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¿...y como moriste tu?

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...aún no sabemos si vivimos vidas pasadas o si comenzamos en esta nuestra existencia. Un cuento de fiction dónde una persona debido, por cierta circunstancia de la vida pierde algo muy preciado y tiene otra oportunidad para recuperarlo.

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"En la consulta con el doctor "
Deseaba desesperadamente que llegara el doctor y me dijera lo que tenía. Aunque ya el dolor había desaparecido por los medicamentos, aún sentía que algo no andaba bien conmigo. En mi mente sonaba una voz interior que me decía que el último trago de alcohol había dañado algo. Ya no sentía la garganta con carraspera, como en los primeros días de internación. En esos momentos casi no podía tomar ni agua. También había recuperado el color de los labios, que permanecieron azulados, demacrados y despellejados derivado de la deshidratación, por varios días. El cuerpo me respondía bien, pero algo me decía que las noticias no eran buenas. El olor a hospital siempre me pareció desagradable. Tan limpio todo, una pulcritud tal que se podía sentir hasta el olor a creolina en el baño que estaba contiguo a la habitación. Dos mamparas verdes me separaban de la entrada a una puerta que permanecía abierta, y que fue por dónde salió la enfermera que me ordenó aguardar al galeno que quería darme las recomendaciones médicas.Yo aguardaba en la camilla ya sin sábanas ni almohadas, hurgando en mis pertenencias de manera tal que constataba que no faltará nada, pues me trajeron sin conocimiento y recuerdo bien todo lo que tenía en el bolso antes de perder la noción del mundo. Estaba desesperado. Mis piernas colgaban y las movía impacienteme hacia adelante y hacia atrás en espera de que en cualquier momento apareciera el dichoso señor con el papel del egreso médico y me dieran una vez más la cháchara sobre lo perjudicial de las drogas. Estaba claro que esperar estaba dentro de las reglas de la vida, sobre todo en un hospital, pero había pasado tanto tiempo en aquella insípida habitación, toda iluminada por el sol que entraba por una ventana de cristal, que ya no entendía de esperas. Por otra parte, el mensajito de la consciencia que me advertía del daño, seguía haciendo lo suyo y el baboso que no aparecía... En el marco de la ventana una mosca se montaba a la otra. Trataba de encontrar la paciencia mirando a través del cristal en una mañana de verano y vi el espectáculo. Yo como si fuera problema mío, me tomé en serio la idea de matarlas de un manotazo. Estaba tan aburrido y molesto con la larga espera que me sentí con el derecho de probar a ser Dios, privando de la vida a dos animales que estaban tratando de perpetuar su especie, así que despacio fui deslizandome en el suelo y una vez de pie, caminé hasta la ventana con cuidado de no azorarles para acabarles la existencia de felicidad. Pero nada más que asomé mi cabeza al cristal se fueron volando. El sol me daba en la cara y cerrando los ojos pensé: -que manera tan vil tienes de demostrar tu envidia al ver que otros seres vivos se divierten - Me sonreí y comencé a dar unos pasos cortos y cronometrados cómo si de una manecilla de reloj se tratara, de un lado al otro del espacio, mientras examinaba con detenimiento los aparatos que estuvieron atados a mi cuerpo, traté de recordar dónde había quedado el resto de la botella que no pude terminar... ...sentí que unos pasos invadieron el cuarto y me voltee. No pude hayar en mi mente dónde fué, pero me consola a que en toda la casa yo tenía alguna que otra reserva oculta Allí estaba el señor que me daría la salida a la calle. Yo no hacía más que pensar en llegar a casa, buscar en mis reservas el más fuerte de todos y darme un trago gigante. El tipo no traía buena cara. Me miraba con angustia, se podía notar en sus gestos preliminares al discurso que nada bueno venía a enunciar. Vestía todo de blanco como los médicos lógicamente, pero yo veía más blancura en su cuerpo, cómo una especie de aura positiva. El loco resplandecía y el batazo fue cuando con una voz de angel el sabiondo me dijo que no podía beber más alcohol. !pahhhh! ¡De que me está hablando este loco! Decirme a mi que dejara de tomar alcohol. El trago era mi vida, no podía renunciar así...no pude más y me le eche a reír en la cara. Me miró seriamente y como cuando un padre regaña a un hijo con la mirada y así se quedó hasta que yo terminé mi carcajada estupida. Cuando ya se acabó mi ruido, al ver que aún permanencia el individuo observando cada paso que yo continuaba dando a aquél espacio que ya aborrecía. Me digné a encararlo y le pregunté con mucho énfasis, cuál era el motivo de su afirmación. Fue amable y rápido su respuesta, en un idioma medio inentendible, plagado por palabras técnicas que se entreveraban con las conocidas a las cuales yo asentía con la cabeza de manera mecánica. Solo se quedó dando vueltas de toda aquella verborrea -"hígado dañado..."- Mi mente lo único que repetía sin parar era: - Te lo dije...ese trago te llegó hasta las entrañas...Te lo dije...- Me senté de vuelta en la camilla. El angel mensajero se quedó agarrando el papel del egreso con una mano y la otra me la puso en el hombro y como si me amara con toda su vida me dijo: - Sé que es difícil vencer un vicio de un momento a otro. Es casi imposible renunciar a un vicio que está tan arraigado en nuestra vida. Máxime cuando nuestra cultura constantemente nos incita a la ingestión de bebidas alcohólicas. Yo no puedo hablarte de otra oportunidad, porque te estaría diciendo mentiras. Tu oportunidad es esta. La tomas o la dejas. Comienzas a revertir está situación desde hoy en adelante o te quedas muerto en la próxima borrachera...- Me quedé mudo. La cosa era muy seria. No se trataba de un consejo cualquiera.Nunca me habían puesto coto. En esta ocasión lo diferente era que me estaban poniendo a escoger entre la vida y la botella, nada de consejitos bobos sobre las posibles consecuencias. El hombre con su mano me estaba transmitiendo un mensaje divino. Sentí como si me estuvieran hablando desde el cielo. Tanto amor pude percibir en esa mirada que acompañaba la charla que yo solo atinaba a bajar la cabeza y a reflexionar. Parecía increíble que yo, el hombre de todas las vidas pudiera meditar en el sentido de aquella advertencia. El siguió hablando de historias de hombres que habían superado la adicción, de grandes hasañas del hospital y de su entrega a la medicina, pero yo solo discutía con mi voz interior. Pensaba en otras cosas que me ponian en peligro, tales como que afuera del hospital estaba Antonio esperándome con una botella de Buccanan, en el barrio Cuco me iría a buscar en cuato le llegara la noticia de mi regreso. Martha seguro que estaba deseosa de tomarse unas copas conmigo antes de cobrarme el dinero que yo le daba por sus servicios de meretriz. Josué me había prometido que me daría el Johnny Walker 30 años que heredó de su tío si yo le recitaba la poesía " El cuervo" de Allan Poe... Nada que el mundo que me esperaba allá afuera solo quería disfrutar conmigo de la vida, pero sin saber que eso podría significar mi final y yo amaba tanto existir que no pude más que preocuparme por la salida. No sabía cómo salir de aquel lugar y enfrentar la vida con esa nueva limitación.No sabía qué solución buscar para que todo no acabara en el primer buche de alcohol. El muchacho, terminó el sermón diciéndome que yo no estaba solo. que en el hospital existía un grupo de apoyo para personas como yo y eso me saco de mi cavilación. Con un salto me puse de pie frente a él. Ahí fue que noté su gran estatura...le miré a los ojos y estúpidamente le dije mientras le miraba su rostro, aún con algunas marcas del acné de su juventud. -Mijo, yo no soy alcohólico. Yo lo dejo cuando quiero, esa m@*#& no me va a quitar la vida. Es más, ahora mismo declaro que nunca más me voy a dar un sorbo ni siquiera de vino en la comida. Al decir esas palabras pude ver que se le iluminó el semblante.No se cuánta verdad habrá sentido en mis palabras que sin mediar palabras me abrazó fuertemente cómo cuando uno abraza a un amigo que no ha visto por mucho tiempo. Sentí el apretón de aquel fortachon oculto en la bata blanca, como si me hubieran puesto una camisa de fuerza. Trataba de safarme, pero no sé desprendía, el muy condenado... -¡...vale!¡vale! que no es para tanto, le dije dándole unas palmaditas en la espalda. -... solo es un viejo renunciando a sus malas costumbres jajaja...- dije mientras lograba apartarlo de mi y suspirar. Me entregó el papel, el caul tomé como si fuera para limpiar desecho y mientras me fue diciendo paso a paso lo que debía hacer para salir del hospital, yo hice como que recogía mis pertenencias. Me indicó hasta el trámite para solicitar un taxi. Recogía mis trapos mientras él me hablaba de la posibilidad de una reconsulta para saber cómo había evolucionado. Hablaba con tanto entusiasmo que me causaba hasta pena pensar que en las palabras de renuncia que le dije, podrían haber una sarta de mentiras utilizadas ya en varias ocasiones para salirme con la mía cada vez que me llamaban drogo-dependiente o alcohólico. Es que yo en el fondo sabía que el discursillo ese funcionaba y por eso era como la quinta vez que lo decía y daba frutos. Yo casi que me lo creía todo y cada situación era tan similar, pero tan distinta al mismo tiempo que eran dignas de guardarse o de llevar al cine para perseguir algún premio. Nada que con el tiempo uno acaba diciendo tantas veces una mentira que llega el momento que hasta se la cree. En esta ocasión yo dudé...

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