A un paso del pasado

1634 Words
POV MATTHEW  Noche previa a la reunión con De Jong. Debería estar relajado, dormido, meditando en la terraza como suelo hacer antes de un negocio importante. Pero no. Hay algo en mi pecho que no encaja. No es ansiedad, no exactamente. Tampoco es miedo. Es una inquietud rara, como si el aire estuviera cargado de electricidad y yo caminara directo hacia una tormenta. Estoy en mi oficina a las 9:47 p.m. Las luces de la ciudad brillan como un enjambre de luciérnagas. Las ventanas reflejan mi rostro: ceño fruncido, mandíbula apretada, dedos tamborileando sobre el cristal. Liam entra sin tocar. Como siempre. —¿Sigues aquí? —pregunta con una ceja levantada—. ¿Qué pasa? ¿El gran tiburón siente mariposas? —No digas estupideces. —Tienes esa cara. Ya sabes. Esa mezcla entre “voy a conquistar el mundo” y “acabo de ver a mi ex con otro”. Le lanzo una mirada. —¿Quieres algo o solo viniste a decir mamadas? —Ambas. Vamos al Club Vértigo. Hay mujeres, música y whisky caro. Yo invito. —No bebo. —Tú solo observas. Yo bebo por los dos. Anda, te hace falta mirar un culo en movimiento. Saldrás de este humor raro. Accedo. Porque no tengo mejor plan y porque necesito distraerme. Aunque algo en mi estómago me dice que mañana cambiará algo. Que el día que se acerca no será como los otros. El Club Vértigo es un sitio exclusivo. Iluminación tenue, música envolvente, olor a perfume de diseñador y pecado embotellado. Nos sentamos en un reservado privado. Liam pide whisky de 18 años y comienza su ritual de cacería visual. Yo solo observo. Elijo no beber. No me gusta perder el control. Nunca más. Entonces la veo. Jelena. Vestido plateado, corto, pegado. Labios rojos, mirada hambrienta. Se acerca como si hubiera olido mi presencia. —Matvey... qué sorpresa verte aquí —ronronea. —No tanto. Este lugar está lleno de plásticos como tú. Se ríe, como si le acabara de decir algo coqueto. —¿Y tu amigo? —pregunta, mirando a Liam. —Está ocupado ligándose a una influencer con más silicona que cerebro —respondo seco. —¿Y tú? ¿Sigues siendo tan cruel como la última vez? —Más. Ella sonríe. Le gusta. Le excita. Me excita. Nos vamos sin decir adiós. Tomamos un auto y en quince minutos estamos en una habitación de hotel de lujo, pero que la habitación huele a lujuria y desorden Me quito el saco, ella se quita las bragas. No hay charla. No hay besos. Solo jadeos, piel, uñas, gemidos. —¡Dios, Matt! Eres el mejor... novio... del mundo... —dice entre suspiros mientras cabalga sobre mí. Me detengo. La agarro de la cintura y la levanto sin delicadeza. Me siento en el borde de la cama, respiro hondo. —No soy tu jodido novio, Jelena. —¿Qué...? —balbucea, confundida. —Esto es sexo. Solo eso. No te confundas. Ella me mira herida. Me da igual. Me visto sin decir nada más. Ella intenta cubrirse, su mirada ahora es otra. Una mezcla de rabia, desilusión y vergüenza. —Eres un hijo de puta, Matt. —Ya lo sabías desde la primera vez que abriste las piernas. Cierro la puerta tras de mí. Bajo por el ascensor sin prisa. Me ajusto el saco. Me observo en el reflejo del metal pulido. Parezco intacto. Impecable. Pero hay una tensión en mi pecho que ni el sexo más salvaje logró aliviar. El ascensor se abre en el lobby. Estoy por salir cuando algo choca contra mis piernas. Bajo la mirada. Es un niño. Cabello n***o. Ojos azulesexpresivos, vivos, con esa inocencia y esperanza de un niño, que al estar en este hotel, seguro lo tiene todo. —Lo siento, señor —dice con un acento extranjero. ¿Holandés? ¿Francés? Tal vez —No pasa nada —le respondo, sorprendido. Nos quedamos viéndonos por un segundo que dura una eternidad. Tiene la mirada limpia. Intensa. Me deja paralizado. Una mujer lo llama desde el fondo. El niño corre hacia ella. Yo solo sigo mi camino. De regreso en casa, me cambio. Me sumerjo en mi piscina infinita. Nado en silencio. Cada brazada es una forma de liberar el veneno que se me mete en la piel cada vez que me acuesto con alguien como Jelena. Pienso en la reunión de mañana. En la CEO joven y misteriosa que dirige De Jong. En ese nombre que no se me va de la cabeza. Matthew Dearwood. CEO sin corazón. Pero esta noche... algo dentro de ese corazón dormido parece haberse agitado. Odio sentirme así de nervioso, de ansioso. POV EVI Damian no ha dejado de hablar desde que le conté que viajaremos a Estados Unidos. Está emocionado. Demasiado. Le brilla la mirada como si fuera a conocer otro planeta. —¿Crees que pueda hablar con un bombero de verdad, mami? ¿Y pedirle direcciones a un policía? ¿Y comprar un helado usando solo inglés? —me pregunta, mientras hace la maleta más pequeña del mundo con toda la emoción posible. —Si no terminas hablando con el presidente, me decepcionas —le digo, bromeando. Ríe a carcajadas y se lanza a abrazarme. Me derrite cada vez. Viajaré con él, con Carter y con Luna. Mis dos pilares profesionales y emocionales. Emma se queda al frente de la empresa por unos días. Me costó convencerla, pero al final accedió. Después de Estados Unidos iremos a Sudamérica, a estudiar la posibilidad de instalar una bodega que nos permita expandir distribución donde BengalSoft aún no llega. Todo es estratégico. Todo está planeado. Menos lo que siento. Hay algo en este viaje que me hace temblar por dentro. No miedo. Es otra cosa. Una ansiedad que no logro definir. —¿Llevas tus cuadernos, Damian? —le pregunto mientras reviso la lista. —Sí, mami. También los lápices de colores y el libro del detective Marvin. Y mi espada ninja de juguete. Por si hay monstruos. —Perfecto. Me siento más segura con eso. Subimos al jet privado de De Jong Industries. Damian se emociona como si fuera una montaña rusa. Carter lo lleva a ver la cabina del piloto y Luna le ayuda a abrocharse el cinturón. Mi equipo no es solo eficiente. Son familia. —¿Estás lista para enfrentar al CEO sin corazón? —me pregunta Luna en voz baja mientras despegamos. —¿Ya estamos usando ese apodo también? —Está de moda. Da miedo. Suena sexy. —Suena a que alguien lo apuñaló emocionalmente y nunca sanó —respondo. Ella me observa. Sabe que hay una capa más profunda en mis palabras. Como siempre. El vuelo dura poco más de nueve horas. Damian duerme parte del camino, y cuando aterrizamos, se pega a la ventana como si quisiera tragarse la ciudad entera con los ojos. Llegamos dos días antes de la reunión. El primero lo dejo libre para él. Para nosotros. Desayunamos en una cafetería local. Damian pide pancakes con chocolate y plátano. Me mira con esa mezcla de dulzura y travesura que solo él domina. —Mami, ¿tú también hablas inglés como los de aquí? —Claro que sí, mini espía. Pero tú vas a practicar más. Hoy tú pides todo. —¿Y si me trabo? —Hablo yo. Pero solo si haces tu mayor esfuerzo. Se lanza con todo. Pide el desayuno, dice “thank you” y hasta intenta entablar conversación con la mesera. Ella sonríe, encantada. —Tu hijo es adorable —me dice. —Lo sé, gracias —respondo, orgullosa. Paseamos por parques, jugamos con burbujas, alimentamos patos en un lago, y hasta entramos a un museo de ciencia donde Damian se queda embobado con los experimentos de electricidad estática. —Mami, esto es lo que quiero hacer cuando sea grande. —¿Electrocutar gente? —¡No! Inventar cosas. Como tú. Casi se me llenan los ojos de lágrimas. Nos tomamos una foto frente al skyline de la ciudad. Él hace una cara graciosa y yo le beso la mejilla justo cuando la cámara dispara. Quiero congelar ese momento. Guardarlo como una joya dentro del pecho. Mientras caminamos, me toma de la mano. —Gracias por traerme, mami. Este es el mejor viaje del mundo. Me detengo. Lo arrodillo frente a mí. —Gracias a ti por ser mi compañero en todo esto. Tú haces que cada día valga la pena. Me abraza con fuerza. Huele a sol, a helado y a infancia feliz. A pesar de todo lo que ha vivido sin saberlo, Damian es un niño alegre, seguro, inteligente. Su niñez no está marcada por el dolor, sino por amor. Por presencia. Por dedicación. Mientras tanto, Carter y Luna aprovechan para explorar la parte más salvaje de la ciudad. Me mandan fotos por mensaje: un bar con luces de neón, un concierto callejero, una cata de whisky. —¿Segura que no quieres venir? —me escribe Luna. —Tengo una cita con el amor de mi vida. Tiene casi seis años y exige una guerra de cosquillas —le respondo. Ella manda un emoji de corazón. Y una foto de Carter completamente ebrio bailando con una drag queen. Al regresar al hotel, baño a Damian, lo arropo y le leo un cuento. —¿Estás nerviosa por tu reunión, mami? —Un poco. —Tú siempre puedes con todo. Vas a ganar, como siempre. Sonrío. Le beso la frente. Me quedo mirándolo dormir por unos minutos. Cada pestaña, cada respiración tranquila, cada detalle me recuerda que todo lo que he hecho en estos años ha valido la pena. No sé por qué siento esta ansiedad. Este temblor interno. Pero mañana... mañana lo sabré.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD