POV MATTHEW
Me levanto a las 4:45 a.m. No por necesidad. Por costumbre. Hoy tengo una reunión importante a las 11:00, pero necesito sentir que domino cada segundo antes de poner un pie en esa sala de juntas.
Sesenta minutos de ejercicio. Cardio, pesas, tensión controlada. Cada repetición me ordena el pensamiento, me alinea la mente. No se trata sólo del cuerpo. Es una forma de vaciarme de cualquier cosa que pueda entorpecer mi juicio. Cada gota de sudor es un recuerdo que no necesito. Cada pulsación es una decisión mejor tomada.
La ducha es fría. Como siempre. Sólo el hielo me despierta de verdad. Cierro los ojos mientras el agua cae. Respiro. Me preparo.
Mi vestidor parece un santuario de control. Todo en su lugar. Todo medido. Traje Tom Ford gris acero, hecho a la medida, presionado a la perfección. Camisa blanca de algodón egipcio. Corbata azul marino con un nudo Windsor perfectamente centrado. Zapatos Oxford, negros, brillantes como un espejo. Reloj suizo Patek Philippe. Gemelos minimalistas de titanio.
No hay improvisación. Cada pieza sobre mi cuerpo grita poder, elegancia, dominio.
Mientras desayuno solo en mi comedor, repaso mentalmente los movimientos. El equipo legal me envió anoche la propuesta final para De Jong. Tres posibles rutas de negociación. Cinco condiciones no negociables. Siete posibles puntos de fricción. Las he memorizado todas.
Tomo mi café n***o sin azúcar. Abro la tablet. Leo tres artículos de MIT Technology Review. Me detengo en uno sobre tarjetas gráficas de nueva generación. Irónico. Justo lo que fabrica De Jong.
A las 7:30, estoy en la oficina. Piso 51. Silencio absoluto. Las luces automáticas se encienden a mi paso. Mi escritorio está inmaculado. Una carpeta de cuero n***o espera por mí con el sello de la división legal.
Reviso el documento. Redacto un par de notas a mano. Mi letra es limpia, metódica. Como yo.
A las 8:45, entra el equipo legal. Tres abogados. Uno joven, dos veteranos. Me saludan con una mezcla de respeto y miedo. Saben que una coma fuera de lugar puede costarles el puesto.
—¿Todo listo? —pregunto sin levantar la vista.
—Sí, señor. Las condiciones están ajustadas. La opción B es la más viable si buscan integración parcial.
—La opción B es para niñas con miedo. Vamos por la A. Total adquisición de componentes en cadena cerrada. Nada de licencias. Nada de terceros.
—Entendido.
—Y no me interrumpan en la sala. Solo hablen si yo lo pido.
—Claro.
Los despido con un gesto. Me gusta que entiendan su lugar. No soy un dictador. Pero tampoco un colega.
A las 9:30, Liam aparece con su habitual entrada de estrella de rock: sin tocar la puerta, sin pedir permiso y con un café que parece más postre que bebida.
—Dime que estás listo para encantar a la pelirroja misteriosa —dice, dejándose caer en uno de los sillones.
—Estoy listo para hacer negocios.
—Tú y tus respuestas de androide. Deberías aprender a mentir mejor. Hoy estás... distinto.
—Estoy igual que siempre.
—No. Hoy tu nudo de corbata está dos milímetros más ajustado. Eso es síntoma de nervios.
—Estoy concentrado, idiota.
—Llámalo como quieras. Pero si la CEO de De Jong es tan brillante como dicen... y tan joven como su ficha lo sugiere... puede que te enfrentes a alguien que te haga sudar.
—Ya he estado en juntas más duras.
—No lo dudo. Pero nunca con una mujer de tu edad, igual de rica, igual de genial, y... con piernas.
—Las piernas no ganan contratos.
—No, pero ayudan a desestabilizar a un nerd reprimido con traumas sexuales del pasado.
—Vete al carajo.
—Ya estuve. Volví con whisky y un par de gemelas.
—No empieces.
—No puedo evitarlo. Fue glorioso. Una de ellas dijo que su géminis interior se alineó con mi libra. ¡Imagínate!
—Estás jodidamente enfermo.
—Y tú jodidamente tenso. Por cierto, me preguntaron si eras real. Les dije que eras un autómata s****l creado por Elon Musk.
—Voy a bloquearte de mi vida.
—Imposible. Me necesitas para recordarte que eres humano.
Sonrío por primera vez en toda la mañana. Liam tiene esa maldita habilidad.
Nos dirigimos juntos a la sala de juntas. El espacio está listo. Todo alineado, perfecto. Sillas ergonómicas, agua mineral, pantallas activadas. El personal técnico revisa los últimos detalles. Mi equipo está puntual. Todos en posición.
Son las 10:50. Estoy de pie junto a Liam. Reviso una última vez la agenda en mi tablet.
—¿Sabes qué haría esto más divertido? —dice Liam.
—No quiero saberlo.
—Que la CEO fuera una ex tuya. Una que te rompiera el corazón. Algo bien telenovela.
—Yo no tengo ex, solo follo, obtengo lo que quiero y me largo... Así que... Eso sería absurdo.
—Pero divertido.
—Eres idiota.
Antes de que pueda replicar, la puerta se entreabre. La asistente asoma la cabeza. Siempre parece no saber si quiere matarme o besarme. Hoy, parece ambas cosas.
—Señor Dearwood... ya llegó la señorita De Jong.
Liam se acomoda la corbata, más por burla que por formalidad.
Yo me enderezo. Me aliso la solapa del saco. Giro hacia la puerta.
Y entonces, la veo.
Juro que el aire se convierte en vidrio.
Se detiene en el umbral. Impecable. Elegante. El mismo cabello cobrizo que alguna vez me rozó el pecho desnudo. Las mismas pecas que intenté olvidar. Las mismas facciones finas que he visto en sueños durante seis jodidos años. Y esos ojos...
Esos malditos ojos café oscuro que una vez me hicieron creer en todo.
Evi.
Evi Jansen.
Pero no puede ser...
La CEO de De Jong... es ella.
Y en ese instante, el CEO sin corazón vuelve a sentir el latido que juró haber enterrado.
POV EVI
Damian está callado esta mañana. Demasiado callado para ser él. Se sienta frente a su plato de waffles con frutas, pero apenas les da una mordida.
—¿No tienes hambre, corazón? —pregunto, sentándome a su lado.
—No quiero que vayas a la junta —dice sin mirarme.
Lo observo con atención. Su ceño fruncido. La forma en que mueve el tenedor. Hay algo que no está bien.
—¿Por qué no quieres que vaya?
—Porque tengo un mal presentimiento... —murmura—. No sé. Solo... no quiero que te vayas hoy.
Me estremezco por dentro. Damian no es un niño dramático. Es lógico, racional, sensible. No suele decir cosas como esas.
—Puedo mandar a los tíos. Carter sabe todo del proyecto y Luna puede hablar por mí. Pero esta es una negociación que debo hacer yo...
Me aprieta la mano.
—¿De verdad? ¿Te quedarías conmigo?
Lo miro. Mi hijo. Mi pequeño universo de ojos azules.
—No puedo quedarme, amor. Pero te prometo algo. Voy, firmo lo que tenga que firmar, y regreso. Hoy es todo tuyo. Nos vamos a nadar todo el día. Y comemos hamburguesas de esas gigantes que solo venden aquí, ¿sí?
Su expresión cambia. Se suaviza. Suspira, como si se liberara de un peso invisible.
—¿Con papas fritas?
—Y malteada de fresa.
—Bueno... pero solo porque dijiste malteada.
Le doy un beso en la mejilla y lo dejo al cuidado de Luna, que se lo lleva con una sonrisa y promesas de enseñarle a hacer un t****k que él mismo ya había coreografiado.
Subo al auto con Carter. Vamos en silencio casi todo el camino. Estoy demasiado metida en mi cabeza. Mi corazón late rápido. No sé por qué.
Al llegar al edificio de BengalSoft, me doy cuenta de que mis manos están sudando. Raro. Nunca me pasa esto. No antes de una reunión. Estoy entrenada para esto. Soy CEO. Soy De Jong. Soy la maldita mujer que salvó una compañía de la ruina y la convirtió en un titán.
Y sin embargo, mis dedos tiemblan al anunciarme en recepción.
—Señorita De Jong y señor Lin, bienvenidos. El CEO los espera en la sala de juntas del piso 51.
El elevador sube lento. O así lo siento. Carter me mira de reojo.
—¿Estás bien?
—Estoy... rara. No sé. ¿Tú?
—Como siempre. Con hambre y con ganas de firmar un trato millonario.
Sonrío, pero no lo siento del todo.
Cuando llegamos al piso 51, una asistente nos guía con cortesía profesional hasta una enorme sala de juntas con vista a la ciudad. La puerta está entreabierta.
Y entonces lo veo.
Al principio, solo es una figura masculina alta, de traje gris, de pie junto a un hombre de expresión relajada. Hablan. Se mueven como si fueran dueños del mundo. La sala emana poder. Precisión.
Pero cuando él se gira... cuando lo hace...
Mi corazón se detiene. O al menos eso siento. No puede ser.
Esos ojos. Esos malditos ojos azul hielo. Los mismos que me miraron con ternura mientras me abrazaban en la oscuridad de una vieja caseta en una fiesta escolar. Los mismos que me vieron llorar de nervios cuando nos entregamos por primera vez.
Él.
Matthew.
Claro que está distinto. Es más alto. Mucho más alto. Más fuerte. Imponente. Y sin embargo... hay cosas que el tiempo no puede cambiar. Esos lentes. Esa mandíbula marcada. Esa manera de pararse, de mirar. Lo reconocería entre un millón. Lo reconocería ciega.
La mente me da vueltas. ¿Cómo puede ser? ¿Cómo no lo supe antes?
Carter se adelanta y saluda al hombre a su lado, pero yo apenas escucho. Estoy paralizada. Mi voz está atrapada en la garganta. Mis emociones me golpean en oleadas. Siento calor. Frío. Ternura. Dolor.
Y sin pensar, lo digo.
—¿Matthew Dearwood? ¿Eres tú? —pregunto, con una sonrisa que me nace sola, sin permiso.
Y en mi rostro se dibuja la ilusión más sincera que he tenido en años.