Hola, soy Ann Gutiérrez
Dicen que los sueños solo se cumplen para quienes no dejan de perseguirlos. Ann Marie Gutiérrez estaba decidida a demostrar que era cierto.
Orlando, Florida…
Una vez más, Ann vuelve a mirarse al espejo; lo lleva haciendo desde que salió de la ducha y, según ella, no encontraba qué ponerse. La jovencita de veintidós años intenta buscar la ropa adecuada para ir a la entrevista de trabajo que definirá todo su futuro.
—Vamos, Ann, solo elige algo adecuado, que diga que eres muy cuidadosa con tu imagen, pero que no fuiste a buscar un galán —se dice a sí misma.
Su miedo tiene razón de ser, a pesar de su gran rendimiento académico, el cual la llevó a graduarse con honores de la Universidad Estatal de Florida. La empresa por la cual quiere trabajar es tan imponente, que literariamente es considerada el olimpo del mercado hotelero. Su sede principal está en Grecia, siendo dirigida por el hijo mayor del matrimonio Constantino, Demitrius. La cadena tiene hoteles en más de cuarenta países, todos de lujo. Dudar no es lo habitual en ella; sin embargo, es una oportunidad única e irrepetible.
Así se lo externó su mentor universitario antes de su graduación. Trabajar con los Constantino es el deseo de todo joven recién egresado de la carrera de administración hotelera y, gracias a sus notas, ella pudo obtener aquella pasantía que le abrió las puertas ante un posible puesto.
Al final, opta por ponerse una falda asimétrica con detalles de botón lateral y dobladillo irregular. El color beige de la falda resalta la blusa de manga larga de satén color celeste que acaba de elegir. Su cabello lacio lo lleva en una cola media que deja relucir sus atractivos rasgos latinos y su tan mencionado «pico de viuda». Una pequeña rareza capilar que hace que la línea de nacimiento del cabello llegue hasta la frente, que dibuja una V. Así de especial puede llegar a ser Ann Gutiérrez.
—Mucho mejor —dice. —Muy bien, Ann, ya estás lista.
Toma su bolso, la carpeta donde lleva toda su información y sale de su reducido apartamento. Un reducido espacio de tan solo cincuenta y cinco metros cuadrados, con dos habitaciones. Lo compró con el dinero que le dio el seguro de vida de sus padres; luego estos fueron embestidos por el vehículo de una empresa de limpieza cuyo conductor le pareció buena idea saltarse la luz roja. Por culpa de aquel hombre, Martha y Leonel no pudieron ver lo que más deseaban en el mundo: ver a su pequeña graduada con honores de la universidad que tanto les costó pagar.
La joven respira profundo y besa la medalla que le regaló su padre cuando cumplió los quince años, la misma que no ha dejado de usar desde entonces.
Con mucha prisa, ella baja los escalones mientras lleva sus tacones en las manos. El ascensor del edificio está dañado desde hace dos meses y aún no lo reparan, hecho que comienza a incomodar a todos los inquilinos, incluyéndola.
Cuando sale al cálido clima que ofrece Orlando, aun a tempranas horas, encuentra a su amigo Daniel esperándola. Es un joven tres años mayor que ella, de piel clara, cabello rubio oscuro y ojos color miel, figura delgada y altura promedio. Es guapo y muchas chicas están enamoradas de él; no obstante, solo tiene ojos para Ann. Cualquiera se daría cuenta de los sentimientos de él hacia ella, menos ella. Su radar de coqueteo y de interacción con el género opuesto no siempre ha sido el mejor.
—Gracias por llevarme, Daniel, no quiero llegar tarde.
Le comenta Ann, cuando entra al Toyota Camry 2023, que, según él, utiliza como taxi.
—No tienes que agradecerme, de todas formas, es mi trabajo —le dice sonriéndole.
—Aunque trabajes haciendo Uber, no significa que yo me aprovecharé de mi mejor amigo.
Ella también le regala una sonrisa, mientras se pone sus zapatos.
Daniel intenta que no se visualice su incomodidad cada vez que escucha la palabra “amigo”. Es como si sintiera una estocada en el corazón. No porque le moleste, sino porque no ve a la joven como una amiga, más bien como algo más que eso.
—No te aprovechas, tú también me has ayudado —comenta sonriéndole. —¿Estás nerviosa?
—Un poco, sí —dice suspirando.
—Es normal, estarás bien.
Los dos van en una entretenida plática cuando media hora más tarde él se estaciona en frente del hotel Atenas Palace. Una magnífica estructura de más de novecientos metros cuadrados, sobre una superficie de sesenta y cuatro mil metros cuadrados, y de cuarenta y cinco pisos. Tiene seis mil ochocientas habitaciones, treinta restaurantes, más de once piscinas, un campo extenso de golf, 4 canchas de tenis y cuatro helipuertos. Su arquitectura está inspirada en las bases tradicionales griegas con un toque contemporáneo.
Describir el esplendor que irradia aquella maravilla sería algo complejo para Ann. En la pasantía fue un selecto grupo escogido para ingresar a las instalaciones; aun así, no pudieron estar en todas las áreas del hotel.
Respira profundo y da unos cuantos pasos, pero antes escucha lo que le dice:
—Ann. —Ella volteó a ver a Daniel. —Recuerda que me puedes llamar a cualquier hora cuando lo necesites, ¿entendido?
Ella asiente brindándole una sonrisa y termina de despedirse de él.
Con seguridad avanza mientras el chico la observa caminar desde su auto, esperando que, ahora que no hay una universidad de por medio, pueda darse cuenta de sus sentimientos hacia ella y por fin ser su novia. Ann solo tiene en su mente la oportunidad que le están por ofrecer, la oportunidad que, de tomarla, la llevará a la cima.
Camina por el vestíbulo decorado con un techo que cuenta la historia de Grecia; en el centro hay una escultura de la representación de la diosa Atenea. El color blanco deja que los diferentes tonos azules reluzcan en todo el lugar. Los muebles en tono tierra le dan un toque sobrio y elegante. Maravillada, se queda observando cada cosa que ve, así que ni cuenta se da cuando llega a la recepción y dos jóvenes con apariencia sofisticada la saludan con amabilidad, mientras le indican el piso hacia donde tiene que dirigirse.
Ella toma el ascensor que está apartado de los demás; es el que usa todo el personal que va hacia las oficinas del hotel. En los Estados Unidos hay más de diez hoteles; el primero en establecer el patriarca de los Constantino fue en Orlando, así que sus principales oficinas radican allí.
Se abre el ascensor y la joven continúa visualizando la grandeza de lo que significaría trabajar para ellos. Cada rincón del lugar está en armonía y los colaboradores del hotel son la prueba. Ella no es la excepción. Ann camina con porte y propiedad hasta el cubículo de la secretaria de Celia, la directora ejecutiva.
—Buenos días, señorita. Soy Ann Gutiérrez, vine por la entrevista que tengo agendada con la señorita Mylonas.
—Oh, sí, señorita Gutiérrez, puede sentarse, la señorita Mylonas está por llegar. Usted llegó muy temprano, eso le gustará —confiesa con amabilidad.
Ann le regala una sonrisa y se va a sentar hasta que llegue su entrevistadora, mientras la entusiasta y divertida Maya, la secretaria, conversa con ella.
Unos quince minutos después, llega la atractiva y exuberante Celina Mylonas. Una mujer de tez blanca, ojos cafés, cabello estilo bob castaño oscuro. Es de alta estatura y complexión delgada. Lleva un vestido blanco ejecutivo estilo chaqueta de la última colección de Chanel. En sus manos lleva una costosa cartera de la misma marca.
Con aires de superioridad se detiene frente al escritorio de Maya, quien se levantó de un tirón de su silla desde que vio salir a su jefa del ascensor.
—Niña… —le dice a Maya, ya que nunca recuerda su nombre. —¿Ya llegó la chica de la entrevista? —pregunta sin mirar hacia los lados.
—Sí, señorita Mylonas. La señorita Gutiérrez llegó hace más de veinte minutos. Es ella.
Dice la secretaria señalando a Ann. Celina voltea a ver a Ann, escudriñándola de pies a cabeza. Mira con gesto de fastidio cuando la joven le regala una sonrisa amigable.
—Bien, entonces empecemos. Niña, tráeme mi café. —Solícita, Maya asiente.
La mujer entra a su espaciosa oficina pintada con colores sobrios y algo ostentosa. Ann se sorprende, aunque no es su estilo. Ella es más del estilo sencillo y cálido, un lugar acogedor donde pueda trabajar a gusto. Celina, con mucha elegancia, pone su bolso a un lado, se sienta en su silla e invita a la joven a hacer lo mismo, toma su carpeta y empieza a estudiarla.
Ya Recursos Humanos hizo una exhaustiva revisión de los currículos que fueron enviados; sin embargo, Celina quería cerciorarse de que las tres candidatas elegidas por ellos eran las correctas para el cargo. Después de todo, la elegida será la secretaria de Demitrius, el presidente de todo el conglomerado, y si juega bien sus cartas, futuro esposo. Claro, luego de que busque la manera de ganarse a Dafne, la hija de diez años de su futura conquista.
—Graduada con honores e hiciste tu pasantía en nuestro hotel. Tienes muy buenas referencias, al parecer Henry quedó a gusto contigo —dice en un tono carente de alguna emoción. —Pareces estar calificada, es lo que queremos en este corporativo. ¿Sabes cuál es el puesto para el cual estás aplicando?
—Para cubrir una vacante en el área administrativa, justo donde trabajé en la pasantía…
—Esa es una, pero hay otra: ser la secretaria de Demitrius Constantino —revela la mujer. Ann se queda perpleja y trata de que su rostro no refleje su asombro, aunque no queda desapercibido para Celina. —Ya veo que te agrada la propuesta, aunque si quieres cubrir la vacante en el área administrativa, puedo aceptarla…
—No, señorita Mylonas, faltaba más. Yo puedo asumir el cargo como secretaria —dice con ganas de saltar de la felicidad.
Trabajar de manera directa para el mismo presidente de todo un imperio, no solo le dará peso a su currículum, sino que podrá adquirir conocimientos de la fuente directa.
—Bien, como quizás has leído, Demitrius es un hombre muy exigente y perfeccionista. No tiene tiempo para estar enseñándole a ninguna recién graduada su trabajo, así que te recomiendo que le lleves el ritmo. Empezarás desde hoy para ir preparando su llegada en un mes. Él tendrá las instrucciones de lo que quiere. ¿Entendido?
—Por supuesto, gracias.
—Bien, llamaré a mi secretaria para que te muestre tu puesto.
Ann asiente desbordada por las emociones que le invaden el poder trabajar de cerca con el hombre que admira tanto. Por sus adentros ruega que no pase ningún inconveniente que la lleve a equivocarse…