POV MATTHEW
¿Matthew Dearwood? ¿Eres tú?
Su voz es la misma. Su sonrisa, idéntica. Esa maldita sonrisa que una vez me hizo sentir que el mundo tenía sentido. Pero no ahora. No hoy.
Hoy, verla me provoca algo que ni siquiera quiero analizar. Porque no hay nada más peligroso que una emoción mal enterrada... y Evi Jansen acaba de desenterrar todas de un solo golpe.
La reconozco, por supuesto. Hasta dormido podría reconocerla. Pero no voy a dárselo. No voy a entregarle ni una pizca del poder que tuvo sobre mí. No después de todo lo que vino después de esa maldita noche.
—¿Nos conocemos? —respondo con fingida indiferencia, mi voz tan controlada que me sorprendo a mí mismo.
Puedo ver cómo algo se apaga en sus ojos. Una chispa. Un destello de esperanza que acabo de asesinar con dos palabras. Bien. Que aprenda que los fantasmas no siempre regresan para abrazarte.
De reojo, noto a Liam. El cabrón la está mirando como si fuera una diosa griega hecha de curvas y contradicciones. Casi babea. Y eso me jode. No debería. Pero me jode. Porque esa mujer que está viendo como si fuera un premio... fue mía. Al menos por una noche. La noche en que dejé de ser un niño.
Ella da un paso al frente.
—Soy Evi Jansen. Bueno... ahora Evi De Jong.
El apellido cae como una piedra en mi estómago. De Jong. Claro. Casada con un magnate europeo. Todo encaja. Rica, joven, y ahora usada como pieza de ajedrez para cerrar negocios con hombres como yo. Lo que no tengo claro es qué me enferma más: si el hecho de que se casó, si la están usando como puta corporativa, o si realmente cree que soy tan idiota como para caer otra vez por una cara bonita.
Una cara bonita que, para colmo, sigue siendo igual de jodidamente hermosa.
Ella intenta acercarse un poco.
—Solíamos ser amigos en el instituto...
La interrumpo con la voz más fría que puedo fabricar:
—No recuerdo haber tenido amigos en el instituto. Tal vez me confundes con alguien más.
Ahí está. El golpe. Directo. Seco. Veo cómo su sonrisa se apaga por completo. Sus ojos se tensan. Y ese gesto...
Muerde el interior de su mejilla. Exactamente igual que lo hacía antes cuando algo la afectaba y no quería que el mundo lo supiera. Lo sé porque la conocía mejor que nadie.
Y para rematar, escupo la daga final con una sonrisa ácida:
—La verdad es que no hay nada de memorable en mis años de instituto.
Mentira. Fue el único momento de mi vida en que fui feliz. Hasta que ella y sus amigos lo destruyeron todo.
El silencio en la sala es como una losa de plomo. El mono a su lado, que ha estado quieto hasta ahora, carraspea y extiende la mano.
—Hola, soy Carter Lin, desarrollador de hardware y parte del equipo técnico de De Jong.
Liam, que ya captó lo tenso del ambiente, entra al rescate con su sonrisa profesional.
—Liam Rowe. Socio y director de estrategia de BengalSoft. Un gusto conocerlos. —Mira a Evi—. Especialmente a ti. —Y luego a Carter—. Y a ti también, claro. Siempre es un gusto ver a alguien que no quiere asesinar a su interlocutor.
Las risas forzadas flotan en el aire como humo denso. La tensión entre Evi y yo no se disuelve. Se disfraza. Pero todos la sienten.
Y yo... yo aprieto los dientes y me obligo a recordar que las emociones son una debilidad. La más grande de todas.
POV EVI
Sus palabras me atraviesan como un puñal. Frías. Afiladas. Letales.
“No recuerdo haber tenido amigos en el instituto.”
Una parte de mí se rompe en silencio. Pequeña. Dolorosa. La parte que aún tenía la esperanza tonta, romántica, estúpida... de que Matt me recordara con una sonrisa. De que, al verme, sintiera aunque fuera una chispa de lo que alguna vez hubo.
Pero no. Sus ojos no tienen nada. Ni calor. Ni memoria. Solo hielo. Su indiferencia es un látigo. Y lo peor es que no quiero que lo note. No quiero regalarle mi herida. Así que finjo una sonrisa que me duele más que mil golpes. Me siento con la espalda recta. Fingiendo que no me importa. Fingiendo que sus palabras no acaban de manchar los recuerdos más valiosos que tenía de mi adolescencia.
Él, mi amigo. Él, el primero que me vio realmente. Él, mi primer amor. Mi primera vez. El único al que entregué mi cuerpo y mi alma sin miedo. Porque confiaba en él.
Y ahora me mira como si nunca hubiera existido.
La reunión comienza. Carter se mantiene firme, profesional. Liam intenta aligerar el ambiente con uno que otro comentario. Yo me aferro a los documentos frente a mí como si fueran un ancla.
Pero de vez en cuando... siento su mirada. Esa mirada intensa que recuerdo de otro tiempo. Pero ahora no hay dulzura. No hay ternura. Hay análisis. Hay frialdad. Hay juicio.
No voy a humillarme. No voy a rogarle que me recuerde. Si para él no fui memorable, no le daré el privilegio de saber cuánto lo fue para mí.
Liam empieza a presentar la propuesta final. Todo va dentro de lo normal hasta que leo una palabra que no estaba ahí antes. “Exclusividad”.
Levanto la vista.
—Disculpen... pero esa cláusula no estaba contemplada en nuestras conversaciones previas. —Mi tono es firme, sin agresión, pero claro.
Liam parpadea. Vacila un segundo. Luego me mira con una sonrisa que intenta suavizar.
—Creemos que, dadas las proyecciones, una alianza exclusiva garantiza mejor integración para ambas marcas.
Antes de que pueda responder, es Matthew quien habla.
—La exclusividad asegura un desarrollo uniforme. Nuestra logística es la más eficiente del continente. Y, con todo respeto, la competencia no está ni cerca de lo que nosotros podemos ofrecer.
Su tono. Su forma de decirlo. No es solo una explicación. Es una amenaza disfrazada. Una advertencia elegante.
Podría quedarme callada. Podría tragarlo. Pero no sería yo.
—Con todo respeto también, señor Dearwood —respondo, deslizándole el documento hacia él con elegancia—, no vamos a aceptar un acuerdo donde BengalSoft se beneficie más de lo acordado. Ni vamos a entregar una tecnología de última generación por un costo irrisorio, mientras ustedes cobran su logística al triple del precio de mercado.
Carter asiente sutilmente. Liam se acomoda en su asiento. El ambiente se vuelve espeso otra vez. Como si el aire se hubiera llenado de cuchillas.
Matt no reacciona de inmediato. Solo entrecierra los ojos, como si intentara leerme más allá del rostro. Como si buscara debilidad. No la va a encontrar.
—¿A qué se debe este cambio? —pregunto al fin, sin rodeos—. Porque esto... no es lo que discutimos en nuestras comunicaciones iniciales.
Silencio. Y esa maldita tensión que no solo es profesional. Es personal. Irremediablemente personal.
Y yo ya no tengo espacio para debilidades.