me gustaba lo que estaba ordenando, pero ya no podía retractarme de nada. Si me levantaba de la silla, sería como perder en un ring de boxeo, porque Aegan acababa de iniciar pelea. Me descolgué la mochila para sacar mi bolígrafo y una hoja en la que pudiera escribir, pero.... —No, lo escribirás ahí para que todos podamos verlo. —Aegan señaló la pizarra digital en la que la imagen había cambiado y se mostraba un cuadro blanco para escribir texto—. Y cuando acabes, puedes presionar en publicar. Me bastó ver su disimulada sonrisa de altivez para captar el resto de sus objetivos. Escribir un artículo sobre él. Delante de todos. Más allá de darme la oportunidad de presentar la prueba, lo que Aegan estaba haciendo era darme la oportunidad de enmendar mi error durante la partida de póquer. Y era, de hecho, una idea cruelmente ingeniosa, porque, sabiendo que mi imagen ante la mayoría de los estudiantes era la de «la chica que había salido de la nada a desafiarlo creyéndose superior», mi única opción en ese momento era escribir algo bueno sobre él, lo cual pisotearía el haberlo llamado imbécil y sería tomado como un: «Estoy arrepentida de haberlo insultado». Lo peor era que él creía que yo iba a hacer eso. Su carota de i****a transmitía un: «Anda, te estoy permitiendo redimirte». En serio, Aegan, subestimarme siempre fue tu peor error. Acepté el desafío. Dejé mi mochila sobre el asiento, fui a la pizarra y tomé el lápiz digital. Como la pizarra era giratoria, la volteé, de modo que nadie pudo ver nada mientras me dediqué a escribir. Ni tampoco pudieron detenerme. Durante todo el rato sentí las miradas pesadas y juzgadoras sobre mí, esperando. Hubo algunos cuchicheos. Mi mano no paró de moverse, inspirada. En cuanto terminé de escribir, le di a publicar, luego le di la vuelta a la pizarra, me dirigí a mi silla, tomé mi mochila y, como acto final, me fui del aula sin decir nada y sin permitir que me dijeran nada, porque algo así se terminaba con una salida épica. Lo que todos debieron ver decía: El consejo estudiantil de Tagus puede ser difícil de entender en un principio, pero no es más que un grupo dedicado a defender los derechos de los alumnos. Su presidente, Aegan Cash, lo asegura. Confiable y multifacético, su apellido le precede. Es posible que su actitud intimide, pero esto le sirve para liderar con responsabilidad y firmeza, y para esconder muy bien su defecto principal: que es un auténtico i****a que cree en costumbres prehistóricas y al que, dicen por ahí, no deberías atreverte a desafiar. En tu primer año tienes dos opciones entonces: amarlo o meterte bajo una piedra para que no te pise con su bota machista. Tal vez pude haberlo redactado mejor, pero me sentí muy satisfecha. Por supuesto, eso no era lo peor que iba a pasarme ese día. No era de lo que hablé al principio del capítulo, porque esto solo fue el desencadenante. Si con ese artículo yo le había enviado a Aegan un mensaje de: «No me provoques porque te puedes llevar una sorpresa». Él me enviaría uno peor: «Yo siempre responderé a tus ataques». Empecé a notar que algo sucedía mientras caminaba por el pasillo del segundo piso. Algunas chicas no me prestaban la más mínima atención, lo cual era normal, pero hubo otras que me echaron miradas chismosas. Otras pasaron junto a mí, miraron su móvil, me miraron a mí de forma despectiva y se susurraron cosas. ¿Y sus modales? Seguramente los reservaban para las comidas importantes. Supuse que les habrían enviado el artículo, así que las ignoré y bajé las escaleras al piso principal. Ahí, otro grupo de chicas hizo lo mismo. Esa vez no susurraron, sino que soltaron risas burlonas. Un par de chicos incluso me miraron dándome un repaso descarado, curioso, como si necesitaran ver qué tenía para ofrecer. Todo eso me pareció muy raro, muy sospechoso. Había algo más, aparte de mi artículo, pero continué con la cabeza alta y mi mejor cara de «no me importa lo que están pensando». Ya cuando atravesé la puerta y salí del edificio, unas chicas cerca del barandal de la entrada me vieron y pusieron mala cara. Me acerqué de forma intencional al gran tablón que estaba junto a ellas en el que solían poner anuncios de futuros eventos y fingí leer las fechas de las actividades de la facultad de Arte. Pude escuchar que una de ellas decía: «No lo hizo en serio; es obvio que ella babea por él». De acuerdo, algo pasaba. Algo que tuve la repentina y amarga sensación de que no me iba a gustar. Algo que, por desgracia, debía provenir o tener que ver con Aegan, y que no estaba relacionado precisamente con mi artículo. Fui directa hacia mi edificio. Para llegar rápido tomé una bicicleta de las estaciones disponibles para estudiantes. Durante todo el trayecto traté de darle una explicación a las miradas y susurros, pero todo me hizo sospechar que se trataba de algo nuevo. Y lo era. Apenas crucé la puerta de entrada al apartamento, me sentí un poquito aliviada. Ahí no había miradas ni comentarios ni rechazo. Era un lugar pequeño, pero seguro. Paredes blancas, una salita y, en el fondo, tres puertas, una de ellas la del baño. Además, un ventanal nos ofrecía la vista de la calle. Artie había puesto una maceta sobre la mesa central porque decía que las plantas daban buena energía al ambiente. Yo no había puesto nada porque ni siquiera creía en mí misma. Bueno, Artie salió de su habitación apenas oyó que cerré la puerta. Vestía shorts de pijama, tenía la cara cubierta con una mascarilla facial de color verde, el cabello oscuro recogido en dos moños a los lados y unas pantuflas de motitas. Sus ojos verdes se veían preocupados. En sus manos, contra su pecho, sostenía su móvil. —¿Qué está pasando? —pregunté finalmente yendo directa al grano. —¿No lo sabes? —respondió ella al instante, un tanto sorprendida—. ¿No lo has visto? Ay, Zeus. Había algo que ver. —No, ¿qué es? —quise saber tras tomar aire. —Pues resulta que alguien le ha hecho una entrevista a Aegan para la sección de entretenimiento de la revista de Tagus y una de las cosas que le ha preguntado es si podía nombrar a diez chicas con las que querría salir... Me pasó su móvil. Callada y con el corazón acelerado por un pequeñito temor a no sabía qué, vi el trozo de artículo digital de la entrevista, muy al estilo de esa revista juvenil Tú. Primero decía lo mismo que me había dicho Artie, y luego agregaba que: desde su perspectiva esas eran las chicas que Aegan elegiría para salir. Diez números. Diez nombres. Diez opciones a escoger. Y allí estaba yo: Jude Derry. Candidata para salir con un Cash. No pude creerlo. Bueno, sí podía creer que Aegan hiciera algo así, pero me quedé muy impactada de todos modos. Lo lógico habría sido que, tras mostrarle mi artículo despectivo, él me ignorara para siempre, pero no. Eso solo había sido un error más que añadir a la lista de errores cometidos por Jude con los Cash, y también un mensaje de su parte: «No se me ha olvidado ni se me olvidará lo que hiciste». Sabía lo que significaba esa lista. Sabía lo que significaba todo. Era un inteligente contragolpe, porque así le demostraba a la gente que mi insulto no lo había intimidado y, al mismo tiempo, incluso podía hacerles creer que en privado yo me había retractado o que estaba bien con él. Ese había sido su objetivo: dejar claro que «esa chica nueva, Jude», que se había atrevido a insultarlo, no era una amenaza para él y que su reputación de chico deseable seguía intacta. —Jude... —me dijo Artie ante mi silencio. —¿Qué? —respondí de forma automática. —Di algo —me pidió con inquietud—. Si te quedas callada y seria, me asustas. Cuando la miré, me di cuenta de que me observaba con mucha preocupación. ¿Qué podía decirle? Esos días compartiendo apartamento con ella me habían permitido darme cuenta de que no era como las otras chicas, aunque se esmeraba muchísimo en serlo. En realidad, era muy buena estudiante, tenía una exagerada preferencia por los chalecos y no juzgaba a la gente al primer vistazo. Tal vez lo malo era que temía demasiado el poder de los demás, sobre todo el de los Cash, y que eso hacía que evitara ser perjudicada por ellos, pero como compañera era mejor de lo que había esperado. El problema era que la Jude de ese momento no sabía cómo confiar en las personas. No era de las que contaban sus más pequeños secretos solo para confraternizar. Iba por la vida desconfiando mucho de todos, incluso de los que se veían confiables, así que hubo cosas sobre mí que en ese momento preferí guardarme, como por ejemplo lo que en realidad estaba sintiendo por el hecho de que Aegan estaba centrando su atención en mí. Era algo parecido al asombro, pero también al miedo. Por supuesto, nadie debía ver ese miedo. Recordé mi artículo y supuse que por esa razón Aegan había publicado las respuestas a la entrevista. Busqué en mi móvil el perfil de i********: del periódico para curiosear qué había comentado la gente a lo que yo había escrito. En cuanto entré, no había tal publicación. ¡El imbécil había borrado mi artículo! —Jude, a esto me refería cuando te dije que las cosas podían ponerse peor —dijo Artie al entender que yo no pronunciaría palabra—. ¿Por qué no me haces caso y te alejas de ellos? De nuevo con el «aléjate», que para mí significaba «huir» y para Aegan significaba «derrotar». Era sensato, sí, pero ¡yo no quería que los Cash creyeran que me intimidaban! Solo serviría para aumentar el ridículo poder de Aegan sobre Tagus. —¿Crees que esto me asusta, Artie? —le solté absurdamente sin poder evitarlo. —Debería al menos preocuparte—argumentó ella. —Los niños con hambre son un tema preocupante —dije—, no que Aegan Cash ande pensando que yo intento dañar su imagen. Eso es una tontería de niño malcriado con demasiado tiempo libre. Artie pestañeó. —¿Y entonces qué? —Alzó las cejas al caer en la cuenta de que yo podía hacer otra temeridad—: ¿No me digas que vas a responderle? Jude... Le dediqué una sonrisa pequeña, de esas que no revelaban nada. Artie sabía algo. No lo olvidaba. Quizá podría llegar a averiguarlo. —No, no lo haré —le contesté. Una expresión de alivio se dibujó en su cara. —Es lo más sensato —aseguró ella, un poco optimista. Hice como que me acordaba de algo. —Pero el dicho dice: el que busca encuentra —añadí—. Si se mete conmigo, no me quedaré callada. La expresión de alivio de Artie se esfumó y fue remplazada por una de preocupación. Iba a decir algo, tal vez a tratar de que yo cambiara de idea, pero, en un intento de hacerla hablar, me apresuré a agregar: —Porque, en definitiva, él tampoco puede hacerme algo realmente... grave, ¿no? —Alcé los hombros con indiferencia—. Puede destruir mi vida social, pero a mí me basta con que tú, Dash y Kiana me hablen. No tengo pensado ser la presidenta estudiantil o algo así. Así que eso no me afecta. Detecté de nuevo esa rara inquietud en Artie, que volvía a morderse el labio inferior. —Supongo —murmuró al desviar la mirada. Sonreí amplio. —Pues entonces estoy a salvo —aseguré. Ella también se forzó a sonreírme y caminó hacia su habitación, para seguir ocupándose de sus cosas. Pero por un momento se detuvo bajo el marco de la puerta y se volvió para mirarme con lo que me pareció algo de preocupación. —Solo intenta alejarte, y verás que se olvidará de ti y podrás tener una vida normal —me aconsejó—. Lo intentarás, ¿no? ¿Qué otra cosa le podía responder a algo tan incierto? —Claro.
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