5 El catastrófico «no»

3692 Words
Que conste que intenté alejarme. El problema era que el hilo n***o del destino (no rojo, porque ese es el del amor) nos tenía atados a mí y a los Cash, y mientras más intentaba alejarme de ellos más alargaba algo que pronto sucedería: un choque catastrófico. Pero me esforcé, gente, me esforcé. Hablé de ellos y evité sitios en donde sabía que estarían. A eso se había referido Artie, ¿no? De igual forma, los días siguientes transcurrieron sospechosamente tranquilos. Así descubrí que Tagus no estaba nada m*l. Artie, Kiana y Dash me llevaron a algunos lugares del campus que no conocía y no le prestamos atención a los susurros o a las miradas curiosas. En ciertos momentos, ellos trataron de preguntarme sobre mi familia o de dónde venía, pero les dejé claro que prefería no hablar de eso. A ti te hablaré de eso después, cuando llegue El Momento. En cambio, yo sí recabé información útil, porque para eso era buena. Te lo contaré al estilo ¿sabías qué? ¿Sabías que el padre de los Cash, Adrien, donaba mucho dinero a Tagus, al igual que otras tres familias importantes del estado: los Denver, los Watson y los Santors? ¿Sabías que había todo un pasillo de trofeos en uno de los edificios y que, en su mayoría, pertenecían a algún Cash vivo o muerto? Así que todo fue bien para mí. Hasta que llegó el viernes. Era el tiempo libre antes de mi última clase y estaba sentada en una de las mesas del comedor frente a Artie. Ella hablaba sobre que quería formar parte del equipo de planificación de la feriapor el aniversario de los fundadores, que sería en unos meses, y yo solo escuchaba «Bla, bla, bla discurso bla, bla, bla noria bla, bla, bla puntos extras...» mientras comía mis patatas fritas. En cuanto vi por encima de su hombro lo que se avecinaba, me quedé con una patata a medio camino de la boca. Aegan. Avanzaba por el comedor en donde Artie me había dejado claro que él nunca ponía un pie, y lo peor fue que no fui capaz de negarme a mí misma que el muy i****a tenía estilo. Llevaba una chaqueta marrón con una camisa blanca debajo, unos tejanos y unas botas trenzadas. Un carísimo reloj adornaba su muñeca derecha y su pelo azabache lucía impecablemente despeinado. ¿De dónde rayos había sacado ese outift? ¿De Pinterest? Lo peor era que le quedaba bien. ¿Por qué la maldad tenía que estar en el mismo pack que el atractivo? Qué injusto. —Ay, Dios, Aegan... —Se sobresaltó un poco y las gafas se le resbalaron hasta la puntita de la nariz. Él la saludó apenas con un gesto de los dedos. Luego me observó con una mirada divertida, de guasón. —Hace años que no entraba aquí —comentó sin tomarse la molestia de decir «hola»—. ¿Siguen sirviendo ese puré de patatas que parece cemento? Entorné los ojos, tan desconfiada como un soldado al que acababan de obligar a sentarse frente al enemigo. ¿Por qué nos hablaba como si hubiésemos estado teniendo una conversación larga y amigable y hubiese muchísima confianza entre nosotros? Tampoco saludé. —¿Qué quieres? —solté sin más. Aegan extendió las manos, fingiendo incredulidad. —¿De esta comida? —replicó, y arrugó la nariz—. Nada, nunca me gustó. —¿Qué haces en nuestra mesa, Aegan? —volví a preguntar, más específica. Él pestañeó. —¿Por qué lo preguntas así? —inquirió, fingiendo estar desconcertado—. Según sé, cualquier persona es libre de sentarse aquí. ¿Cualquier persona...? Mis ovarios. —Pues en nuestro caso nos reservamos el derecho de admisión —dije, y también modifiqué mi voz para sonar falsamente amable. —No puedes —aseguró moviendo negativamente la cabeza—. Además, tú te sentaste en mi mesa, yo me siento en tu mesa; no veo que haya ninguna diferencia. —La diferencia es que tú pediste un voluntario aquella noche —le expliqué a su pequeño cerebrito—. Nosotras no hemos pedido que nadie se nos acerque. Aegan pestañeó con falso asombro y luego se inclinó un poco hacia Artie. —Vaya, ¿siempre es así de hostil? —le preguntó en un tono más bajo, sin dejar de observarme. Artie no dijo nada. Estaba incómoda y atónita por la situación. Yo aparté la bandeja para hacerle saber que había arruinado mi comida y que la seguiría arruinando con su presencia. Le dediqué una dura mirada de advertencia. —Bueno, al tema —suspiró él, compadeciéndose de mi impaciencia—. Pasaré a recogerte esta noche a las siete. Un momentito. —¿Eh? —dije, con cara de estar escuchando algo rarísimo. —Que pasaré a las siete, te informo para que estés lista —me repitió lentamente. Me pareció que estaba escuchando una de esas bromas odiosas que solo producían molestia en vez de gracia. —Y harás eso porque... —Porque vamos a salir... —contestó con tranquila obviedad—. ¿Qué más necesitas saber? Cenaremos, hablaremos y luego ya veremos qué pasa. Pestañeé, muy confundida. Incluso ladeé la cabeza como un cachorrito ante un sonido desconocido. —¿Tú y yo vamos a salir? —repetí para comprobar si lo había entendido bien. Él asintió. Hice un falso mohín pensativo, entrelacé los dedos por encima de la mesa y luego lo miré todavía más confundida. —Disculpa. —Esbocé una falsa sonrisa amable para endulzar mi siguiente pregunta con voz exageradamente suave—: ¿En qué parte de esta conversación me lo preguntaste y yo acepté? Porque no lo recuerdo. Aegan rio sin despegar los labios, muy confiado. —Ya me quedó claro que eso es lo que quieres, así que lo tendrás. De acuerdo, era impresionante su nivel de seguridad. Era impresionantemente e******o. —¿Cuándo te quedó claro? —volví a preguntar, desconcertada—. ¿En el momento en que te dije que eras un imbécil o cuando en la partida de póquer me levanté de la silla y me fui para no seguir viendo tu cara de i****a? —Cuando te sentaste en esa mesa y me retaste —puntualizó, ahora con los ojos entornados—. Querías mi atención, ¿no? Pues la tienes. No podía creérmelo. Internamente, me dio la risa. Por fuera, solo podía tener cara de «¿en serio?». «¡¿Es en serio lo que sale de su insoportable boca?!» —¿Me estás diciendo que prefieres ver lo que sucedió la noche de los juegos como un grito de atención antes de lo que en realidad fue? —solté. Aegan elevó las cejas, dando a entender que aquello le parecía divertido. —¿Y qué fue en realidad? —Una demostración de que no puedes ganar siempre —aclaré, seria. Él ensanchó la sonrisa. Unas hendiduras aparecieron alrededor de sus comisuras. Tenía una boca ancha, masculina y maliciosa que me recordó a la del actor Michael Fassbender, solo que Fassbender era todo lo que estaba bien en la vida y Aegan todo lo que estaba m*l. —Sea como sea, nos vemos a las siete —se limitó a decir, poniendo el punto final. Dio un golpecito a la mesa con los nudillos y se levantó dispuesto a irse. Pero entonces yo solté, fuerte y claro: —No. Aegan se detuvo y se giró de nuevo hacia la mesa. Sus espesas cejas se hundieron, aún con la sonrisa de ganador estampada en la cara. —¿Qué? —me preguntó como si hubiera escuchado un chiste sin sentido. Di el mismo golpecito que él había dado sobre la mesa y me puse de pie para encararlo. Frente a frente, yo era varios centímetros más baja, sin embargo, pude sostenerle muy bien la mirada. —Que no voy a salir contigo porque no quiero hacerlo —repetí con una firmeza decisiva. Y varios me escucharon. De repente sentí muchas miradas sobre mí, pesadas, curiosas, críticas, pero no miré alrededor y no les hice caso. Me mantuve concentrada en los grises, burlones y chispeantes ojos de Aegan para darle peso a mis palabras, para que entendiera que lo había dicho muy en serio. Lo entendió. Sus comisuras perdieron fuerza de la misma manera que la noche de los juegos, y su expresión pasó a ser seria, casi severa. Al ver eso, le regalé una sonrisa triunfal y le palmeé con suavidad el hombro. —Mejor prueba con las otras nueve de tu lista. Tomé mi mochila, mi bandeja y avancé por el pasillo del comedor sin mirar atrás. Llegué hasta el fondo, vacié la bandeja, la dejé allí y atravesé las puertas en una salida que no supe si se había visto triunfal, pero que yo sí sentí que lo era. —¡Jude, tienes los ovarios de titanio! —exclamó, tratando de seguirme el paso, hablar y respirar, todo al mismo tiempo—. ¡Lo dejaste como culo en agua! —¿Como qué? —pregunté, riendo nerviosamente por esa comparación—. ¿Qué significa eso? —Sorprendido, ahogado, en shock, sin saber qué decir —aclaró, y al instante le restó importancia—. La cuestión es que ha sido épico que lo rechazaras, aunque es obvio que, en cuanto otra chica le diga que sí, todo se le olvidará. Cierto, había dejado a Aegan sin palabras, pero eso equivalía a hacerle un m*l corte de cabello. Al final no pasaría nada. Se iba a sentir avergonzado y enojado un rato, pero luego el cabello le crecería y el corte no sería más que un chistoso recuerdo que poco a poco olvidaría. —Lo he hecho sin pensar —confesé—. Solo quería partirle la nariz. —Bueno, no importa —suspiró ella—. Basta con que al menos una vez en su vida una chica lo haya puesto en su lugar. Te aseguro que nadie olvidará lo que has hecho. Por supuesto que no. En Tagus no se olvidaba nada. Excepto lo que era conveniente olvidar. Artie me invitó a tomar uno de esos raros batidos saludables para relajarme en su lugar favorito: Bat-Fit, uno de esos sitios para la gente que quería atrasar el proceso natural de la muerte y que iba al gimnasio. ¡¿Es que ya nadie invitaba a café tras sucesos dramáticos y estresantes?! Aunque el lugar no estaba m*l. Tenía un montón de ventanales y las mesas estaban al aire libre rodeadas por un jardín. Obviamente, todo era ecológico, hasta el papel higiénico en los baños. En una de esas mesas estaban Dash y Kiana, así que fuimos directas a sentarnos con ellos. Al hacerlo puse el culo con fuerza contra la silla y solté bastante aire. —Uh, percibo un aura de enfado por aquí —comentó Kiana al tiempo que se llevaba un vaso ecológico a los labios. —Siento que podría arrancar la Estatua de la Libertad de su sitio y plantarla en Tombuctú —dije entre dientes. Tiré mi mochila al suelo junto a mí. Trataba de reprimir el enojo que me había provocado Aegan, pero sentía que todavía me salía un poco por los poros. Ese descaro al decir que yo quería su atención era lo que más me hacía hervir la sangre. —¿Qué ha pasado? —quiso saber Kiana, entendiendo que mi molestia era seria y tenía causa. No quería contárselo, así que intenté cambiar de tema. —¿De qué es esa llave? —le pregunté, y señalé la llave plateada y grande que le colgaba en un collar a juego con su ropa. Era un poco rara, no tenía la forma de una llave normal. —Es mi llave maestra de salas de Tagus —dijo sin darle importancia—. Me la dieron por ser líder del club de pintura. Pero, en serio, ¿ha pasado algo? Artie lo anunció finalmente, incapaz de aguantarse: —Ay, sí, es que Aegan ha invitado a salir a Jude hace unos veinte minutos. Kiana y Dash se quedaron en shock. Sus vasos ecológicos se detuvieron a medio camino de sus bocas. Casi pestañearon al mismo tiempo. Nos miraron alternativamente a Artie y a mí, esperando que alguna desmintiera eso. Luego comprendieron que era cierto. —¿Qué? —escupió Dash, impactado—. ¡¿Y qué dijiste?! —Que no —contesté con obviedad. Volvieron a quedarse atónitos. Se miraron las caras y luego me miraron a mí. Su reacción me hizo entender que mi «no» había sido casi una proeza, algo extraordinario. —Pero ¡mujer, ¿de qué [...] tú?! mujer!, ¿de qué planeta revolucionario has salido tú? —exclamó Dash, entre fascinado y estupefacto. —Admito que no me lo esperaba —confesó Artie, aún impactada también—. Creí que Aegan haría cualquier cosa menos esto. Dash resopló como si ella no supiera nada de la vida. O del trío de hermanos. —Pues por esa razón lo hizo —aseguró—, porque esperábamos lo peor, no que la invitara a salir. Ha cambiado totalmente de táctica. Una chica con un uniforme de pantalón y blusa blanca con el sello de Bat-Fit llegó a la mesa en ese instante. Nos miró con cara rara, tal vez porque había escuchado algo, pero se apresuró a parecer servicial y nos preguntó qué queríamos tomar. Artie pidió dos batidos de proteína y chocolate, y la camarera se alejó, aunque echó un rápido vistazo hacia atrás, dando la impresión de querer quedarse cerca para enterarse de lo que sucedía entre nosotros. Lo que me habían contado sobre ese pobre chico llamado Pierre y los alumnos acribillándolo a preguntas en el debate me había hecho pensar en una teoría conspirativa. ¿Y si Aegan tenía espías y servidores en todo Tagus? ¿Y si los chicos y chicas, además de ser sus seguidores, también funcionaban como sus sirvientes? Él tenía todas las posibilidades de darles algo muy bueno a cambio... Debíamos hablar más bajo. Iba a proponerlo cuando noté que Kiana se había puesto las manos sobre la boca y que sus ojos estaban abiertos como platos como quien acababa de tener una gran revelación. Me miraba, pero al mismo tiempo no. —¿Qué pasa? —le pregunté, ceñuda—. ¿Se te ha congelado el cerebro con el batido? Ella volvió en sí y paseó su mirada por todos nosotros, repentinamente acelerada. —Rápido, nombren a una sola chica que haya aceptado ser novia de Aegan sin querer serlo — nos pidió. Dash pestañeó sin ninguna respuesta. Artie negó en silencio, sin dar tampoco ningún nombre. —No hay, no existe —dijo Dash. —¿Y alguna chica con la que haya durado menos o más de los noventa días de marras? —preguntó Kiana, imparable. Dash hizo un mohín pensativo, abrió la boca para soltar un nombre, pero luego la cerró, descartándolo. Volvió a abrir la boca con otra idea, pero al final no le pareció buena. Acabó negando con la cabeza. —Tampoco la hay. Kiana asintió y extendió las manos con obviedad, como si acabara de darnos la clave de algo, pero pusimos cara de no pillarlo. Más paciencia con los lentos, por favor. —Esto jamás ha pasado porque es Aegan quien suele terminar el día exacto las relaciones con las chicas con las que sale —intentó ayudarnos a comprender—. Ninguna chica ha roto con él. Él nunca ha sido rechazado. Volvió a mirarnos a la espera de un gesto de entendimiento por nuestra parte, pero... —¡Por las arrugas de Donatella Versace, ve al grano de una vez, que me tienes en ascuas y esto suena interesante! —le exigió Dash con impaciencia. Kiana entrelazó las manos sobre la mesa, se inclinó hacia delante y soltó aire para calmarse y poder explicarnos. —Que Jude haya tenido el valor de rechazar a Aegan me hizo pensar en... —Se mordió los labios como conteniendo una sonrisa c***l—. ¿Y si Jude hubiese aceptado salir con él, le hubiese hecho creer que de verdad le gusta y en algún momento, públicamente, hubiese terminado la relación? Así, rechazándolo, como él ha hecho con todas las chicas con las que ha salido. ¿No habría sido épico? Se hizo un silencio de impacto en la mesa. Artie pareció impresionada, como si jamás hubiese pensado que algo así fuese posible y ahora estuviese dándose cuenta de que, de suceder, no solo podía ser épico, sino también peligroso. —No puedo imaginármelo, es decir... —dudó. —Yo sí —sostuvo Kiana, y los ojos le brillaron de una emoción malévola y divertida que, a decir verdad, habría inspirado a cualquiera a apoyarla—. Sería catastrófico para él, porque siempre demuestra que necesita controlar y dominarlo todo para estar en equilibrio. Si alguien alterara su sistema, si alguien rompiera sus reglas, atentaría contra su mundo de poder absoluto. Y todos los atentados destruyen algo. Otro silencio envolvió la mesa tras esa frase. Dash asintió con lentitud, mirando a Kiana como si acabara de mostrarle perspectivas nuevas y fascinantes. —Suena genial —admitió, pero luego se encogió de hombros—. Solo que eso no ha pasado. Jude le ha dejado claro que él le da asquito. —Pero vamos... —insistió Kiana, buscando que profundizáramos en su fantasía—. Imaginen por un momento, un pequeño momento, la cara de Aegan al ser rechazado en público, al enterarse de que él nunca le gustó, al saber que Jude jugó con él... —Trazó el panorama con ambas manos en el aire—. Un acto de revolución femenina contra la machista tiranía Cash. Dash curvó la boca hacia abajo, aceptando la creatividad y el impacto de esa idea. —Bueno, mi mente siempre está ocupada imaginando cómo conocer a Timothée Chalamet, pero ahora que lo pienso, disfrutaría mucho viendo algo así... —admitió, y después le dio un empujoncito con el hombro a Kiana—. Aunque, genio del m*l, si se trata de una rebelión, Jude pudo aceptar salir una noche con él y luego rechazarlo. Habría herido su ego. Más simple y menos peligroso, ¿no? Me guiñó un ojo, como arrojándome la idea. —Igual Jude no es así —comentó Artie, negando con la cabeza con una seguridad que flaqueó al verme—. No eres así, ¿verdad? Ay, Artie. Yo era todo lo que no debía ser. En mi opinión, Kiana tenía razón en ciertas cosas. Aegan emanaba una seguridad impenetrable. Los mismos alumnos de Tagus lo habían colocado como una figurilla sobre un altar. Con su adoración lo habían inmunizado ante lo que los chicos normales no estaban inmunizados: los rechazos y los fracasos. Estaba claro que a Aegan nadie le decía que no. A Aegan nadie lo dejaba de lado. Aegan nunca era el número dos en nada. Estaba catalogado como un espécimen superior. Pero solo era así porque los demás querían verlo de esa forma, ya que en realidad era una persona normal con órganos normales. Lo que Kiana decía era que, si todos veían que una chica podía terminar una relación con Aegan Cash, sin temor ni vergüenza, antes de que él lo hiciera, se darían cuenta de que él podía ser rechazado como cualquier ser humano. Y listo, ya no sería un dios/gurú/líder, sino un chico más del montón. —Jude puede ser como quiera —resopló Kiana, interrumpiendo mis pensamientos para responder a Artie— porque no estamos hablando de chicos inocentes y buenos. De hecho, ¿saben qué he pensado siempre? —Se inclinó hacia delante y lo susurró—: Los tres deben de tener un oscuro secreto. No es posible tanta perfección, ni una vida tan impecable. Tiene que haber una mancha y, en su caso, una muy grande. Ahora que leo ese diálogo solo puedo decir que todo estuvo siempre allí, pero que había sido ocultado muy bien. —Puede ser, Nancy Drew —coincidió Dash con Kiana—, pero eso sería imposible saberlo. Sibellos se equivocan en algo, les basta con hacer una llamada o chasquear los dedos para taparlo. La camarera chismosa nos trajo los batidos en ese instante. De nuevo, al darse la vuelta, nos echó un vistazo por si captaba algo. Esa vez le dediqué una mirada furiosa que funcionó para que se concentrara en ir a atender los mostradores repletos de bocadillos saludables. Mientras la seguía con la mirada para dejarle claro que metiera sus narices en otros asuntos, vi que la puerta del Bat-Fit se abrió y entró nada más y nada menos que Aleixandre, la ilusión adolescente. De nuevo iba totalmente de punta en blanco, con el cabello azabache perfectamente peinado hacia atrás y la ropa sin la más mínima arruga. Sostenía su teléfono a cierta distancia de su rostro y le hablaba con ánimo a la cámara, seguramente transmitiendo en vivo para sus seguidores. Entonces me fijé en una cosa un poco extraña. Pidió algo en el mostrador. Le dieron un vaso muy rápido, como si lo hubiesen tenido listo para él, pero en vez de tomarlo con la mano, sacó un pañuelo de su bolsillo y bebió sosteniéndolo así. Luego se fue. ¿No podía tocar el vaso con la mano o qué? Un poco extrañada, devolví la atención a la mesa justo cuando Kiana estaba hablando de todas las veces que había visto a una chica llorando por Aegan. No habían notado mi distracción. —Solo piénsalo, Jude —me sugirió, descansando en el respaldo de la silla con su batido en mano. —Ni que ella fuera Katniss Everdeen o algo así —la codeó Dash—. Deja a Jude en paz. Con suerte, Aegan no volverá a mirarla de nuevo y las cosas se calmarán. Pero ¿quién dijo que yo tenía suerte? O ganas de que las cosas se calmaran.
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