Demitrius se quedó observando cómo su joven asistente sale de la oficina, evidentemente, molesta. Y no es para menos, la mujer frente a él es descuidada y siempre quiere llamar la atención, sobre todo, la suya. Celia no sabe ocultar sus intenciones, a leguas se podría adivinar cuáles son sus deseos. Sin embargo, no está en los planes del caballero volver a casarse y menos con ella.
Si en algún momento le da una figura materna a su hija, no será alguien como Celia, quien solo se preocupa por su aspecto físico y guardar las apariencias delante de la sociedad en la que crecieron. Fue educada para ser la esposa trofeo de un poderoso empresario. Puede que él no estuviese de acuerdo con casarse con la madre de su hija, pero no puede negar que Samira era una madre abnegada y una fiel esposa. Es exactamente lo que necesita en su vida, una mujer amorosa, que derroche dulzura y amor.
—No puedo creer que tu asistente sea tan distraída.
Comienza a reprochar, la causante del incidente, sacando al hombre de sus reflexiones. Demitrius, de manera disimulada, pone expresión de fastidio y vuelve a su escritorio. Ella, sin pensarlo dos veces, va tras él.
—Celia, podrías ser más cuidadosa cuando entres aquí - le advierte. —La idea de cerrar todo el espacio, es para manejar a discreción las informaciones del hotel. No para que cualquiera entre cuando crea que es pertinente.
Le dice poniendo su atención en la computadora, mientras ella intenta hacer que él voltee a verla. A pesar de ser una mujer adulta, suele tener en ocasiones un comportamiento infantil que logra incomodar a cualquier persona a su alrededor. Nadie le quita su belleza; no obstante, todos podrían cuestionar su forma de trabajar y actuar.
—Yo no soy cualquiera, Demitrius. Soy muy cercana a tu familia, y además, yo solo quería traerte tu café. Escuché que habías llegado y…
—Gracias, pero para eso tengo una asistente. ¿No fuiste tú quien la contrató?
Cuestiona mientras desea en lo más profundo de su ser que la mujer termine de irse y así poder descansar de su irritante voz. Él trata de concentrarse en la pantalla de su computadora para continuar con su trabajo, tiene mucho papeleo que revisar; sin embargo, para su mala suerte, Celia no capta sus indirectas o falta de intereses de él hacia ella, así que por unos cuantos minutos lo único que hace es parlotear sobre temas que no logran captar la atención de Demitrius.
A pesar de que a lo lejos la escucha hablar, su mente comienza a cuestionarse si lo más sensato hubiera sido que el mismo hubiese llevado a la joven hasta la enfermería para que la revisaran y asegurarse por sí mismo de que no se había hecho daño. Era lo más apropiado, aunque no es su deber, piensa. Sabe que todo lo que pasa con sus trabajadores dentro de las instalaciones es su responsabilidad; aun así, no cuenta con el tiempo para estar pendiente de su estado de salud.
Una vez que Celia termina de hablar, prácticamente sola, sale de la oficina con la advertencia de que lo vendrá a buscar para ir a almorzar. “A penas son las ocho y treinta, y ya me amenaza con salir conmigo”, piensa Demitrius. Quien suspira, luego de que la mujer se fuera y lo dejara trabajar en paz.
Él vuelve a concentrarse en la computadora hasta que le llega una notificación de correo donde ve la compra que acaba de hacer Ann en la tienda del hotel con su tarjeta de crédito. Así como también descubre una compra realizada en el fin de semana. Se trata del intruso candelabro que cuelga en medio de la sala de la mansión y que tanto le molesta a su madre. Se supone que esa tarjeta le fue entregada a la joven para todos los gastos personales que tenga que ver directamente con Demitrius. Sin poder evitarlo, al sensato hombre se le escapa una leve risa y dice:
—En dos días ya has gastado cincuenta y dos mil dólares, señorita Gutiérrez. Sin duda, me saldrás una asistente muy costosa.
Comenta en un tono jocoso, muy poco usual en él. Aún no comprende la razón por la cual no le molesta el hecho de que ella utilice su tarjeta sin dar explicaciones, la cual tampoco está solicitando.
Aunque no le corresponde a Demitrius pagar por la nueva ropa de la joven, fue un incidente en la oficina, así que Ann pensó en comprar su atuendo en la costosa tienda y pagarlo con su primer sueldo. Solo que no contó con que su nuevo vestido y zapatos de marca hicieran un monto de dos mil dólares.
—No debí dejarme con vencer por ti, Maya, ¿ahora cómo pago dos mil dólares? Ganaré un buen sueldo, pero tengo planes, y ahorrar es el medio que me llevará a realizarlos.
Confiesa un tanto preocupada por lo que podría pensar su jefe de ella y su exceso de confianza al utilizar su tarjeta. Maya, que no logra entender la inquietud de su amiga, rueda los ojos y le dice:
—Tranquila, Ann, puedes pagarlo a cuotas. No seas tan exagerada. Eres la asistente del presidente de todo el conglomerado Constantino, no puedes andar el día entero con una mancha de café en tu ropa, ¿o sí? - Ann reflexiona y niega con la cabeza. —¿Ves? Solo habla con el señor Demitrius, además, ese vestido te queda espectacular, ojalá tuviese tus curvas.
Le declara Maya guiñándole un ojo, causándole una sonrisa a la joven. Es cierto, el vestido ejecutivo liso color beige, llega por debajo de sus rodillas y se ajusta a la perfección al cuerpo de la joven. Es de cuello alto y mangas largas. Una combinación entre sensualidad y elegancia. Los tacones rojos, según Maya, le da un toque exquisito resaltando la sofisticada pieza.
Mientras caminan por los pasillos, ellas pueden percibir las miradas masculinas que se fijan en la figura de la Ann. Los caballeros con trajes clásicos que circulan por los largos y amplios pasillos del hotel no disimulan sus miradas lascivas al observar la delicada caminata de la dulce joven.
—¿Por qué me miran así?
Cuestiona un poco incómoda. Aunque siempre se percata de las miradas insinuantes hacia ella, nunca se ha podido acostumbrar a que la observen de esa forma. Por eso siempre termina utilizando vestimentas que no favorecen su figura. Maya voltea a verla y le dice:
—¿En serio, quieres que te diga por qué te miran así o…?
—Ya, ya entendí.
Le dice mientras ambas suben al ascensor. A pesar de mostrarse segura, la dulce joven se pregunta cómo reaccionará su jefe. No llevan conociéndose ni dos horas y ya abandonó su puesto de trabajo y de paso no le llevó su café. Ann suele ser muy exigente con ella misma, cada cosa que realiza se esfuerza para que salga de manera correcta o simplemente no se compromete a hacerlo, así que le entristece haber tenido ese desafortunado comienzo con Demitrius.
Ella continúa reprochándose internamente, hasta que el ascensor es detenido por unas fuertes manos y un agradable aroma a maderado y a especias. Las dos jóvenes se sorprenden cuando un encantador hombre de metro noventa, porte atlético y sonrisa envolvente, se para frente a ellas. Ann solo lo puede distinguir del primer caballero con quien también compartió la caja de metal, porque Andreus tiene una característica forma de vestir. Su atuendo es casual y muy relajado.
—Buenos días, señoritas, espero que no se molesten por detener el ascensor - dice.
El recién llegado fija sus ojos oscuros como una cálida noche, en los de color ámbar de la dulce joven, mientras le regala una cautivadora sonrisa, ocasionando un estado de asombro en ella. A diferencia de su primer encuentro con su jefe, esta reacción está vinculada al romanticismo y no a la admiración. Esa última se encuentra reservada exclusivamente para el sensato caballero.
Ann intenta ordenarle a su boca que corresponda el saludo; sin embargo, esta vez no obedece. “No seas tonta, Ann, quedarás en ridículo ante el hermano de tu jefe. Salúdalo.” Se reprocha en sus adentros…