11 Ring, ring... ¿Sí? ¿Quién es?

4628 Words
Lo confieso, no dejé de pensar en el «ya verás». Dio vueltas burlonas en mi cabeza, inquietándome. ¿Qué iba a ver? ¿Tenía un plan? Maldito Aegan, hasta con dos simples palabras lograba poner nervioso a cualquiera. ¿Es que nada lo ponía nervioso a él? Claro que sí. Seguía siendo humano. Tenía debilidades, puntos que atacar. Tal vez el asunto de Eli era uno de esos puntos. ¿De verdad se había ido en un coche alquilado? Pero ¿a dónde? Si se había ido por voluntad propia, ¿por qué se la veía tan asustada en la grabación? Quería averiguar más sobre ella, y luego... Kiana me interceptó de repente en uno de los pasillos; parecía un poco agitada, como si hubiese estado buscándome por todas partes. Ese día, su largo cabello estaba trenzado al estilo Daenerys Targaryen, lo cual combinaba bien con su parte ruda, pero no tan bien con su ropa de artistapacífica. —Hay un rumor —me soltó con gravedad. —¿Cuál? —Entorné los ojos. Dash apareció también, apurado y resplandeciendo con una bufanda de lentejuelas verdes. —¡Artie me dijo que lograste ir al club! —exclamó, ignorando lo que había dicho Kiana—.¿Cómo es? ¿Qué hacen? ¡Cuenta, cuenta! Sin darme tiempo de decidir a quién contestar primero, tiraron de mí para llevarme a un aulacercana que estaba vacía y cerraron la puerta. —Dicen que Aegan te tiene miedo porque eres agresiva y tienes problemas de ira —informó Kiana al instante. —Muy a lo Emma Roberts... —complementó Dash. Me quedé boquiabierta. —¿En serio? —Sí, y que le montaste una escena en el club y casi lo golpeaste —continuó Kiana. Pero ¡¿qué demonios?! De acuerdo, le habían puesto demasiada creatividad a la transformación del chisme. ¡Yo no era Emma Roberts! ¡Y Aegan, en definitiva, no tenía la inocencia de Evan Peters, gente! —Eso no pasó así —les dejé claro—. Ni intenté golpearlo ni fui agresiva. —¿Cómo pasó entonces? —me exigió saber Dash, haciendo un gesto de «no te guardes nada»—.¿Y cómo es el lugar? ¿Es verdad que hay un cuadro de Aleixandre desnudo? Les conté cómo había sucedido lo de mi supuesta «escena». Agregué lo de los caballos y luego llegué a lo más importante, que se trataba de un sitio común y corriente. Sin cuadros de nadie desnudo. Sin objetos sospechosos. Lo único extraño había sido esa puerta y la actitud de Aleixandre al cerrarla, y eso no iba a decírselo a nadie. Mi investigación sobre Eli y cualquier otra situación extraña eran un secreto. Dash puso cara de desencanto total. —Qué decepción... —suspiró, dramático—. Pensé que sería como una sociedad secreta en la que hacían orgías y tomaban vinos extraños. Kiana y yo lo miramos con rareza. Ejem... Por otro lado, aquello era el colmo. —No puedo creer que hayan colocado a Aegan en la posición de víctima —resoplé—. ¿Qué dirán mañana? ¿Que hizo un milagro y que lo van a beatificar vivo? Kiana se quedó pensativa. Por primera vez me fijé en que sus uñas eran pequeñas e irregulares. Uñas así indicaban que se las mordía, lo cual a su vez indicaba que era una persona nerviosa. Aunque no lo parecía. Kiana era segura y osada, alguien que no temía dar su opinión y que cuando hablaba captaba la atención de la gente por la sensatez de sus palabras. Pero ¿qué había aprendido ya? Que en Tagus todos eran lo contrario de lo que aparentaban. ¿Qué podía causarle ansiedad a una chica como Kiana? —Creo que me estoy dando cuenta de algo... —murmuró tras su análisis—. Y si es cierto, él no es i****a. Es un tipo inteligente que se hace el i****a. —Bien, cuenta —dije, con curiosidad. —Aegan te ve fuerte y decidida, y como no puede atacarte directamente, buscará ponerte en situaciones que no puedas manejar para que te quiebres y dejes de ser un obstáculo —teorizó—.Salir contigo y tenerte cerca le ayuda porque puede estudiarte y buscar tus puntos débiles. ¿Era posible que Aegan estuviera haciendo conmigo algo parecido a lo que yo estaba haciendo con él? ¿Por eso quería que fuera su novia? Me sorprendió entender que tenía sentido. En el club había hecho el ridículo porque no sabía cabalgar. ¿Y de quién era la culpa entonces? Mía, por no haber aprendido nunca a montar. Solo yo había pasado vergüenza. Él no. —Oh, es como robar un banco desde dentro —dijo Dash, asombrado. —Tal vez debes meterte más en tu papel de novia —me sugirió Kiana—. Aegan podría estar sospechando que no te gusta. Intenta otras cosas. —¿Como cuáles? —pregunté en busca de otras opciones. Los dos esbozaron una sonrisita pícara. —Ya sabes... —dijeron al unísono. Oh, sí que lo sabía, pero no quería ni siquiera pensarlo. Consideré que tal vez Aegan no prestaría atención a esos rumores, pero ¿es que todavía no había aprendido nada? En Tagus, la mayor responsabilidad de los alumnos era no avergonzar a sus familias. Lo tenían todo resuelto: las cuentas, el transporte, la vida. Sus prioridades eran únicamente ellos, y cuando solo te importas a ti mismo, las desgracias ajenas o no te interesan o simplemente te entretienen. En Tagus solo te entretenían. Y aun sabiendo eso, no tenía ni idea de lo que me esperaba esa tarde. Fui al club después de clase. Sorprendentemente, Aegan me recibió en el vestíbulo. Llevaba un short y sandalias playeras, e iba sin camisa. Los tatuajes de su antebrazo resaltaban como obras de arte, dándole un aspecto rudo que de seguro le gustaba mucho tener. Sus gafas de aviador estaban sobre su cabeza y sostenía un vaso con algún tipo de cóctel. No me saludó, fue directo: —Tengo algo para ti. Me entregó una caja blanca. Medio desconfiada, abrí la t**a, saqué lo que había dentro y lo contemplé: un biquini que tenía estampados unos dibujos de pequeñas bananas. —No fue difícil adivinar tu talla —comentó él, divertido. Por el repaso burlón que me echó, entendí que lo decía por mis inexistentes curvas. Sí, yo era medio plana. —¿Para qué es esto? —pregunté, ignorando su comentario y mirándolo alternativamente a él y a la prenda—. ¿Ahora quieres un desfile sobre caballos? —Para la piscina. —Soltó una risa muy tranquila. —Aquí no hay piscina. —Claro que la hay —dijo con obviedad—. Bueno, antes no. Es algo que incluimos el año pasado, cuando remodelamos la terraza. Puedes usar el baño para cambiarte. —No quiero ponérmelo —me negué de inmediato. Él dio un paso adelante. Alzó su mano y me pellizcó la mejilla con «cariño». —Estarás muy guapa —me aseguró con una sonrisita burlona—. Te espero arriba. Me guiñó el ojo y se alejó con su e******o vaso en la mano. Entré en el baño, que tenía un espejo que permitía verte hasta por debajo de la cintura. Me miré en él con una pieza del biquini en cada mano, sosteniéndolas como si fuesen algo extraño. En mi reflejo, mi cara de «no me lo puedo creer» fue de escena de comedia. Un biquini. De bananas. Para ir a una piscina. Pero ¡¿por qué bananas?! ¡Era horrible! De alguna forma, me imaginé a Aegan mientras caminaba, riendo con malicia por haberme tomado por sorpresa, pero inhalé hondo porque no, Aegan, yo no era de las que salían corriendo. Si creía que con esto iba a intimidarme, estaba equivocado. Me quité la ropa, me puse el biquini y las chanclas y me dejé el cabello suelto. Miré de nuevo mi reflejo, y me pareció bien lo que vi. Otra de mis características: no prestar nunca atención a mis complejos. Por supuesto que los tenía, como toda humana, pero, no sé, mi capacidad para restarle importancia a las cosas me ayudaba a decirme a mí misma: «Esto es lo que eres y te aguantas». Más sencillo y menos tortuoso. Finalmente salí del baño. Una escalera añadida de forma extra en la parte trasera de la casa me llevó a la terraza, que parecía una zona muy distinta a la de abajo. Ahí todo era más moderno. La piscina era grande, muy azul, y varios chicos, incluido Aleixandre, estaban jugando a vóleibol acuático. Apenas me vio, con los brazos extendidos hacia arriba, el cabello mojado hacia atrás y su gran sonrisa me gritó: —¡Jude! ¡Lánzame una banana que tengo hambre! Lo ignoré y seguí. También había un área de sillas para tomar el sol, una barra de bar y una caseta de DJ desde la que salía música. Alrededor, barras tiki, lámparas, algunos sofás y sombrillas. Lo más importante: había unas cincuenta personas. Y parecían haber sido seleccionadas estratégicamente. En su mayoría eran del círculo cercano de los Cash. El resto eran de círculos importantes en Tagus. Eran más chicas que chicos. Chicas con cuerpos tan fitness que me dieron hambre, melenas largas y perfectas, algunas con asombrosos labios rellenos, uñas pintadas de colores mates y bronceados delicados. En resumen: comparada con ellas, yo parecía un fideíto, un adefesio, un m**o pegado en el labio superior de un feo. Un m**o con un ridículo y e******o bañador de bananas. Ni siquiera tardé dos minutos en comprender qué estaba pasando. Toda esa gente ahí, todas esas chicas hablando con curiosidad, con ansias de elaborar una buena historia... El rumor. Aegan quería testigos que pudieran confirmar el rumor de que yo era agresiva y podía golpearlo. Pero... para eso yo tenía que montar alguna escenita o comportarme como el día anterior al presentarme en el club. Aegan debía de estar seguro de que eso sucedería. O seguro de que él haría que sucediera. Pues ya vería. Avancé con la cabeza en alto y fui directa hacia donde estaba Aegan, cerca del borde de la piscina. Hablaba con su grupito de siempre y con algunos chicos y chicas engreídos que no reconocí. Mientras me acercaba tuve que admitir que el condenado resaltaba, que emanaba algo que te impedía dejar de verlo. Me pregunté: «¿Por qué, Dios? ¿Por qué a veces haces que la maldad se vea hermosa?». —¡Ah, Jude! —exclamó él en cuanto me detuve a su lado, y luego preguntó a todo su círculo—: Ya la conocen, ¿no? —Claro, es todo un personaje —dijo una de las chicas. Y con una sonrisa me echó un repaso lento. Noté la chispa despectiva al fijarse en las bananos de mi biquini. Activé a la Jude que Aegan no esperaba. —¡Hola! —saludé con mucha afabilidad a los presentes—. Y hola, cariño. —Tuve que ponerme de puntitas para lograr darle un cariñoso beso a Aegan en la mejilla. Como toque adicional entrelacé mi mano con la suya y me pegué a su brazo, sonriendo ampliamente y con felicidad. Que me mirara por un instante con los ojos medio entornados me hizo entender que lo había tomado por sorpresa con ese gesto dulce, pero no lo demostró. De todas formas, me mantuve así, pegada a él. Su mano era muy grande entre la mía. Habían dicho que yo era agresiva, ¿no? Les demostraría que era todo lo contrario. —Es sorprendente que estén juntos —comentó divertido un chico del círculo al vernos en ese plan— porque parecía que se odiaban. Oh, nos odiábamos mucho, sí. —Es que Aegan no quería admitir que el hecho de que yo lo desafiara, le gustó. —Reí con dulzura. Él esbozó una sonrisa de labios pegados, falsa. —Claro, y tú no querías admitir que me desafiaste porque te gusté en cuanto me viste —replicó. Ambos emitimos una risita estúpida. Qué hermosa nuestra relación artificial, ¿verdad? Añadí un comentario para todos. —Miren, les juro que una vida no es suficiente para describir cuánta suerte tengo. —Parecía la ganadora de un Oscar diciendo esa ridiculez, en serio—. Cada día, cuando me despierto por las mañanas, digo: «¡Hoy soy la novia de Aegan Cash! ¿Es que Dios no me ha dado ya todo lo que necesito?». Suspiré para añadirle drama al momento y luego intenté hacer lo que ya sabía que, por desgracia, debía hacer. Besarlo. Sí, debía hacerlo. Si quería convencer a todos de que Aegan me gustaba, tenía que sacrificarme. Me pegué muchísimo más a él y coloqué las manos sobre su pecho para acoplarme mejor. Desde esa reducida distancia, me di cuenta de que olía a perfume caro y de que se podía percibir el calor enérgico que emanaba su piel. Por desgracia, Aegan era de esos tipos que tenían el infierno en los ojos y, aun así, cualquier chica deseaba como una estúpida quemarse en él. Hice un enorme esfuerzo para no darle un empujón y apartarlo de mí. De hecho, hasta intenté encontrar en él algo que me gustara un poco, algo que no hiciera que me resultara tan desagradable en ese momento. Iba a besarlo. Iba a besarlo. Iba a... Ay, no, asco, ¡asco! ¡No quería! ¡No quería! El señor destino me salvó. —Oye —me dijo alguien de repente, poniéndome una mano en el hombro. No hubo beso gracias a esa inesperada pero bendita interrupción. Aegan me soltó y se apartó al mismo tiempo que yo me giré para mirar a la persona que había hablado. Era una chica que no conocía, que sostenía una bebida a medio terminar y que, punto importante, tenía los ojos achispados por la ebriedad. Su expresión era de curiosidad e intentaba buscar algo en mi cara. —Esto sonará loquísimo, pero tu cara me recuerda mucho a la de una chica que me atendió en el Starbucks de mi ciudad —añadió. Sentí que todas las miradas del círculo y, sobre todo, la de Aegan se deslizaron hacia mí. —Eh, nunca he trabajado en un Starbucks —le respondí con desconcierto. Ella entornó los ojos y se balanceó sin darse cuenta, al perder un poco el equilibrio. —Sí, tal vez me he confundido. —Esbozó una sonrisa divertida e incoherente—. Su cabello era rojo, pero es que te pareces bastante a ella... Estaba a punto de decirle que en verdad no era yo cuando, de repente, recibí el impacto de un balón de vóleibol en la mejilla. Sí, así como lo lees: un balón me dio en la cara. ¡¿Es que no podía tener un poquito de suerte?! Me tomó unos segundos entender que había sido atacada, porque el balón con el que habían estado jugando en la piscina fue lanzado con tanta fuerza que fue imposible de parar, y como si mi carita fuese un imán de desgracias, dio contra ella. Fue gracioso, visto desde fuera. La pelota me aplastó la mejilla y, por la fuerza del golpe, me caí al suelo. Sentí un caliente e intenso latigazo de dolor en la mandíbula. Algunas personas se concentraron a mi alrededor. Escuché voces y preguntas. Por unos segundos, los vi borrosos debido al aturdimiento, pero en cuanto todo se aclaró un poco, me di cuenta de que la gente me miraba como si fuera el mejor chisme, que los chicos de la piscina, incluido Aleixandre, habían salido a ver si no me habían matado. A pesar de eso, me concentré solo en que Aegan intentaba aguantar la risa con todas sus fuerzas. Un instante después, estalló en una carcajada, y como si con ella diera permiso al resto de los presentes, todos los demás se rieron también. —Jude, ¿te ayudo a levantarte? —me preguntó Aleixandre entre las risas sin unirse a ellos, y me extendió la mano. Como reacción natural, acepté su mano para ponerme en pie. El dolor se expandió hasta mi frente y nariz. Solté un quejido. Aegan siguió con su ataque de risa; se reía tanto que parecía que se iba a orinar. Deseé que se atragantara con su propia saliva y se muriera ahí mismo. —Tu cara... —soltó entre carcajadas—. Tú... Fue... Te quedó la marca... Déjame... hacer... Hacerte una... Trató de sacar su teléfono para fotografiarme. En cuanto lo tuvo en la mano, me golpeó una rabia tan intensa, tan vengativa, que solo quise abalanzarme sobre él y quitárselo de la mano con un insulto, pero mi mente me gritó: «¡No! ¡¡¡No!!!», porque hacer eso le serviría a Aegan para mostrarme como una chica violenta. Con todos mirándome, quedaría peor. Conteniendo la ira, mi única opción era salir de ahí antes de que me diera igual lo que dijeran los demás y me lanzara a ahogar a Aegan en la piscina. A zancadas rápidas me dirigí a las escaleras para abandonar la terraza. Me dolía la nariz, la mejilla, parte de la boca e incluso estaba algo mareada, pero la rabia por las risas y por la hipocresía me impulsaron a meterme en el primer lugar que vi: el establo. Empecé a patear el heno como una loca furiosa. —¡Maldito Aegan! —chillé—. ¡Te odio! Los caballos miraron mi show. Algunos relincharon como diciendo: «Ey, loca, ¿por qué montas ese escándalo en nuestra casa?». La verdad es que parecía una histérica, pero si no me desahogaba de ese modo iba a darme un infarto. Tenía que liberar la rabia o me desmayaría. Así que despotriqué durante unos minutos, soltando groserías e insultos, hasta que el señor destino dejó de estar de mi lado, se me enredó el pie en el heno y caí al suelo como una estúpida. Me llené el trasero de heno, tierra y piedrecitas. Medio temblando y medio mareada, me levanté, me sacudí, y cuando me di la vuelta para irme, me topé con Adrik, que estaba ahí mirándome. Llevaba puesto un atuendo que lo hacía parecer un mozo del establo. —Si destrozas el heno, solo me haces más difícil el trabajo —me dijo, ceñudo. Quise soltarle: «¿Qué haces ahí? ¿No puedo tener algo de privacidad para explotar?». Pero tenía más sentido su presencia en el establo que la mía. —Lo siento —me disculpé, intentando recuperar un poco de calma—. No sabía que te encargabas de limpiar este lugar. En ese momento pareció darse cuenta de que iba en biquini y de que estaba hecha un desastre, porque me miró de arriba abajo con una expresión incrédula. Sentí la necesidad de cubrirme porque cuando Adrik te miraba de esa manera, tan fijamente y con tanta atención, daba la impresión de que estaba viendo hasta tus órganos. —No creo que esto sea lo que estoy pensando —comentó él, dudoso, refiriéndose a mi situación. —Depende, ¿estás pensando que soy una estúpida, ridícula, medio desnuda que lo hace todo m*l? —Una parte de eso —admitió con un mohín de duda. —Pues sí, estás en lo cierto —le concedí. No le importó mucho. Procedió a dejar el heno sobre una p**a, luego se sacudió las manos y cogió un rastrillo que había contra una de las paredes. Comenzó a recoger el heno que yo había desperdigado. Tuve la impresión de que era el único que se dedicaba a mantener ordenado el establo. Supuse que ya debía irme, pero... —Lo que sea que te haya pasado ahora, es culpa tuya —se atrevió a decirme. Abrí y cerré la boca para decir algo hiriente, pero solo me salió: —¿Por qué? —¿Por qué eres su novia si lo odias? —inquirió en una inteligente respuesta. Recurrí a las mentiras. —Yo no lo... —Te odio, Aegan —me interrumpió, imitándome—. Maldito seas, eres un imbécil, ojalá pudiera patearte la cara como estoy pateando este heno. Vaaale, me había oído. Eso sí que había sido e******o por mi parte. Creí que había arruinado mi imagen de novia enamorada hasta que él elevó la comisura derecha en una sonrisa agria, pero divertida. —Fue casi una declaración de homicidio —opinó. —Bueno, no lo dije en serio —traté de arreglar mi error—. Solo es que estaba enfadada, pero ya se me ha pasado. No me creyó. Negó con la cabeza y uno de los caballos pareció emocionado de que Adrik estuviera cerca rastrillando el terreno. —¿Quieres un consejo de verdad, Jude? —dijo de forma inesperada—. No eres tan tonta como te gusta aparentar. Si quieres hacer algo bueno, si en verdad no quieres seguir pasando por estas cosas, aléjate de nosotros y ocúpate de tus estudios. No le veo sentido a que estés con él si te hace pasarlo tan m*l. Me quedé estupefacta... ¿Me estaba dando un buen consejo? ¿Él? ¿A mí? ¿Me lo creía o no me lo creía? —Es... complicado —decidí decir. Luego recuperé cierta firmeza—. E igual no hablaré de esto contigo. Sé que los tres pueden conspirar para... Me interrumpió: —La última vez que conspiramos teníamos nueve años y tratábamos de decidir si encerrábamos a Aleixandre en el armario o en el sótano. —Detuvo lo que estaba haciendo y se apoyó en el rastrillo. Entornó los ojos y me miró—: ¿O tú crees que nos reunimos los tres para planear cómo fastidiarte la vida? Lo que sí creía era que eran crueles, muy crueles. —Es que... —El mundo no gira alrededor de ti, Jude —volvió a interrumpirme, esta vez con hastío. —Pero ¿sí gira alrededor de los Cash? —rebatí, enarcando una ceja. —De nadie, sobre todo no lo hace alrededor de Aegan. —Se rio con tranquilidad, y volvió a su tarea de juntar el heno—. Pero no hablaré de esto contigo. Según tú, somos el enemigo, ¿no? Mejor nos vemos en tu próximo momento ridículo. Muy astuto. Bueno, no podía quedarme hablando con el más inteligente de los Cash, y menos con el enfado que todavía burbujeaba en mi cuerpo. Avancé para irme de allí sin decir nada más. Quería estar lejos de ese club durante unos días. —Jude —me llamó Adrik justo antes de salir del establo. Me di la vuelta. Por un instante pensé que me diría algo importante. Ni idea de por qué lo pensé, pero lo pensé. —¿Qué? —Tienes una rama pegada en el culo —me informó con total naturalidad, como si tener ramas en el culo fuera de lo más común. Genial. Me retorcí para mirarme como un perro cuando se gira para mirar su cola y despegué la rama de la tela del biquini. Adrik enarcó una ceja y, finalmente, siguió con lo suyo. Un momento, ¿me había mirado el trasero mientras me iba y por eso vio la rama? Sea como sea, entre bufidos salí de ahí y fui al baño para ponerme mi ropa. Había muchas cosas en mi cabeza y necesitaba respirar lejos de ese club o, si no, no lograría seguir con esa mentira. Me apresuré a vestirme, abandoné el baño y fui directa hacia la puerta de entrada, todavía discutiendo conmigo misma mentalmente. Justo cuando pasaba por el vestíbulo, como si hubiese estado pactado por el destino que mi curioso oído lo escuchara, el teléfono que había en una de las mesitas de la sala común empezó a sonar. Pude haberme ido, pero como no podía evitar meterme en lo que no me incumbía, me acerqué y atendí la llamada. —¿Hola? —¿Sascha? —preguntó una voz masculina del otro lado. Tenía una nota divertida y medio ebria —. ¿Dónde está Aegan? No sabía quién rayos era Sascha, tal vez una de las chicas del círculo de Aegan, pero como una pequeña venganza no le dije a esa persona que yo no era Sascha. Igual, si no era capaz de reconocer una voz diferente... —Está en el baño con diarrea —contesté—. Llámalo a su móvil. Iba a colgarle, pero dijo: —Es que he perdido mi teléfono porque... —Soltó una risa pícara—. No importa, dale mi mensaje, ¿vale? Voy a llegar tarde porque el vuelo se ha retrasado. Sé que me tocaba enviar el código que se usará esta noche en el club, pero no podré. Que le pida a Aleixandre que lo haga, que él ya sabe que el código es «magumbos». —Otra risa—. Que no pregunte de dónde lo he sacado. Te veo más tarde, preciosa. Y colgó. ¿Un código para usar en el club? Un código que además era una referencia a un capítulo de Los Simpson. Pero ¿en qué parte del club? No había visto nada en ese lugar que requiriera poner un código. Me pareció absurdo; en ese instante no logré conectar esa información con nada porque mi cabeza todavía estaba un poco afectada por el golpe. Pero de repente mi mente se iluminó y uní un hilo con otro... La puerta que Aleixandre había dicho que debía estar cerrada... Un código... ¿Y si tras esa puerta había que poner un código? Oh, Dios. Oh, Zeus. Oh, Goku. ¿Acaso sí había un secreto oculto en ese club? ¿Acaso esa era la noche perfecta para descubrirlo? Debía volver esa noche para ver a qué se refería el chico del teléfono. Lo malo: eso no podía hacerlo sola, y solo había una persona que podía ayudarme. Me fui directa al apartamento en una de las bicicletas de alquiler para los alumnos, fantaseando con tomarme algún analgésico para mi pobre carita. En cuanto llegué al apartamento, abrí la puerta emocionada. Artie estaba inmersa en sus tareas, con el portátil sobre las piernas y las gafas en la punta de la nariz. Me miró con confusión por mi agitación. —Necesito que seas mi botón de emergencia —le solté. Puso esa cara de duda, nervios y miedo que ya me estresaba un poquito. —¡¿Qué?! —Iré al club esta noche porque sospecho que Aegan llevará a una chica —mentí—. En todo momento tendré mi móvil en la mano, y si llegase a tener problemas o a pasarme algo... —¡¿Por qué te puede pasar algo?! —me interrumpió, horrorizada. —Es que Aegan no sabe que iré —le dije con obviedad—. Y precisamente por todo lo que me contaste de Eli, debo tomar cualquier precaución, así que si llegase a suceder algo raro presionaré un número y recibirás una llamada mía. Sabrás dónde estoy y que necesito que vayas a buscarme con Kiana y Dash. Puso cara de duda. De mucha duda. —Igual no me pasará nada, porque no voy a hacer nada peligroso —quise asegurarle para que no se asustara—. Solo quiero que activemos ese botón de emergencia para ambas a partir de ahora. El botón de emergencia es muy beneficioso, ¿eh?, sobre todo si tienes tendencia a meterte en problemas, como yo. —Bueno, está bien —aceptó finalmente. Ahora yo tenía que concretar mi plan. Jude detectivesca: activada.
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