Capítulo 16

1121 Words
El restaurante tenía un enorme ventanal que dejaba ver el radiante piano n***o que estaba en el centro, desde fuera podía escucharse la suave música y las voces bajitas. Carissa agarró la mano de Darío encontrando al hombre completamente desprevenido. —¿por qué un lugar tan elegante? Aun tengo olor a anticeptico y visto como si hubiera trabajado 30 hrs. Darío veía el lugar donde sus manos se tocaban, dijo con descuido. Ella lo miró y vio donde estaba su mirada. —Lo siento, no fue mi intensión. Se intentó safar del agarre pero el la atrajo más, sus dedos se entrelazaron y el miró hacia el frente, comenzó a caminar y como si no hubieran personas en una enorme fila, lo guiaron dentro del restaurante. La conversación fue amena, cada cosa que Darío decía parecía cargada de coquetería, Carissa continuamente miraba el piano con una expresión nostálgica y el lo noto, no porque ella no atendiera a la conversación, sino porque se distraída cuando ambos cambiaban de tema. —¿te gustan los pianos? Si quieres uno puedes tenerlo. —me gusta tocar, pero mi apartamento es pequeño y mis amigas usan mucho espacio esparcidas por ahí, no tendría un lugar donde ponerlo. —puedes venir a mi casa... —ese sería tu piano—ella soltó una risa, realmente Darío era muy obtuso. —¿Sabes tocar? Carissa lo vio y luego bajo la vista, levantó su copa mirando el contenido transparente. —también fui una niña mimada alguna vez... Solo que se les olvido. Se recuperó rápido y le pregunto con encanto. —¿Quieres qué toque algo para ti? —mmm claire de lune ¿la conoces? —por supuesto. —respondió ella, Darío levantó la mano y un empleado se acercó, al instante la pianista se levantó y saludó a clarissa. Clarissa llevaba solo un jeans y una bonita blusa, con extremidades largas y delgadas, bonitas curvas qué se percibían solo un poco a través de la ropa, su cabello largo y hermoso con ondas sutiles. Se sentó en el caballete y acarició las teclas con delicadeza. "las manos de una cirujana son realmente delicadas" pensó Darío observando a la mujer. Los dedos de clarisa se detuvieron y el primer sonido escapó, como si con ese ruido inconexo comenzará el otoño, se deslizaron sus dedos con precisión y delicadeza, la música cautivo a los comensales y todo el lugar contuvo la respiración por un instante. No cometió un solo error y la música sonaba tal como si de un profesional se tratara, natural, sutil, suave y agradable, como la personalidad de clarissa. Desde la esquina del restaurante una mujer vio la expresión cautivado de Darío, ardiendo en llamas. El jamás la miró así, incluso si habían pasado tantas noches juntos, nunca puso aquella expresión. El rostro de alguien cautivado, satisfecho, fascinado. Incluso puedes ver la autosuficiencia y el orgullo. Para Darío en ese instante había desaparecido el resto del mundo y pudo ver algo que nadie más debería ver, una persona que puede cautivar un salón lleno de gente incluso sin llevar ese elegante ropa y costosas joyas. "¿encanto? No lo entiendo, ¿qué es lo que tiene esta mujer que la hace ser tan fascinante?". Clarisa se levantó después de un instante de terminar la pieza, cubrió su pecho al igual que una pianista profesional e hizo una breve reverencia dando las gracias. Las personas son rieron y aplaudieron, con un rostro iluminado como si a todos les hubiera mejorado el ánimo después de aquella pieza, parecía haber cambiado la vibra, el ambiente se transformó y hasta el final de la cena se mantuvo. "encanto, encanto puro y natural" dijo para si mismo viendo como la mujer salió del restaurante solo unos pasos adelante. —¿Quieres comer un helado? —dijo clarisa con las manos atadas por la espalda, girando su cuerpo con agilidad. —te dolerá el estómago —respondió Darío. Carissa lo vio con los ojos muy abiertos, se cubrió la boca para reírse. —eres todo un hermano mayor, eso es tan lindo. —Carissa no alcanzo a escuchar una respuesta, dijo animada —caminemos, debe haber un lugar donde comprar paletas. Caminaron, nuevamente sumergido en esa conversación infinita donde hay mucho que hablar pero realmente no lleva a ningún punto. Solo averiguando, pequeñas cosas uno del otro, cosas que se acumulan y forman una persona. Terminaron de pie frente a una enorme pileta, habían columpios y ya era tan tarde que solo caminaban algunas personas por la calle. —tus hermanos son tan lindos, es difícil pensar que haga cosas así, creo que te lo inventaste. Ella sonrió mientras se balanceaba en el columpio, el de pie frente a ella, sonrió y sacudió la cabeza. —mi hermano es más parecido a un adulto, un anciano sabio y tranquilo, pero mi hermana es un torbellino, se parecen bastante de hecho—él parecía haber recordado algo, sonrió y agarró las cadenas del columpio. —las dos son demasiado listas y parece que siempre tuvieran algo malicioso qué decir pero son muy encantadoras. —tienes razón, somos adorables. Darío volvió a reír, pensó que no había reído tanto desde que era un niño. —Lo son. —colgó su peso de las cadenas y el columpio dejó de moverse, su boca llego justo a los labios de Carissa y la beso. Un beso cargado de algo, suspiro y jadeo contra la boca de la mujer esperando ser correspondido y cuando por fin ella respondió, Darío tomó su cuello y nuca para que no se apartará. —¿no vas a correr ahora? Estoy muy lejos de mi casa para que me dejes aquí. Darío se rió, una risa más auténtica que otras. —puedo correr si eso quieres, pero prefirió gastar mi energía en otra cosa... Ambos se apartaron un poco más, carissa vio fijamente los ojos del hombre esperando notar algo, ¿arrepentimiento, indiferencia, desinterés, alguna mentira? Nada, solo un brillo que con esa baja luz era bastante provocativo. Lo pensó desde que lo conoció por ese estúpido error. Darío tiene algo que lo hace bastante provocativo, ¿sexapel? Si, eso debe ser. La conversación, los besos y las risas, continuaron un poco más hasta que comenzaron a pesar las horas de trabajo sobre el cuerpo de carissa. —te llevaré a casa—hablo Darío dentro del auto —deberías trabajar un poco menos, si es necesario... Ella lo interrumpió. —mejor no digas lo que piensas ahora, estoy bien, solo necesito dormir doce horas y estaré bien. El hombre miró hacia el frente y se trago sus palabras. —¿Quieres venir a mi casa?
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