Aleixandre cumplió lo prometido.
El club estaba ubicado en lo que se conocía como «las lomas de Tagus», cerca de los límites que conformaban la universidad.
Se notaba que había empezado siendo una casa victoriana de tres pisos y ventanas amplias, y que luego habían añadido áreas nuevas y más modernas a ambos lados. Junto a la puerta de entrada había una placa con grabado que decía: hermandad de 1974. Contaba con una terraza cercada y estaba rodeada de árboles y de altos muros de arbustos, ¿tal vez para proteger los secretos del interior?
O... tal vez no.
Me había esperado que entrar me resultase más impactante, pero en realidad no parecía un lugar en donde se escondiera algo.
Apenas pisamos el vestíbulo, me di cuenta de que todo tenía el mismo estilo clásico de la fachada. El suelo era de algún tipo de madera reluciente y oscura. Había cuadros en casi cada pared de personas con caras viejas o de lugares de Tagus. Los muebles eran de madera, el techo era muy alto y las lámparas colgaban del techo. Flotaba un olor a leña y a perfume de hombre. Era muy... acogedor.
¿Y lo raro? ¿Y lo misterioso? Podía sentarme a tejer ahí.
Emosido engañado.
—Bienvenida —me dijo Aleixandre como un guía turístico mientras lo señalaba todo con los brazos extendidos—. Este vestíbulo, la sala de estar y los dos pisos superiores son los únicos lugares en todo Tagus que están tal cual fueron hechos en su momento. Lo demás empezó a añadirse y a remodelarse cuando mi padre estudiaba aquí. ¿Qué te parece?
—Es interesante —fue lo que pude opinar, decepcionada por no ver nada misterioso—. ¿Por qué ya no se llama Hermandad de 1974?
—Solo porque a mi padre le pareció que sonaba a secta —fue su respuesta—. Ahora sígueme por favor.
Empezó a guiarme por un pasillo en donde tampoco vi nada sospechoso, solo cuadros y diplomas enmarcados, tal vez de miembros anteriores.
—¿Tú no tienes pensado unirte a algún club? —me preguntó—. Hay muchos en Tagus.
—Después de haber visto la serie Scream Queens no creo que sea buena idea —respondí.
Soltó una risa.
—Eres graciosa, Jude.
Volvió a girarse cuando cruzamos otro pasillo. Lo que noté es que era una casa con bastantes puertas. Eso me decepcionó por un momento, aunque no sabía qué rayos esperaba. ¿Descubrir que eran una secta? ¿Toparme con una cabeza cortada y colgada sobre una chimenea? Solo me pareció que era un buen sitio para explorar y descubrir cosas, pero no vi nada que me resultara sospechoso.
—Bueno, Aegan debe de estar afuera —comentó Aleix, e iba a decir más, pero de pronto se dio cuenta de algo y se detuvo.
Casi me choqué con él porque se quedó mirando hacia un lado donde había otro pasillo. Eché un vistazo con curiosidad y me fijé en que, al fondo, había una puerta medio abierta. De ella colgaba un letrero de no pasar.
No entendí qué hacíamos mirándola hasta que...
—Esa puerta no debería estar abierta —murmuró él, tan bajo que me costó oírlo.
—¿Por qué? —pregunté de chismosa.
Esperé tan confiada una explicación que me sorprendió cuando él se volvió hacia mí y me dedicó esa sonrisa que ya sabía que usaba con todo el mundo y que, de alguna forma, siempre era igual de radiante y accesible. Lo raro era que la esbozaba con brusquedad, como si le costara hacerlo.
Yo notaba esas cosas porque llevaba días analizando a los Cash muy detenidamente. Otra persona lo habría pasado por alto.
—Tú, por favor, sigue hasta el final y saldrás al área donde está Aegan —fue lo que me respondió, de nuevo como un guía—. Yo iré en un momento.
Y me puso una mano tras el hombro y me impulsó con suavidad más allá del inicio de ese pasillo para que caminara.
No me quedó otra que hacerle caso. Seguí sola. Por un instante miré hacia atrás y lo vi perderse por el otro corredor. Me quedó la sensación de que eso había sido extraño.
Al pisar el exterior de la casa, mi inquietud por Aleixandre se desvaneció y solo pude pensar: guau.
El terreno que rodeaba la casa era inmenso. Metros y metros de césped cuidadosamente cortado al nivel perfecto se extendían bajo el sol de la tarde. Había mucho terreno, pero capté lo que mi campo visual abarcaba. Un pequeño establo, un estanque, un círculo de troncos con restos de una fogata apagada y algunos caminos marcados por piedras.
Aegan estaba cerca del establo. Por desgracia, no estaba solo. Lo acompañaban un par de chicos y un trío de chicas a quienes ya había visto varias veces cerca de él. No podía decirse que fueran sus amigos, pero siempre eran los mismos, así que eran considerados como las personas que Aegan prefería para hacer algunas actividades, tal vez porque eran más importantes que el resto.
Seguramente habían conocido a Eli, hablado con ella, ido a las mismas fiestas, pero eran tan culos estirados que sabía que de ellos no obtendría más que saludos hipócritas y críticas apenas les diera la espalda, así que sus nombres no me importaban, y socializar con ellos, menos.
Caminé hacia Aegan, muy campante. Apenas él vio mi fabulosa presencia yendo en su dirección, la enorme sonrisa con la que había estado contando algo empezó a reducirse con lentitud al mismo tiempo que su ceño se hundía en una clara expresión de que no entendía qué demonios hacía yo ahí. Fue un gesto tan épico que lo habría grabado solo para guardarlo como momento histórico.
Alzó una mano para disculparse y se acercó a mí a paso poderoso antes de que yo llegara.
—¿Qué haces aquí? —soltó apenas me detuvo frente a él, nada contento.
—He venido con Aleixandre —me defendí rápido.
Él miró en todas las direcciones como buscando algo, luego volvió a mirarme a mí, severo, con los ojos de un gris casi transparente, intensos y amenazantes.
—¿Y se ha hecho invisible o lo traes guardado en el bolsillo?
—Me ha dicho que ahora vendría —contesté, confiada.
Miré hacia atrás, hacia la puerta por la que acababa de salir, esperando que Aleix apareciera en cualquier momento justo como había dicho, pero...
Nada. Nadie. Y tras unos segundos más, ni un alma en pena.
—Se ha debido de quedar dentro... —mascullé como estúpida.
Ahora Aegan tenía los brazos cruzados y una asombrosa cara de ira que no me hacía ninguna gracia. Solo le faltaba repiquetear con el pie la hierba de forma repetitiva.
—¿Entraste aquí por tu cuenta? —escupió, perdiendo la paciencia—. Es un sitio privado, Jude.
—No, no; en serio he venido con Aleixandre —dije, defendiendo de nuevo mi verdad—. Pero no sé dónde está.
Un momento, ¿me había engañado? ¿Aleixandre me había mentido?
—Puedo denunciarte por esto —me amenazó, y luego decidió no tener piedad—: No, voy a denunciarte.
Bueno, Aleixandre no aparecería y no estaba segura de si era cierto que podía denunciar mi aparición allí, por lo que debía recurrir a algún método para salvarme.
Y se me ocurrió uno rápido.
Había gente cerca, ¿no? Gente que podía hacer correr chismes. Gente ante la que Aegan debía mantener su postura y reputación.
—Pero ¡¿por qué te molesta que esté aquí?! —solté en voz bastante alta, aplicando mis dotes de actriz indignada—. ¡Solo he venido porque quiero pasar tiempo contigo!
Lo tomé desprevenido. Había creído que yo me asustaría, y hundió las cejas, entre desconcertado y horrorizado por mi brusca actitud.
—Baja la voz, ¿qué te pasa? —dijo, enfadado.
—Es que... ¡¿qué problema hay con que sepa qué haces en este lugar?! —agregué a mi falso drama.
Y en serio me tuve que esforzar para no reírme en su cara.
—Jude... —intentó callarme con una voz de ultimátum, pero lo siguiente lo dije aún más fuerte y con mayor decisión de novia tóxica:
—¡Quiero ir a donde tú vayas, así que aquí me quedo!
Iba a perder la paciencia. Esperé que la perdiera. Solo que, en serio, a veces subestimaba a Aegan.
Mantuvo la mandíbula y todo el cuerpo tenso con unas notables ganas de taparme la boca con una almohada hasta que dejara de respirar, pero forzó una sonrisa.
—¿Sabes qué? Sí que es una buena idea que te quedes —me dijo para mi sorpresa, y cambió su voz a esa de amigabilidad habitual—. Estaba a punto de hacer algo divertido con el grupo y me encantaría incluirte.
—¿En serio? —repliqué como novia emocionada e intrigada—. ¿Qué es?
—Vamos a cabalgar.
Me quedé congelada.
Mi papelito se me cayó.
Dios santo.
Cabalgar.
¡Yo no sabía cabalgar! ¡Apenas sabía mantenerme de pie!
Resoplé con un ademán de que no debía darle importancia.
—Ah, no te preocupes, yo puedo esperar...
—Ah, no te preocupes, yo puedo esperar...
—Querías estar aquí, ¿no? —me interrumpió, todavía con esa sonrisa que empezó a parecerme más peligrosa que su enfado—. Ese es el tipo de cosas que hacemos aquí, y nadie se queda fuera.
Traté de rechazar la idea con disimulo:
—No, Aegan.
Pero él se giró hacia su círculo y gritó:
—¡Oigan, cambié de opinión! ¡No será una cabalgata, será una carrera!
Y una carrera.
De acuerdo, me obligué a calmarme para no entrar por la puerta del pánico que mi yo mental acababa de abrirme con un «Pase y póngase cómoda». No tenía ni idea de cómo cabalgar, jamás me había subido a un caballo y era torpe, pero ¿iba a permitir que Aegan se enterara de que no sabía hacer algo? No. Ante esa inesperada situación solo tenía dos opciones: lograrlo de alguna forma o dejar que Aegan se anotara un punto en nuestra imaginaria tabla de batalla.
Sabemos que no escogería la segunda.
—Mueve ese trasero, Jude —me dijo Aegan, que sin darme cuenta había empezado a caminar hacia el establo—. Tienes que escoger un caballo.
Con la respiración cortada, moví mis piernas hacia delante. Los otros chicos nos siguieron con la mirada, pero los ignoré. Atravesamos la entrada y Aegan englobó las opciones con los brazos extendidos. Me recordó el gesto que había hecho el mentiroso de Aleixandre al entrar en el club.
—¿Qué caballo quieres montar? —me preguntó.
Había tantas secciones como caballos dentro de ellas. No tuve ni idea de cuál escoger o si debía escoger por alguna característica específica.
—Bueno, no lo sé, tú los conoces más... —me atreví a decir, aunque no estaba segura de que lo que soltara fuera lo correcto.
Pero eso sí estuvo bien, porque Aegan miró pensativo a los animales. Luego se movió dos secciones a la derecha y yo lo seguí. Se detuvo frente a una impresionante yegua de color blanco con el pelaje brillante que parecía un unicornio, solo que sin el cuerno.
—Esta es Nube —dijo, y le acarició la cara con afecto—. Te irá bien, es muy especial.
Con cierta duda, extendí la mano y Nube estornudó, así que la aparté, nerviosa. Me gustaban los caballos, lo que no sabía era si yo les gustaba a ellos.
—¿Por qué es especial? —inquirí, curiosa.
—Es la yegua de mi caballo Hades. —Eso se oyó agradable, hasta que carraspeó y con malicia añadió—: Pero solo si a Hades no le gusta la principal. En ese caso, lo juntamos con esta preciosa porque estamos seguros de que la montará. Hay ciertas similitudes con nosotros, ahora que lo pienso...
Me crucé de brazos y lo miré con los ojos entornados, lista para enfrentarme a él.
—¿En serio? ¿Similitudes entre Nube y Hades, y tú y yo? —Me atreví a reírme, burlona—. No lo creo. Al menos tu caballo tiene un mínimo de oportunidad de, digamos, «acostarse» con Nube, pero tú de hacerlo conmigo...
Aun con su fastidiosa sonrisa de poder y maldad, me miró de arriba abajo tan solo moviendo los ojos.
—Jude, ¿te has visto con esa ropa? —señaló, y usó un tono de falsa vergüenza—. No sé ni dónde termina tu espalda y empieza tu culo.
Le dediqué una mirada que habría decapitado a Hitler a kilómetros de distancia.
Aunque fue bueno saber que él tampoco tenía ganas de hacer conmigo las otras cosas que hacían los novios.
Escogí a Nube entonces. Después de que él mismo la preparó con un cariño y dedicación que no parecía posible que tuviera, volvimos a la zona para cabalgar. Todos, tanto Aegan como sus amigos, parecían muy seguros y tranquilos con la situación. Yo... estaba tan nerviosa que posiblemente se me notaba. Sí que estaba tratando de disimularlo, pero era difícil. ¿Por qué todo era tan grande? ¿Por qué la yegua me parecía tan alta?
Eso sin duda no sería como lo del póquer.
Antes de que pudiera maquinar algo para librarme de pasar una vergüenza épica, todos se subieron a sus caballos con una agilidad impresionante. Obviamente, yo me mantuve de pie.
—Anda, Jude, ¿qué esperas? ¿Una foto? —se burló Aegan desde su montura.
Joder.
¿Qué esperaba? Bueno, algo así como que milagrosamente se abriera la tierra y se lo tragara por imbécil, pero no iba a pasar, porque él era Aegan Cash. En caso de que se abriera, seguramente me tragaría a mí.
Di un paso adelante, pero fue demasiado dudoso y corto. Observé la silla de montar sobre la yegua, luego donde se suponía que debía poner el pie, luego a los amigos de Aegan, que me miraban con una chispa de maldad en los ojos, y finalmente al mismísimo Aegan.
Él lo sabía. Sabía que yo no tenía ni idea de cómo montar. Por venganza, quería verme fallar, disfrutarlo y reírse junto a sus estirados amigos. Y de pronto eso me hizo sentir muy furiosa. No iba a permitirlo.
Di otro paso, esa vez más seguro. Luego, sin pensarlo demasiado, con una determinación y una confianza casi concedida por los dioses del Olimpo para verme triunfar, coloqué el pie izquierdo sobre el estribo y me impulsé hacia arriba.
¡Tú puedes, Judecita, tú puedes!
O mejor dicho: «¡No puedes, Judecita, no puedes!».
En vez de terminar arriba, sentada victoriosa, quedé tumbada boca abajo sobre la silla.
Fail total.
Fallé, y no solo eso, sino que fallé de una forma muy estúpida.
Las risas estallaron en ese mismo momento. Unos «jajajás» tan intensos que retumbaron en mi cabeza y empeoraron la situación. Como no logré estabilizarme o acomodarme o hacer alguna jodida cosa decente, no me quedó otra que volver al suelo, donde casi perdí el equilibrio.
Ya de pie, solo escuché cómo se burlaron de mí. Ni siquiera me molesté en ver a los amigos de Aegan, sino que lo miré directamente a él, y encontré una expresión tan c***l, tan burlona, que me oprimió el estómago como una mano que exprimía una fruta con maldad.
Me sentí furiosa y al mismo tiempo humillada.
—Jude no vendrá —dijo Aegan entre risas—. Será para la próxima.
Y cabalgaron todos casi al mismo tiempo, con Aegan a la cabeza, como si con el hecho de dejarme atrás demostraran que eran mejores que yo.
Exhalé con fuerza y me fui de ahí dando zancadas. Entré de nuevo en la casa, caminando rápido y con furia, como un camión sin freno rumbo a la salida para volver a mi apartamento. Mientras, no paraba de preguntarme: «¿Por qué nunca he montado un caballo para evitar esto? ¿Por qué, cuando creo que soy más lista que Aegan, me supera?».
Tuve que pararme en seco apenas crucé el pasillo porque estuve a punto de llevarme a alguien por delante.
—Adrik —dije al reconocerlo.
También se detuvo, pero, a diferencia de mí, no pareció sorprendido de verme. Su expresión era la misma de siempre: imperturbable, como si le fastidiara la vida, pero no le importara fastidiarse. Noté que incluso la forma de sus cejas, más espesas y más negras que las de sus hermanos, ayudaba a dejar traslucir sus emociones, porque daba a sus ojos un aire de indiferencia natural.
—Antes había una cocinera en casa que siempre preparaba platos con pimientos —dijo sin razón alguna.
Puse cara de que no entendía a qué venía eso.
—¿Qué...?
Siguió con su relato, a pesar de mi pregunta y mi tono extrañado:
—Cada vez que me sentaba a comer, encontraba un pimiento en mi plato. En cada comida, incluso en los sándwiches. Así, de forma inesperada, y yo no entendía por qué si era obvio que no quería ni verlos. Tú eres como esos pimientos. Apareces hasta donde no debes.
Puse cara de póquer.
Me acababa de comparar con un pimiento. En mi cara. ¡Como si nada!
—A mí tampoco me gusta que coincidamos —le solté, malhumorada.
—Los pimientos son tan asquerosos —murmuró él, más para sí mismo que para mí—. Tienen ese sabor raro...
Lo miré con extrañeza. En serio era raro.
—Ya lo he entendido —le aclaré con detenimiento para que dejara el tema.
Adrik reaccionó finalmente y fijó la mirada en mí. ¿Se había perdido pensando en pimientos o qué?
—El establo, que es donde está Aegan, es para allá —me indicó, y con su dedo señaló hacia el pasillo del fondo.
—Vengo de allí, de hacer el ridículo, gracias —resoplé.
Formó una fina línea con los labios, casi como una expresión de pesar.
—¿Cómo he podido perderme eso?
—No te preocupes, quizá Aegan ordenó que me grabaran para verlo y masturbarse más tarde — dije, todavía algo molesta—. Es obvio que le excita ser tan c***l. No le encuentro otra razón.
Adrik se encogió de hombros, medio pensativo.
—Bueno, no lo sé, siempre hemos tenido cuartos separados, pero en su historial de navegación había cosas bastante raras...
No pude evitar soltar una risa que hasta a mí misma me sorprendió, pero me puse seria de inmediato porque Adrik no estaba sonriendo, sino mirándome en plan neutral, como un enemigo inteligente.
Sabía que el hecho de que fueran hermanos no significaba que fueran iguales, pero me era imposible no desconfiar o sentir recelo hacia los tres. Tener cerebros separados no los eximía de compartir la misma genética c***l de los Cash, y tampoco de ser insoportables al menos en alguna cosa, ¿no?
En mi análisis, me di cuenta de que llevaba puestas unas botas algo sucias, y sobre el tejano y camisa blanca, un delantal protector. Un par de guantes le sobresalían de uno de los bolsillos. Eso le quedaba bastante bien, a decir verdad. Mantenía un aire desaliñado, sí, pero resultaba genial por cómo estaba despeinado su pelo n***o. Algo así como si hubiese estado dormido y acabara de despertarse para afrontar el mundo y...
Ya. El punto era que:
—Tú también cabalgas —señalé.
—¿En serio? ¿Cómo lo has adivinado? —respondió con sarcasmo, sin apartar la mirada del teléfono.
Enarqué una ceja.
—El sarcasmo es tu vida, ¿no?
—No hay nada más por lo que respire —me aseguró, mostrándose falsamente animado.
Pues el sarcasmo era divertido.
—De acuerdo, conoces Tagus más que yo —suspiré—. ¿Sabes dónde puedo encontrar un instructor? Necesito aprender a montar a caballo.
Era la única forma de no volver a ser humillada.
Alzó la vista y entornó los ojos. Luego me pareció que su comisura derecha se elevó un poquitín para crear una pequeñísima, maliciosa y divertida curva. Una de las primeras emociones que le veía, vaya.
—Yo soy instructor.
—Ajá —resoplé, entornando los ojos—. Es en serio. Quiero aprender.
Él frunció el ceño y me evaluó.
—¿No me crees?
—No.
—¿Por qué? —preguntó con tranquilidad, aunque desafiándome—. ¿Por qué no crees que soy instructor?
—Bueno, porque...
—¿Porque...?
—Porque... mmm...
—¿Soy un Cash?
Maldición.
Sí, era por eso.
—No —mentí con la barbilla en alto.
—Sinceramente, pensé que la discriminación social era cosa del pasado. —Chasqueó la lengua,
negando con la cabeza—. Pero mira, aquí está Jude discriminando a alguien por un apellido.
Bueno, pero ¿qué culpa tenía yo de que en mi mente no entrara la idea de que los Cash sirvieran para algo bueno?
Adrik pasó junto a mí y avanzó por el pasillo.
—Entonces, ¿quieres aprender o no? —preguntó mientras se alejaba.
Lo dudé un momento porque se trataba de él, pero no era de las que se rendían tan fácilmente. Era de las que, si no podía hacer algo, buscaba la manera de aprenderlo de cualquier forma. Si Adrik sabía cómo montar a caballo, me serviría para no volver a ser avergonzada por Aegan.
Lo seguí de nuevo al exterior del club, en dirección al establo. Sus pasos eran tan calmados, medio perezosos. Casi me desesperaron.
—Con aprender al menos cómo subirme al caballo, basta —le dije mientras él sacaba uno de los caballos.
No me contestó. Se ocupó de preparar la montura. Lo hizo con la misma dedicación y cariño que Aegan. Acompañó el proceso con algunas caricias, y el animal le respondió de muy buena manera. Tal vez esa era una de las pocas cosas que compartían, aunque, te seré sincera, los movimientos y la naturalidad de Adrik cautivaban más. Transmitían una conexión profunda, como si conociera al
hermoso caballo de toda la vida, como si colocarle el equipamiento fuese un arte y al mismo tiempo una técnica de relajación en la que adoraba sumirse.
Cuando terminó, lo guio hacia afuera.
—Quizá hiciste el ridículo porque crees que se trata solo de subirse al caballo y ya —comentó de repente, tratando de tranquilizar al animal, que no dejaba de dar vueltas.
—No sé nada de caballos, así que no me molesta que me digas lo bruta que soy —dije, de mala gana, pero lo dije.
—No tiene gracia decirte algo que ya sabes. —Se encogió de hombros. Luego extendió una mano hacia mí e hizo un gesto con los dedos—. Acércate —me pidió.
Mis pasos fueron dudosos, casi nerviosos, porque en serio la cosa era nueva para mí.
—Es muy manso y tranquilo —añadió Adrik al notar mi poca seguridad.—. No le tengas miedo.
—No se lo tengo —confesé mientras trataba de respirar con calma—. Lo que me da miedo es no gustarle.
Adrik soltó una risa tranquila sin despegar los labios. Y empezó a acariciar al caballo y tras unos segundos empezó a removerse con menor inquietud, reaccionando al tacto.
—Los caballos no son como las personas —me explicó, sin dejar de acariciar al animal—. No te juzgan, no se burlan de ti, no te odian. Son puros y sensitivos. Pueden estar de m*l humor, pero si te rechazan no será por quién eres o por cómo eres, sino por las intenciones con las que te acerques.
Lo miré con cierto asombro, pero con la desconfianza siempre por delante. Algo así como si Batman se sentara a cenar con Joker. Ninguno bajaría la guardia ante el otro.
De acuerdo, debía ser valiente. Debía ser valiente.
—Sabes bastante sobre caballos —le concedí, dando más pasos.
—Me gustan —admitió con sencillez—. Todos los animales me gustan, pero a los caballos los conozco más porque he montado desde pequeño.
Me imaginé a un pequeño Adrik muy dark sobre un poni n***o.
Ni idea de por qué.
Tras unos segundos, él me echó una mirada de aprobación.
—Fíjate, ya está.
Ni si siquiera me había dado cuenta. Gracias a sus palabras estaba junto al caballo, y el animal estaba quieto y tranquilo. Me atreví entonces a acariciarlo y el caballo lo permitió. Resultó tan agradable, tan increíble, que olvidé la humillación y el enfado.
—Ahora te subirás a él —dijo Adrik.
Primero me explicó dónde debía poner el pie y cómo impulsarme hacia arriba. Después, al intentarlo, fallé y automáticamente me puse a la defensiva, lista para afrontar su burla. Solo que no se burló, lo cual fue inusual para mí. Tomó aire y volvió a indicarme los pasos. Iba a fallar en mi tercer intento, pero él terminó aupándome por la cintura (¿por qué había sentido un raro cosquilleo?) y, cuando menos me lo esperaba, logré estar sobre el caballo.
El triunfo me emocionó y sorprendió al mismo tiempo.
—Oh, Dios, estoy arriba —dije, mirando hacia los lados con una sonrisa de satisfacción en la cara.
Adrik asintió desde su posición, como un profesor satisfecho de sus enseñanzas. El cabello azabache despeinado le brillaba, y sus ojos grises por la genética Cash no parecían tan obstinados.
—Lo demás será sencillo.
—Gracias, yo... —intenté decir, aún entusiasmada, pero él me cortó.
—Estoy aquí para enseñar a cualquiera que necesite aprender, no te confundas —zanjó con un tono neutral.
Por alguna razón, eso me dejó callada.
Bueno, había logrado lo que necesitaba. Ahora quería aprender a cabalgar. Me preparé para esa parte, pero entonces oí unos relinchos y Hades entró a toda velocidad al campo de prácticas. Se detuvo en una estúpida e irreal pose imperiosa con Aegan sobre él, quien se bajó de una manera ágil, demostrando que aquello se le daba más que bien.
En su rostro resplandecía esa insoportable sonrisa de superioridad.
—Parece que Driki hace milagros —dijo, mirándome sobre el caballo—. Puede hacer que un cactus aprenda a sobrevivir en el frío, si quiere.
Abrí la boca para rebatirle épicamente, pero Adrik intervino e hizo algo que ni en un millón de años me habría esperado.
—Yo acabo de llegar —mintió con indiferencia—. No tengo nada que ver.
Y, sin decir más, se alejó caminando hacia el establo de nuevo.
En cuanto Aegan y yo nos quedamos solos, puse mi cara más seria y me bajé del caballo. Pasé junto a él, ignorándolo, y avancé en dirección a la puerta trasera de la casa club, lista para largarme de allí. Escuché sus pasos rápidos detrás de mí. Intenté no dirigirle la palabra, pero él tuvo el descaro de preguntar con cierta diversión e incredulidad:
—¿Qué? ¿Estás enfadada?
¿Que si estaba enfadada?
¿QUE SI ESTABAENFADADA?
Mi furia podía alimentar tres países en crisis.
Pero no podía demostrarla. Se suponía que él me gustaba. Una novia enamorada era paciente.
—No —le mentí, tensa, conteniendo mi ira.
De forma intencional, él me detuvo en el vestíbulo para sonreírme en una promesa de caos.
—Qué bien —exhaló— porque ahora que formas parte del club podemos hacer muchas cosas juntos, así que ven mañana.
Mi enfado me hizo hundir un poco las cejas.
—¿Qué plan hay para mañana? —pregunté en un tonillo odioso.
Aegan me guiñó el ojo.
—Ya lo verás.
Se despidió de mí dándome la espalda y avanzó por el pasillo, rumbo a quién sabía qué parte del club, confiado, triunfante, orgulloso de sí mismo. No tuve más remedio que irme.
De acuerdo, a pesar de ese horrible momento con el fallo al subirme a la yegua, no me rendiría porque, al final, el día no había estado tan m*l. En realidad, había descubierto algo: la puerta, esa que Aleixandre había dicho que debía estar cerrada.
Tenía que ver qué había tras ella.
Y también tenía que encontrar formas más inteligentes de fastidiar a Aegan mientras mis investigaciones sobre Eli duraran, y sobre todo antes de que mi tiempo como su novia terminara.